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jueves, 31 de octubre de 2013

De nuevo sobre el "ser de España"




30/10/2013

I.-LO NACIONAL EN LA CONSTITUCIÓN DEL 78

De nuevo sobre el ser de España. En la hora de la más aguda crisis del régimen del 78 desde su instauración, el sentido del “ser español” vuelve a ser objeto de dudas y discusiones, no solo para una parte de la población vasca, catalana y gallega sino para una buena parte de la que vive en otras Comunidades autónomas y que ha visto esfumarse la relativa tranquilidad con la que afrontaba el porvenir en años recientes.

Secularmente lo español ha sido sinónimo de atraso, oscurantismo, intransigencia, dominio de unas elites políticas y económicas incapaces de dirigir al país en una evolución de progreso y bienestar y libertad, incluso si dichas metas se perseguían en el marco de una economía capitalista. Esta dominación, impuesta por la violencia del Estado y sus aparatos cuando ha sido preciso, alcanzó su apogeo con la dictadura franquista entre 1939 y 1975. Con la Constitución del 78 y el régimen inaugurado por ella, un intento de refundar la españolidad se pone en marcha tomando como ejes dos elementos que se pretenderán vectores de desarrollo: una sociedad del bienestar basada en la paz social y la concertación como impulsos fundamental al desarrollo de un capitalismo integrado en el proceso de construcción del mercado europeo. 

La concertación social, fuente de legitimidad para el régimen del 78, opera asimismo al servicio de un proyecto de progreso identificado con una fuerte apertura a las economías europea y global sobre la base de la combinación de dos ejes articuladores del modelo de crecimiento económico durante estas décadas. De un lado- en el marco de la división del trabajo europea y con la impuesta asignación de papeles derivada de la adhesión- una economía exportadora de bienes primarios, no solo productos agrarios sino también y con una importancia estratégica, productos turísticos [1] favorecidos por una climatología muy benigna para la explotación de unos recursos naturales abundantes de sol y un extenso litoral. De otra parte, una economía de servicios con un peso creciente de los servicios públicos, a pesar de ello muy separados de la media de la Unión Europea de los Quince (UE-15) y cuyo disfrute ha tenido mucho que ver con la emergencia de un sentimiento de pertenencia/ciudadanía potencialmente refundador de la españolidad.

Una idea de lo nacional que, si heredaba de la anterior la orientación colectiva a la prosperidad y el bienestar, después de siglos de privaciones para la mayoría y desconexiones de los rumbos del progreso, ahora incorporaba, además, la voluntad colectiva de vivirla en calidad de ciudadanos y no de súbditos.

Una parte mayoritaria de las capas subalternas ha vivido esta experiencia como un reencuentro ó una reapropiación de su nacionalidad más allá de las imposiciones castizas del nacionalismo reaccionario. El sentimiento de derrota que en buena medida anida en la izquierda de fuera del régimen desde la promulgación de la Constitución no debería impedirnos constatar esta evidencia ó atribuirla a un fenómeno de alienación ó falsa conciencia. Cómo todos los fenómenos de identificación colectiva, lo nacional tiene una evidente dimensión mítica pero tiene también en el patrimonio colectivo compartido (en este caso, el de los derechos) un fundamento material de enorme valor.

Es verdad que la sociedad española, sin apenas parangón en ninguna otra sociedad de nuestro tiempo, se ha lanzado a la vorágine patrimonialista azuzada por el capitalismo inmobiliario y financiero y por las políticas irresponsables de los distintos gobiernos. Pero esa es solo una parte de la historia colectiva de estos años.

Un pueblo atenazado durante décadas por el miedo incubado por un terror cotidiano ha hecho suyas metas de libertad e igualdad materializadas en una nueva condición de ciudadanía soportada por el acceso a los servicios públicos garantes de la efectividad de los derechos ciudadanos. Es- entre otras cosas- por esto por lo que hoy mantiene duras luchas por la defensa de estos derechos, percibidos como inherentes a su condición de ciudadanos del Estado español.

Con la consecución de esas metas, encargadas, hay que recordarlo, al PSOE, se ha ido generalizando una percepción colectiva acerca de la disposición de un conjunto de derechos que se constituían, por primera vez en la historia, como la condición material del “ser español”. La forma en la que la bandera roja y gualda ha sido aceptada como la bandera nacional, la” bandera de todos”, sigue teniendo que ver con un conjunto de sentimientos irracionales y míticos (el orgullo, el coraje,etc.) pero ha sido cada vez más sustituido por el sentimiento y la certidumbre de que ser español suponía una condición para uno y lo suyos que admitía ventajosas comparaciones con otras sociedades.

Ser español parece que ha comenzado a ser algo asociado a intereses y derechos más allá de invocaciones metafísicas del pasado. Se percibe, además, por el interés de los otros por adquirir tal condición (oportunidades de trabajo, buenos sistemas públicos de educación, sanidad y protección social, etc).

Sobre esta base objetiva, España ha podido ser percibida en los años de “prosperidad” como una gran empresa (la “marca España”) en condiciones de competir con los otros estados nacionales en el mercado global para atraer capital y fuerza de trabajo. El Estado nacional competitivo [2] sería la nueva forma del Estado encargada de gestionar esta gran empresa de la que se habría erradicado el conflicto entre los propietarios de los medios de producción y los proveedores de fuerza de trabajo. La apropiación de plusvalía ya no sería explotación sino “generación de valor añadido”. La ciudadanía se convertiría en la condición de acceso a la posesión de acciones en el capital social del estado nacional, de la “empresa España”.

La Constitución del 78 parecía poder representar una posibilidad histórica para la refundación nacional de España, para el tan añorado encuentro de las dos Españas. La derecha política, representante político del bloque social soporte y beneficiario del régimen franquista, como mal menor y con las garantías que representan el papel constitucional del monarca designado por Franco a la cabeza del ejército espina dorsal de la dictadura [3], aceptaba la democracia en su versión de mercado, esto es, como la posibilidad para el pueblo de elegir gobernantes a cambio de renunciar explícitamente a cualquier modalidad, por tímida que fuera, de llevar la democracia a los terrenos económico y social [4].

Es del lado de la izquierda contraparte en la fundación del régimen de dónde se postula un concepto de lo nacional basado en una comunidad de ciudadanos iguales en derechos, como forma de enterrar de forma efectiva, la separación entre la España que manda y se beneficia del trabajo y la cooperación social de la “otra España”, aquella a la que durante cuatro décadas se le reservó este papel a cambio de haber sido perdonada en el genocidio perpetrado desde 1939. Un parte de la historia del régimen ha estado animada por esta voluntad de “refundación nacional”, con el impulso a un capitalismo que se pretendía de rostro humano y capaz de aceptar la convivencia con los derechos y libertades tan duramente peleados [5].

Este españolismo que se quería democrático ha convivido con el reaccionario mientras las prestaciones asociadas al componente social de la Constitución tenían visos de continuidad. Cuando los vientos del neoliberalismo han empezado a soplar con fuerza, el proyecto de “españolidad democrática” ha perdido fuerza en favor del de toda la vida”.

II.-LA CRISIS DEL PROYECTO DE ESPAÑOLIDAD DEMOCRÁTICA DEL 78

No bastó, sin embargo, con esos mimbres para construir una españolidad democrática. La incorporación a la Europa en construcción se hizo a cambio del desmantelamiento no solo del tejido industrial construido desde finales de los 50 sino-sobre todo- sobre la erosión de las bases materiales, políticas y culturales sobre las que se había construido la nueva clase obrera española. Si en los 70 buena parte de la izquierda contaba con la clase obrera como eje de un nuevo bloque histórico sobre el que levantar una proyecto de convivencia nacional, las condiciones aceptadas por el gobierno del PSOE para la adhesión a las CCEE suponía, en esencia, suprimir su condición de sujeto protagonista de la historia próxima. Esa ausencia de protagonismos del mundo del trabajo es posible observarla a través de diversos indicadores: el más revelador es la desaparición del movimiento obrero al interior de las empresas (precisamente donde había germinado y robustecido durante la dictadura) y su sustitución, una vez abandonada las empresas en manos de sus ”propietarios”, por esas instituciones reconocidas en la Constitución con el nombre de sindicatos, auténticos aparatos de Estado al servicio de una función histórica de expropiación del sentido y la misión de la clase proletaria.

El propósito de fundar/crear una “nación de clase medias” es antiguo en el PSOE reformado y seguramente está relacionado con el pavor sufrido por la socialdemocracia europea ante la hegemonía comunista alcanzada en el seno del proletariado. En la España de los 80 la aplicación de ese designio tiene como una de sus expresiones más señeras el proceso de patrimonialización emprendido a través de las políticas de vivienda, no muy diferentes de las iniciadas durante el franquismo y orientadas a “convertir al proletario en propietario”. Esta patrimonialización ha tenido como consecuencia el fortalecimiento del capital financiero, después de una crisis a mediados de etapa que obligó al Estado a una política de reflotación financiada con el dinero público. Desde esta posición, la influencia del capital financiero se ha traducido en una efectiva hegemonía sobre el conjunto del bloque dominante y, por ende, del conjunto de las instituciones del Estado. Más adelante se verán las consecuencias que, en orden a la construcción de la nacionalidad, ha tenido esta hegemonía.

Haciendo abstracción por el momento de esta hegemonía, tal proceso de patrimonialización sí ha representado una base material pero también imaginaria para asentar un sentimiento nacional. Una nación de propietarios ha sido el acuerdo fundamental que durante tres décadas ha cohesionado a la sociedad española. Ser propietario de una vivienda ó aspirar a serlo ha representado seguramente el más importante acuerdo nacional entre los españoles, lo que ha hecho posible que los conflictos distributivos quedaran ahogados por la potencia y el vigor económico que este acuerdo nacional ha generado.

Sobre esta idea aparentemente simple ha pivotado la política económica desde los años ochenta. Infraestructuras de transporte para facilitar el acceso a los sitios más recónditos, urbanización acelerada y galopante de la superficie sobre antiguas ubicaciones agrícolas o industriales, políticas fiscales incentivadoras de la compra de vivienda, orientación del capital financiero a las inversiones inmobiliarias y la compra de vivienda, etc. Y, en torno a esa multiplicidad de actividades, grupos sociales enteros identificados con los mismos objetivos, constituyendo de facto la argamasa del consenso básico sobre el que se han levantado las política económicas y en torno a las cuales se ha articulado el bloque inmobiliario rentista, la nación española de la transición.

Esta visión utilitarista es la que ahora con la crisis parece estar deteriorándose y abriendo de nuevo las dudas sobre la condición de españolidad. Ser español parece, de nuevo, un motivo para el pesimismo y la amargura. Las fuentes de este pesimismo son fáciles de identificar. Son primero el llamado problema nacional, entendido como la forma en la que secularmente lo español ha sido vivido/padecido como la negación de naciones de muy fuerte identidad histórica, cultural y, sobre todo, voluntad colectiva de vivir de forma autónoma su destino de comunidad. A estas identidades nacionales hay que añadir, en segundo lugar, las generadas por los procesos de marginación que son inherentes al desarrollo capitalista español. Regiones como Murcia ó Extremadura, con manifestaciones políticas muy diferentes, han conocido el peso de la marginalidad con pérdidas de población, inviabilidad de mantenimiento de actividades económicas, de rentas y empleos y “residualización” de las funciones económicas asignadas dentro de la división estatal del trabajo y deterioro acelerado de su patrimonio natural.

El tercer factor de incertidumbre respecto a la españolidad tiene que ver con la proporción creciente de población excedentaria producida por la crisis capitalista. Los seis millones de parados, más allá de sus efectos sociales y económicos, ponen de relieve la falta de sitio de la sociedad española para muchos de los que hasta ahora la integraban. Esa “falta de sitio”, que dramáticamente se refleja en el casi medio millón de personas que han abandonado el país en 2012, arroja una sombra de duda sobre la viabilidad y la continuidad del “ser de España” como referente de vida, trabajo y sentimientos compartidos para estas personas y sus familias, sobre todo teniendo en cuenta que la composición de esta nueva emigración, por educación y perspectivas culturales es bien diferente de la de los años sesenta del pasado siglo.

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[1] Me permito la licencia de calificar los productos turísticos de “primarios”, habida cuenta su escaso valor añadido al conformado por las características climáticas aludidas.

[2] Puede que esta modalidad de Estado haya visto naufragar sus posibilidades por efecto de la crisis financiera.

[3] Papel, por cierto, claramente ejercido durante el golpe del 23F e invocado ante las “amenazas separatistas”.

[4] Y con la exclusión tajante del derecho a decidir para los pueblos y naciones sometidos contra su voluntad a la soberanía del Estado español.

[5] Aunque, hay que repetirlo, con las restricciones constitucionales descritas del papel del rey y el ejército y el lastre no explicitado pero igualmente vivo de los privilegios de la Iglesia Católica. 


* El economista José Antonio Errejón Villacieros, director de Evaluación de la AEVAL (Agencia Estatal de Evaluación de las Políticas Públicas y la Calidad de los Servicios), es militante de Izquierda Anticapitalista.

lunes, 28 de octubre de 2013

A quién emancipamos


Antonio Baños*


20/10/2013

Estoy ahora disfrutando como un enano con Sociofobia, el último libro de César Rendueles. Un título que se atreve a romper el consenso biedermaier sobre las bondades políticas de las nuevas tecnologías. Eso que se llama el optimismo de la ciberpolítica. Valiente y resolutivo. Pero ése es un tema que se puede tratar en otra ocasión. Parte del libro de Rendueles sobrevuela el dificilísimo tema de las nuevas clases populares, su (a)politización y las nuevas miradas que la clase ilustrada lanza sobre las incómodas realidades que nos ha dejado el postbienestar. Y resuena el eco del libro de Owen Jones Chavs: La demonización de la clase obrera (éste y el de Rendueles, editados por Capitán Swing)

En la reseña del libro de Jones que Patricia Tubella firmó para El País, el titular describía ajustadamente la dimensión del asunto: “El pueblo contra el proletariado”. Se trata, resumiendo, de describir cómo el desmantelamiento del proletariado clásico por parte de la ofensiva neoliberal ha dejado una confusión social paralizante. Por un lado, una difusa “clase media” donde se encuentran los viejos proletarios, la gente del trabajo organizado y, por otro, un nuevo lumpenproletariat criado en la precariedad. Lo que Jones llama chavs se podría traducir en España como canis o chonis. Se trata de la última edición de unos tipos humanos que han adoptado múltiples nombres y vestimentas desde los albores de la modernidad según el país: majos, quinquis, scuttlers, greasers, cockneys y apaches parisinos forman parte de esa estirpe. La diferencia es que, por encima, se encontraba un proletariado organizado políticamente del cual muchos de nosotros, hoy plumillas más o menos afortunados, formamos parte.

Muchos crecimos dentro de la sólida cultura obrera. Entre los mártires de Chicago, la huelga de la Canadiense y la aversión al crédito bancario. Crecimos con la conciencia de emancipación de unas clases explotadas y alienadas que tenían en su propia autoorganización la única posibilidad de éxito. Pero hoy, esos mismos sectores explotados consideran de manera muy mayoritaria que el individualismo es el camino. Que la satisfacción se encuentra en el consumo y el lujo en lugar de en la solidaridad y la austeridad. Reproducen discursos reaccionarios y ven más ajenos a sus problemas a las izquierdas que al nuevo populismo xenófobo.

Buena parte de ese panorama es culpa, claro está, de esa nueva izquierda meritocrática que remató la faena iniciada por Reagan y Thatcher. Como dice Rendueles, en su reseña del libro de Jones: “La clase trabajadora es una situación de la que conviene escapar y el programa de la nueva izquierda consiste en tratar de facilitar ese proceso con más eficacia y honestidad que la derecha”.

Ése es el panorama. Y la pregunta a la que no sé dar respuesta es: ¿Cómo se repolitiza a un cani? Porque ya hay gente que se acerca a esas nuevas culturas del hiperconsumo y del patriarcado desde el viejo paternalismo izquierdista del XIX: “Los explotados, el pueblo, son siempre buenos. Ergo el reguetón es una expresión popular emancipatoria aunque mal comprendida por la izquierda caviar de la ciudad”. El otro polo es la nostalgia por el proletariado industrial y el desprecio de estos “nuevos fachas” que se tunean el coche y lucen la estanquera del aguilucho encima del subwoofer.

Ambos caminos parecen inútiles. Yo estoy perplejo. Todos hemos notado en las protestas y huelgas la ausencia significativa de canis y de nuevos inmigrantes. Y vemos cómo frente a la play y a las nike, ni Marx ni Galeano tienen nada que hacer.

Si ellos aceptan el precariado, si no hay una toma de conciencia rápida, las élites los usarán como cemento para consolidar su estado feudal. Pero, ¿qué decir? ¿cómo organizar? ¿alguien me puede decir cómo?

http://www.lamarea.com/2013/10/20/quien-emancipamos/

* Antonio Baños Boncompain es periodista y escritor.

** Dibujo del colectivo Komikelx.

sábado, 26 de octubre de 2013

Yo también quisiera indignarme


José Manuel Rambla*

23/10/2013


Miles de españoles y españolas desearían poder indignarse porque la sentencia de la Corte Europea de Derechos Humanos deja libres a los asesinos de sus seres queridos después de haber cumplido una condena legal. Pero no pueden. De hecho, miles de españoles y españolas se conformarían con haber visto juzgados alguna vez a los verdugos de sus padres, tíos o abuelos, pero nunca los vieron. Incluso algunos se conformarían con que los criminales admitieran su drama y pidieran perdón. O, más aún, miles de españoles y españolas se conformarían con saber dónde están enterradas sus madres, tías o abuelas. Pero no lo saben o no pueden buscarlas.

No pueden porque aquellos asesinos, que empezaron a matar en 1936 y no dejaron de hacerlo de forma oficial hasta 1975 (y extraoficialmente algunos años más tarde), nunca fueron condenados, ni juzgados, ni pidieron perdón, ni identificaron los lugares donde yacen sus millares de víctimas con el rostro desencajado por el tiro de gracia. Tragarse todo ese dolor, después de haber soportado todo aquel terror, fue el sacrificio máximo que se exigió a esos millares de españoles y españolas en nombre de una concordia cívica sobre la que levantar una escuálida y amnésica democracia.

Paradójicamente, los mismos que calificaron de modélica transición aquella abnegación de los perdedores de la guerra civil y de todas las víctimas del franquismo, los mismos que se niegan a condenar la dictadura, con una altanería que en Italia o Alemania podría acabar en los tribunales, se encargan hoy de azuzar el resentimiento a propósito de la sentencia que anula la doctrina Parot. Poco importa para ellos que los asesinos hayan sido juzgados y hayan cumplido con creces su condena legal, ni que ETA haya entrado en la irreversible senda de la desaparición, ni que la izquierda abertzale reafirme día a día su apuesta por la vía política, ni que Arnaldo Otegi –encarcelado sin haber cometido un solo delito de sangre y dirigente clave en el cambio de rumbo del entorno abertzale- haya pedido perdón a la víctimas.

En realidad poco importan para algunos, ni tan siquiera, las víctimas. Ellas, como las víctimas del franquismo, o las de los GAL, el 11M o las del crimen de Alcácer, tienen todo el derecho individual a sentir rabia, indignación, resentimiento e, incluso, odio en sus entrañas. Pero cuando esos sentimientos, humanamente comprensibles, se convierten en material prefabricado para carnaza en el río revuelto de los pescadores oportunistas, el resultado es nauseabundo. Y es que lamentablemente para la derecha española, política y mediática, las víctimas de ETA se han convertido en el salvavidas democrático al que aferrarse y ocultar su, en el mejor de los casos, ambigua relación con cuarenta años de dictadura. Peor aún, la violencia de ETA les ha permitido durante estos años legitimar las contradicciones mezquinas de la propia transición al proyectar y equiparar éticamente como “victimas del terrorismo” a Melitón Manzanas, Carrero Blanco o Ricardo Saénz de Ynestrillas con Miguel Ángel Blanco, Manuel Broseta o Ernest Lluch. Así, unas veces como reclamo ideológico y otras como reclamo electoral, las víctimas pueden acabar, cegadas por su dolor, siendo víctimas de su victimismo.

Hace ya casi cuarenta años miles de españoles y españolas tuvieron que aceptar una condena de olvido a cambio de un proyecto de convivencia en paz. Hoy no esperan ver juzgados a los asesinos de sus seres queridos, ni confían en que el Gobierno extradite a los torturadores que reclama la justicia argentina. Solo aspiran a poder reivindicar con orgullo la memoria de sus muertos –asesinados por defender o aspirar a construir un régimen democrático- y, si es posible, enterrar sus huesos en una tumba digna. Las llamadas víctimas del terrorismo nunca han sido olvidadas por el estado ni la mayoría de la sociedad democrática, han visto juzgados y sentenciados a los responsables de su duelo y nadie cuestiona su derecho a la memoria. De ellos depende si quieren aportar su dolor para, como ocurrió entonces, construir esa nueva sociedad democrática que este país necesita con urgencia.

Cuatro años sin más muertos y el adiós a las armas definitivo de ETA supone una oportunidad irrenunciable para asentar las bases democráticas de un nuevo país integrador que todos los habitantes de estas tierras, viejas y castigadas, tanto necesitamos en estos tiempos de zozobra. En cualquier caso, ellos tienen derecho a no participar de este viaje que podemos iniciar colectivamente. Eso sí, a quienes no podremos perdonar nunca es a todos aquellos que pretenden utilizar su luto para frustrar nuestras esperanzas. 

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=175858

José Manuel Rambla Moya, periodista y gestor cultural, es columnista de Nueva Tribuna y Yucatán Hoy y colaborador de El Viejo TopoRebelión y Otramérica, entre otros medios de comunicación.

** Chiste de Manel Fontdevila.

miércoles, 23 de octubre de 2013

¿Por qué estábamos contra ETA?


Hugo Martínez Abarca*


22/10/2013

Yo no estaba contra ETA por las cosas que defendía. Algunas de las que defendió retóricamente me parecían bien (el socialismo, el ecologismo…), otras las rechazaba (defiendo la legalización de las drogas y ETA hizo durante un tiempo objeto de sus atentados a quienes acusaba de trapichear con drogas) y alguna muy principal me da bastante igual (no soy independentista, pero tampoco unionista: en todo caso defiendo que esa cuestión la decidan los vascos, los catalanes, o el pueblo que sea). Todo eso da igual. Tampoco me oponía a ETA por a quién mataba, secuestraba o amenazaba. En la mayoría de los casos no los conocía previamente, pero muchas veces los datos de la víctima eran los propios de personas que están en mis antípodas: cargos públicos del PP, miembros de las Fuerzas Armadas… También eso da igual.

No estábamos contra ETA porque defendiera lo contrario que nosotros. Tampoco porque atentara contra los nuestros.

Estábamos contra ETA porque en su lucha violaba gravemente los derechos humanos de sus enemigos. La razón por la que estábamos contra ETA, la defensa de los derechos humanos (el derecho a la vida, a la libertad, a la libertad de expresión…) es la misma razón por la que nos oponíamos a las violaciones de derechos humanos cometidos desde el Estado. No nos oponíamos a los GAL porque los hubiera puesto en marcha el PSOE ni porque quisiéramos tumbar a Felipe González sino porque defendíamos los derechos humanos y mucho más cuando el que los violaba era el Estado. Nos oponíamos al cierre de periódicos, a las torturas, a la ilegalización del tejido asociativo y de partidos políticos, a los encarcelamientos por delitos políticos… porque por mucho que el supuesto fin (que ETA echara el cierre de una vez) fuera compartido era inaceptable que el Estado violase la libertad de expresión, el derecho a la integridad física, el derecho a la asociación, la libertad política, la presunción de inocencia…

Ese mismo motivo, la defensa de los derechos humanos incluye la seguridad jurídica y que por tanto nadie sea castigado a penas superiores a las previstas cuando cometió los delitos. Este es un principio básico de un Estado de derecho, una de las cosas que diferencia un tribunal de justicia de uno de la Santa Inquisición. En España se ha vulnerado este derecho humano. Se vulneró cuando cumplió su condena De Juana Chaos y se inventó el gobierno y convalidaron los tribunales que dos artículos de opinión en realidad escondían amenazas de muerte tan graves que merecían prolongar su estancia en prisión más de una década. Como no se podía “construir imputaciones” (López Aguilar dixit) para todos los criminales que fueran cumpliendo su condena (y por tanto quedando libres según los elementales principios de una justicia liberal) fueron los tribunales los que construyeron una interpretación de la redención de las penas para detener la excarcelación de quienes habían pasado tanto tiempo en la cárcel (26 años en el caso de Inés del Río) que según la ley tenían que pasar a la calle. Eso fue la doctrina Parot: un intento de mantener en prisión a gente durante más tiempo del previsto cuando cometieron sus crímenes. Es decir: una violación de los principios de la justicia moderna, sometida a la razón, no a las vísceras. Era obvio que un tribunal independiente que antepusiera los derechos humanos a las presiones políticas y sociales tumbaría la retroactividad de normas penales desfavorables. Y eso hizo el Tribunal Europeo de Derechos Humanos.

¿Por qué estábamos contra ETA? Ayer quedó claro que algunos estaban contra ETA porque lo que defendía iba en contra de sus ideas; o porque las víctimas de sus crímenes eran los suyos. La ola de amenazas de muerte que recibieron compañeros como Alberto Garzón por alegrarse de que tumbaran la doctrina Parot evidencia que a una buena parte de este país no le importan las amenazas de muerte y los crímenes sino sólo si los cometen los otros contra los propios. [Cabe recordar, por cierto, que la doctrina Parot no evitaba una impunidad que no se da en ninguno de estos casos: la gente que saldrá a la calle lleva más de 20 años en la cárcel; si alguien busca crímenes impunes que se centre en los crímenes de la dictadura o los de torturadores y asesinos de uniforme]

La defensa de los derechos humanos no se muestra con los afines. Hasta el más sanguinario criminal desea que no maten, secuestren, torturen o encarcelen ilegalmente a sus amigos, familiares, sus afines políticamente o incluso su hámster. Eso no evidencia nada: los derechos humanos se defienden cuando tocan a nuestros enemigos, a quienes están en nuestras antípodas, a quienes el cuerpo nos pediría ver pudrirse en la cárcel pero la cabeza y la conciencia democrática nos muestran que felizmente esa no es la respuesta que damos.

Estábamos contra ETA porque defendíamos los derechos humanos. Oponerse a la retroactividad de las penas más graves no nos acerca a las víctimas de esa retroactividad sino que fortalece nuestra oposición a aquellas violaciones de derechos humanos por las que nos oponíamos a ellos: evidencian que reivindicamos los derechos humanos no porque en tal o cual ocasión afecten a los nuestros sino porque nos creemos que son derechos inviolables para todos los humanos en todas las circunstancias, en todos los tiempos y en todos los lugares.

http://www.martinezabarca.net/2013/10/22/por-que-estabamos-contra-eta/

* Hugo Martínez Abarca es bloguero y miembro del Consejo Político Federal de Izquierda Unida.

lunes, 21 de octubre de 2013

Tomar el Estado


La realidad y el deseo

17/10/2013

En una de sus confesiones más famosas, poco antes de pegarse un tiro en la cabeza, Mariano José de Larra afirmó que escribir en Madrid era llorar. La frase extendió después su vuelo y cambió con naturalidad sus dimensiones geográficas porque la gente identificó Madrid con la corte, es decir, con los rumbos generales de la política española. Empezamos así a repetir que escribir en España es llorar. Como Larra fue un ejemplo de escritor público, comprometido con los males de la sociedad, no me reprochará que cambie un poco la frase. Ser ciudadano en España es llorar. Llorar de vergüenza.

Es tanta la vergüenza con la que convivimos cada día que, para secarse las lágrimas, no basta con comprar todos los pañuelos de papel que venden los mendigos en los semáforos de las ciudades españolas. Quiero decir que no basta con quejarse. Hay que pasar al ataque político. Hay que tomar el Estado. Aunque la cultura neoliberal intente desacreditar la importancia del Estado, el tejido legal público sigue manteniendo un peso decisivo a la hora de regular la convivencia. Sin un Estado vergonzoso, los ciudadanos no pasaríamos tanta vergüenza cuando se habla del paro, la religión, la vivienda y el régimen bipartidista que sufrimos.

Es para llorar de vergüenza que una vicepresidenta del Gobierno se permita denunciar a 520.000 desempleados por cometer fraude con el subsidio. Lo de menos es la mentira de la cifra. Lo demás es otra cosa: el verdadero fraude que debilita la fiscalidad española tiene que ver con los impuesto de las grandes empresas. Una legislación vergonzosa permite por mil caminos la ingeniería del no pago. Y, por si faltaba algo, los inspectores de hacienda tienen una tradicional obligación de cerrar los ojos ante el fraude de los poderosos. Se facilita hasta el blanqueo del dinero defraudado. Aquí sólo se vigila al sector medio de los autónomos y a los asalariados. Ahora se criminaliza también a los españoles que, por culpa de unos gobiernos sumisos a la especulación y las instituciones financieras, sufren el paro. Es para llorar.

Es para llorar que los máximos representantes del Gobierno de España y de la Generalitat participen en una falsificación histórica como la perpetrada en Tarragona. La beatificación de los mártires de la Iglesia Católica en la guerra civil sólo es posible por culpa de un Estado que lleva años queriendo falsificar la historia de España. Pero la España del suegro de Undargarin no es la España real. La Iglesia Católica preparó, alimentó, participó y consagró en 1936 un golpe militar feroz contra un Gobierno democrático. Después bendijo durante 40 años los crímenes y las represiones sistemáticas de la dictadura. La mayoría de los sacerdotes muertos en la guerra no fueron víctimas de su fe. Cayeron en su propio golpe de Estado y como luchadores fascistas en un asalto a la legitimidad republicana. Los que no somos partidarios de los golpes de Estado ni de la violencia sentimos cualquier muerte. Pero es para llorar el espectáculo de un país que convierte a los verdugos en héroes. Y es para llorar de vergüenza que un grupo de trabajo de la ONU haya tenido que denunciar recientemente la dejadez de los gobiernos democráticos españoles a la hora de buscar justicia y reparación para las verdaderas víctimas del golpe militar de 1936.

Da vergüenza también que el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo tenga que paralizar el desalojo de 43 ciudadanos españoles. Da vergüenza nuestra ley hipotecaria. Da vergüenza nuestra manera de pagar la factura de los bancos y sus malos negocios a costa de empobrecer a la mayoría de la población. Da vergüenza el sometimiento de los partidos mayoritarios a la oligarquía económica.

Es para llorar, pero no basta con llorar. Hay que tomar el Estado, cambiar las leyes que nos condenan a las lágrimas y a la vergüenza. Escribir en Madrid, en España, es hoy contener la rabia, morderse la lengua, no pasarse en la cólera destructiva, no gritar contra los que de una forma u otra, por acción u omisión, han sometido la vida ciudadana a un respirar contaminado y vergonzoso. Más que la inercia negativa, se necesitan ahora optimismo y valor para configurar una nueva mayoría, una transformación del Estado. Eso, o mirarse al espejo como Larra y pegarse un tiro en la cabeza.


sábado, 19 de octubre de 2013

¿A qué tenemos miedo?


Gustavo García Espejo*


17/10/2013

Decía Foucault que el panóptico de Bentham tenía como principal característica que el sujeto retenido en su interior era plenamente consciente de su exposición constante a la vigilancia del poder y esto hacía que él mismo se auto-coaccionase para evitar el castigo, de tal forma que aunque el poder no se ejerciese deliberadamente, el orden se preservaría de forma automática mediante la efectiva autodisciplina del sujeto.

Ya sé, ya, que hablar del panóptico es un lugar común para algunos y no habría demandado este espacio en La Marea para hacerlo si no hubiera sido por la profunda desazón que me produjo la columna que Antonio Fraguas publicó en este mismo medio hace unos días. La pregunta con la que encabezo este texto “¿a qué tenemos miedo?” es sencilla, pero no es una pregunta inocente en un país en que unos perdieron la misma guerra que otros ganaron.

Las constituciones son la materialización formal del pacto social, que no es más que el resultado de la correlación de fuerzas entre diversos grupos de interés en un momento determinado, que encuentra una ventana de oportunidad para convertirse en la norma suprema de una comunidad política.

Dependiendo del equilibrio en la correlación de fuerzas la Constitución favorecerá más a unos que a otros y la perdurabilidad de la misma dependerá de diversos factores, pero fundamentalmente de los futuros equilibrios en la correlación de fuerzas así como de la estabilidad del sistema político fundado por la Constitución.

De modo que la idea del marco constitucional neutro es una falacia, todas las Constituciones tienen ideología, como bien dice Fraguas en su columna; los Estados Unidos, epicentro del capitalismo global, son una república con más de 225 años y 27 enmiendas en su Constitución. La cuestión es por qué consideramos que una República que defiende y promueve las instituciones del mercado capitalista sí es neutra y por tanto perdurable, mientras que una que pretenda introducir elementos correctores frente al status quo capitalista, está peligrosamente “escorada a la izquierda”.

La tan añorada República, o el proceso constituyente que la haría realidad, no es por tanto una forma de cerrar la política, eso es imposible y el siglo XX, tan rico en experiencias como en tragedias colectivas, nos lo debería haber enseñado. La demanda de una República (con toda la carga ideológica de izquierdas que tiene en este país) es una contraposición al proceso constituyente que por la vía de los hechos está imponiendo la derecha gracias a un equilibrio de poder favorable y sin un contrapoder que sea capaz de obligarla a negociación alguna.

Gran parte de la decadencia de las izquierdas frente a la revolución conservadora es consecuencia de la imposibilidad de contraponer marcos políticos alternativos a los de la derecha, más allá de reivindicar el falso paraíso perdido frente al tren arrollador de la derecha del final de la guerra fría. Es hora de construir esos marcos alternativos, y sí, de tener un proyecto de país capaz de aglutinar a una mayoría social en torno a un objetivo político alternativo al de la derecha.


* El politólogo Gustavo García Espejo es consultor político y de comunicación.

martes, 15 de octubre de 2013

Frente común para derrotar el bipartidismo


Jorge García Castaño*


10/10/2013

En mi soledad
he visto cosas muy claras,
que no son verdad
Antonio Machado

Últimamente, en las conversaciones entre activistas sociales y políticos, es habitual encontrar un cierto abatimiento, una sensación de impotencia que probablemente no sentíamos desde el 15 de mayo de 2011. Se habla de la dificultad de sostener el ciclo de movilizaciones al nivel de los últimos años y de nuestra incapacidad para construir una alternativa político-electoral unitaria, capaz de llegar a las mayorías sociales y romper el bipartidismo. Se ha convertido en un lugar común hablar de esa ventana de oportunidad, que tenemos abierta de par en par, pero que todos sabemos que no continuará así eternamente.

Es bastante amplio el consenso en torno a que para mantener abierta la ventana necesitamos básicamente dos cosas: fortalecer el ciclo de movilización social y construir una alternativa que nos permita disputar el poder político. Pero, tras el maravilloso impasse del 15M, muchos de los peores rasgos de nuestras culturas políticas han vuelto a la superficie. Sabemos que el sectarismo es nuestro principal enemigo para construir un movimiento popular de amplia base y para lanzar una alternativa creíble y mayoritaria. Sin embargo, un cierto fatalismo parece atenazarnos a la hora de encarar problemas que están en nuestras manos superar.

Mi opinión es que no hay razones objetivas para este fatalismo. En cuanto al ciclo de movilización, creo que no está acabado en absoluto y que, si somos capaces de articular una agenda común, al Gobierno le espera un año durísimo en las calles. En lo que toca a la construcción de una alternativa político-electoral están llegando casi a diario noticias positivas a las que quizá no se ha dado suficiente relevancia.

En las últimas semanas se han reunido decenas de organizaciones sociales y políticas en torno a lo que se ha dado en llamar Convocatoria, un proceso que pretende trabajar para una agenda común y un programa político, con resultados por ahora muy esperanzadores. El pasado fin de semana se celebraban las jornadas de Alternativas desde Abajo en Madrid, con objetivos parecidos. Por otra parte, las conversaciones entre las formaciones políticas de la izquierda han ido avanzando, la posibilidad de articular un frente no excluyente de las izquierdas rupturistas y soberanistas cada vez parece más cerca. Ya hay avances entre IU, ICV, Anova, CHA y Batzarre, entre otros y el proceso sigue abierto para quien quiera incorporarse. En esto, la posición de IU es muy clara: trabajar por la alianza más amplia posible.

Como es sabido, el primer proceso electoral que nos vamos a encontrar son las elecciones europeas. Parece haber dos enfoques de cara a esa cita. Por un lado están los que piensan que al ser unas elecciones percibidas como poco importantes y con un sistema electoral prácticamente proporcional, es buen momento para probar nuevas propuestas políticas e intentar conseguir representación parlamentaria. Por otro, los que pensamos que es la mejor oportunidad de derrotar al bipartidismo: evitar que PP y PSOE sean primera y segunda fuerza. En nuestra opinión la cita más importante del ciclo electoral es esta, por su sistema electoral y sobre todo por ser la primera, con todo lo que esto puede suponer a la hora de evitar llamadas al voto útil de cara a los siguientes procesos. Además se trata de unas elecciones que tradicionalmente han tenido muy baja participación y, en este contexto, los grandes partidos van a tener muchas dificultades para movilizar sus electorados. En sentido contrario, podemos decir que un resultado mediocre de las opciones rupturistas puede recomponer la dinámica bipartidista y ser letal para los próximos procesos..Sí, crecerá la izquierda, con suerte entrará alguna nueva opción, pero nada sustancial habrá cambiado y, con toda probabilidad, tendremos bipartidismo para otros 30 años.

Es legítimo probar nuevas opciones y creemos que es muy probable que las haya. Pero -teniendo mayor o menor éxito- no nos parece que, por separado, vayan a aportar mucho al que debería ser nuestro objetivo común: la construcción de un frente de las izquierdas que abra el campo político, que se erija como un instrumento efectivo para la disputa del poder y la soberanía popular. Pues sólo la apuesta valiente por un proceso de convergencia de este calado permitirá que PP y PSOE salgan derrotados de las elecciones europeas. No se trata de medirnos o recomponer relaciones de fuerzas entre las distintas opciones alternativas, sino de convertir las elecciones europeas en un plebiscito sobre el régimen político español, situando en esta operación un nuevo marco de accionar político desde nuestro mejor terreno, desarmando las tácticas tradicionales del bipartidismo. No se vea aquí una llamada al voto útil de la izquierda en torno a IU, más bien se trata de una apelación a la unidad de fuerzas distintas pero que tenemos un objetivo común: la ruptura democrática y la apertura de un proceso constituyente.

¿De qué tipo de alternativa estamos hablando? De la que entendemos que es posible hoy y aquí. Una candidatura que vincule al mayor número de organizaciones políticas de la izquierda y que tenga un fuerte componente social. Una alternativa que cuente con los nuevos y viejos movimientos sociales, con lo mejor de nuestro sindicalismo y con las izquierdas políticas. Y, por supuesto, una candidatura con caras nuevas y referentes sociales y políticos que puedan representar el ciclo de luchas sociales que estamos viviendo. Los partidos debemos tenerlo claro, la inclusión de referentes sociales en puestos relevantes en esta candidatura no es una opción, es una obligación. Es fundamental presentar una candidatura que sea percibida como ganadora y que permita situar en el horizonte la posibilidad de un gobierno de las izquierdas y los movimientos sociales.

Se puede decir que esto que se plantea no es nada nuevo. Puede que sea así, pero sería mucho más de lo que hemos hecho nunca. Si es posible hacerlo ahora, se debe al contexto económico y social, pero muy especialmente a las trasformaciones positivas que han sufrido las fuerzas de izquierdas tras años de crisis, movilizaciones y con la irrupción del 15M. Los procesos latinoamericanos, experiencias como Syriza o el Front de Gauche y algunas más cercanas como Alternativa Galega, Izquierda-Ezkerra o La Izquierda de Aragón pueden sernos muy útiles a la hora de construir ese nuevo sujeto político capaz de ganar.

Puede parecer un planteamiento en exceso electoralista, pero en nuestra opinión la formación de esta alternativa electoral puede ser muy beneficiosa también para reactivar el ciclo de movilización social. Ante una situación de bloqueo institucional total, en la que es casi imposible conseguir que el Gobierno ceda en nada, es importante que cada movilización particular adquiera un carácter general también, que a la reivindicación sectorial concreta se le sume la voluntad de acumular fuerzas para derribar a este régimen caduco. La esperanza de una derrota electoral del bipartidismo es clave para sostener un nivel fuerte de movilización en este contexto.

No estamos en un momento histórico cualquiera, tenemos por delante una tarea titánica: construir un movimiento popular, capaz de poner encima de la mesa un nuevo proyecto de país. Nos va la vida en ello. No nos jugamos el futuro, lo que se está disputando es el propio presente.

Una revolución al fin y al cabo se hace con
lo que se tiene a mano. Hombres viejos para
construir jóvenes sociedades. Si tienen algo
mejor que nosotros, avisen


* Jorge García Castaño es concejal de IU en el Ayuntamiento de Madrid.

sábado, 12 de octubre de 2013

Escritoras románticas españolas contra la esclavitud (homenaje a María Victoria Prieto Grandal)


El pasado lunes, día 7 de octubre, falleció en Granada la histórica luchadora feminista María Victoria Prieto Grandal (Ferrol, 1943), catedrática jubilada de instituto de Lengua Castellana y Literatura. Desde la Junta Directiva de UCAR-Granada queremos homenajearla con la publicación del presente texto, el cual escribió para la edición 2010 del Coloquio Internacional «Mujeres y ambiente en la historia y la cultura latinoamericanas y caribeñas», celebrado en La Habana:

La pavorosa situación en que se encontraban los esclavos y su ineludible liberación, a fines del siglo XIX, se convirtieron en un motivo reiterado de la literatura romántica escrita por mujeres. Son ellas las que deben de llevarse el mérito de haber denunciado tal ignominia



04/03/2011

En los manuales de Historia moderna y contemporánea que se han estudiado en España tanto en el Bachillerato como en la Universidad ―incluso en la carrera específica de Historia― lo normal era silenciar el tema de la esclavitud. Nunca los estudiantes oímos una palabra a ningún profesor sobre la esclavitud y la abolición en mi país. He preguntado a personas de mi generación y tienen asociada la esclavitud a Estados Unidos, porque nos la mostró la literatura y más tarde la televisión y el cine; y los más jóvenes tampoco la estudian. 

Personalmente, recuerdo el asombro que me causó, en el año 1971, leer en un legajo del XVIII en la Notaría de La Rambla (Córdoba), dos documentos de manumisión de esclavas, que el Notario me enseñó, después de uno con la firma de Cervantes, porque pensó que me podrían interesar; le sigo agradecida porque me abrió los ojos a un tema, por lo visto, tabú. 

De lo que sí disponemos hoy es de bibliografía que aún no ha llegado a las aulas. Entre los múltiples trabajos, me centraré en aquellos que se refieren a las escritoras del XIX que denunciaron el esclavismo y han sido rescatadas del olvido gracias a investigadores como Mª del Carmen Simón Palmer

LA IMAGEN DE LA MUJER EN EL ROMANTICISMO

El culto al sentimiento frente a la razón ―una de las manifestaciones del Romanticismo en el XIX― favoreció a las mujeres, ya que la cultura burguesa las asociaba con la emoción y la sensibilidad, por lo que pudieron intervenir en la creación de un lenguaje capaz de expresar las propias experiencias, al tiempo que la ideología romántica garantizaba ―como señala Susan Kirkpatrick― “un determinado tipo de autoridad femenina”. Y dado que el Romanticismo enaltecía el hogar como refugio seguro, se produjo la construcción de la intimidad, lo que facilitó a las mujeres la lectura, la reflexión y como resultado de ello, la dedicación a la escritura. 

Pero la misoginia se vio acrecentada en el período romántico, debido al desarrollo de la interpretación del cuerpo femenino llevada a cabo en el siglo XVIII por Rousseau y sus seguidores. En la literatura y la prensa del XIX, a partir de 1840, va tomando cuerpo la imagen burguesa de la mujer como “ángel del hogar” y quedan muestras de esta construcción ideológica y de cómo era tachada de inmoral toda mujer que aspiraba a realizar alguna actividad no considerada “femenina”. 

Por otra parte, la curiosidad de los científicos románticos por territorios desconocidos, llevó a algunos a la investigación de esa otra terra incognita que era para ellos la naturaleza femenina. Es entonces cuando nace la ginecología que estudia “un cuerpo patológico”. Freud calificó a la psique de las mujeres de “enigma de la naturaleza femenina”. 

De esta forma, el modelo de vida al que se somete a las mujeres en esta época entra en contradicción con la esencia misma de lo romántico: la libertad como lema supremo. Las fronteras establecidas tradicionalmente para las mujeres han sido el zaguán ―orilla del encierro― y la ventana ―linde hacia el mundo vedado de lo público, franqueable solo con la vista y la imaginación―. Es significativa la confesión que hace la poeta romántica tardía Rosalía de Castro (1837-1885) en una carta a su marido: “Si yo fuese hombre, saldría en este momento y me dirigiría a un monte […] tengo sin embargo que resignarme a permanecer encerrada en mi gran salón”. 

Las salidas al espacio público estaban restringidas a la iglesia o a hacer visitas, actividad que se institucionalizó precisamente en el siglo XIX; aunque las mujeres de la burguesía disfrutaban de cierta autonomía; sin embargo, no podían evadirse de la presión psicológica sobre su conducta. A este respecto afirma Carolina Coronado (1821-1911)

¡Libertad! ¿pues no es sarcasmo 

el que nos hacen sangriento 

con repetir ese grito 

delante de nuestros hierros? 

Las mujeres románticas esgrimieron el ansia de libertad para convertirse en ciudadanas de pleno derecho. Fue una labor incesante y enfrentada a la sociedad patriarcal, en la que grupos de mujeres instruidas y valientes abrieron brechas, aprovechando los tímidos avances que les proporcionaba la ideología liberal del momento. Uno de estos avances fue la creación de escuelas de niñas, ya que a los poderes públicos les preocupaba que la ignorancia de las madres no era conveniente para la educación del ciudadano. 

ESCRITORAS ABOLICIONISTAS

Y fue en este siglo cuando, por primera vez en la historia, las mujeres dispusieron de foros de debate a favor de la libertad, la primera vez que va a tener cabida la voz de las mujeres en el mundo patriarcal de la palabra. 

El auge de la prensa diaria y de las revistas fue una puerta abierta para las escritoras, donde muchas autoras publicaron sus primeras obras. Y así, muchas escritoras románticas, empuñando como armas la pluma y la palabra, fueron participando, poco a poco y, en algunos casos, fundando, no solo revistas, también liceos, centros culturales para mujeres y ateneos. 

Ejemplo del escándalo que provocaba en la época la actividad pública de las mujeres es el caso de la primera mujer que pronunció una conferencia en el Ateneo de Madrid, en 1884, la escritora y librepensadora Rosario de Acuña (1851-1923). En una reseña sobre el acontecimiento, se afirmaba que la sala se llenó de tal forma de señoras que “los socios no encuentran donde sentarse [...] y la prensa advierte del peligroso precedente y asegura que no es probable que la situación vuelva a repetirse”. 

Fue notable el activismo que las mujeres llevaron a cabo en sociedades de librepensadoras, ateas y republicanas; e influyó en ellas la actitud romántica que intentaba hacer visibles a los marginados. Esta romántica bajada a los submundos la recorren también en sus versos algunos poetas varones: Espronceda en sus canciones “El pirata”, “El mendigo”, “El reo”, “El verdugo” y “Los cosacos”, diseña el canon poético de la exclusión social de los fuera de ley. Hubo escritoras que volcaron su actividad literaria en sociedades de cariz cristiano; tal es el caso de la granadina Enriqueta Lozano (1829-1895) que dedica sendos poemas a “El mendigo” y a “Un expósito”. Es otra la ideología de Rosalía de Castro, que da voz a los emigrantes y asalariados en varios poemas en gallego y en castellano. 

El poderoso movimiento abolicionista de las intelectuales españolas, influidas por norteamericanas e inglesas, tiene que ver con este aspecto del romanticismo, ya que publicaciones de estas llegaban a España; y españolas como Concepción Arenal (1820-1893) ―conocida en toda Europa como insigne jurista― publicó algún artículo en revistas de EE.UU. Las españolas no solo escribieron poemas, dramas y ensayos antiesclavistas, sino que participaron públicamente en actos como manifestaciones y mítines. 

Desde principios del XIX se produjo en EE.UU. la participación de las mujeres protestantes en movimientos sociales a favor de la abolición de la esclavitud, lo que ayudó a la rápida concienciación de las mujeres. La analogía entre los esclavos sin derechos y las mujeres era evidente. Se fundaron tres organizaciones femeninas, en Boston, Filadelfia y Nueva York; en las dos primeras luchan codo con codo negras y blancas. 

Y en 1837 se convoca el Primer Congreso antiesclavista femenino; se dieron además conferencias en muchas ciudades, en las que, entre otras cuestiones, denunciaban la complicidad de la Iglesia en el mantenimiento de la idea de que los negros eran inferiores. La reacción de los Pastores no se hizo esperar con una declaración en la que afirmaban que las mujeres no debían ocuparse de los asuntos públicos. Pero las mujeres no se acobardaron ante esta crítica y, a la denuncia de la esclavitud, sumaron la de los derechos de las mujeres, así Angelina Grimké declaró: “No solo defendemos la causa de los esclavos, sino también la de la mujer como ser normal y responsable”. 

El Gobierno español, presionado por el inglés, promulgó la primera ley de abolición de la esclavitud en 1837, pero se aplicó solo al territorio metropolitano y excluía a los de ultramar. 

En 1865 fue decisiva la presencia en España del matrimonio formado por Harriet Brewster, abolicionista de origen estadounidense y Julio de Vizcarrondo, hacendado y periodista puertorriqueño. Ella convirtió a su esposo a la causa antiesclavista y, después de haber liberado a sus propios esclavos en Puerto Rico, vinieron a Madrid para promover la abolición. Gracias a su iniciativa se crea la “Sociedad Abolicionista Española”. El mismo año se funda el periódico El abolicionista que en 1866 organizó un concurso literario ganado por Concepción Arenal con su poema “La esclavitud de los negros”. 

Después de la revolución de corte liberal conocida como “La Gloriosa”, se promulgó en 1870 una ley llamada de “vientres libres” que concedía la libertad a los futuros hijos de las esclavas. En 1871 la Sociedad Abolicionista Española hace un manifiesto a la nación y a las Cortes españolas, exigiendo la inmediata abolición. Y en 1872 se elaboró un proyecto de ley de abolición en Puerto Rico, contra el que se desató una feroz oposición, pues se veía en la liberación de los 31.000 esclavos portorriqueños, el preámbulo de la liberación de los casi 400.000 cubanos. A este respecto es ilustrativa la novela de Carme Riera Por el cielo y más allá donde la escritora da cuenta de que
    la isla de Cuba, la siempre fidelísima perla, contaba con una población de un millón siete mil doscientas sesenta y cuatro almas. A pesar de que para algunos los negros no la tuvieran, también habían sido incluidos en el cómputo y por primera vez sobrepasaban a los blancos en casi doscientos mil.
Para oponerse al proyecto, se crearon en varias ciudades Círculos Hispano Ultramarinos y la Liga Nacional Antiabolicionista. Muchos no utilizaban razonamientos esclavistas, sino que justificaban su actitud con argumentos supuestamente patrióticos, como su oposición a someterse a los dictados del extranjero, que los propietarios de las plantaciones responderían haciéndose independentistas o que el daño económico de la medida sería incalculable ―aunque algunos propietarios cubanos echaban sus cuentas y les salían más baratos trabajadores asalariados que esclavos―; y otro de los argumentos antiabolicionistas era que actuaban por el bien de los propios esclavos: si se los liberaba, los esclavos “quedarían en paro”, en palabras de hoy. 

Sin embargo, después de la abdicación en 1873 del rey Amadeo I de Saboya, el Parlamento, dominado por una alianza de monárquico-progresistas y de republicanos, Castelar entre otros, proclamó la Primera República y en 1873 aprueba, por voto unánime, la ley de abolición en Puerto Rico

Años más tarde, en 1880 el conservador Cánovas aprobó, casi sin oposición por parte de los que antes defendían ideas esclavistas, una ley de abolición de la esclavitud de forma gradual en Cuba. Lo paradójico del asunto estriba en que muchos esclavos se habían “autoliberado”, aceptando la libertad que les ofrecían los independentistas cubanos a cambio de luchar contra el ejército español. Así pues, sucedió lo contrario de lo que pronosticaban los antiabolicionistas: la abolición de la esclavitud convirtió en independentistas a los esclavos y no a los propietarios de esclavos. 

Varias escritoras abolicionistas han dejado constancia de sus convicciones antiesclavistas: la granadina Rogelia León (1828-1870) escribió un artículo con el largo y significativo título: “A las piadosas señoras de todos los países que trabajan con ardor en la emancipación de los esclavos” y compuso “La canción del esclavo”, poema al que confiere un ritmo similar al de las dos primeras estrofas de la “Canción del pirata” de Espronceda. En él desgrana sus ideas sobre el oprobio de la esclavitud en boca de un esclavo y expone la idea del “buen salvaje”:

Soy esclavo, nombre infausto; 

nombre odioso y maldecido; 

soy el perro escarnecido 

que castiga su señor. 

[…] 

Dejadme ver a mis hijos 

y a mi amada, yo os lo ruego, 

[…] 

esos hombres inhumanos 

deben, sí, deben morir. 

No, no, debo esclavizarlos, 

ser cruel cual ellos fueron 

y que sepan lo que hicieron 

y que aprendan a sufrir. 

Impresionante fue la lectura que Carolina Coronado realizó de su soneto “A la abolición de la esclavitud en Cuba”, con motivo de la fundación de la Sociedad Abolicionista. Desde un balcón, con gesto teatral, el cabello al viento y voz firme, recitó ante la multitud: 

[...] Sonó la libertad, ¡bendita sea! 

Pero después de la triunfal pelea, 

no puede haber esclavos en España […]. 

Tal escándalo provocó el poema, así como unas declaraciones suyas contra “los manejos yankees”, que le costaron el cese a su marido, Horacio Perry, como primer secretario de la Embajada de Estados Unidos en Madrid. 

En 1841, Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873) publicó en España su novela Sab, tildada por algunos críticos de romántica-sentimental, ya que se basa en un triángulo amoroso. Sin embargo, lo nuevo de esta novela es que la autora cubana se distancia de la reconocida como novela femenina al crear unos protagonistas que se salen de la norma: el esclavo Sab y las dos mujeres, Carlota y Teresa, no se contentan con el papel que se les ha asignado en la vida. 

La Avellaneda se centra en el análisis de la injusticia social que supone el esclavismo y la crítica de las condiciones de vida de las mujeres; y proclama, certeramente, que las cadenas que ataban a los negros de Cuba estaban forjadas en la misma fragua de la intolerancia, de la explotación y del abuso en que se venían fabricando las que oprimían a las mujeres. Lo que termina haciendo de ella la primera novela abolicionista escrita en español y anterior a La cabaña del tío Tom, de Harriet Beecher Stowe (1811-1896) publicada en 1852. 

Faustina Sáez de Melgar (1834-1895) escribe el drama La cadena rota en 1879, en el que denuncia la permanencia de la esclavitud en Cuba. La obra está ambientada en un ingenio del que es dueña Rosa, la cual va a casarse con Horacio, primo suyo, que llega de España. Él se queda desconcertado al comprobar el trato que la hacendada da a sus esclavos, porque ya no se conoce la esclavitud en España, exclama: […]esa negra esclavitud / baldón de la humanidad / me hace daño […], muestra así su punto de vista la autora. 

Y uno de los personajes explica su actitud: 

[…]ten presente que en España

no se conoce el esclavo

y que Horacio al fin y al cabo 

estas costumbres extraña […]. 

En la hacienda trabajan dos esclavos hermanos: Azella y Ruderico, son mulatos e instruidos. Horacio se enamora de Azella e intenta liberar a los dos. La autora, construye con acierto un desenlace trágico, plateando frente a la liberación ―lo que convertiría a la obra en un melodrama― la muerte. En palabras de Azella: 

Siendo libre viviré 

si así lo quiere mi suerte 

pero, si no, con la muerte 

mi cadena romperé

El poema de Concepción Arenal, “La esclavitud de los negros”, fue publicado en El Abolicionista en 1875. Incomprensiblemente, aunque citado en algunos estudios, no ha sido publicado hasta 2006. Llama la atención la solemnidad épica de esta larga silva (500 versos) que comienza con un endecasílabo, a manera de invocación de estilo homérico: ¡Oh musa del dolor! Dame tu llanto ―compárese con el comienzo de La Ilíada: “Canta, oh diosa, la cólera del Pélido Aquiles”. 

La autora enumera los horrores de la esclavitud y en nombre de la justicia, invoca a los hombres para que rechacen tal ignominia: 

¡Hombres, venid a redimir al hombre;

la causa es santa, desertarla mengua!

Resulta muy valiente su acusación contra los cristianos, los traficantes y los poseedores de esclavos, a los que da el calificativo de “fieras”. También culpa a las mujeres del abuso ―¡Oh, Esclavitud! [...]¿De los hombres no basta que hagas fieras? / ¡Las mujeres también, las nobles damas!—, hasta el punto de llamar a una dueña de esclavos “leona furiosa” y “feroz verdugo”. La poeta, en este punto, no excluye a las mujeres del horror, adelantándose a las historiadoras feministas de la década de los setenta que investigaron sobre las mujeres que ejercieron la violencia y la opresión sobre sus semejantes a lo largo de la historia. 

El poema concluye con un apóstrofe a la patria, pidiéndole que no consienta tal crimen de lesa humanidad: 

[...]si fue la esclavitud tu horrible herencia, 

la santa libertad lega a tus hijos. 

[...] 

Sé justa ¡oh patria mía! y serás grande. 

Es necesario recordar que España fue la penúltima nación del mundo que abolió la esclavitud en 1886, seguida de Brasil. La pavorosa situación en que se encontraban los esclavos y su ineludible liberación, se convirtieron, por simpatía, en un motivo reiterado de la literatura romántica escrita por mujeres. Son ellas las que deben de llevarse el mérito de haber denunciado por humanidad, por solidaridad, tal ignominia. 

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BIBLIOGRAFÍA

Allison Peers, E., Historia del movimiento romántico español, Ed. Gredos, 2ª edición, Madrid, 1967. 

Ariès, Philippe y Duby, Georges, Historia de la vida privada, Ediciones Taurus, Madrid, 1989. 

Castro, Rosalía de, Obras completas, recopilación y estudio biobliográfico Rosalía de Castro o el dolor de vivir por V. García Martí, 2ª edición. Aguilar, Madrid, 1947. 

Catena, Elena, Gertrudis Gómez de Avellaneda (Poesías y epistolario de amor y de amistad), Ed. Castalia/ Instituto de la mujer, Biblioteca de escritoras, Madrid, 1989. 

Duby, Georges y Perrot, Michelle, Historia de las mujeres, Ed. Taurus, Madrid, 1993. 

Gómez de Avellaneda, Gertrudis, Sab, Ed. Cátedra, Madrid, 1997. 

Gómez de la Serna, Ramón, Antología de Gertrudis Gómez de Avellaneda, Espasa-Calpe, col. Austral, 2ª ed., Buenos Aires, 1948. Mi tía Carolina Coronado, Emecé, Buenos Aires, 1942. 

Kirkpatrick, Susan, Las románticas (Escritoras y subjetividad en España), 1835-1850. Ed. Cátedra, col. Feminismos, Madrid, 1991. Antología poética de escritoras del siglo XIX, Ed. Castalia/ Instituto de la mujer, Biblioteca de escritoras, Madrid, 1992. 

León, Rogelia, Auras de la Alambra (Poesías), Imprenta de José María Zamora, Granada, 1857. Artículo: “A las piadosas señoras de todos los países que trabajan con ardor en la emancipación de los esclavos”, 1866. 

Prieto Grandal, Victoria, La voz escrita de las poetas (Antología: de las jarchas al romanticismo), Ed. Dauro, Granada, 2006. 

Riera, Carme, Por el cielo y más allá, Alfaguara, Madrid, 2001. 

Sáez de Melgar, Faustina, La cadena rota. Edición de Eduardo Pérez- Rasilla 

Serrano y Sanz, Manuel, Apuntes para una biblioteca de escritoras españolas desde el año1401 al 1883, Sucesores de Rivadeneyra, Madrid, 1903-1905. 

Simón Palmer, María del Carmen, Escritoras españolas del siglo XIX: manual bio-bibliográfico, Ed. Castalia, Madrid, 1991. Progresismo, heterodoxia y utopía en algunas escritoras durante la Restauración. (Las mujeres en la Historia de la Literatura española), Montejo Gurruchaga, Lucía y Baranda Leturio, Nieves, coordinadoras, UNED, Madrid, 2002. Mil escritoras españolas del sigo XIX. (Crítica y ficción literaria. Mujeres españolas contemporáneas) Feminae, Universidad de Granada, 1989. 

Toril Moi, Teoría literaria feminista, Ed. Cátedra, Madrid, 1988. 

http://laventana.casa.cult.cu/modules.php?name=News&file=article&sid=6038

* En la fotografía, Marivi posa en la biblioteca dublinesa de James Joyce.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Hegemonía cultural y estrategia equivocada


Pedro Fresco


07/10/2013

Después de la encuesta de Metroscopia del mes de octubre para EL PAÍS, en la que el PP parece recuperar tres o cuatro puntos porcentuales de voto respecto al mes anterior, ha surgido de nuevo una ola de pesimismo entre todos los que son opuestos a las acciones y políticas de ese partido. Escuchando hablar por la calle o simplemente leyendo los comentarios de los periódicos digitales o el propio twitter, puedes observar comentarios del tipo“van a ganar las elecciones otra vez”, “la gente es imbécil”, “este país no tiene remedio”, etc.
Estas reacciones pasionales son muy españolas y creo que expresan bien una realidad poco edificante. El otro día comenté que es entendible que los votantes rezagados del PP quieran creerse sus patrañas, pero que reaccionar así demostraba que los opuestos al PP acababan creyéndose también esas patrañas. Aceptar eso de que “si la economía vuelve a crecer ganarán las elecciones” es precisamente ser víctima de esa propaganda, porque entonces se asume lo que ellos quieren que se asuma, que el crecimiento o las cifras macro económicas son lo único importante y que lo demás no importa. Mucho cuidado en caer en las garras propagandísticas del adversario, no vaya a ser que también pertenezcamos a ese grupo de tontos sobre el que despotricamos.

Técnicamente la encuesta de Metroscopia de octubre da los mismos resultados que la de julio, así que no hay nada tan raro. Metroscopia cambió hace unos meses su estimación de participación de poco más del 50% a más del 60%. Esos más de diez puntos de diferencia hicieron que el PP, que sacaba porcentajes de voto inferiores al 25% con baja participación, automáticamente subiese al 35% sin cambiar nada. Esto no es más que efecto de la cocina de la encuesta que supone, por suponer algo, que casi todos los potenciales abstencionistas a la hora de votar votarían al PP (y alguno al PSOE). Esto, más que una verdad estadística, es una apuesta política con base técnica.
¿Cambió algo de septiembre a octubre? Sí. Lo de Bárcenas se ha diluido un poco (de tanto machaque mediático parece que la gente ya pasa) y, sobre todo, el gobierno volvió de vacaciones con una nueva estrategia propagandística basada en el broteverdismo zapateril, es decir, en los mensajes tipo: “Hemos tocado fondo”, “hemos comenzado la recuperación”, etc.
El votante potencial del PP quiere escuchar buenas noticias y recibe esta propaganda como una autojustificación a su voto y a su tendencia ideológica. Si realmente ha comenzado la recuperación, se dicen, es posible que el año y medio que hemos pasado y todo lo hecho haya valido la pena. Encerrados en sus propios buenos deseos, se acepta la comparación con 1996 y se vuelve a creer en el PP como partido serio que arregla la economía. Todo esto es muy lógico y muy normal psicológicamente, tan solo tiene el pequeño problema que está sostenido sobre una nube y sobre la más pura irrealidad. Y por eso es un arma de doble filo. Al gobierno socialista se le acabó la credibilidad cuando los brotes verdes se marchitaron y, en principio, nada indica que aquí no pueda pasar lo mismo. Personalmente creo que el gobierno está siendo muy patoso y está cometiendo el mismo error que Salgado y Zapatero.

Pero lo que más me interesa del caso es lo que subyace de fondo en la propaganda del PP y lo que los ciudadanos han asumido como verdad absoluta. Desde el poder se está vendiendo que la recuperación económica es el único objetivo real y posible, y se comunica abstractamente que esa recuperación es la línea roja real entre el fracaso del gobierno o su éxito. Hay momentos en que parece que ni siquiera el paro importa, pues lo único importante es el crecimiento económico, los objetivos de déficit y el cambio de tendencia en la generación de desempleo. El discurso llega a puntos tan surrealistas que parece como si el hecho de que el paro se estabilice en torno al 26-27% sea para montar una juerga.
Parte de los ciudadanos asumen que sus propias desgracias personales no importan. Tener a tus hijos en paro, que te hayan bajado el sueldo, que te vayan a congelar la pensión por los siglos de los siglos, que se pague más por los medicamentos o que los derechos laborales estén en vías de extinción parece que no importa o que es un peaje a pagar para conseguir el“crecimiento económico” y “la recuperación”. A veces parece como si de la más extrema individualidad postmodernista hubiésemos pasado a una especie de totalitarismo social donde una cifra en dólares o euros justifica los esfuerzos y desgracias de toda la nación.
Al final no importa que haya individualismo extremo desactivador de protestas sociales o colectivismo pseudo-totalitario justificador de objetivos nacionales arbitrariamente seleccionados, todo se mezcla interesadamente en función de una variable básica: El interés del poder, extendido propagandísticamente como interés de la nación.

Hace ya casi un siglo el filósofo y político marxista Antonio Gramsci habló de la hegemonía cultural. La hegemonía cultural era, para Gramsci, esa cultura hegemónica que las clases dominantes han impuesto a la sociedad para defender así sus propios intereses. Los puntos de vista sociales y políticos y las creencias sociales generales son aquellas que interesan a las clases dominantes para mantener su status y situación. Las“clases subordinadas” han sido educadas en esos valores como mecanismo de pervivencia del actual estado de las cosas.
Gramsci hablaba de la hegemonía cultural para explicar y combatir esa fantasía marxista que decía que el capitalismo estaba condenado a desaparecer a manos de una revolución política proletaria. Para los marxistas tradicionales los proletarios, al ser más, acabarían apoyando la revolución porque era lo que objetivamente les convenía, pero Gramsci opuso la hegemonía cultural a esa idea explicando como el proletariado estaba educado en unos valores y concepciones que eran los que le interesaban a la burguesía y que, en base a esas concepciones, asumían el estado burgués y sus intereses como algo“propio” o incluso útil para ellos.
Gramsci hablaba de ideas como “la nación”, o “el crecimiento económico” o la inevitabilidad de ciertas realidades (que hubiese burgueses y proletarios, el sistema capitalista) como parte de esa hegemonía cultural de la burguesía. Esas ideas eran las que había que combatir en primer término antes de cualquier cambio revolucionario.

Yo creo que hay muchas cosas del marxismo que están obsoletas pero las ideas gramscianas de “hegemonía cultural” son plenamente vigentes hoy aunque en una forma ligeramente distinta. Esta idea que he expresado del crecimiento económico por encima de todo es un claro ejemplo de hegemonía cultural y de cómo quienes tienen el poder y dominan el sistema imponen sus ideas. A la gente se le vende que el crecimiento económico beneficia a todos y que es un objetivo “común” de la sociedad, y esto se asume de forma generalizada incluso en contra de los propios intereses. De hecho, en busca de ese crecimiento se justifica cosas como bajar los salarios o las pensiones pero, de forma a veces inverosímil, mucha gente asume este sacrificio por algo abstracto y que no tiene por qué beneficiarles.
Otro ejemplo claro de hegemonía cultural es eso de “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”. Este concepto, creado para extender las responsabilidades de una minoría de dirigentes económicos y políticos sobre toda la sociedad, ha sido benévolamente aceptada por los ciudadanos que han incluso interiorizado que el querer tener una casa o un coche en propiedad era pecado de avaricia. Quien había concedido un millón de créditos riesgosos quedaba así a la misma altura que aquel pobre señor que se compró un piso con un salario mileurista, pareciendo que ambos tenían una responsabilidad de igual grado. Es más, a veces no contentos con esta dispersión equitativa de responsabilidades había quien estrangulaba el argumento diciendo que los señores que hicieron quebrar el sistema financiero no eran responsables de nada porque habían actuado bajo la lógica del sistema capitalista (ganar más y más y más) mientras que los endeudados ciudadanos sí lo eran por consumo irresponsable.
La hegemonía cultural está presente en todos los ámbitos y de forma mucho más sutil. En España, por ejemplo, usamos las cifras de paro como estadística importantísima y casi sagrada. Si ahora mismo todos los trabajadores convirtiesen sus puestos de trabajo a jornada completa en puestos a media jornada, cediendo esa otra media jornada a parados, no sólo es que acabaríamos con el paro en un instante sino que tendríamos que traer a millones de inmigrantes para trabajar. Tendríamos un paro del 0% pero ¿iría el país mejor? Pues no, iría peor, porque entonces casi todos los trabajos estarían por debajo de los ingresos mínimos necesarios y se extendería la pobreza de forma generalizada. ¿Con un 0% de paro iríamos peor? Por supuesto, pero seguro que habría quienes saldrían a brindar delante de las masas por haber acabado con el paro. Esta sacralización de las cifras del paro es hegemonía cultural también.

Nuestro sistema político en España también está sostenido por la hegemonía cultural, en este caso política. El bipartidismo PP-PSOE es“bueno”, “inevitable” y conveniente. Estos partidos y estos bipartidismos con dos partidos que se tocan por el centro se han sacralizado y se han vendido como garantía de estabilidad ante el riesgo de una alternativa radical, populista y destructora.
A los españoles se nos ha enseñado a ser del PP o del PSOE (en algunas comunidades también a ser nacionalistas o no nacionalistas), la hegemonía cultural política nos ha querido insertar en el sistema para convertirlo, así, en inmutable. “El voto útil”, “la casa común” de la izquierda o la derecha, etc. No son más que mecanismos para mantenernos dentro de un redil controlado que beneficia a las élites políticas salidas de la transición. La dualidad aceptable y controlable es parte de la hegemonía cultural de esta época.
Teniendo marcado a sangre y fuego ser del PP o ser del PSOE, ¿tan extraño resulta que la gente quiera votar al PP? La hegemonía cultural económica y la política juegan en la misma dirección y lleva al fortalecimiento del statu quo y la tradición electoral. Si el sistema de partidos español se desmorona es porque ha quedado más que demostrado que el sistema está obsoleto, sus partidos caducados y que necesitamos algo nuevo. Pero, en contra de eso, hay una poderosa fuerza conservadora que lleva a la sociedad a no cambiar, a creerse los mensajes repetidísimos e inverosímiles, a buscar la comodidad en la que hemos sido educados. Es la hegemonía cultural.

Al final tengo la sensación de que nos estamos equivocando en casi todo. Si todavía tenemos una sociedad que aprovecha la mínima ocasión para volver a votar a los de siempre es que tenemos un problema. Si la sociedad sigue asumiendo que lo importante es el crecimiento económico, el déficit público o el parámetro que interese al gobierno de turno o al sistema es que vamos mal. Si la sociedad sigue creyendo que no hay alternativa, que lo único que se puede hacer es atraer a los inversores y beneficiar a las empresas, montar casinos y saraos como política de bienestar, etc. Es que no hemos avanzado casi nada en los últimos 5 años.
Hablamos de frentes de izquierda, de frentes anti-troika o de ideas parecidas pero ¿tenemos objetivamente la base social para que eso vaya a algún sitio? Aquí parece que la cuestión sea sumar partiditos y siglas y que la gente, al verlo, se sumará entusiasmada, pero se equivocan. Esto es parte de ese positivismo marxista infantil con sus teorías de “predeterminación” de la revolución, es un grandísimo error que parece mentira que se esté cometiendo.
Lo primero y lo fundamental es, usando la terminología de la película Matrix, “liberar mentes”. Hay que acabar con esta hegemonía cultural e intentar proponer una nueva, distinta y alternativa. Hay que denunciar y desenmascarar cada una de las mentiras que nos cuentan y paralelamente estructurar bien una alternativa económico-política, ambas cosas se deben hacer a la vez y se debe ser especialmente insistente en este punto. De nada valen mil manifestaciones y huelgas defensivas si no hay un proyecto alternativo al que acogernos.
Pero los primeros que hemos asumido la hegemonía cultural, sin quererlo, hemos sido nosotros. Los líderes de la “izquierda alternativa” se empeñan en usar el lenguaje y los métodos tradicionales que marca el sistema para hacerse aceptables a los ojos de la mayoría, ojos que miran a través de esa hegemonía. Es el camino fácil y corto pero es el equivocado porque creo que es incompatible con el otro. A veces creo que confundimos rupturismo con dogmatismo alternativo cayendo en el segundo sin militar realmente en el primero.

Yo propongo comenzar de nuevo, por frustrante que parezca. Volvamos al principio, al desarrollo teórico, a poner en duda y a rechazar esta hegemonía cultural en todo aquello que no nos parezca bien. Creo que no debemos entrar en los terrenos de debate que nos marcan, que son tramposos y están fabricados con la predeterminación de lo que solo tiene una solución. Salgamos de los debates de falsa dualidad, es decir, no perdamos el tiempo en querer posicionarnos en todo e ir siempre a lo “menos malo”. La mayoría de veces es mejor mostrar la trampa del debate y cómo, dentro del sistema y de las opciones que se nos dan, no hay solución.
Y para ganar la hegemonía cultural es bastante importante no sectarizarse. Vuelvo al otro día y a lo que dije de las nuevas clases sociales que surgen de esta crisis. Cualquier sector en precarización es aliado potencial de nuestro proyecto y mal haremos en separarnos de ellos por clichés antiguos. Hay que ser inclusivos. Tengamos claro contra lo que luchamos (el imperio neoliberal) y los aliados aparecerán fácilmente delante de nuestros ojos. Otra cosa es que sepamos atraerlos y sepamos ver bien qué es lo accesorio y qué es lo fundamental para poder llegar a acuerdos y sumas positivas.

¡Ah! Hay veces que la gente más activista critica a los bloggers que nos dedicamos a escribir pero que, a la hora de la verdad, no nos movilizamos como deberíamos. Bien, pues creo que con este escrito se puede rebatir esta crítica. Luchar contra la hegemonía cultural es un paso primero y necesario para cualquier cambio profundo. Gramsci también decía que aunque todos los hombres eran potencialmente intelectuales no todos actuaban como intelectuales en una sociedad. Creo que escribir en un blog hoy día puede ser actuar como intelectual aunque también puede ser lo contrario, es decir, repetir propaganda acríticamente. Dependerá del contenido.

Si este blog vale para que 200 o 300 personas sean capaces de cuestionar las patrañas que diariamente nos cuenta el poder político y económico yo me doy por satisfecho.


* Pedro Fresco es tuitero y administrador del blog La república heterodoxa.