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lunes, 31 de diciembre de 2012

Feliz 2013 desde UCAR-Granada


Estimados conciudadanos:

Desde Unidad Cívica Andaluza por la República en Granada (UCAR-Granada) queremos desearos un feliz año nuevo 2013, en el que esperamos continuar peleando juntos por esa otra España posible y necesaria.

Salud y República Federal, Laica y Solidaria, compañeros y amigos.

* Felicitación cortesía del maestro Jota Medina.

sábado, 29 de diciembre de 2012

La segunda transición está en la calle




19/12/2012

El conservadurismo es, en la dinámica de las sociedades capitalistas, retroceso, que en este ciclo de agresivo declive se ha convertido en una trastorno reaccionario que no consigue organizar su propio caos. Las políticas de la derecha son una llegada al pasado, fundamentalmente porque, como estamos viendo, consolidan un sistema que funciona por la energía emanada de su propia descomposición. El discurso único ha sometido el ámbito de las ideas a las políticas andróginas y hermafroditas, en palabras de Jean Baudrillard, que mantienen la tensión psicológica sobre una ciudadanía ontológicamente débil, desahuciada paulatinamente de libertades y derechos que la desplazan de su propio sentido cívico con el pérfido propósito de constreñir su capacidad de autodefensa social. Ante ello, ha surgido, a modo de palingénesis ciudadana, una segunda transición en la calle y en las redes sociales, los ámbitos de libertad no constreñidos aún por las élites económicas y sus terminales mediáticas. Como decía Kafka, “si se llega a un punto determinado, ya no hay regreso posible. Hay que alcanzar ese punto.” Ese nuevo escenario contradice la realidad impuesta siguiendo el concepto de Gianni Vattimo cuando afirma que la realidad es una hipótesis todavía no desmentida.

Las mayorías sociales están cotidianamente impugnando en la calle una realidad imperativa donde resultan antitéticos los valores cívicos y el bienestar general con los intereses de unas minorías que tienen la misma metafísica que Shylock, el mercader shakesperiano, exigiendo la libra de carne de una pobreza sin libertades ni derechos al cuerpo social. Como ha constatado sin empacho el ministro Gallardón, gobernar para la derecha es repartir dolor. Hermann Heller se lamenta del peligro que corre la democracia y el Estado de Derecho ante el positivismo jurídico y las élites dominantes que conducen a una sociedad segregada en dos naciones: una para ricos y otra para pobres.

La izquierda, por su parte, sufre la paradoja de Bossuet, la que definía Rosanvallon como esa particular clase de esquizofrenia de deplorar un estado de cosas y, al mismo tiempo, celebrar las causas concretas que la producen. Quizás porque como nos dice José Ingenieros, la rutina es el hábito de renunciar a pensar. Precisamente cuando el pensamiento es más necesario que nunca. La izquierda se ha refugiado en lo que Gianni Vattimo llama pensamiento débil, un pensamiento sin metafísica que es una continua renuncia a trastocar el “orden objetivo de las cosas” impuesto por el pensamiento único de la derecha. Como afirma Vattino, el pensamiento débil (o postmetafísico) rechaza las categorías fuertes y las legitimaciones omnicomprensivas, es decir, ha renunciado a una “fundación única, última, normativa.”

La derecha ha roto el pacto de la Transición porque éste nunca existió. El franquismo sin Franco dejó intactos los poderes fácticos que lo habían constituido mientras la izquierda para llegar al Gobierno, que no al poder, tuvo que dejar en el camino jirones de ideología a cambio de un pragmatismo que no inquietara a los poderes económicos organizados. Por ello, la ciudadanía busca su propio sentido ocupando la calle. Hobbes dijo que la democracia suponía en cierto modo una victoria sobre el tiempo porque, a diferencia de los monarcas, la multitud que gobierna nunca muere. Frente a lo que se nos ha hecho creer, la democracia tampoco puede tener un espacio cerrado, pues no cabe en un Parlamento ni en las fronteras de un Estado, sino que existe siempre como el lugar común de esa resistencia, de ese intervalo en el que se afirma el poder de la ciudadanía.


* Juan Antonio Molina Gómez es periodista, poeta y gastrónomo.

** Fotografía del 25S publicada en Sobre Rojo.

jueves, 27 de diciembre de 2012

Los espejos del rey y la trampa de "la política grande"



Juan Luis Sánchez*


25/12/2012

El mensaje del rey en Nochebuena es como la escena de las películas en la que el héroe entra a buscar al villano a una sala a media luz llena de espejos. Lo ve por todas partes, su imagen queda multiplicada y deformada, estirada y achatada, replicada tan verazmente que el héroe siempre lanza algún ataque fallido contra un cristal. Se rompe y vuelta a empezar. Se tarda mucho en saber cuál es la verdad en una sala llena de espejos.

El discurso del rey es siempre, cada año, una ambigüedad deliberada para llenar un espacio lo más grande posible con un discurso lo más vacío posible. Entre toda la madeja de lugares comunes y obviedades, la Casa Real quiere colar un mensaje, quizá solo uno, pero rodeado de mil espejos que proyecten una imagen del rey que satisfaga a casi cada tipo de persona que pueda estar escuchando.

Así que el discurso navideño de Juan Carlos I suele ser, inevitablemente, contradictorio. Estirado y achatado a la vez. Es capaz de reclamar, como esta Nochebuena, "nuevos modos y formas de hacer algunas cosas" y una "puesta al día" de las instituciones para justo después atrincherarse en la nostalgia de los valores de consenso del 78. ¿Cuál es el espejo y cuál es el mensaje real? Toquen el primero de los argumentos y verán que es de cristal.

El rey hizo anoche un ejercicio de militancia en la cultura política de la Transición. Y lo hizo dibujando un mapa tramposo de la realidad: dijo que en España se está "generando un desapego hacia las instituciones y hacia la función política que a todos nos preocupa". Lo llamó desapego y no le llamó crítica. Lo llamó desapego y no lo llamó desacuerdo. Lo llamó desapego para que pensemos que cuando uno reclama un modelo diferente de articular la democracia no está proponiendo, está 'despegándose'. Para marcar mejor el argumento, lo reforzó con una dosis de emocionalidad: al malestar social lo llamó "pesimismo", dos veces.

Dejó sembrada la idea al principio para volver sobre ella a mitad del discurso y dejar caer el concepto de la noche: "la política grande". Aquí se acabaron los espejos. El rey dedica todo un minuto a definir lo que él considera que es "la política con mayúsculas": una que sabe pactar, que sabe ceder, que sabe renunciar, que sabe sacrificar el corto plazo, que sabe ser leal. Por si no queda claro a qué se refiere, señala que es "la política grande que supo inaugurar una nueva y brillante etapa integradora en nuestra historia reciente". La filosofía política de la Transición, recordemos, "frente al pesimismo". Muchos medios pican el anzuelo y titulan "el rey reivindica la política". Objetivo cumplido: ya toda España sabe lo que es la política y lo que no.

Porque con este sencillo juego el rey consigue algo: identificar una manera de hacer política con La Política. Si te acoges a los principios rectores de la Transición, eres gran política. Si no, eres un pesimista desencantado, despegado, desleal. Vulgo irracional con tentaciones peligrosas. Oye, que se te entiende, ¿eh? Que no creas que no te comprendemos, porque la cosa está muy mal y los sentimientos a veces son difíciles de controlar. Pobrecito. Te deseo feliz navidad.

Con este mensaje, el rey vacía de contenido político toda la reivindicación social, a la que ni nombra en su discurso. Establece que no hay culpa en el modelo político, que solo hay crisis. Según la Casa Real, la marea verde, la marea blanca, los sindicatos, la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, los nodos que surgen tras el 15M, el periodismo crítico, los libros, los blogs, las huelgas de funcionarios, las Iniciativas Legislativas Populares, las acampadas frente a los bancos, las pancartas sobre fachadas, las manifestaciones, las redes... Todo eso no es política, no reclaman "política grande", no es la reactivación de la exigencia ciudadana en un momento de urgencia. No es la construcción intelectual de un cambio. Es solo "desapego", es solo "pesimismo", es cortoplacista. Es emocional y, por tanto, inútil para el juego de "la política grande".

Vamos a aceptar por un momento (no mucho rato) que la política es solo lo que sucede en las instituciones. ¿Y qué hay de los partidos que, dentro de esas instituciones, defienden un nuevo modelo democrático o un nuevo modelo de Estado? Pónganse a contar porque son muchos ¿No son "política grande" porque asumen que los mitos políticos de la Transición se desvanecen? El único pacto tipo-Transición que podría darse hoy sería entre PP y PSOE. ¿A eso se refiere el rey?

La ofensa es demoledoramente elegante. Está tejida de manera que hasta a ratos parece que el rey le echa la bronca a los políticos, reforzando la idea de que son "un todo" y quedándose él hábilmente fuera de ese todo. Y como habla insinuando, a ratos no se sabe si se refiere al clima social o al soberanismo en Cataluña. Y así cada cual, de nuevo, que coja la imagen que más le guste.

Después de tocar y romper mucho cristal, de dar muchas vueltas entre reflejos, de distraernos con los espejismos de la decoración y la mesa, al menos sabemos algo: el rey ya no presume de modelo político; ahora lo defiende.


* Juan Luis Sánchez es periodista y subdirector de eldiario.es.

domingo, 23 de diciembre de 2012

La mala imagen


Ignacio Escolar*


20/12/2012

Se queja el presidente del Tribunal Supremo, Gonzalo Moliner, de que viajar en el AVE en clase turista "no es la mejor imagen" para su institución. ¿En qué mundo vive? Se lo voy a contar. El señor Moliner –132.152 euros al año, secretaria, asesores, escoltas, coche oficial– preside la máxima autoridad judicial de un Estado con el 25% de paro, con más del 50% de desempleo juvenil; una sociedad que es capaz de compaginar decenas de miles de pisos vacíos, rescatados por el dinero público, y decenas de miles de familias desahuciadas de su hogar; una España donde la imagen de la justicia está en mínimos históricos, donde los políticos son señalados como el tercer mayor problema del país.

¿Tienen mala imagen las instituciones españolas? Me temo que sí, basta repasar las encuestas nacionales o la prensa internacional. Desde fuera nos señalan por nuestra ruinosa economía, arrasada por la burbuja del ladrillo, por nuestros altos niveles de corrupción; por habernos gastado toneladas de dinero público en infraestructuras inútiles, en aeropuertos peatonales y autopistas vacías que ahora tenemos que rescatar; por tener una ministra de Empleo que prefiere los cócteles en el Senado a discutir con la UE las ayudas contra el paro; por tener una alcaldesa, la de Madrid, que en plena crisis del Madrid Arena se recoge a meditar en un spa de lujo en Portugal y cuyo despacho, dotado de mayordomo personal, es más grande que el del presidente de EEUU.

¿Mala imagen, dice el presidente del Supremo? También la de su antecesor, al que durante meses Gonzalo Moliner apoyó: un juez, Carlos Dívar, que convirtió la "institución" en su marquesado particular y dedicó el dinero público a comer marisco en Marbella, viajar por los mejores hoteles del país y trabajar en la "semana caribeña", de martes a jueves, siempre bien acompañado por su asistente personal. Moliner, como todo el CGPJ, conocía desde hace tiempo esta impresentable situación. Solo fue un problema para la institución cuando afectó a la imagen, al verbo "parecer" y no al "ser".

Aunque lo peor no es que al señor Moliner no le guste viajar en turista –¡qué humillación!–, sino que esté tan despegado de la realidad como para no tener el más mínimo tacto y, aunque lo piense, al menos callar. El presidente del Supremo se suma a una voz coral, la de una parte del  establishment, que cada vez que habla deja clara la fractura social que amenaza este país. Es la misma voz que gritó "que les jodan" en el Congreso por boca de la diputada Andrea Fabra cuando se hablaba de los recortes a los parados; o la de esa secretaria de Estado de Inmigración que explicó que los jóvenes españoles emigran por su "espíritu aventurero"; o la de aquella otra diputada que argumentó que las ayudas sociales para familias con todos sus miembros en paro se van a "televisiones de plasma"… "Si no tienen pan, que coman pasteles", dicen que dijo María Antonieta. Fue poco antes de una revolución.

http://www.eldiario.es/escolar/mala-imagen_6_81601843.html

* "Nacho" Escolar García es bloguero y periodista y dirige actualmente la publicación electrónica eldiario.es. Fue fundador y primer director del periódico Público.

jueves, 20 de diciembre de 2012

La marca España


Ramón Cotarelo*


18/12/2012

Uno de los rasgos más típicos del neoliberalismo triunfante es su confusión de dos terrenos hasta ahora cuidadosamente diferenciados si bien no siempre con éxito: lo público y lo privado. No solo confusión sino absorción literal de lo público por lo privado. Todo para lo privado; nada para lo público. ¿El Estado? Debe administrarse como una empresa privada. La administración misma debe gestionarse con criterios privados. ¿La justicia, la sanidad, la educación? Todas servicios de pago a clientes. El Estado, señores, es una empresa. España, S.A. Nada tiene pues de extraño si los antiguos valedores de la concepción sacrosanta de la gran nación propugnan hoy una concepción de patriotismo como marketing y la célebre unidad de destino en lo universal se defiende como una marca. Coca-Cola, Benetton, España.

Es una típica oscilación maniquea propia de gentes con escasos recursos: blanco o negro; retórica imperial o pragmatismo mercantil. Las dos igualmente absurdas. Sus forofos debieran aprender más de la larga tradición de la Iglesia Católica a cuyo maternal seno suelen acogerse. En sus veinte siglos, la Iglesia ha conseguido la síntesis de los contrarios y es, según le interese, ente público o privado; terrenal o celestial. En ella habitan dios y el diablo en inamigable compostura. Pero para eso hace falta administrar la palabra de dios, algo vedado a los gobernantes del siglo aunque sean de comunión diaria.

Hasta las marcas comerciales, las humildes trade marks, requieren algún fundamento y el español brilla por su ausencia. No parece haber tras la voluntad de hacer brillar la marca España mundo adelante otra cosa que esa misma voluntad, alimentándose de sí misma. ¿En que se justificará la marca España? ¿En el sol, los toros, el fútbol, el cante jondo? A lo mejor no se ha ido a rebuscar en los cajones adecuados. Así, con ánimo constructivo, Palinuro propone fundamentar la prestancia de la marca España entre otros en los datos siguientes, absolutamente singulares:
  • El presidente del Gobierno incumple todos y cada uno de los puntos de su programa electoral y sigue siendo presidente.
  • El mismo presidente es considerado en el Parlamento europeo el más inepto del mundo.
  • La ministra de Trabajo y Empleo comparte su tarea con la Virgen del Rocío.
  • El ministro de Cultura valora las corridas de toros como patrimonio cultural de la raza.
  • El mismo implanta la religión en las escuelas y reconoce que es una opción política.
  • La defensora del Pueblo es una marquesa.
  • El ministro de Economía es el peor valorado de Europa.
  • El PP, partido conservador, es el "partido de los trabajadores", al decir de su secretaria general.
  • El único condenado por el caso Gürtel es el juez que lo investigó.
  • El ministro de Justicia pone la Justicia fuera del alcance de la mayoría de los justiciables.
  • El Estado abandona los servicios públicos esenciales en beneficio de las empresas privadas.
  • El ministro de Hacienda amnistía a los grandes defraudadores y se niega a hacer pública la lista de los mayores evasores de capital.
  • Además de no haber separación entre la iglesia y el Estado, el Estado se encarga de financiar a la iglesia, cuyos privilegios no se tocan. Ni siquiera la paga extraordinaria, sustraida a todos los funcionarios menos a los curas. (Una prueba evidente de la sabiduría eclesiástica antes mencionada).
  • El exvicepresidente del Gobierno, exdirector del FMI, exdirector de Bankia, Rodrigo Rato, es uno de los cinco peores ejecutivos del mundo.
  • Los gobernantes que, además, son cargos de su partido, suelen cobrar dos sueldos y cantidades astronómicas mientras bajan de hecho las pensiones, los salarios, las prestaciones y las subvenciones de todo el mundo.
  • Los gobernantes despilfarran los dineros públicos en proyectos faraónicos sin utilidad alguna pero dejan las escuelas sin calefacción.
  • La inagotable ministra de Trabajo convierte el dato del aumento del paro en un signo esperanzador de recuperación.
  • La secretaria de Estado de Emigración ve en la salida forzosa de miles de jóvenes en busca de trabajo la realización de su espíritu aventurero.
  • Una diputada del partido del Gobierno desea a voz en grito que los parados se jodan.
La marca España.


* Ramón Cotarelo García es catedrático de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Nacional de Educación a Distancia, institución académica de la que fue vicerrector entre 1984 y 1988.

** Chiste de Mena.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Spinoza y la necesidad de lo colectivo




05/11/2012

Golpeado con saña por el neoliberalismo, el Estado de bienestar se tambalea. Las leyes, antiguas garantes de las libertades, son maniatadas por decretos de urgencia. La pérdida gradual de derechos laborales y prestaciones sociales rompe la cohesión social. Un argumento justifica la lógica política de esta guerra no declarada: la crisis económica obliga a tomar medidas excepcionales. Los gastos (nunca se habla de inversión) del Estado de bienestar, la parte social, no se pueden asumir, repiten cual tétrica letanía. Las partidas presupuestarias destinadas a las clases populares -aquellas para las que Robespierre reclamaba ayuda y asistencia- se reducen. Parece claro que su finalidad es desmontar el estado de bienestar. Sin embargo, van más lejos. El capitalismo pretende destruir el estado: la última frontera, al menos a priori, del principio de igualdad. Instaurado el librecambio financiero sin control estatal, dominando los intereses privados la esfera de lo público, entregados los recursos colectivos a los designios del mercado y fragmentada la vida social, el objetivo final del neoliberalismo aparece: el control ideológico de las emociones y, por extensión, sobre la incertidumbre proyectada en los ciudadanos. Instrumental para pulir vidrios, unos cuantos libros pequeños, un abrigo verde turco y un pantalón; otro abrigo de color, cuatro sábanas, siete camisas, una cama y una almohada, diecinueve cuellos, cinco pañuelos, dos cortinas rojas, una colcha, un pequeño cobertor de cama y dos hebillas de plata. Spinoza, el temido pensador de la subversión, falleció el 21 de febrero de 1677 y fue enterrado el día 25. Tenía 44 años. Dejó deudas, muy pocas, y una obra política y filosófica singular que cobra actualidad. Al barbero, Abraham Kervel, le debía un trimestre de afeitado: 1,90 florines.

Antes de la aceleración expansiva del modelo capitalista, la tensión social -la lucha política organizada de la clases sociales y la multitud- había conseguido que el Estado de bienestar estuviera respaldado, al menos en parte, por la ciudadanía, haciendo de lo común, de los elementos colectivos (sanidad, transporte, justicia, educación, igualdad de oportunidades), parte integrante, con matices, de la vida cotidiana. Ese apoyo, basado en el sentimiento de convivencia y pertenencia a una comunidad, era el mecanismo de contención frente a la ambición de los grupos de interés. Este juego de contrapoderes funcionó, al menos en Europa, desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta los primeros años ochenta (por fijar fechas). La extremada aceleración del modelo, proceso conocido como globalización o mundialización, ha producido, impulsado por la capacidad tecnológica, la ruptura del tejido social y la ausencia de la idea de pertenencia. En la actualidad, individuos aislados, atemorizados por la pérdida de la felicidad y la inestabilidad (como explica Richard Sennett), vivimos (casi) en un estado natural, “prepolítico”, donde apenas influimos en las decisiones que afectan a la vida diaria de la comunidad.

Baruch Spinoza (1632-1677), asistió, en la República de las Provincias Unidas, cuyo motor era Holanda, a una situación parecida a la actual. A mediados del siglo XVII, ese pequeño territorio, gobernado por Johan de Witt, era lo más parecido a una sociedad civil de libertades, refugio de pensadores y artistas, sostenida por un floreciente comercio. Eran libres, conscientes, y negaban, unidos, pese a sus diferencias, cualquier autoridad, monárquica o civil, que no fuera electa y consensuada. La experiencia duró poco. Volvió la Casa de Orange, manu militari, con su represión de espadas y valores, igual que ahora vuelve el neoliberalismo (la versión 3.0. del individualismo), bajo el pretexto de la recesión mundial, para terminar con el estado (social), heredero del pacto capital-trabajo. Demasiados derechos y un “mercado laboral rígido” impiden el desarrollo económico, sostienen. Flexibilizar, desmontar el tejido social, es la consigna: romper el estado y, por extensión, partir por la mitad la columna vertebral, incluso, de esta imperfecta e insuficiente "democracia de superficie".

"El hombre que se guía por la razón es más libre en el Estado, donde vive según leyes que obligan a todos, que en la soledad, donde solo se obedece a sí mismo". Así argumentaba Spinoza (Ética, IV, LXXIII) su defensa del Estado como engranaje político de convivencia asociado al progreso humano frente a un "estado de naturaleza", anterior al pacto social. Coetáneo de Hobbes, del que se diferencia, y antesala de lo que luego será la teoría del contrato social de Rousseau (hasta llegar a Rawls y Habermas), esta senda de progreso civil es la que hoy está recorriendo, en sentido inverso, el neoliberalismo. Defensor de lo público, entendido como lo común, lo colectivo, es decir, lo que une por la base a los individuos entre sí en una sociedad, la reivindicación del pensamiento político de Spinoza, su idea de la necesidad de una colectividad crítica (aquí su engarce con Maquiavelo) se hace más necesaria que nunca en sociedades de hiperconsumo donde el único vector social es la satisfacción instantánea. Spinoza piensa en un Estado firme y seguro, soberano, apoyado en las decisiones populares, defensor de los individuos (y sus libertades) que vele, a su vez, por el destino de la multitud (y sus derechos). Esta doble misión, protección de las libertades individuales y colectivas, y pervivencia del Estado como garantía de estos derechos, es lo que hace imprescindible la revisión detenida de sus obras.

La pérdida paulatina de la soberanía nacional, traspasada a entes supranacionales, no todos electos, ha causado estragos tanto en la capacidad gubernamental para dirigir el futuro de la nación (toma de decisiones), como en la posible respuesta colectiva (presión popular). Maniatados los Gobiernos, la impotencia de la contestación se hace palpable. Nuestra experiencia (y nuestra capacidad, por tanto, para combatir la injusticia) mutará en mercancía intercambiable ya que -sostiene J. Rifkin- en el capitalismo sin producción la mano de obra -tal cual la conocemos- será residual en unas décadas (La era del acceso, Paidós, 2000).

Las naciones soberanas (aunque formen, en el mundo global, entidades supranacionales) son aquellas cuya soberanía popular está viva y reconstruye, con el control sobre las instituciones, su identidad política. Solo una multitud creativa y espontánea, libre, puede formular, dotándose de instituciones fuertes pero flexibles, una verdadera teoría democrática del poder que incluya, necesariamente, una teoría de la subversión. Spinoza marcó los límites con dramática precisión en su Tratado Político, Cap. IV, 6: "No cabe duda que los contratos o leyes, por los que la multitud transfiere su derecho a un Consejo o a un hombre, deben ser violados, cuando el bien común así lo exige".

Cuando el Gobierno da la espalada a la ciudadanía, a las clases más desfavorecidas, es lícito romper los acuerdos de cesión del poder. Las elecciones (generales o autonómicas, en nuestro caso) son el instante de expresión de la soberanía, argumentarán los partidarios del sistema de partidos y de la democracia de mercado. Sabido es que el hastío que siente el cuerpo social hacia las formas políticas tradicionales hace de este "momento democrático" una rutina más dentro del sistema político. Baste citar, en el caso español, la injusticia de ley electoral en vigor para demostrar cómo la soberanía se expresa en un marco de "libertad vigilada", o la importante abstención en las elecciones de EE UU (42,63% en las últimas presidenciales, 2008, pese al efecto Obama).

Resulta paradójico contemplar, en la actualidad, la frustración emocional que conlleva en la ciudadanía, esencialmente en los países de Europa del Sur, después de veinte años de frenético consumo, la imposibilidad material de acceso a los bienes y cómo el descrédito de la política (como actividad pública) y de los partidos políticos y sindicatos (vehículos de esa actividad) puede estar asociada con esa frustración. La pérdida de derechos adquiridos, la precariedad laboral y la reducción drástica de elementos claros de armonización pública parecen, en sociedades anestesiadas por los medios de comunicación, elementos menos graves que la imposibilidad material de consumir. Nadie fija la mirada en los dirigentes en tiempos de (falsa y aparente) bonanza. Crisis e inestabilidad política han sido, a lo largo de la historia, basta repasar el siglo XX, claros antecedentes de soluciones caudillistas o dictatoriales. "Por lo demás, aquella sociedad, cuya paz depende de la inercia de unos súbditos que se comportan como ganado, porque sólo saben actuar como esclavos, merece más bien el nombre de soledad que de sociedad", recuerda Spinoza, mediados del siglo XVII, enfurecido ante las diferentes formas de apatía social y política, en su Tratado Político, cap. V, 4.

Una vuelta a una especie de "estado de naturaleza", al que el neoliberalismo quiere arrastrar a las sociedades modernas, es el nuevo campo de batalla, el sorprendente espacio de acción donde los cantos de sirena de la plural subjetividad desaparecen y la identidad, la pertenencia a un sujeto histórico determinado (hoy múltiple), debe adquirir, renovada, la dimensión de discurso político. Sólo en la Historia, entendida como narración de la experiencia y acción, puede la ciudadanía recuperar su ser, su potencia soberana. Y es en esta reconstrucción de las relaciones afectivas entre mujeres y hombres libres e iguales, entendidas como relaciones políticas, al decir de Spinoza, donde se encuentra el tejido social-emocional -armazón de la soberanía popular- desaparecido bajo la jerarquía de valores (y trampas) del capitalismo. "De una sociedad cuyos súbditos no empuñan las armas, porque son presa del terror, no cabe decir que goce de paz, sino más bien que no está en guerra" (Tratado Político, cap.V, 4). Spinoza, pese a sus sucesivas derrotas (sufrió un intento de asesinato, fue expulsado de la Sinagoga por ateo, sus libros fueron prohibidos), insistía en la cohesión como único antídoto contra la molicie. "No son las armas las que vencen los ánimos, sino el amor y la generosidad".

Este holandés de lejano origen ibérico, cuyas ideas parecen escritas para esta crisis, destaca por materialista frente a propuestas religiosas o místicas; por radical, frente a la tibieza del cálculo del consenso y por revolucionario, puesto que plantea una formulación de la multitud, la comunidad consciente, como soberanía vigilante. De ahí su importancia, teórica y práctica, para devolver, en tiempos de secuestro, la democracia a la ciudadanía.


sábado, 15 de diciembre de 2012

La Europa inservible (*)


Rafael Poch*


07/12/2012

Su necesaria refundación no vendrá del “más Europa” que se pregona desde Bruselas y Berlín, sino de una rebelión popular cuyo marco solo puede ser nacional

Vamos a hablar del proyecto europeo, de porqué esta Unión Europea, tal como está diseñada, es inviable e inútil para afrontar los retos del siglo. Por “retos del siglo” entiendo el calentamiento global, el auge demográfico, el “pico” petrolero y los problemas globales de dominio de unos países sobre otros, de pobreza y de desigualdad, combinados con una mentalidad caduca que tiende a seguir “resolviendo” todas esas cuestiones con métodos militares en un mundo atiborrado de armas de destrucción masiva capaces de anular toda vida en el planeta. Esos retos claman una “nueva civilización” y una Europa como la que tenemos es un claro impedimento a ella.

Así que vamos a hablar primero de las razones que hacen inviable desde ese punto de vista a la actual Unión Europea, luego, de la respuesta ciudadana que habría que dar a esa realidad y acabaremos con una reflexión sobre la violencia y los riesgos que tal respuesta comporta para quienes la asumen. Pero antes de entrar en esa crítica, quisiera subrayar la importancia de que haya en Europa algún tipo de pacto y estrecho vínculo internacional.

El motivo es que, desde el punto de vista de la historia universal de la guerra y la paz, Europa es la parte más guerrera y violenta del mundo. En los últimos quinientos años la historia europea salta de una guerra a otra, especialmente en los dos siglos que van de 1615 al fin de las guerras napoleónicas en 1815. En ese periodo las naciones europeas estuvieron en guerra una media de sesenta o setenta años por siglo. Luego hubo un poco más de paz hasta 1914, si olvidamos la guerra de Crimea o la franco-prusiana, pero en ese periodo Europa continuó culminando la exportación de guerra y genocidio hacia fuera de sus fronteras con el holocausto colonial- imperial que fue la conquista del mundo no europeo. Además, en ese periodo de relativa paz interna Europa inventó la industrialización y con ella industrializó la guerra lo que la convirtió en algo mucho mas destructivo. Dos guerras mundiales de inusitada mortandad e incubadas en y por Europa, fueron el resultado.

La Unión Europea se creó, precisamente, para remediar la crónica pelea continental, que después de la Segunda Guerra Mundial ha dado lugar a 67 años de paz, una paz, sin embargo, tutelada por dos superpotencias en tensión nuclear, es decir una paz bajo vigilancia y presidida por un factor, el de la destrucción masiva, que representa el escalón superior de la estupidez humana.

Así que tengamos bien presente este dato sobre la Europa guerrera violenta y dominante a la hora de criticar el actual proyecto europeo.

I) Todavía en 2003 Jürgen Habermas, el principal filósofo alemán vivo, pudo escribir un libro titulado “El occidente dividido” y ser tomado en serio. Su contexto era la desavenencia entre una parte de la Unión Europea, su matriz franco-alemana, y la administración Bush durante la segunda guerra de Irak. Y su fundamento era la exaltación de los “valores diferentes” –y por supuesto mejores- que Europa decía representar comparada con Estados Unidos.

En esa comparación, Europa era un continente de paz y de cultura, con apego a la nivelación social y al estado asistencial, regido por el derecho internacional y no por la ley del mas fuerte, es decir centrado en la diplomacia y no en la guerra, y tolerante y no fundamentalista en materia religiosa.

En países como China, esa desavenencia de 2003 estuvo en el centro de la discusión internacional de los dirigentes de Zhongnanhai, el Kremlin de Pekín. La posibilidad de que Occidente, aquel bloque que crucificó a China en el XIX, pudiera partirse en dos y se convirtiera en dos polos con intereses globales y recetas diferentes, es decir en algo más débil que lo anterior, era sumamente interesante por las mayores posibilidades y márgenes de acción que podía reportar en la multipolaridad a los países emergentes.

Ahora sabemos que aquella desavenencia, con su discurso narcisista y embellecedor de la Unión Europea sobre sí misma, es un fraude y que las esperanzas de una divergencia trasatlántica que tanto interesaron en China fueron un espejismo. La actual crisis nos ofrece una perspectiva mucho más real y un espejo mucho más fiel de la realidad europea.

Constatamos que esa Europa “autónoma y mejor” y preconizadora de “otros valores”, ha apoyado, colaborado y participado en casi todo lo que reprochaba a su pariente histórico de ultramar. Es decir Europa sigue siendo imperialista y sus debilitadas naciones se unen, precisamente, para poder seguir siéndolo. Veamos la lista:

-Durante veinte años se ha excluido a Rusia de cualquier esquema de seguridad continental. Es decir se ha impedido cerrar la relación de guerra fría con el extremo oriente de Europa, tal como quería el malogrado proyecto de Gorbachov. La ampliación al Este de la UE se hizo sobre un guión supervisado en Washington, según el cual el ingreso en la OTAN era la antesala de la Unión Europea.

- En cuanto la URSS dejó de ser percibida como amenaza, Europa se lanzó a la guerra. Doce días después del ingreso de Polonia, Hungría y Chequia en la OTAN, comenzó la campaña de Kosovo para acabar con Serbia como estado regional anómalo para la nueva disciplina continental. El belicismo y la manipulación mediática adquirieron en Europa niveles que se creían exclusivos de Estados Unidos. Por primera vez desde Hitler, tropas alemanas participaron, en los Balcanes, en un conflicto, y nada menos que en nombre de la prevención de nuevos Auschwitz y “genocidios”.

-En Irak la divergencia franco-alemana con Bush no impidió una colaboración en toda regla a nivel de logística, servicios secretos, torturas y centros secretos de detención de la “guerra contra el terror” que impide considerar como exclusivamente americanos asuntos como el de Guantánamo: los vuelos de la CIA atravesaron Europa desde Polonia hasta Rota, las cárceles secretas, las torturas y los secuestros implicaron complicidades de todo el mundo. Francia cedió su espacio aéreo para la campaña iraquí, los servicios secretos alemanes identificaron sobre el terreno en Bagdad los objetivos de los misiles del Pentágono y las bases alemanas fueron el principal nudo logístico de la guerra.

-En Palestina, la UE ha sido incapaz de trabajar para la creación de un Estado Palestino, sin duda la medida más eficaz contra el radicalismo islámico en todo el mundo y un imperativo moral incontestable. Por el contrario, ha ido incrementando unas relaciones privilegiadas con Israel y ha incrementado su complicidad con esa comedia que llaman “proceso de paz” en Oriente Medio, basada en el apoyo al país ocupante y agresor.

- En Afganistán, la misma Europa que durante la guerra fría protestó y se negó a participar en Vietnam, se ha volcado con decenas de miles de soldados europeos metidos allá once años en esta guerra infame de treinta que no registra protestas. Aún más: los despliegues en el cuerno de África, la intervención militar en Libia y ahora en Mali, demuestran que el intervencionismo militar europeo no es una excepción puntual sino una tendencia consolidada.

-En Oriente Medio vivimos ahora las sanciones y amenazas contra Irán. Un intervencionismo creciente en la guerra civil de Siria que contribuye claramente a hacerla más sangrienta, que usa a fondo la habitual manipulación mediática y que da por completo la espalda a toda acción diplomática. El horizonte estratégico de este intervencionismo va más allá de Siria: complicar la vida a su aliado, Irán –objeto de sanciones por la sospecha de una ambición nuclear que, convertida en hecho conocido en el caso israelí se tolera sin problemas- y de paso complicar también el aprovisionamiento energético de China.

-Y todo esto está perfectamente interiorizado en el discurso europeo de la política exterior y de seguridad. En Alemania imponer el “acceso” (Zugriff) a los recursos energéticos globales es lo que da sentido a las misiones internacionales del Bundeswehr, afirma el discurso oficial. Hoy día no hay experto y analista de cualquier “centro de estudios estratégicos” del estáblishment, de Bruselas, Berlín o Londres, que no mencione el tema como algo rutinario, dando por supuesto que el militarismo es la respuesta a los retos del siglo. Lo llaman “nuevos desafíos” y la doctrina de la OTAN los quiere contrarrestar con acciones militares “preventivas” y “proactivas”, es decir agresiones, en todo el mundo.

Es decir, y concluyendo esta lista: en su relación con EE.UU, la Unión Europea desempeña en el mundo el papel que un primer ministro australiano definió para su país en Asia: el del “ayudante del Sheriff”.

Siendo imperialista y practicando un manifiesto vasallaje hacia Estados Unidos, la actual Europa no puede ser un polo de poder independiente y autónomo en el mundo multipolar y muchos menos un polo benévolo por otras razones.

En primer lugar, como ha apuntado Samir Amin, porque Europa no puede ser unos Estados Unidos de Europa. Por un lado carece de recursos naturales comparables a los de grandes países como Estados Unidos o Rusia. Por el otro, a causa de su manifiesta falta de unidad interna, porque en Europa están presentes las tensiones y conflictos de intereses centro-periferia propios del desarrollo desigual. Europa contiene zonas y países que son Norte -Alemania y compañía- otros que son Sur -España, Italia, Portugal- y otros que son patio trasero y tercera categoría: la Europa oriental y balcánica con Grecia incluida. (1)

En segundo lugar Europa no puede ser ni siquiera una federación unitaria porque no existe un “pueblo europeo”. La identidad europea no existe ni se la espera. Haciendo un gran esfuerzo, españoles, italianos, griegos y franceses, pueden alcanzar cierta afinidad identitaria apelando a aspectos de su común tradición (ibérica, católica, la herencia latina-románica, o al mediterráneo). A partir de ahí, y como dicen los chinos, “con la perspectiva de varias generaciones”, quizá pudieran embarcarse en algo juntos hasta el punto de borrar sus diferencias. Es una cuestión de imaginación. Pero imaginar eso mismo conjuntamente con los finlandeses, los alemanes, los húngaros o los británicos, es decir metiendo juntos a mediterráneos, vikingos y hunos, es superar los límites de la fantasía más atrevida.

Y en tercer lugar, la Unión Europea no puede funcionar como proyecto que valga la pena por el motivo que todos percibimos: porque su burocracia ha tenido la osadía de pretender que un billete de banco, asistido por un sistema sanguíneo-circulatorio compuesto por intereses empresariales multinacionales generalmente dominados por países del Norte europeo, podía ser el corazón de esa identidad de fantasía.

El resultado de esa osadía ha sido una especie de monstruo del Profesor Frankenstein que ha acelerado la gran desposesión de soberanía que toda Europa siente hoy. Si la democracia en las naciones europeas, en el sentido genuino de “poder del pueblo”, ya era caricatura -en unas naciones más que en otras-, ahora resulta que nuestros imperfectos parlamentos ni siquiera tienen soberanía para decidir sobre presupuestos, o que las sacrosantas constituciones deben reformarse en veinticuatro horas por dictámenes que vienen precocinados desde Bruselas o Berlín y que son decididos por instituciones, como el BCE o la Comisión, que ni siquiera son electas.

Casi todas las propuestas que no parten de la propia burocracia de Bruselas para dar un aspecto humano a este monstruo son alemanas: la canciller Merkel desde la Alemania institucional y otros con pretensiones democratizantes e incluso rebeldes proponen lo mismo: más Europa, más integración europea para superar estos defectos. Habermas y otros quieren una Europa federal que resuelva internacionalmente esa devaluación de soberanía y democracia. Quieren convocar una “Asamblea constituyente europea” de hunos, vikingos y mediterráneos. El diputado verde Daniel Cohn-Bendit propone una Europa totalmente integrada compuesta por estados nacionales reducidos a la insignificancia. Es la única manera, dice, de afrontar el pulso mundial con las potencias emergentes. De lo contrario, advierte, “la influencia de nuestra civilización de dos milenios corre el riesgo de esfumarse”. El ex ministro de exteriores, Joshka Fischer, propone dar poderes dictatoriales a la Unión Europea… Los únicos que insisten en “más Europa” como fórmula para salir del hoyo son los alemanes. Hay que recordar que históricamente el discurso europeo de Alemania ha sido siempre entendido como el de una Europa germánica con los alemanes en el papel de dominante “Herrenvolk”. Una quimera hoy manifiestamente imposible.

Así que por todas estas razones (imperialismo, falta de autonomía y recursos, desigualdad interna, ausencia de un pueblo europeo y de identidad común, y por ser un androide empresarial) esta Europa es, a la vez, imposible e inservible para los retos del siglo.

Una vez constatado esto, y recordando aquello que hace importante y necesario un proyecto europeo común (impedir la pelea secular de sus miembros), no hay más remedio que plantearse la pregunta del qué hacer.

II) De lo que se trata es de realizar una refundación ciudadana del proyecto europeo.

De puertas afuera, esa refundación debe impedir la pelea europea. El proyecto europeo no debe tener más ambición mundial que una negación: la de no contribuir al imperio. Si el proyecto europeo ha de ser imperialista, no lo queremos.

De puertas adentro el marco de esta refundación no debe ser “más Europa”, sino más soberanía popular-nacional.

Hay que dejar bien claro que el de la refundación ciudadana no es el único escenario de la actual crisis. De lo que aquí se habla es de lo que “habría que…”, no de algo que vaya a ocurrir inexorablemente. Presentimos que en Europa se está incubando una revuelta social mucho más importante de lo que hemos visto hasta ahora, pero nos encontramos en plena divisoria y tenemos datos que pesan tanto en la balanza de lo positivo y emancipatorio como de lo negativo y regresivo.

Por un lado tenemos el avance, en toda Europa, del chovinismo, la xenofobia y el desprecio por el débil y el emigrante, la ridiculización de la solidaridad y el afán de justicia (resumido en ese miserable concepto neocon que es el buenismo). Una perspectiva de la Europa parda de 1930, podríamos decir.

Por el otro lado tenemos el progreso de la protesta social y solidaria: Cuarenta sindicatos en 23 países participaron el 14 de noviembre en una “Jornada de acción y solidaridad” sin precedentes en Europa. Cotejado con el tamaño y la virulencia de la enorme involución socio-laboral que sufre el continente aquello fue poco y desigual, muy poco. Pero eso ya no es Europa 1930, sino una perspectiva 1848.

La “primavera de los pueblos” de 1848 tambaleó el orden de la restauración absolutista del Congreso de Viena. Un orden absolutista en quiebra es aquel en el que una pequeña casta que acapara el grueso del poder la riqueza y los privilegios adopta decisiones que son vistas como injustas y erradas por la gran mayoría. No se trata del popular 1% contra el 99%, pero sí de algo muy polarizado como sugiere la creciente concentración desigual de la riqueza en Europa. Eso es lo que tenemos ahora.

¿Qué quiere decir una refundación ciudadana? Quiere decir una reconquista de la esfera económica y financiera que la política ha ido cediendo al capital en las últimas décadas. La UE ha sido diseñada como una autopista de la mundialización neoliberal. Pues bien, ahora se trata de combatirla con una desmundialización ciudadana que devuelva todo eso arrebatado a la política en los últimos treinta años, como dice Bernard Cassen.

Evidentemente todo esto plantea la pregunta del cómo.

Para eso es necesario crear un Frente Popular. Una gran unión, una gran alianza y un gran encuentro entre el mundo sindical, los subproletarios emigrantes y parados, la generación sin futuro y deshauciada, la gente mayor estafada tras una vida de trabajo, los sectores religiosos e intelectuales para los que la actual involución es intolerable desde el punto de vista de los principios éticos y morales.

Es fundamental la creación de nuevas fuerzas políticas y de programas. Hacen falta líderes, personas de todos estos ámbitos que representen y sean portavoces de esta refundación – de momento por ejemplo en Catalunya no tenemos líderes obreros ni sindicales dignos de tal nombre, pero curiosamente ha aparecido una de esas personas en el ámbito más inesperado: una hermana benedictina….

Esta refundación solo puede ser (en Europa y en el mundo) internacional e internacionalista, pero, a menos que queramos disolvernos en un sueño idealista de hermandad universal, su marco solo puede ser nacional.

Esa reconquista no puede hacerse en Bruselas, con su burocracia mucho más dominada por el lobbysmo empresarial que la de los estados nacionales, ni en el irrelevante Parlamento Europeo. El ágora, el punto de encuentro y la articulación de ese Frente Popular debe lograrse desde los respectivos marcos nacionales: entre comunidades de gente cercana unida por su marco geográfico y socio-laboral, su lengua su cultura y su común identidad integradora. La experiencia de los foros mundiales, tan interesante pero al mismo tiempo tan etérea e indeterminada, da mucho que pensar. Como ha dicho hace poco Oskar Lafontaine, “La Europa democrática empieza en casa”. Este marco nacional no es sustituto ni alternativa a lo internacional, sino mas bien su condición primera. (2)

Para acabar, una reflexión sobre la violencia.

III) La Europa de hoy no es la del XIX, cuando cualquier avance social pagaba el precio de enormes cantidades de sangre y de violencia. En este continente mucho más rico, mucho más culto y demográficamente mucho más envejecido que el del siglo XIX, quien más quien menos tiene algo que perder. Eso sugiere que la no violencia popular tiene un nuevo sentido y grandes espacios a su favor.

Al mismo tiempo, la rebelión civíl y pacifica, el movimiento social transformador, no es ninguna broma postmoderna y on-line. Exige lo de siempre: compromiso, voluntad, organización y sacrificio. Y recoge represión y reacción. Es decir: hay que ser consciente de lo que significa decir no a una oligarquía absolutista.

La experiencia histórica más reciente nos avisa del enorme potencial de violencia y provocación que tiene el estáblishment. Los dos principales líderes antibelicistas del 1968 en Estados Unidos, Martin Luther King y Robert Kennedy, fueron asesinados. También lo fue el líder estudiantil más notable del 68 alemán, Rudi Dutschke, muerto de las secuelas de un atentado.

Hay que recordar también que la dictadura no es imposible ni una lejana reliquia histórica. Hace menos de cuarenta años la Europa del Sur, desde Portugal a Grecia pasando por España, estaba gobernada por dictaduras. Hace poco más de veinte toda la Europa del Este estaba gobernada por dictaduras comunistoides. Es decir: la mayor parte de Europa eran dictaduras hasta hace muy poco.

Y hay que volver a leer todo lo que expone el Profesor suizo Daniele Ganser en su libro de 2005 sobre Gladio, la cada vez más documentada evidencia de la manipulación directa del terrorismo de los años setenta y ochenta por grupos vinculados a la OTAN -los peores atentados en Italia, Bélgica y Alemania lo fueron. Volver a escuchar la opinión de algunos antiguos miembros de grupos alemanes violentos que hoy confiesan que seguramente su labor estuvo policialmente manipulada desde el principio. Analizar lo que sabemos de las protestas antiglobalización de julio de 2001 en Génova. Lo que está ocurriendo ante nuestros ojos con los apoyos policiales y empresariales a la extrema derecha griega, o lo que se ha visto en España con los indignados… (3)

Hay que tener claro que cualquier presión hacia esa necesaria desmundialización ciudadana chocará, está chocando ya, con las habituales reacciones, tramas negras, represiones, manipulaciones mediáticas y juegos sucios. Repito: hay que ser consciente de lo que significa decir no a una oligarquía.

(*) Este texto sigue las notas de una conferencia pronunciada el 30 de noviembre en el Centre d´estudis Cristianisme i Justícia de Barcelona.

Notas

(1) Para la exposición de Samir Amin en castellano consultar Europa vista desde el exterior (en www.mientrastanto.org).

(2) El concepto desmundialización lo emplea Bernard Cassen en L´heure de la démondialisation est venue, Mémoire des Luttes, agosto de 2011.

(3) El libro de Daniele Ganser, La Operación Gladio y el terrorismo en Europa Occidental, 2005. Sobre el brutal aplastamiento de la protesta contra la cumbre de julio de 2001 en Génova ver El atropello de Génova en este Diario de Berlín.

http://blogs.lavanguardia.com/berlin/la-europa-inservible-63136

Rafael Poch-de-Feliu es actualmente el corresponsal del diario La Vanguardia en Berlín. Durante veinte años representó al rotativo barcelonés en Moscú y Pekín.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Democracias, transiciones


Luis García Montero


06/12/2012

Recuerdo ahora un texto literario en el que se resume una conversación histórica muy repetida entre dos escritores republicanos. Uno de los personajes de Las vueltas (1965), el libro en el que Max Aub imagina distintos modos de volver a España desde el exilio, cita a Francisco Ayala: “La democracia liberal ha llegado a ser algo tan útil como el coche, las vacaciones pagadas o la televisión. Y a quienes –como nosotros- nos formamos en la batalla de las ideologías, nos asombra la despreocupación con que prescinden de la suyas los partidos tradicionales…”.

Cuando leí esta reflexión por primera vez al final de los años 80, sentí una quebradura y un relámpago. La quebradura sentimental se debió la idea de mezclar los electrodomésticos y el SEAT 600 con una conquista democrática por la que tanta gente había luchado y soportado años de cárceles, torturas y ejecuciones. La historia de la resistencia contra el franquismo, durante y después de la Guerra Civil, está llena de episodios y de militantes admirables. El relámpago fue la invitación a comprender con claridad el proceso que se había dado en España a lo largo de los años 60 y 70, la llamada Transición que desembocó en nuestra Carta Magna y nuestra Democracia.

El relato oficial habla de la muerte de Franco y del esfuerzo sensato por construir una democracia, lograda por la sabiduría de los padres de la Patria. Se enfrentaba así el mundo de la dictadura contra el mundo de la democracia en las tensiones de la Transición, cuando en realidad se vivió algo mucho más complejo. Con el debilitado telón de fondo de algunos sectores que sentían nostalgia por el franquismo, lo que en realidad se libró fue una lucha entre dos maneras de entender la Democracia, es decir, las posibilidades económicas de una democracia liberal y el derecho a una democracia social.

La larga agonía del Régimen del Caudillo representó la evidencia de que un país decimonónico, clerical y absolutista, era incompatible con el capitalismo avanzado que marcaba la vida europea. Semejante burbuja clerical y caciquil no servía en Europa para los intereses de los grandes negocios y las ofertas de mercado que necesitaban las élites españolas. Por eso se preocuparon por generar una democracia tan útil para ellos como el coche y la televisión, aunque supusiese renunciar a algunos privilegios.

Por otra parte, estaba la democracia por la que habían luchado el sindicalismo clandestino y, sobre todo, el Partido Comunista en la resistencia. Se trataba de una democracia inseparable de los derechos sociales, los amparos públicos, la dignidad de los trabajadores y los salarios justos.

La Democracia y la Constitución española nacieron de esa tensión más que de una lucha contra las fuerzas de la dictadura. Los nostálgicos de Franco no tenía en 1975 posibilidad ninguna de mantener sus posiciones en una sociedad de capitalismo avanzado y si adquirieron cierto protagonismo fue por el interés de los demócratas liberales en utilizarlos como amenaza contra la democracia social. Sirvieron para recortar las aspiraciones de la izquierda. Se cae con frecuencia en la tentación de plantear los problemas como un asunto de traiciones personales, gente que renunció a sus ideas, cambios de partido y egoísmos. Pero los afanes individuales son inseparables de su situación histórica y conviene analizar la Transición española como una correlación de fuerzas. Los partidarios de la democracia social no encontraron en la nación apoyos objetivos para romper con el Régimen. Se vieron obligados a pactar con el liberalismo económico para introducir algunas de sus reivindicaciones en la Constitución. El texto de 1978 fue muy avanzado si lo comparamos con otras constituciones europeas, pero estaba lastrado desde el principio y encaminado a un inevitable desarrollo derechista con el paso de los años.

¿Por qué este desarrollo derechista? ¿Por qué los incumplimientos constitucionales? Porque las élites económicas del franquismo conservaron sus privilegios, porque el olvido impuesto sobre los verdaderos luchadores contra la dictadura dejó a nuestro país sin orgullo cívico y a nuestra democracia sin raíces, porque se creo la idea de que la libertad y los derechos sociales nos los había regalado el Rey (heredero, en realidad, del dictador y de sus élites sociales), porque el consumismo iba a borrar los compromisos políticos de la mayoría y porque una ley electoral manipuladora fue imponiendo la idea de los votos útiles y del bipartidismo sometido a las decisiones de los bancos. Ni en los mejores momentos económicos, la democracia española tuvo fuerza para desplegar las inversiones sociales a una media parecida al Estado de bienestar europeo. La crueldad de la legislación hipotecaria es una consecuencia más de este proceso. Nuestro orgullo democrático fue el primer desahuciado.

¿Y ahora? La debilidad democrática española actual y la gravísima factura que estamos pagando con la crisis son la consecuencia de una Transición dominada por el liberalismo capitalista. Estamos sufriendo el cierre en falso del franquismo.

¿Soluciones? Hay quien piensa que el bipartidismo tiene futuro, que se trata de esperar a que el PP se debilite y el PSOE tenga una nueva oportunidad para suavizar las medidas feroces de la derecha. Pero otros pensamos que ese camino nos conduce a la ruina como sociedad democrática con derechos cívicos y laborales. Creemos necesario construir una nueva mayoría que cambie el rumbo. De nuevo se trata de una correlación de fuerzas. Como siempre, muchos indiferentes renuncian a decidir y se abandonan al fatalismo. Pero nos da una oportunidad nueva la insatisfacción de los ciudadanos que, metidos o no metidos antes en política, ven ahora cómo se les roba su dignidad laboral, sus derechos cívicos, su educación, su sanidad pública y sus pensiones. ¿Culpables? La situación, o sea, los bancos y las cúpulas de los partidos que trabajan para los bancos.

martes, 11 de diciembre de 2012

Clásicos republicanos: «Robespierre en Lepe», de Javier García Sánchez


Javier García Sánchez*

El País

06/10/1989

Somos unos cachondos. En el fondo lo somos y lo asumimos con una cierta displicencia. De un tiempo a esta parte se oyen chistes acerca de las gentes de Lepe. Ese pueblo de la provincia de Huelva, tomado a saber por qué extrañas razones como centro de una evidente proclividad colectiva y ovejil al humor, empieza a configurarse, pues, como algo más que una pequeña villa. Día a día adquiere la proporción de un país sorprendente, de Reino del Absurdo, de lo Inverosímil. En la vida social de España, y probablemente esto sucede desde Indíbil y Mandonio, siempre ha habido un Lepe. Un Lepe para descargar adrenalina, para exorcizar miserias, para tener esperanza. Por cierto, aún no se sabe de nadie que haya preguntado a los leperos qué opinan de tanta coña a su costa. Da lo mismo. Han sido elegidos.La reflexión que sigue tiene que ver, en efecto, con lo inverosímil, con lo absurdo, pero también con el deseo. ¿Qué hubiera ocurrido si Robespierre, uno de los impulsores de la Revolución Francesa, hubiese nacido en Lepe? Posiblemente, hoy todo sería distinto. En el año del segundo centenario de la Revolución Francesa puede constatarse que las cosas siguen más o menos como siempre. La diferencia es que ahora, además, la gente de la jet-set y los banqueros están en todas partes y se han convertido en objeto de interés y culto popular. Aprovechando ese centenario se hablará de todo lo referente a esa fase de la historia de Francia y Europa, de todo excepto de Robespierre. La causa es que tal vez Robespierre sea lo menos parecido a un chiste de Lepe que pueda imaginarse. Vamos, lo antilight por excelencia. Y uno, por aquello de especular, no deja de pensar que si el ciudadano Maximilien François lsidore Robespierre hubiera nacido en Lepe, o al menos hubiese pasado unas cortas vacaciones allí, sin duda hubiera afrontado la Revolución con más sentido del humor. No obstante, reconozcamos que la figura de Robespierre, con su obstinado aferrarse a los principios radicales y democráticos que bebió directamente de Rousseau, está empezando a ser sometido a una lenta y justa revisión por la historiografía moderna. Y es que prácticamente todos los revolucionarios franceses tienen su calle o su placita en alguna ciudad del vecino país. Robespierre no. Y eso pasa porque no es nada Lepe. Hasta el energúmeno de Marat, que pedía cabezas y más cabezas burguesas mientras desayunaba, tiene su calle. Un poco cerril y fanático el chico, que desde luego andaba equivocado. Y Danton. Éste incluso ha sido homenajeado por gentes que van desde el dramaturgo alemán Georg Büchner al cineasta polaco Andrzej Wadja, pasando por el severo Romain Rolland. Todo aquel pufiado de hombres que intentó cambiar el mundo, volviéndolo más justo e igualitario, ha tenido su homenaje, su reconocimiento: Camille Desmoulins, Barnave, Lameth, Hébert, Couthon, Carrier, Collot d'Herbois, Heron, Billaud-Varennes, Duport, incluso Saint-Just, mano derecha de Robespierre, quien no hizo sino inocular pureza ideológica a su maestro. Pero Robespierre no. Él sigue siendo maldito entre los malditos, pues reúne en sí mismo cuantos elementos puede -y debe- odiar una sociedad como la nuestra.

Su caso está ahí, para quien se atreva a investigar y ahondar en su trayectoria, en su significado profundo, como muestra descarnada de hasta qué punto la historia miente y nos gesta en los parámetros de esa mentira. Hasta qué punto un personaje relativamente reciente ha sido silenciado, sus palabras tergiversadas, sus ideas cambiadas. La imagen que yo mismo tenía de Robespierre, y recuerdo haberla visto por vez primera siendo aún muy niño, era en un grabado, bebiendo sangre de aristócratas y burgueses en una especie de cáliz. Él, mucho más que Marat o Danton, significaba el Terror, lo que los franceses denominan la Grande Terreur. Sobre este punto habría bastante que discutir y, desde luego, mucho que rebatir. Se nos describe a Robespierre tal que un tipo así como ciertamente vulgar, sin excesiva personalidad ni talento llamémosle político. Miope y bajito. Sin amoríos escandalosos, como Danton. Y, sobre todo, sin ningún sentido del humor. En eso coinciden todos sus biógrafos, los pro y los contra. Sin embargo, su nulo sentido del humor le llevó a ser de una tenacidad lacerante, a ser consecuente con su ideario. En este segundo milenio de historia de Occidente, caracterizado entre otras cosas por el cambio de chaqueta sobre la marcha de muchos y muy carismáticos líderes de opinión, la figura de Robespierre representa todo lo contrario. En parte modificó sus opiniones, varió sus actitudes como puro instinto de supervivencia, pero no cambió ni un ápice sus postulados revolucionarios. Por algo se le conoce por El Incorruptible. Por algo los huesos de más de un reaccionario aún deben temblar en la tumba con sólo oír su nombre. Pero se ha olvidado que antes de votar a favor de la ejecución de Luis XVI, por ejemplo, Robespierre defendió en la Asamblea Constituyente la abolición de la pena capital: "Cada vez que matáis a un hombre, destruís una parte del carácter sagrado del hombre". Luego, las circunstancias mandaron. Si llega a votar contra aquella regia ejecución, sus días estarían contados. También se olvida que, si bien en una medida indeterminada, estuvo detrás de las ejecuciones de Desmoulins y Danton, tendió cables a ambos para intentar salvarles. No los cogieron, confiados en que la propia dinámica de los hechos les salvaría. Parece ser que tanto Desmoulíns como Danton mantuvieron un cierto sentido del humor hasta los momentos finales. Uno se los imagina contando chistes al estilo de los de Lepe para aliviar la tensión ante la inminencia del cadalso. Robespierre no hacía chistes. Fue consciente de que entre todos habían puesto en funcionamiento la formidable máquina del Terror, y que esa maquinaria se giraba lentamente contra ellos. Dudar un instante era caer de inmediato. Es cuando estalla la pugna entre los Indulgentes y los Extremistas. Él no está ni con unos ni con otros, sino con la Revolución, para lo cual se ve obligado a arremeter contra unos y contra otros. Más allá de leyendas negras, lo único cierto es que Robespierre cayó víctima de la irracionalidad termidoriana porque con todas sus fuerzas intentó poner freno al Terror. Su contradicción fue que desde varios meses antes se había propuesto poner fin al Terror, sí, pero acentuándolo en algunos casos, organizándolo, racionalizándolo. Desde ese mismo momento el Terror empezó a rondarle. Un dato: él fue responsable de la ejecución de Fotiquier-Tinville porque, al parecer, éste "había ejecutado demasiado alegremente". Un verdugo á la Lepe.

Acosado desde diversos frentes por la Convención, la Comuna de París, sectores de la Asamblea, el propio Club de los Jacobinos y, sobre todo, por el Tribunal revolucionario y el tan temido Comité de Salud Pública, no hizo sino lo que pudo, es decir, ir poniendo parches aquí y allá, intentando salvar lo salvable del espíritu de la Revolución. Al final, en la conjura orquestada en su contra, le acusaron de tirano. "¿Qué clase de tirano puede haber en mí, a quien temen todos los tiranos del mundo?". La pregunta sigue vigente. Fue, sí, un burócrata de la Revolución. Creyó a pie juntillas -pecado mortal que nunca perdona la historia a quienes, paradójicamente, la hacen más grande- que el fin justifica los medios. Aunque ese fin sea hermoso y los medios desagradables. Arrastrará esas cadenas por siempre.

De cualquier forma, algo molestaba de Robespierre, ya a sus contemporáneos e incluso a sus acólitos. Quizá la noción de que no era un iluminado como Saint-Just, sino más bien un teórico de la iluminación. 0 quizá fuese su aspecto pulido y cursi, de abogado de provincias, lo que tendría que ver, en un sentido metafórico, con lo del cambio de chaqueta sobre la marcha. Él nunca abandonó sus casacas azules o, a lo sumo, verde oliva. Ni sus hebillas estilo Antiguo Régimen en los zapatos. Ni la pañoleta blanca al cuello. Ni sus puños escarolados. 0 quizá molestase su actitud terca ante todo aquello en lo que creía de corazón, defendido siempre entre citas puntuales y viperinas a Tácito, a Cicerón, a Rousseau, a Virgilio, con una perenne semisonrisa en los labios, pequeños y contraídos. Era la suya una mueca helada y a la vez ingenua, tímida, que ponía nerviosos a sus enemigos. 0 tal vez fuera ese modo de ponerse y quitarse los anteojos al debatir o dar lectura a uno de sus interminables discursos, como si sufriera jaqueca de tanto planificar ejecuciones y listas de futuros condenados. Así nos lo inmortalizó Abel Gance, un tanto tendenciosamente, en su monumental Napoleón.

No tuvo sentido del humor ni al final. Los historiadores siempre han mantenido que un soldado le hirió el rostro de un disparo en el momento de su detención. Falso. Se intentó suicidar, pero hasta eso le han negado. También se dijo que en el fondo lo que deseaba era autoproclamarse rey, casándose con la hija de Luís XVI. Apenas se ha escrito, en cambio, sobre que Robespierre pudo haber escapado de la guillotina aquel crucial 9 de termidor, pero no quiso hacerlo, para desconcierto y desesperación de quienes prepararon su huida. Fue consecuente con su papel hasta en ese supremo instante. La fría lógica de la Revolución exigía su final, y él lo aceptó silencioso con gallardía. También avisó a los chacales que le acusaban: "Después de mí vendrá un despotismo militar que acabará con la Revolución". Faltaba poco para el golpe de Estado de Bonaparte el 18 de brumario. No se equivocó en sus previsiones. En su último, y por vez primera exaltado discurso en la Convención, tampoco perdió en exceso la compostura al afirmar: "Creedme. No es un sueño eterno. Yo habría escrito en todos los sepulcros: Por aquí se entra en la inmortalidad".

Nació en Arras y no en Lepe. Eso debe marcar lo suyo. Lo que la historia ha hecho y sigue haciendo con Robespierre es el peor chiste lepero que pueda concebirse. Él es sólo un síntoma, uno entre tantos. En cualquier caso su ejemplo debiera servirnos para ser conscientes de que nuestro presente también será leído por las generaciones futuras. Y lo será tal y como quieran quienes manden entonces. Porque hoy, como antaño, en cierto sentido la historia siguen escribiéndola los servidores del poder. Prueba fehaciente de ello es que uno puede ser guillotinado -simbólicamente, pero en el acto- si osa atacar exactamente aquello que ataco Robespierre. Que el lector deduzca a qué nos referimos.

Ahora sólo cabe optar por el silencio, resentido y cobarde, porque en el fondo carecemos de verdadera fe y preferimos conservar el pellejo. También, a qué negarlo, porque siempre queda la alternativa, la posibilidad aislada y en cuentagotas, de esbozar una sonrisa con el último chiste de Lepe para, de esa forma, intrigando en las sombras, no perder del todo la esperanza de que algo cambie algún día. De que lo haga realmente y para siempre.


sábado, 8 de diciembre de 2012

Federalismo republicano: Política de principios y principios de perspectiva


Juan-Ramón Capella


18/11/2012

Política de principios

Se suele decir que la política es una técnica pragmática. Que en política no hay principios que valgan. Pero viendo cómo nos ha ido con la política sin principios, vale la pena señalar algunos elementos para una política con principios.

Viene esto a cuento de la cuestión catalana. Creo que fue Claus Offe quien formuló claramente un principio democrático básico: una comunidad humana, en cuestiones que la afectan a ella misma y solamente a ella misma, tiene pleno derecho a decidir por sí misma. Inobjetable. Parece que este principio es aplicable a la cuestión catalana, pero no. Una decisión de los votantes de Cataluña favorable a la independencia, por ejemplo, no les afectaría solamente a ellos mismos: afectaría también al conjunto de los ciudadanos de España. Por eso, en buena política de principios democrática, la cuestión catalana resulta más compleja.

Pretendo argumentar en pro de las condiciones de principio democráticas cuya satisfacción puede hacer posible el ejercicio del derecho de autodeterminación a la ciudadanía de Cataluña. El derecho de autodeterminación es autodecisión, autonormación. Y adelantaré que el autor de estas líneas es favorable al derecho de autodeterminación para Cataluña, para Galicia y para lo que hoy llamamos Euskadi.

Pero como queda dicho el ejercicio de este derecho puede tener consecuencias para los ciudadanos del conjunto de España. Consecuencias innegables. Algunas positivas, como señalaré más adelante, y otras eventualmente negativas, obvias por tratarse en dos de los casos de algunas de las escasas zonas opulentas de la Península Ibérica. Por consiguiente, para que pueda quedar establecido el derecho de autodeterminación es necesario que así lo decida el conjunto de la ciudadanía española. Es a esta ciudadanía a la que corresponde el establecimiento de este derecho, lo que conlleva el deber de respetarlo.

La primera consecuencia del planteamiento del problema debe ser, pues —y ésta es una consecuencia positiva— la necesidad de que la ciudadanía española se politice a propósito del derecho de autodeterminación. Que pueda reflexionar sobre el tema tanto en línea de principio como contemplando las consecuencias materiales previsibles, y que emprenda prácticas políticas que materialicen el resultado de su reflexión. Eso conduce, obviamente, a lo que se viene llamando una segunda transición, que como cuestión de principio debe ser producto de una auténtica voluntad popular —y no como la primera, la transición pasteleada en unas cortes no elegidas formalmente como constituyentes, aunque lo fueron de hecho, por un grupo de políticos que configuraron un sistema político hermético, partitocrático, desmemoriado y excluyente, y además condicionado a aceptar la herencia envenenada del régimen anterior—. Pues la condición primera del ejercicio del derecho de autodeterminación es que la ciudadanía española lo reconozca y asuma los deberes que le den contenido.

Volver hegemónica la consciencia colectiva de la necesidad de una segunda transición está muy lejos de las precipitadas tomas de posición de las partitocracias española y la específicamente catalana. Lejos de la retórica política vacía y cortoplacista a que nos tienen acostumbrados. Esa hegemonía sólo se logrará desde las plazas, y no es cosa de palacio. La inteligencia política necesaria para construir esa hegemonía sólo puede resultar de las coincidencias entre los movimientos sociales españoles —y en el caso catalanes— para que esa segunda transición sea verdaderamente democrática. Entre sus ideas-fuerza están los principios republicano y federal. Desde estos principios el derecho de autodeterminación cobra plenamente sentido.

Corresponde ahora abordar, también en línea de principios, las condiciones de ejercicio de un derecho de autodeterminación por hipótesis ya reconocido. Y en esta hipótesis lo que se plantea es la existencia de una auténtica voluntad popular mayoritaria para un cambio del estatuto institucional básico, esto, es, para un cambio en la determinación de lo que es una nación de ciudadanos.

(Hablo de nación de ciudadanos, pues no se pueden tomar en consideración democrática "naciones" románticas basadas en elementos del pasado histórico y cultural tomados de aquí y de allá, como es lamentablemente frecuente. Aquí una nación es un conjunto determinado de ciudadanos y no otra cosa, por vociferante que esto último sea.)

Pues el ejercicio del derecho de autodeterminación debe garantizar en cualquier caso que dará de sí una comunidad de ciudadanos iguales. Dicho con otras palabras: se trata de evitar que una parte de la población se sobreponga a otra y la convierta en minoría; o, aún de otro modo: se trata de que una decisión que afecta a la condición misma de la ciudadanía sea materialmente mayoritaria entre la población (y no sólo lo sea formalmente).

Esta condición garantista es el único paraguas jurídico contra el enfrentamiento social, contra el cisma poblacional que en otras fronteras ha conducido a catástrofes sociales que es preciso evitar a toda costa.

Hay condiciones jurídicas para garantizar que eso no ocurra, esto es, para evitar que una decisión de cambio de estatuto ciudadano sea sostenida sólo por una minoría social que se construya formal o retóricamente como mayoría. Estas condiciones son principalmente el quórum censal de participación exigible para que una toma de decisiones pueda ser tenida como válida, y la exigencia de mayoría absoluta dentro de ese quórum. El quórum censal exige una participación elevada en la toma de decisiones para que éstas, sean cuales sean, puedan considerarse válidas; la exigencia de mayoría absoluta para la toma de decisiones que alteren el statu quo ante es una condición que garantiza la madurez de la decisión misma [1].

En política son bastantes las cuestiones que no se pueden resolver mediante la formación de mayorías exiguas sobre minorías consistentes. Esas situaciones revelan comúnmente la falta de maduración de la propuesta sometida a decisión, que sensatamente debe ser aplazada. La posibilidad de aplazamiento de una decisión por maduración insuficiente exige que el ejercicio del derecho de autodeterminación pueda volver a ser planteado y no decidido de una vez para siempre. Ello forma parte del contenido jurídico del derecho tanto como las condiciones de su ejercicio.

Es una cuestión de análisis concreto y previsión política sobre la base del censo establecer qué quórums pueden garantizar que la decisión que se adopte sea poblacional y efectivamente mayoritaria. En cualquier caso, está claro que una decisión como la que se examina aquí no puede ser adoptada con una baja participación en la consulta ciudadana: eso sólo revelaría mala práctica política, justamente como la que se pretende dejar atrás mediante un proceso que sea materialmente democrático y no lo sea sólo en las formas. Ahora ya sabemos que las aparentemente buenas formas pueden llevar a la iniquidad.

Principios de perspectiva

En el caso español, la resolución de la unificación política de la ciudadanía de un país plural remite a la institucionalización de un estado federal. A la federación relativamente asimétrica de estados y comunidades autónomas.

El principio federal es coherente con los principios y los valores republicanos. Permite la articulación de lo que es público pero específico con lo que es común a todos. Las entidades federadas pueden hacerse cargo de la normación y la gestión de lo que tienen de específico o especial sus sociedades, mientras que el estado federal toma a su cargo la igualdad política de los ciudadanos y la gestión de lo que es común. Se trata pues de una articulación institucional que, como solía repetir Pi i Margall, permite avanzar en la construcción de una sociedad más consciente de sus derechos y deberes.

El principio federal no es ninguna novedad. Lo han adoptado algunas de las sociedades que han llegado más tardíamente a su constitución como nación de ciudadanos: los Estados Unidos, o Alemania. En otros países, como Italia, de unificación reciente, el propio impulso unificador redundó en un solo estado unificado que sólo muy posteriormente llevó a cabo una redistribución regional de competencias. En Francia, el país de la revolución ciudadana, fue el concepto mismo de nación de ciudadanos el que legitimó un estado centralizado y centralista, partiendo de la gran unificación moderna que culminó Luis XIV.

El caso español es mucho más complejo. El estado español moderno no llegó a existir como tal sino en la fórmula de la "unión de reinos" en la época en que éstos eran considerados por definición patrimonio personal del monarca. Eso tuvo consecuencias acentuadas: de una parte permitió la pervivencia intocada de las instituciones feudales en los antiguos reinos o regiones, siempre que acataran la superioridad de la monarquía (no fue así en la Castilla de los comuneros); de otra, sin embargo, permitió que los monarcas utilizaran las rentas fiscales españolas en guerras para la defensa de los intereses patrimoniales de la dinastía Habsburgo que, desde una concepción más moderna a la de la "unión de reinos", habrían resultado indefendibles. Las guerras exteriores de los Austrias, que casi nunca fueron objetivamente de interés para los españoles, pesaban sobre las espaldas del indio americano, del campesino castellano y, más levemente —pues su contribución fiscal era inferior—, sobre el campesinado catalano-aragonés. Si la fórmula imperial de la unión de reinos era aceptable para las instituciones locales, preciso es recordar que esa unión perpetró algunas crueldades genocidas con las poblaciones gobernadas: nació con la expulsión del país de los judíos españoles, prosiguió con la expulsión de los españoles moriscos —siempre de ambos reinos— y además estableció la unidad nacional interior sobre la base de la unificación religiosa y el siniestro tribunal de la Inquisición española.

La "unión de reinos" dejó de existir con Felipe V, nieto de Luis XIV, con una concepción más moderna del estado —que abolió las diferencias entre los súbditos de los antiguos reinos—, al crear para el estado español una arquitectura institucional modernizada y unificada (aunque con privilegios fiscales, que generaron los de hoy, para las regiones que no tuvieron el desacierto político de oponerse plenamente al rey en la Guerra de Sucesión; tampoco no se puede ignorar que Cataluña, que lo hizo, ya había iniciado la modernización de sus instituciones, con una Hacienda propia).

Hay pues dos grietas históricas ya viejas en el Estado español: la grieta comunero-inquisitorial, de falta de libertades básicas para las personas, y la grieta regional. Pero no han sido éstas las peores de la España moderna. Hay una gran grieta que se abre con la invasión napoleónica. Ésta divide internamente, para empezar, a los ilustrados españoles, a quienes desean la modernización que representa la revolución francesa y que sin embargo no pueden aceptar la represión napoleónica del levantamiento popular. Francisco de Goya da el mejor testimonio (El tres de mayo de 1808) de esta escisión interior. Pronto se convertirá en una escisión social que no ha hecho más que agrandarse hasta dar lugar a las dos Españas, y en particular a la España Negra, prolongación de las tinieblas inquisitoriales. Pues la constitución realmente moderna de la nación, de la nación de ciudadanos —y ya no de súbditos—, fue sofocada una y otra vez, sobre todo durante el reinado de Fernando VII y luego por las guerras carlistas, con episodios durísimos de represión poblacional parecidos a los del franquismo. No sólo no pudo imponerse en España la revolución burguesa, o algo semejante a las evoluciones de todo el entorno europeo occidental, sino que la predominante España Negra trató siempre de cerrar el paso a la novedad del mundo contemporáneo representado por las clases trabajadoras.

Esta fractura insalvada de la sociedad española es la que hace posible el ensanchamiento de la grieta regional, en el siglo XIX, al no existir verdaderas instituciones democráticas que permitieran solventar conflictos de intereses siquiera entre las distintas fracciones de la burguesía (p.ej., intereses textiles catalanes e intereses cerealícolas castellanos). La debilidad del Estado reacciona con ferocidad frente a los movimientos obrero y popular, sobre todo ya en el siglo XX. Algunos gobiernos de la II República intentaron dar pasos decisivos para afianzar una verdadera nación de ciudadanos. El levantamiento y el régimen franquistas fueron el penúltimo intento de la España Negra, con costes inmensos para las gentes corrientes, por impedir el florecimiento de instituciones democráticas.

El último intento es de nuestros días: consiste en el vaciamiento del ya escaso contenido de las instituciones postfranquistas, su utilización para la corrupción y el lucro privados, su despilfarro, su indiferencia para con los intereses públicos, sus privatizaciones, su entreguismo educativo al poder de la Iglesia, su deliberada aceptación y promoción de un país neoliberal de ganadores y perdedores en vez de una ciudadanía responsable. Llega al paroxismo con la crisis económica del presente

Por todo eso el federalismo con autodeterminación es un elemento indispensable para una segunda transición, para construir unas instituciones políticas en que la población determine realmente, no ficticiamente, la voluntad de las instituciones. El principio republicano y federal —y sus valores— puede unificar el impulso disperso —y a veces desorientado en forma de secesionismo— de la población de este país por salir de la situación actual. Un soberano federal es probablemente el único capaz de recuperar la soberanía alegremente cedida en algunos tratados de la Unión Europea, como el de Maastricht, y emprender políticas económicas y sociales que nos saquen del pozo —sin olvidar ni minimizar al difuso soberano imperial que está más allá de la Unión Europea, al que hay que despojarle de las las instituciones locales que le son propicias—.

Nota

[1] Por ejemplo, en Cataluña, sobre un hipotético censo de 5.260.000 personas, un quórum del 50% del censo lo satisfarían 2.630.000 votos, y la diferencia entre una mayoría absoluta del 51% y una minoría del 49% sería sólo de 52.600 personas, indicio claro de que tal resultado oficializaría una fractura social. Para evitarla sería necesario bien elevar el quórum del censo al 70 o al 75%, o bien situar un listón decisorio de alteración del statu quo ante por encima del 50% de los votos. Eso es cuestión de decisión política: se tiene que establecer dónde puede situarse razonablemente la paz social (en cualquier caso ha de excluirse que una decisión de gran calado pueda ser aprobada por una exigua minoría de personas, como ocurrió con el actual Estatuto catalán).

http://www.mientrastanto.org/boletin-108/notas/federalismo-republicano

* Juan-Ramón Capella Hernández es catedrático emérito de Filosofía del Derecho en la Universidad de Barcelona.