
Sergio Rojas Recuero
Diario de un cabrón
11/06/2011



Es la tarde del día de reflexión y vengo de estar acompañando a los integrantes del movimiento Democracia Real Ya, instalados en el bulevar del Gran Capitán de Córdoba. Durante mi acto de presencia algunos jóvenes me han planteado la madre de todas las preguntas ¿y ahora qué?
Los acampados y supongo que la inmensa mayoría de los que están dando el toque de atención y reflexión más mayúsculo desde hace muchísimo tiempo, están siendo conscientes de que la fase de ocupación y manifestación en la vía pública está tocando a su fin como única manifestación visible de su ejemplar capacidad de traducir a consignas, propuestas y actitudes un estado de opinión generalizado. Es decir, se trata de afrontar el reto de la ampliación de este movimiento a sujeto de intervención política inmediata en nombre de las aspiraciones de una mayoría social que lo es en función de la situación objetiva de sus integrantes: paro, precariedad, pérdida de horizonte, futuro más que incierto, derechos fundamentales negados en la práctica, etc. El reto no es otro que la transformación de hábitos mentales, imaginarios colectivos y subjetividades alienadas en consciencia de la propia situación y las causas de la misma. Ese tránsito conlleva implícita y explícitamente la asunción del protagonismo para facilitarlo; es la Política.
Afortunadamente los portavoces de este movimiento han sentenciado algo fundamental, "somos apartidistas pero no apolíticos". Esta precisión los hace incompatibles con quienes hacen del apoliticismo bandera del medro propio y excusa para sus concupiscencias. Y es que el problema ahora radica en como Democracia Real Ya lleva a buen puerto sus denuncias, sus anhelos y sus propuestas.
Se ha afirmado en estos días que los cambios- para ser efectivos- son inseparables del voto. Es cierto, pero solo a medias; la afirmación necesita ser precisada. El voto ciudadano en Democracia es la única fuente legítima de las leyes; pero ello no puede interpretarse de manera reduccionista como la obligación ineludible de votar a tal o cual partido político; es una opción tan cerrada que más bien parece un trágala. ¿Por qué no hablamos de propuestas y/o programas en vez de siglas partidarias? ¿Por qué no llevamos a las instituciones directamente las medidas nacidas de un gran consenso social, hijo del debate ciudadano?
Nunca he olvidado mi pertenencia a un partido político pero en él aprendí que éste no era otra cosa que una herramienta útil para crear- en unos casos- y en otros ayudar, a conseguir consensos, acuerdos, programas y movilizaciones de transformación social.
Democracia Real Ya, a mi juicio, no puede esperar que su esfuerzo presente y futuro cristalice en una espera del caballo blanco de Santiago que le ofrezca, a cambio de su voto, su mediación en las instituciones; la experiencia vivida en España me exime de mayores comentarios. Tampoco puede resignarse a ser interpretada en el campo del funcionamiento político; ya sabemos lo de traduttore, traditore. Porque además eso sería dejar el ejercicio de la Política en las exclusivas manos de las organizaciones políticas. El ciudadano y la ciudadana son los sujetos principales de la actividad política. Los partidos y su más que obvia necesidad, son algo más que unos meros confeccionadores de listas electorales para ejercer su actividad en las instituciones; tienen un papel esencial en la formación de la ideología, la vertebración social y la formación del consciente ciudadano.
Si este naciente movimiento quiere -y digo además que debe- convertirse en un sujeto de intervención en la Política, desde su apartidismo, debe buscar una organización plural, participativa, activa, profundamente democrática y centrada en concretar sus anhelos y luchas en torno a programas, propuestas legales y proyectos de organización de la sociedad y del Estado. De esta manera ejercerían el papel de una función política totalmente objetivada en la realidad concreta sin tener que optar, como tal movimiento, por siglas partidarias y haciendo de sus relación con ellas una cuestión de debate programático y de compromiso en la defensa del mismo.

El príncipe Felipe se saltó el protocolo el pasado 31 de mayo en Pamplona cuando una ciudadana se dirigió a él para plantearle la posibilidad de celebrar un referéndum para abolir la monarquía e instaurar la república.
Después de la entrega de los premios Príncipe de Viana, al salir del Palacio de Congresos, el príncipe fue despedido con abucheos y gritos de "Viva la República". Una joven se encaró con él, le insistió con el asunto de la consulta y el heredero de la Corona estalló. "Desde luego has conseguido un minuto de gloria", le dijo a la mujer visiblemente irritado para zanjar la conversación.
El vídeo del príncipe y la joven republicana está arrasando en YouTube y lleva cerca de 100.000 reproducciones.
ASÍ FUE LA CONVERSACIÓN:
- Príncipe: "Como tú sabrás, desde luego no me corresponde a mí convocar un referéndum... y soy el principal...".
- Joven: "Bueno, puede proponer o puede abdicar".
- Príncipe: "Yo creo en el sistema".
- Joven: "Yo también creo en el sistema, por eso mismo si queremos una democracia..."
- Príncipe: "Pues por mecanismos democráticos todo es posible".
- Joven: "Hoy por hoy el referéndum es sobre una monarquía o una república...la Constitución es inviable".
- Príncipe: "Está prevista como un mecanismo posible".
- Joven: "Un mecanismo que usted conoce y que es bastante inviable".
- Príncipe: "El presidente lo conoce muy bien" (En referencia al presidente del Gobierno de Navarra, Miguel Sanz).
- Joven: "Bueno sí, yo también".
- Príncipe: "Claro".
- Joven: "Simplemente quería preguntarle eso".
- Príncipe: "Lo que no le puedo decir es que cambie de deseos porque son contradictorios a los míos. Yo voy a cumplir con mi deber, que he aprendido a hacerlo lo mejor posible y cumplo con la Constitución".
- Joven: "La Constitución debería ser un derecho de toda ciudadanía, poder plantearnos siquiera".
- Presidente de Navarra: "Ya lo plantearon los representantes del pueblo".
- Joven:"Yo no la voté".
- Otra persona: "¿Este es el único problema que tienes en tu vida?".
- Joven: "No, no. Sencillamente quiero dejar de ser súbdita para ser ciudadana y de esa manera poder incidir en la comunidad en la que vivo".
- Príncipe: "Y desde luego has conseguido un minuto de gloria".
- Joven: "No era lo que quería".
- Príncipe: "Pues lo has conseguido, porque esto no lleva a ningún sitio".

He pensado desde hace muchos años, y lo he escrito de vez en cuando, que España vivía en un estado de irrealidad parcial, incluso de delirio, sobre todo en la esfera pública, pero no solo en ella. Un delirio inducido por la clase política, alimentado por los medios, consentido por la ciudadanía, que aceptaba sin mucha dificultad la irrelevancia a cambio del halago, casi siempre de tipo identitario o festivo, o una mezcla de los dos. La broma empezó en los ochenta, cuando de la noche a la mañana nos hicimos modernos y amnésicos y el gobierno nos decía que España estaba de moda en el mundo, y Tierno Galván -¡Tierno Galván!- empezó la demagogia del político campechano y majete proclamando en las fiestas de San Isidro de Madrid aquello de “¡El que no esté colocao que se coloque, y al loro!” Tierno Galván, que miró sonriente para otro lado, siendo alcalde, cuando un concejal le trajo pruebas de los primeros indicios de la infección que no ha dejado de agravarse con los años, la corrupción municipal que volvía cómplices a empresarios y a políticos.
Por un azar de la vida me encontré en la Expo de Sevilla en 1992 la noche de su clausura: en una terraza de no sé qué pabellón, entre una multitud de políticos y prebostes de diversa índole que comían gratis jamón de pata negra mientras estallaban en el horizonte los fuegos artificiales de la clausura. Era un símbolo tan demasiado evidente que ni siquiera servía para hacer literatura. Era la época de los grandes acontecimientos y no de los pequeños logros diarios, del despliegue obsceno de lujo y no de administración austera y rigurosa, de entusiasmo obligatorio. Llevar la contraria te convertía en algo peor que un reaccionario: en un malasombra. En esos años yo escribía una columna semanal en El País de Andalucía, cuando lo dirigía mi querida Soledad Gallego, a quien tuve la alegría grande de encontrar en Buenos Aires la semana pasada. Escribía denunciando el folklorismo obligatorio, el narcisismo de la identidad, el abandono de la enseñanza pública, el disparate de un televisión pagada con el dinero de todos en la que aparecían con frecuencia adivinos y brujas, la manía de los grandes gestos, las inauguraciones, las conmemoraciones, el despilfarro en lo superfluo y la mezquindad en lo necesario. Recuerdo un artículo en el que ironizaba sobre un curso de espíritu rociero para maestros que organizó ese año la Junta de Andalucía: hubo quien escribió al periódico llamándome traidor a mi tierra; hubo una carta colectiva de no sé cuantos ofendidos por mi artículo, entre ellos, por cierto, un obispo. Recuerdo un concejal que me acusaba de “criminalizar a los jóvenes” por sugerir que tal vez el fomento del alcoholismo colectivo no debiera estar entre las prioridades de una institución pública, después de una fiesta de la Cruz en Granada que duró más de una semana y que dejó media ciudad anegada en basuras.
El orgullo vacuo del ser ha dejado en segundo plano la dificultad y la satisfacción del hacer. Es algo que viene de antiguo, concretamente de la época de la Contrarreforma, cuando lo importante en la España inquisitorial consistía en mostrar que se era algo, a machamartillo, sin mezcla, sin sombra de duda; mostrar, sobre todo, que no se era: que no se era judío, o morisco, o hereje. Que esa obcecación en la pureza de sangre convertida en identidad colectiva haya sido la base de una gran parte de los discursos políticos ha sido para mí una de las grandes sorpresas de la democracia en España. Ser andaluz, ser vasco, ser canario, ser de donde sea, ser lo que sea, de nacimiento, para siempre, sin fisuras: ser de izquierdas, ser de derechas, ser católico, ser del Madrid, ser gay, ser de la cofradía de la Macarena, ser machote, ser joven. La omnipresencia del ser cortocircuita de antemano cualquier debate: me critican no porque soy corrupto, sino porque soy valenciano; si dices algo en contra de mí no es porque tengas argumentos, sino porque eres de izquierdas, o porque eres de derechas, o porque eres de fuera; quien denuncia el maltrato de un animal en una fiesta bárbara está ofendiendo a los extremeños, o a los de Zamora,o de donde sea; si te parece mal que el gobierno de Galicia gaste no sé cuántos miles de millones de euros en un edificio faraónico es que eres un rojo; si te escandalizas de que España gaste más de 20 millones de euros en la célebre cúpula de Barceló en Ginebra es que eres de derechas, o que estás en contra del arte moderno; si te alarman los informes reiterados sobre el fracaso escolar en España es que tiene nostalgia de la educación franquista.
He visto a alcaldes y a autoridades autonómicas españolas de todos los colores tirar cantidades inmensas de dinero público viniendo a Nueva York en presuntos viajes promocionales que solo tienen eco en los informativos de sus comarcas, municipios o comunidades respectivas, ya que en el séquito suelen o solían venir periodistas, jefes de prensa, hasta sindicalistas. Los he visto alquilar uno de los salones más caros del Waldorf Astoria para “presentar” un premio de poesía. Presentar no se sabe a quién, porque entre el público solo estaban ellos, sus familiares más próximos y unos cuantos españoles de los que viven aquí. Cuando era director del Cervantes el jefe de protocolo de un jerarca autonómico me llamó para exigirme que saliera a recibir a su señoría a la puerta del edificio cuando él llegara en el coche oficial. Preferí esperarlo en el patio, que se estaba más fresco. Entró rodeado por un séquito que atascaba los pasillos del centro y cuando yo empezaba a explicarle algo tuvo a bien ponerse a hablar por el móvil y dejarnos a todos, al séquito y a mí, esperando durante varios minutos. “Era Plácido”, dijo, “que viene a sumarse a nuestro proyecto”. El proyecto en cuestión calculo que tardará un siglo en terminar de pagarse.
Lo que yo me preguntaba, y lo que preguntaba cada vez que veía a un economista, era cómo un país de mediana importancia podía permitirse tantos lujos. Y me preguntaba y me pregunto por qué la ciudadanía ha aceptado con tanta indiferencia tantos abusos, durante tanto tiempo. Por eso creo que el despertar forzoso al que parece que al fin estamos llegando ha de tener una parte de rebeldía práctica y otra de autocrítica. Rebeldía práctica para ponernos de acuerdo en hacer juntos un cierto número de cosas y no solo para enfatizar lo que ya somos, o lo que nos han dicho o imaginamos que somos: que haya listas abiertas y limitación de mandatos, que la administración sea austera, profesional y transparente, que se prescinda de lo superfluo para salvar lo imprescindible en los tiempos que vienen, que se debata con claridad el modelo educativo y el modelo productivo que nuestro país necesita para ser viable y para ser justo, que las mejoras graduales y en profundidad surgidas del consenso democrático estén siempre por encima de los gestos enfáticos, de los centenarios y los monumentos firmados por vedettes internacionales de la arquitectura.
Y autocrítica, insisto, para no ceder más al halago, para reflexionar sobre lo que cada uno puede hacer en su propio ámbito y quizás no hace con el empeño con que debiera: el profesor enseñar, el estudiante estudiar haciéndose responsable del privilegio que es la educación pública, el tan solo un poco enfermo no presentarse en urgencias, el periodista comprobando un dato o un nombre por segunda vez antes de escribirlos, el padre o la madre responsabilizándose de los buenos modales de su hijo, cada uno a lo suyo, en lo suyo, por fin ciudadanos y adultos, no adolescentes perpetuos, entre el letargo y la queja, miembros de una comunidad política sólida y abierta y no de una tribu ancestral: ciudadanos justos y benéficos, como decía tan cándidamente, tan conmovedoramente, la Constitución de 1812, trabajadores de todas clases, como decía la de 1931.
Lo más raro es que el espejismo haya durado tanto.
http://antoniomuñozmolina.es/2011/05/hora-de-despertar/
Decían que el Rey estaba mal de la rodilla y resulta que lo que no anda nada bien es de los nervios. Lo de la rodilla se veía venir porque el jefe del Estado es de los que suelen saltarse el protocolo y de tanto brinco las articulaciones terminan por resentirse. Pero lo de los nervios es muy preocupante por impredecible. Los ataques pueden darle en una cumbre, como cuando mandó callar a Hugo Chávez y organizó la de San Quintín, o en una recepción en Zarzuela y emprenderla con esos periodistas que, según cree, sólo piensan en darle por muerto y ponerle un pino en la tripa.
Si en algo lleva razón el monarca es en que la prensa no ha hecho bien su trabajo en relación a su borbónica mismidad. Durante años, ha ocultado sus deslices, sus ausencias, las periódicas crisis palaciegas y hasta sus negocios, que sólo llegaban a conocerse parcialmente cuando sus administradores terminaban sentados en el banquillo por algún tipo de estafa. En torno a su figura se levantó un muro de protección que llegó a convertirle en un rey burbuja, a salvo de la crítica de una sociedad democrática. Caído en parte ese telón de acero, se comprueba que la institución es de una porcelana tan delicada que se desconcha a la primera fuera de la vitrina.
De este último arranque vitriólico de campechanía, puede inferirse que lo que realmente molesta al Rey no son las especulaciones acerca de salud sino el debate ya iniciado sobre su abdicación del trono, que es un tema que le produce urticaria y que explicaría sus últimas apariciones con la barba tan desaliñada. Según parece, el Rey, como cualquier hijo de vecino, no tiene ninguna prisa en cruzar la laguna Estigia, y cuando le llegue la hora pretende hacerlo con la corona puesta, aunque tenga que sujetársela a la cabeza con una goma bajo la barbilla.
Ello no justifica en ningún caso que pierda los papeles, ya que la monarquía viene a ser de esos polvorones que sin papel se desmoronan. Al fin y al cabo, para la Casa Real siempre será mejor que se hable de abdicación y no de República, que es otro debate que habrá que suscitar seriamente tarde o temprano.
http://blogs.publico.es/escudier/830/el-rey-anda-mal-de-los-nervios/