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domingo, 15 de abril de 2012

La III República, contrato de Ciudadanía y Regeneración


José Luis Pitarch*


13/04/2012

El pasado está cambiando velozmente y tampoco se deja profetizar, era una expresión compleja del gran Haro Tecglen. Y aún cabe menos ser profeta, añadimos hoy, cuando han cambiado las preguntas y nadamos casi desesperadamente no ya en una feroz crisis económica y democrática  –en que los Gobiernos, los políticos, se ponen firmes y dicen “¡a la orden!” a los amos del nuevo terrorismo mundial, el terrorismo financiero-especulador–  sino en una auténtica crisis de civilización. Mas en este querido país tan histórica y políticamente atrasado, apenas sin Ilustración (las dos Repúblicas fueron intentos de ella con retraso grande, y ambas fueron fusiladas por la conspiración de “los de siempre”, epulones y terratenientes reaccionarios, eclesiásticos infieles a su evangelio, militares corrompidos por el desprecio y miedo al pueblo), en este país, decimos, y en este orden de ideas, sí tenemos una profecía incontestable: se llama III República. Tercera República tras tanta monarquía borbónica por derecho de conquista (Felipe V; el abyecto Francisco Franco y su pupilo Juan Carlos) o de golpe de estado militar (retorno de Fernando VII y su abolición de la Constitución de 1.812 de consuno con el general Elío y otros; Alfonso XII subido al golpe de Sagunto). Mas permítanme citar otra frase de un pensador como Walter Benjamin: para la Historia, nada de lo que una vez haya ocurrido ha de darse por perdido. A lo cual añadimos que el olvido está lleno de mentiras.

Tenemos señas de sobra de que la III República, si no horizonte inmediato, lo es “mediato” (al modo de un nieto respecto al abuelo). Señas cual las trapacerías del Urdangarín y su digna esposa, por más que nos relaten el cuento chino de que ella no sabía nada. O la inmensa fortuna que ha reunido Su Majestad partiendo prácticamente de cero, lo que quizá animó al yerno a decirse: yo también quiero algo, que el tambor también es tropa. O la encuesta publicada por “El País” el domingo 6-12-09 donde, a la pregunta “¿lo mejor para España es seguir siendo una monarquía parlamentaria o pasar a ser una república?”, una cuarta parte contestaron que una república. Y actualmente parece haber otras encuestas que no se publican en que los que prefieren la república son el 50% o más. Aunque  “El País” saque un editorial, también en domingo, el 4 de marzo último, lleno de fervor monárquico y exaltación de Don Juan Carlos; y aunque dicho gran diario no tenga a bien publicar una carta al director firmada por este modesto presidente de Unidad Cívica por la República poniendo algunos puntos sobre las íes de dicho recusable editorial.

Da impresión de que en La Zarzuela conocen esas últimas encuestas no publicadas y están me pregunto si muy preocupados o asustados. Quizá ya algo lo estuvieran a 24 de agosto de 2.004, con ocasión del bello Acto (al que servidor asistió invitado) conmemorativo en París del 60º aniversario de su Liberación del dominio nazi por tropas de la Division Leclerc, encabezadas por una columna de republicanos españoles en vehículos de combate que llevaban pintados emocionantes nombres como “Teruel”, “Jarama”, “Ebro”, etc. Así lo recordaba la placa que el Ayuntamiento parisino y su Alcalde Bertrand Delanoë inauguraron eses día junto al Sena con un bello discurso  del Alcalde, que seguido fue por otra infame perorata del entonces Presidente del Senado español, Javier Rojo. Y digo infame por no usar palabras mayores, pues, mientras la hermosa placa rezaba “AUX REPUBLICAINS ESPAGNOLS COMPOSANTE PRINCIPALE DE LA COLONNE DRONNE” (la columna Dronne, “la 9”, mítica Compañía mandada por el capitán Dronne) , mientras la tarjeta de invitación al Acto repetía el recuerdo y homenaje a “los republicanos españoles”, el caradura del Sr. Rojo (¿es esto la política, el pacto del PSOE con la monarquía borbónica, o qué demonios o vergüenza es?), en un discurso más bien largo, se comió todas las veces, unas quince o veinte, la palabra “republicanos”, diciendo siempre “los españoles” en vez de “los republicanos españoles”. Ladran, en fin, luego cabalgamos, o mejor, callan y mienten, luego van cuesta abajo en su intento de manipular la Historia y poner diques a la III República Española. Que, como escribe Almudena Grandes, no consiste en un sueño perdido, sino en la esperanza de un país mejor.

Porque “República”, igual en Francia de fines del siglo XVIII o en el precedente nacimiento de USA, o en España ayer y hoy, siempre significó modernidad, avance democrático, sociedad más justa, contrato de ciudadanía. Por eso en el planeta cada vez hay una monarquía menos, cual una especie en extinción, nunca una más… excepto en España  –“reserva espiritual de Occidente”, aseguraba el francofascismo– donde ya han venido ¡cuatro veces! los Borbones. A saber, los ya reseñados Felipe V, iniciador de la dinastía tras guerra civil de tres lustros; el infame Fernando VII, asesino de Riego y de nuestra primera Constitución; Alfonso XII y su “monarquía de Sagunto” (que decía mi profesor de Derecho Político don Diego Sevilla) enterradora de la I República; y Juan Carlos, nombrado digitalmente por el césar marroquí, uno y otro enterradores conjuntos de la II República, tras jurar este último monarca Borbón parvenu los Principios Fundamentales del Movimiento fascista. Aunque luego Juan Carlos, como Groucho Marx, pudiera decir: “éstos son mis principios; pero, si no le gustan, tengo otros”.

Y nos endosaron una Constitución monárquica entre cuyos “padres” estaban vigilantes comisarios fascistas como Fraga y Cisneros –que en cualquier democracia europea hubieran sido carne de cárcel como Pétain, para no decir fusilados como Laval– y alguno que jugaba con dos barajas como Herrero de Miñón. Más la vigilancia coaccionante del Ejército de Franco, síndico del atado y bien atado. Y, si no tragábamos esta “reconciliación del embudo”, no había democracia, que sobraban generales ansiosos de ocupar el sillón vacío del “caudillo”, por ejemplo los golpistas Iniesta Cano o De Santiago y Díaz de Mendívil. Incluso pusieron al Rey delante de las Cortes, representantes de la soberanía popular, algo inédito en casi dos siglos de numerosas Constituciones hispanas (también las de las dos Repúblicas situaban antes a las Cortes que a la Presidencia de la República). Además, blindaron a Juan Carlos graníticamente en el Artículo 168, igual que en el 92 (los referéndums no son vinculantes). Y le regalaron, sin control ninguno, el dinero de todos (Artículo 65).

Ante todo ello, reivindicamos la República como Regeneración y, hasta alcanzar la misma, la lucha ideológica y comunicativa, democrática y pacífica. Es una cuestión de Cultura, en cuanto sistema de referencias, en cuanto Cultura remite a Moral y Derecho, a pensamiento y acción, a Derechos Humanos y dignidad personal y colectiva. A tradición igualitaria y liberación de ataduras, servidumbres y prejuicios religiosos. Ésta es nuestra idea de Cultura Republicana, hermana de la Ilustración que nos hurtaron y por la que luchamos en la actual Crisis de Civilización. Por eso proclamamos que el fin natural de una sociedad democrática es la República, y que España está y estará en interinidad mientras no haya un referéndum vinculante Monarquía/República. Como lo hubo en Italia y Grecia tras sus dictaduras fascistas. Por eso no aceptamos que una parte de la Soberanía popular se la apropie una familia. Sin entrar a hablar de sus antepasados tan indignos como Fernando VII, Isabel II, Alfonso XIII; o de urdangarines y marichalares que reciben pingües dineros procedentes de nuestros impuestos. Sin olvidar que la monarquía hereditaria transgrede numerosos Artículos de la Declaración Universal de Derechos Humanos de Naciones Unidas y del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos que obligan al Estado español, así como de la propia Constitución Española de 1.978, en cuanto a igualdad ante la Ley. Sin aceptar el matrimonio canalla de olvido e impunidad. Y sin olvidar la formidable locución de Gonzalo Puente Ojea: la transición fue el mayor timo de la Historia de España.



viernes, 13 de abril de 2012

La extraordinaria actualidad del 14 de abril


Ahora, cuando nos imponen ajustes y recortes, cuando aniquilan los restos del Estado del Bienestar, cuando la corrupción salpica los regios salones de La Zarzuela, nosotros, ciudadanos y ciudadanas, reclamamos la necesidad de la Tercera República para España.

José Luis García Puche, Baltasar Garzón Garzón y José María García Labrac*

Ideal

13/04/2012

Un año más, y por octava vez desde la fundación de nuestra asociación, nos disponemos a celebrar el aniversario de la proclamación de la Segunda República Española. Transcurridos ya 81 años desde aquel 14 de abril de 1931, podemos recordar aquel momento con mayor perspectiva, valorando en su justa medida lo que significó para nuestro país.

La Segunda República fue, en palabras de la escritora granadina Antonina Rodrigo, “el hecho cívico más importante de la historia de España”. La sociedad española de entonces, espoleada por las consecuencias del crack de 1929 y por el agotamiento de  la Monarquía alfonsina, se arriesgó a emprender una apuesta colectiva por la democracia, instaurando el Estado Social de Derecho en medio de la algarabía y el fervor populares.

Los ciudadanos que protagonizaron aquellos hechos, los que derrocaron al rey tras unas elecciones municipales aparentemente nimias, los que tomaron nuestras calles enarbolando la bandera tricolor, consiguieron hacer valer la razón sobre la fuerza, conquistando la política para el pueblo. La alianza entre los partidos republicanos y el movimiento obrero, heredera de las grandes gestas de Riego, Pi y Margall o Pablo Iglesias, conformó una vanguardia democrática que supo aunar las inquietudes y esperanzas de la ciudadanía trabajadora, ignorada y reprimida por las élites de la Restauración.

El nuevo régimen, encabezado por las principales figuras del liberalismo progresista y sostenido por la clase obrera, se dotó pronto de una Constitución avanzada, inspirada en los principios del constitucionalismo social de la época. La Constitución de 1931 otorgaba carta de naturaleza a la España real, instituyendo la exclusividad del Estado como gestor de la cosa pública, en respuesta a las tentaciones intervencionistas de la Iglesia, la Banca o el Ejército. La República democrática de trabajadores de toda clase pretendía ser el reflejo de la voluntad popular y, por ello, el único poder legitimado para decidir sobre aquellas cuestiones que afectasen al interés general de la población.

La experiencia republicana consiguió, en apenas dos años y medio (los correspondientes al bienio social-azañista y al período del Frente Popular), remover los cimientos del país, llevando a cabo un proyecto de sociedad laica, progresista e igualitaria, fundamentado en la defensa y el amparo de los derechos de las mayorías, frente a la ferocidad de las minorías dominantes, acostumbradas durante siglos al expolio y al sometimiento de sus compatriotas.

La República del 14 de abril puso en marcha, en un tiempo récord, una serie de medidas que pretendían superar el atraso histórico español: una legislación protectora de los trabajadores, la aprobación del sufragio femenino, la racionalización de las Fuerzas Armadas, el impulso de la escuela pública, el fomento de la alfabetización, el coto a la impunidad religiosa, la reforma agraria… Se trataba, en suma, de levantar un Estado moderno, solidario, secularizado, acorde con los cambios políticos que operaban entonces en el mundo.

La contraofensiva de la vieja oligarquía monárquica no se hizo esperar. La República niña se encontró pronto con la férrea oposición de los sectores más conservadores de la sociedad española, los cuales no dudaron en utilizar todos los medios a su alcance para desestabilizarla. La Iglesia Católica demonizaba la nueva situación desde sus púlpitos, mientras la oficialidad reaccionaria alimentaba el clima golpista en los cuarteles y salas de banderas. En las zonas rurales, los caciques amedrentaban al campesinado, convirtiendo la reforma agraria en un papel mojado que no podía satisfacer sus impacientes demandas. En la trastienda, los capitanes de industria financiaban la conspiración, a la par que nacían partidos de extrema derecha, alentados por el nazismo alemán o el fascismo italiano.

El golpe de Estado del 18 de julio de 1936 supuso el principio del fin de la Segunda República, obligada a defender en los campos de batalla la posibilidad misma de la democracia. Abandonada a su suerte por las potencias liberales, resistió todavía tres largos años, auxiliada por México y la Unión Soviética, respaldada por un pueblo tenaz y heroico.

La noche triste del franquismo clausuró el paréntesis republicano, sumiendo a los españoles en una pesadilla de la que todavía hoy no logramos despertarnos. La memoria de la República, y de sus partidarios, fue condenada a la más vil tergiversación, cuando no al puro y simple olvido. Aquellos titanes democráticos, aquellos hombres y mujeres que se atrevieron a asaltar los cielos, unos muertos, otros presos, algunos exiliados, los más forzados a convivir con la humillación y la represión, desaparecieron de los anales de la historia oficial.

Cuando murió el dictador, España era ya un erial del pensamiento, un territorio yermo y seco para la razón, listo para pactos y cambalaches, preparado para inaugurar una Monarquía de origen franquista, presto para la democracia de mercado, inhabilitado para la República. Había llegado la hora de la Transición, ese relato mítico y falsificado del que tanto nos ha enseñado últimamente el profesor Juan Carlos Monedero.

Ahora, cuando nos imponen ajustes y recortes, cuando aniquilan los restos del Estado del Bienestar, cuando la corrupción salpica los regios salones de La Zarzuela, nosotros, ciudadanos y ciudadanas, reclamamos la necesidad de la Tercera República para España. La Monarquía juancarlista no está sabiendo responder a los desafíos del presente, por lo que consideramos urgente articular un marco de convivencia republicano federal donde quepamos todos los españoles, la mejor solución posible para salir del pozo de la crisis.

Hoy, recordamos el 14 de abril como referente ineludible en la lucha por la democracia que está por venir.

* Los autores son miembros de la Junta Directiva provincial de Unidad Cívica Andaluza por la República en Granada (UCAR-Granada).

miércoles, 11 de abril de 2012

Esperanza tricolor


Carlos Guzmán Pérez

Diario de Noticias de Navarra

10/04/2012

Estos días se cumplen 81 años de que en 1931 se proclamara en este país la Segunda República española de forma libre, pacífica y democrática. Fue la ciudadanía española, quien ansiosa de libertad, decidió prescindir de la casposa monarquía de Alfonso XIII tras unas elecciones locales celebradas pocos días antes.

Al hablar de la II República española hay que señalar que este breve pero intenso periodo fue la última experiencia plenamente democrática vivida en este país. Desde que en 1936 los fascistas se sublevaran contra la libertad y la democracia, en este país convivimos primero con una sangrienta dictadura militar, después con una falsa democracia llamada monarquía parlamentaria, y en la actualidad combinando al heredero del dictador con una dictadura financiera en la que agentes externos reforman nuestra Constitución, imponen brutales recortes y neoliberales reformas, y llenan sus bolsillos jugando y especulando con nuestra economía.

En estos momento en los que el Gobierno del señor Rajoy ha recortado un 60% las partidas económicas vinculadas a la Memoria Histórica, es un deber de toda la ciudadanía de este país seguir reclamando verdad, justicia y reparación para todas las personas víctimas del genocidio franquista. 81 años después aún se cuentan por miles los héroes anónimos enterrados en cualquier cuneta de nuestra geografía, mientras la barbarie sigue siendo honrada en calles y en grotescos monumentos.

Los republicanos no nos contentamos con admirar y recordar el pasado, sino que día a día denunciamos lo corrupto y antidemocrático del sistema actual, a la la par que trabajamos por acercar ese sueño llamado III República. Una III República en la que todas las personas gocen de los mismos derechos y deberes y sean verdaderamente iguales ante la ley, y en la que ningún ciudadano sea discriminado por cuestión de raza, sexo, creencia o religión. Una República en la que toda la ciudadanía tenga garantizado el acceso a educación y sanidad pública, laica, gratuita y de calidad, y en la que la economía esté al servicio de la ciudadanía y no al de los mercados financieros. Una República democráticamente participativa que establezca mecanismos e instrumentos que garanticen la verdadera participación ciudadana en la vida política y que a su vez establezcan transparencia institucional. En definitiva, una III República que abandere los principios de libertad, igualdad y fraternidad, que regenere totalmente el colapsado sistema actual, y que lleve a la ciudadanía española a la vanguardia democrática.

Como todos los abriles, los republicanos seguiremos saliendo a la calle para honrar y recordar a los héroes que dieron su vida por defender la libertad, la democracia y la legitimidad de la II República, y a su vez para reclamar de una vez por todas la instauración de la plena democracia en este país.

¡Viva la República! ¡Salud y a por la III!


* Os recordamos que pasado mañana viernes, día 13 de abril, vamos a disfrutar en "El Rincón de Lorca" de nuestra VIII Cena Republicana Granadina.

Todavía estáis a tiempo de participar en el evento. Si os apetece pasar una velada agradable entre republicanos, poneros en contacto con nosotros, antes de mañana jueves a las 9 de la noche, a través de nuestra cuenta de correo electrónico (ucargranada@gmail.com) o del teléfono móvil de nuestro vicepresidente (696 910 025).

Quedamos a la espera de vuestras reservas .

Feliz 14 de abril.

Salud y República Federal.

lunes, 9 de abril de 2012

“La Iglesia tiene hoy más privilegios” (entrevista a Manuel Navarro Lamolda, vicepresidente de Europa Laica y socio de UCAR-Granada)


Álvaro Calleja


01/04/2012

Desde la azotea del carmen donde reside Manuel Navarro** se tienen unas vistas privilegiadas de la Alhambra, pero es en el despacho de su vivienda del Albaicín donde ha instalado su propia torre de vigilancia. El Observatorio del Laicismo es el laboratorio que se encarga de recopilar toda la información sobre las cuestiones que vulneran el principio del Estado laico: desde la presencia de símbolos religiosos en las escuelas a todo un rosario de asuntos que ponen de relieve la situación de privilegio de la Iglesia católica.

Nacido en Atarfe pero vinculado al barrio morisco desde hace quince años, doce de ellos como presidente de la Asociación de Vecinos del Bajo Albaicín, Manuel Navarro acaba de jubilarse después de dedicar su vida profesional al magisterio. GranadaiMedia ha querido conocer su labor como coordinador de Andalucía Laica y vicepresidente de Europa Laica, el movimiento surgido a partir de 2001 del que hoy forman parte un millar de personas.

-¿Cómo surge su interés por el laicismo?

- Mi actividad profesional ha girado fundamentalmente en torno al magisterio, de ahí surge mi interés por la renovación pedagógica y la transformación de la escuela. La presencia de la religión en la educación me llevó a posicionarme por la defensa de la escuela laica, una constante en toda mi vida profesional y en los movimientos pedagógicos a los que yo pertenecía. Llegó un momento en el que unos cuantos reflexionamos sobre la necesidad de generar una dinámica de movimiento laicista más amplio, porque nuestra actuación se limitaba hasta entonces al ámbito de la educación. La constitución formal coincide con la celebración en 2001 de un encuentro en Motril sobre el laicismo. A partir de ahí surgió Granada Laica y, a nivel estatal, Europa Laica, con una pequeña diferencia de meses.
-¿Estudió en colegios de curas?

-No. Estudié en Atarfe y luego en el Instituto Padre Suárez, aquí en Granada, lo cual no quiere decir que en mi juventud temprana no hubiese tenido una vida religiosa -digamos- intensa. Fue en la adolescencia cuando se produce mi ruptura con la Iglesia. Entonces y ahora, era una Iglesia de personas mayores, alejada de los problemas sociales.

-¿En qué consiste el Observatorio del Laicismo?

-Es una estructura que, por un lado, trata de recopilar las cuestiones que vulneran el principio del Estado laico y, al mismo tiempo, los avances que se puedan ir logrando fundamentalmente en España, pero también tenemos mucha presencia en Latinoamérica. No sólo eso. El Observatorio hace denuncias respecto a los ataques que recibe la laicidad. Es complicado porque, por parte de la administración, no existe ningún interés en que este tipo de problemas vayan soslayándose. Es verdad que hace dos años conseguimos que se modificara el reglamento de honores militares por el uso de la bandera y del himno nacional en las procesiones, pero es burlado continuamente por el Ejército. Al no haber una actitud favorable en profundizar en la aconfesionalidad del Estado, sino todo lo contrario, cualquier caso que se plantea tratan de buscarle la vuelta. Un ejemplo reciente son las procesiones de Semana Santa dentro de las escuelas. La Consejería de Educación lo plantea como que no son actividades de carácter religioso sino cultural. Y como la Semana Santa forma parte de la cultura andaluza es normal que los críos se vistan de penitentes y salgan en procesión alrededor del colegio simulando una cofradía.

-¿Se ha retrocedido más de lo que se ha avanzado?

- Se avanza en algunos terrenos, como es el proceso de secularización, pero es difícil porque hay un interés desde la propia administración en generar confusión. Se han inventado el término de la ‘laicidad positiva’, pretenden presentar al laicismo como antirreligioso y a la laicidad positiva como el multiconfesionalismo, es decir, la aceptación por parte del Estado de todas las religiones. Esto es falso en los dos casos. El laicismo no es antirreligioso, lo que busca es la libertad de conciencia de los individuos. Lo que no queremos es que la religión tenga una intromisión en el ámbito de lo público porque en definitiva lo que hace es favorecer una determinada convicción frente a otras. El asunto de la laicidad positiva, que ha derivado en un multiconfesionalismo, lo que el PSOE ha venido planteando, concediendo y habilitando espacios para otras religiones, tampoco forma parte de ese espacio público porque hay gente que no tiene ninguna confesión religiosa. Hay un 25% entre ateos, agnósticos y confesiones no propias…, un cuarto de la población está fuera de ese ámbito multiconfesional. Pero hay avances. Un ejemplo: Sólo el 32% de los contribuyentes marca la casilla de la Iglesia católica en la declaración del IRPF, cuando sociológicamente en España se dice que el 70% de la población es católica. En el tema de las clases de religión, pese a que la Iglesia está diciendo que hay un 70% de alumnos que imparte dicha asignatura, según los datos del Ministerio de Educación y del Consejo Escolar, no llega al 50%. La Iglesia está perdiendo un papel que antes era hegemónico. Otra cosa diferente es que el Estado mantenga dos principios que son básicos: el de la separación Iglesia y Estado y el de la neutralidad con respecto a cualquier convicción. Ahí no hay avance porque todavía se siguen haciendo los funerales de Estado, las autoridades van a las procesiones y actos litúrgicos, además de conceder ayudas. Las cofradías en Granada reciben este año 75.000 euros de subvención. Aquí en Granada el año pasado hubo 105 procesiones. Calculamos que, nada más que en Policía, se destina 2,5 millones de euros en horas extras.

-¿Qué opina de la propuesta para la concesión de la Medalla de Oro de la ciudad a la Patrona?

-Estamos en contra de que las imágenes religiosas reciban condecoraciones o títulos como el de capitana general;  títulos reales, ya no son menciones honoríficas. El propio Tribunal Constitucional, en una de sus primeras sentencias, ya estableció que el Estado no puede generar ese tipo de confusiones al hacer suyas cuestiones que lo liguen a una determinada religión. Lo que pasa es que fue una sentencia de carácter muy genérico que luego los tribunales ordinarios no aplicaron al considerar que era una cuestión tradicional. La autoridad pública, que es de todos, no puede estar concediendo ese tipo de honores a entidades de carácter religioso. Lo mismo que cuando el alcalde va a una procesión, está generando la confusión de que es el Ayuntamiento el que está de parte de esa religión.

-¿Le consta que en Granada se utilicen los símbolos religiosos para la toma de posesión de cargos públicos?

-En el caso de Diputación, lo denunciamos. El señor Sebastián Pérez llevó una virgen. La toma de posesión de cargos públicos fue uno de los temas que estuvimos negociando con la directora general del Ministerio de Interior. Ella estaba a favor de la eliminación, le preparáramos un borrador de buenas prácticas en la administración y ella misma nos decía que estaba plenamente de acuerdo con nosotros y que además, jurídicamente, con la normativa actual, no hay por qué tener presente símbolos religiosos ni decir juro o prometo. Luego se quedó en aguas de borrajas.

-No parece entonces que España sea un Estado aconfesional…

-En absoluto. La vulneración del Estado aconfesional español es continua, pero curiosamente quienes deben velar por esa confesionalidad no lo hacen. Nosotros reclamamos la derogación o el no cumplimiento de los acuerdos con la Santa Sede, pero ningún gobierno se atreve a dar ese paso a pesar de que los acuerdos son preconstitucionales pues se negociaron y se firmaron seis días después de que se aprobara la Constitución. Tampoco en el ámbito jurídico se aplica la legalidad. Las sentencias de los tribunales no suelen apoyar los planteamientos de separación entre la Iglesia y el Estado.

-Precisamente, el ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, declaró que el símbolo de la cruz en los colegios era un símbolo de paz. ¿Qué opinión le merece?

-Si la crucifixión es un símbolo de paz, que venga Dios y lo vea. De hecho incluso, muchas personas recuerdan el impacto de esos crucifijos, de esos rostros doloridos… Si nos vamos al terreno de la historia, sabemos que la cruz es un símbolo que se ha utilizado en contra de otras religiones, como símbolo de imposición. No tenemos que irnos a la colonización de América. Durante la dictadura de Franco se llenaron los espacios públicos de cruces.


-Debe desaparecer del Código Penal el artículo 525 que consagra la blasfemia como un delito penal. Las personas somos objeto del respeto por las creencias que podamos tener, pero las creencias no tienen por qué ser objeto de respeto, sino que pueden ser puestas en entredicho sin que eso suponga que las personas que las tengan no se les respete. Con independencia de que alguien pueda sentirse más o menos molesto, nadie está atentando a sus creencias, simplemente pone en entredicho esas creencias de una forma que puede ser unas veces de mejor o peor gusto.

-¿Tiene hoy la Iglesia más privilegios de los que tenía antes de la Constitución?

-Nosotros creemos que sí. La base que sustenta los privilegios de la Iglesia católica es el concordato franquista y los acuerdos que se hicieron en los años 1976 y 1979. Lo curioso es que se han ido fortaleciendo fundamentalmente en el ámbito escolar, donde la escuela concertada católica está recibiendo cantidades ingentes de dinero que antes no recibía. Estamos hablando del orden de los 3.900 millones de euros en subvenciones a centros católicos, pero el propio sistema de financiación de la Iglesia católica, en lo concerniente a sueldos de los obispos y curas, que los propios acuerdos de la Santa Sede establecen que tenían que autofinanciarse pasados tres ejercicios, eso no solamente no se ha cumplido sino que el Gobierno socialista -ante una denuncia que nosotros presentamos en la Unión Europea y que obliga a la Iglesia tenga que pagar el IVA- subió la asignación del IRPF del 0,56 al 0,7 para compensar lo que la UE le estaba imponiendo. De ahí que reciban 13 millones de euros mensuales como adelanto de la liquidación del IRPF. También es verdad que ya se venía haciendo con anterioridad.

-¿A qué cuestiones debería limitarse la relación entre la Iglesia y el Estado?

-Hemos elaborado un proyecto de ley articulado para ser puesto en vigor y partimos de una concepción de separación de la Iglesia y el Estado y de la neutralidad. La relación debe ser la misma que se establezca con cualquier otra organización social. Eso sí, tal y como recoge la Ley de Asociaciones del año 2000, cualquiera que quiera dejar de permanecer a una organización, simplemente debe hacer constar su baja e incluso eliminar todos los datos de su registros. Con la Iglesia exactamente lo mismo. Lo que ocurre es que la Iglesia no se deja regir por esa norma de carácter general. No queremos que se persiga a la Iglesia ni a ninguna otra religión, simplemente que sea igual respecto a cualquier otra  asociación y que no tengan privilegios jurídicos o económicos.

-Entonces, ¿cualquiera que lo desee puede apostatar?

-Es factible, lo que ocurre es que la Iglesia pone una serie de trabas para que no puedas ejercer ese derecho. El derecho no te lo pueden quitar porque forma parte de un derecho internacional que es el derecho a la libertad religiosa. A nosotros no nos gusta hablar de libertad religiosa, atea o agnóstica, sino de libertad de religión o de conciencia. La Iglesia no puede impedirte que tú ejerzas ese derecho, pero te obstaculiza pidiéndote demasiada documentación. Lo único que dijo el Supremo es que los libros de bautismo no constituyen una base de datos y, por consiguiente, esos datos no tienen por qué ser cancelados. Se puede apostatar pero hay que seguir los pasos que han elegido ellos, por tanto es un privilegio jurídico que tienen frente a lo que es la ley normal.

-De cara a las elecciones del 25-M, ¿qué partidos introdujeron en su programa la defensa del laicismo?

-Nos consta que en el caso de IU asumió completamente las propuestas que hicimos, y en el caso de EQUO creo que también íntegramente están incorporadas. IU ya está haciendo iniciativas en el Congreso y ahora nos está ayudando con una propuesta que hemos presentado para que la Iglesia pague IBI.

-En las elecciones generales Rubalcaba planteó la posibilidad de revisar los acuerdos con la Santa Sede, ¿se sorprendió?

-Pensábamos que iba a suponer un cambio de actitud del PSOE con relación a los ataques a la laicidad del Estado. Y nos ha sorprendido porque, con posterioridad a esas declaraciones, hemos recibidos del propio Gobierno andaluz una respuesta contradictoria a un problema que le hemos planteado, como es el caso de las procesiones en los colegios. Incluso en el mismo programa político no se han incorporado ningún elemento en defensa del laicismo, solamente Izquierda Socialista ha apoyado este tipo de posiciones, sin que se haya traducido en nada en la práctica. La prueba la hemos tenido en que, durante el tiempo en el que han gobernado, no han hecho nada para avanzar en este tema. Ha sido más una cuestión electoralista, de tratar de captar votos por la parte izquierda.

Cómo participar en el movimiento laicista


** Manolo Navarro Lamolda es también socio de UCAR-Granada.

sábado, 7 de abril de 2012

“La Esperanza de nuestro País y nuestro Pueblo se llama III República”


Manifiesto de Unidad Cívica por la República*  


04/04/2012

Ciudadanos, Ciudadanas; hombres y mujeres en este País:

Conmemoramos, en torno al 14 de Abril, el sistema político más justo que ha existido jamás en España: la República. Y esta conmemoración, la de hoy, tiene lugar en uno de los momentos más duros que recuerda nuestro Pueblo en su historia reciente. Por ello, esta efeméride no es sólo para hacer memoria. También, y principalmente, para proponer una solución al atolladero en que nos encontramos. Dicha solución pasa por un Proceso Constituyente hacia la III República. Un rehacer el Estado de abajo arriba en forma democrática, participativa y solidaria. 

No partimos de cero; tenemos -entre otros- el precedente de 1931, la II República española cuya proclamación hoy recordamos en el aniversario. Una República que vino de las urnas, pero fue posible -sobre todo- por la movilización popular, por la implicación de los ciudadanos y ciudadanas en todas las esferas de la vida pública. Es un alto ejemplo que sigue vigente. Nada puede borrarlo. No pudieron 40 años de Dictadura y crímenes franquistas. 

Por eso, en este día señalado, cuanto cumple primero hacer es exigir Verdad, Justicia y Reparación para quienes estuvieron con la Legalidad republicana; Verdad, Justicia y Reparación para las 143.353 personas (son cifras de la propia Audiencia Nacional) asesinadas por el franquismo, para decenas de miles más represaliados y represaliadas, y 30.000 niños robados a sus familias. Verdad, Justicia y Reparación. También para quienes, buscándolas hoy día, siguen siendo condenados. No hay Ley de Amnistía que pueda justificar esa vergüenza. Los crímenes del franquismo no prescriben y así lo ha sentenciado ya varias veces las ONU. Lo que a nivel jurídico está sucediendo en España, sólo se puede entender si reparamos en que la Jefatura del Estado actual -la Monarquía- fue diseñada por Franco, quien también designó a su aún titular. Dicho en pocas palabras, hay impunidad del franquismo porque existen una Monarquía y un Rey puestos por Franco, el asesino. Por ello, afirmamos que la lucha por una Democracia digna de tal nombre, es también y pasa por hacer Justicia con los crímenes franquistas. No es algo sólo del ayer. Es una lucha de hoy y conectada con otras luchas. Veamos: 

La Monarquía es un insulto a la igualdad de oportunidades. Es la propiedad exclusiva, por un clan familiar, de un instrumento tan importante como la Jefatura del Estado. De esa anomalía básica, fundacional del régimen que aún impera en España, deriva, consustancialmente, un déficit democrático que -reflejado en lo económico y lo político- ha situado a nuestro país contra las cuerdas. La Monarquía es, por naturaleza, fuente de privilegios injustificados y de toda clase de corrupciones. Una pérdida sangrante de soberanía ciudadana.

Hoy, cuando basta abrir cualquier periódico para constatar cómo se hurtan a la decisión democrática cuestiones que afectan de modo directo a la vida de millones de personas; cómo esas decisiones se toman en conciliábulos al margen de todo control de la Ciudadanía y cuán ligada está a la Casa Real la presunta estafa, la mentira, el robo... aparece entonces -que es ahora- nítida la verdad: Monarquía y Corrupción; Monarquía y toma del Gobierno por los Mercados; Monarquía y saqueo de lo público, paro, retroceso social sin precedentes... El sistema político de 1978, confeccionado a la medida del Rey, ha desembocado en la ruina de nuestro Pueblo: casi 6 millones de parados, más de un millón y medio de familias en las que ninguno de sus miembros tiene empleo, 1 millón de personas en la Beneficencia, 25% de niños en la pobreza, más de 300.000 familias desahuciadas... Cifras que dan pavor y van a ir en aumento. Son las cuentas de la Monarquía y el sistema político diseñado para arroparla. Por eso, en esta Hora verdaderamente trágica para nuestro Pueblo, es hora de que toda persona honesta -con independencia de donde milite- actúe por un cambio de régimen. Nada puede esperarse ya del monárquico. Delenda est Monarchia!

O nos salvamos colectivamente, o nos hundimos todos uno a uno. Nadie nos rescatará si no nos rescatamos nosotros mismos. Y ese rescate, es el de la Democracia, el de la República. En todos y cada uno de nosotros, en todas y cada una de nosotras, está el hacerlo: la Independencia y Soberanía nacionales en forma de República federal, democrática y pluripartidista, y la apertura de un Proceso Constituyente que permita de manera eficaz a la Ciudadanía -ya sea por referendo o medio análogo- poder optar por esta nueva forma de organización estatal.

Una III República para posibilitar y fomentar la participación en todos los ámbitos y en clave de cohesión social y sostenibilidad medioambiental. La Economía, mediante resortes estratégicos de titularidad pública, se orientará al pleno empleo, estable y de calidad, con unos Servicios Públicos- Sanidad y Educación a la cabeza- garantizados por el Estado. Igualmente, la Legislación socio-laboral garantizará los Derechos sociales, laborales y sindicales de los trabajadores y trabajadoras asalariados/as. El Funcionariado será independiente de los partidos políticos, electo por criterios objetivos y prestigiado. Habrá derecho a la vivienda digna y a la propiedad legítima, con penalización de las actividades especulativas. El Estado republicano apoyará a los emprendedores y las emprendedoras capaces de activar la Economía real y generar empleo. La Administración Pública, por su parte, basará en principios de subsidiariedad y cercanía, evitando duplicidades injustificadas.

El Estado será laico, garantizando la libertad de conciencia y confesión, y las políticas pivotarán en torno a la Paz y la no-violencia activa, respetando los Derechos de los Pueblos; con unas Fuerzas Armadas al servicio de la defensa de la Ciudadanía y el territorio de la República de cualquier invasión militar. Los referendos vinculantes y los plebiscitos serán mecanismo normalizado de Decisión democrática. Importa señalar que III República en nuestro País significa, también, regeneración ética; una nueva cultura substitutiva del achabacanamiento y degradación que se generan actualmente. Un Sentimiento republicano que vertebre en derechos y deberes recíprocos, que esté transido de valores solidarios y que sea, en suma, capaz de edificar la convivencia sobre los pilares -clásicos pero verdaderos- de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad. ¡Eso será -haremos ser- la III República!

¡Ciudadanos y Ciudadanas, compatriotas al habitar la misma tierra bajo el mismo cielo! En esta hora difícil en que aparece cada vez más clara la conexión entre Franquismo, Monarquía, Crisis y Corrupción, sirva la legítima aspiración republicana para enlazar todas las causas justas de nuestro Pueblo y darle así la aurora de esperanza que se merece. Que nos merecemos.

¡VIVA LA REPÚBLICA! ¡VIVA LA III REPÚBLICA!


* Unidad Cívica por la República (UCR), nuestro referente a nivel federal, forma parte de la Coordinadora Republicana de Madrid, plataforma unitaria convocante de la manifestación republicana del 14 de abril en la capital de España

miércoles, 4 de abril de 2012

Clásicos republicanos: «La generación de Fraga y su destino», de Moreno Galván


Juan Triguero (seudónimo de José María Moreno Galván)


Junio/Julio 1965

La verdad es que España ha cambiado bastante en estos célebres «25 años de paz». El desarrollo del capital monopolista, la estabilización, el desprestigio –casi oficial– del falangismo, la televisión, los cinco títulos europeos del Real Madrid, el Opus... todo ha contribuido a darle a nuestro país una fisonomía distinta. Cuando uno se toma una cerveza en la terraza de un café de Madrid o cuando se baña en una playa mediterránea, le cuesta imaginar que éste fue un país de curas fanáticos que mandaban matar para defender a la Santa Madre Iglesia, de santones tétricos y de beatos de misa y olla. La tradicional miseria de España subsiste, claro, pero está escondida, alejada de las zonas turísticas por una exultante brillantez de Seat 600, turistas suecas, Samuel Bronston y gambas al ajillo. Además, como alguien ha escrito aquí mismo, se exportan pobres y se importan ricos: se manda a nuestros obreros a sacar divisas para nuestro capitalismo a Alemania, Francia o Venezuela, y se fabrican hoteles para millonarios de esos que luego salen encantados de la tradicional cortesía española. 

Hay que reconocerlo: no poco de esa brillantez se la debemos al actual gabinete ministerial. Por ejemplo, parece ser que en determinadas «boites» de la Costa Brava se ha llegado a tolerar el «strip-tease», pero, por el momento, para ser realizado sólo por extranjeras con el fin de no renunciar con tanta facilidad a la tradición honesta de nuestras mujeres, herederas de Isabel y de Teresa. Y dicen que en la noche inaugural, algún ibero reprimido por demasiados siglos de «valores del espíritu» no pudo contener su entusiasmo cuando vio desnudarse a una americana y gritó, perdidos los estribos: iViva Fraga Iribarne! Claro está que se continúa siendo enemigo del concepto materialista de la historia, pero eso no impide que la economía que nuestro capitalismo proyecta esté decidida a sacrificar a ella todo el espíritu de España. Aquí se está dispuesto a venderlo todo al mejor postor: hombres, espíritus, obras de arte, costas, paisajes... aquí se venden hasta pueblos enteros y, dentro de muy poco, ese Calleja que escribe en el ABC incitará discretamente a nuestras mujeres a vender un poquitín de sus pudores –sólo un poquitín– a cambio de divisas turísticas. Sí, este país ha cambiado mucho. [6] 

¡Quién la vio y lo ve! Hace no más de veinte años, España era aún un país romántico del siglo XIX. No le faltaba nada para ambientar aquel encanto: ni costra piojosa, ni guerrilleros en la sierra, ni persecución sanguinaria de liberales, ni hambre pedigüeña. Es claro que hace veinte años colaboraba a la ambientación general del país el clima de terror de la represión. Por eso, el actual ambiente «liberalizador» es algo así como una «desfranquización», pero con Franco. Como todas las reformas españolas de nuestro siglo, la reforma actual trata de cambiar los aspectos pero deja inmaculadas a las estructuras, porque hay que mantener los sagrados principios. Se liberalizan los manejos capitalistas, pero se siguen reprimiendo las ideologías; se sueltan suavemente las amarras de la moral sexual, pero se atan cada vez más las de la moral ciudadana. De esa manera, se pervierte, se involucra, se mistifica, y a vivir que son tres días. 

Lo que, para el objetivo que este trabajo persigue, es más significativo de todo ello es que uno de los artífices de esa campaña de liberalización desmoralizadora es, nada menos, que Fraga Iribarne. Si hubiera sido un chulo aprovechado como Girón, o un arribista bajuno como Solis, o un tío de grandes tragaderas como Arburúa, el fenómeno parecería tener más lógica. iPero Fraga! El universitario estudioso, intelectual, empollón y erudito Fraga parecía que iba a destinar sus varios talentos a menesteres más decorosos que al de celestina del desvirgamiento español. 

Porque, además, Fraga perteneció a aquella generación de jóvenes universitarios españoles, serios, rigurosos, que entre los años «cuarenta» y los «cincuenta» prometían ser los futuros prohombres de la regeneración moral del país. Y, curiosamente, algunos de los hombres del «Equipo Fraga», como su cuñado Carlos Robles Piquer, fueron también apóstoles de aquella legión regeneradora que sentía al catolicismo como misión, a la «Hispanidad» como destino, y a la política como moral; que fundaban publicaciones ardorosas como Alférez, La Hora, y Alcalá y que habían hecho suya la sublime pamplina aquella de «mitad monjes y mitad soldados». Lo que pretendo hacer aquí es recordar las ilusiones de aquella gente para compararlas con las nuevas dedicaciones. Creo que vale la pena evocar lo que fueron y echarle una mirada a lo que son, porque algo del estilo de estos últimos veinticinco años se puede vislumbrar a través de esa rendija. Nada más que una rendija, eso es verdad, pues la verdadera realidad española es la de los treinta millones de hombres que sufrieron, trabajaron y lucharon en ese tiempo y no la de aquellos jovencitos que hoy son padres de familia, generalmente numerosa. Sin embargo, algo puede verse a través de ahí: el proceso de una desilusión, o el de una desintegración moral, o el de un escepticismo, o simplemente el de algunos encumbramientos a cambio de ciertas acomodaciones. He querido aquella introducción ambiental para trazar la escenografía de la España de [7] hoy, la España donde naufragaron las ilusiones de aquella generación iluminada. Lo que pretendo es evocar desde ahí a las ilusiones mismas con su escenografía correspondiente. 

Hablo de una gente que hoy puede tener entre 38 y 43 años, con algunas excepciones por arriba o por abajo de los límites. Un conjunto de nombres, hoy muy heterogéneo, pero que entonces, con leves variantes, tenía mucha homogeneidad serviría para situarlos: el mismo Fraga Iribarne, José Mª Valverde, Miguel Sánchez-Mazas, Jaime Suárez, Alfonso Sastre, Rodrigo Fernández Carvajal, Carlos Robles Piquer, José Luis Rubio Cardón, Torcuato Fernández Miranda, José Manuel Caballero Bonald, Carlos Alonso del Real, Antonio Lago Carballo, Carlos Pascual de Lara, Jaime Ferrán, Carlos Edmundo de Ory, José María de Labra, Rafael Sánchez Ferlosio, Ramón Vázquez Molezún, Ignacio Aldecoa, Manolo Mampaso, Ismael Medina, Carlos Zalamás, Salvador Jiménez, Jaime Campmany, Miguel Angel Castiella... Empleo en su honor y para ellos las palabras «vocación», «destino» y «generación». Sobre todo, «generación»: esa gente la adoraba. La teoría orteguiana de las generaciones había puesto a su disposición uno de los más sugestivos ingredientes aglutinadores: «Nuestra generación», «el destino generacional de...», «nosotros, los hombres de la generación de postguerra», «lo que le pasa a nuestra generación es...», &c. La guerra civil había dejado flotando en el ambiente la mitología del héroe. Esos muchachos querían sentirse héroes de algo, y como no podían serlo de hazañas bélicas eran los héroes de... su generación. ¿Pero qué hacían, de dónde venían, a dónde iban? Desgraciadamente, por mucha que fuese su coherencia ideológica, no se puede esquematizar una definición de todos ellos recurriendo a un solo arquetipo. Resumiendo mucho, podría señalar dos niveles, dos categorías determinadas no tanto por su procedencia social como por la altura de su dedicación intelectual. El primer nivel, el más alto, leía o colaboraba en Alférez; el segundo, leía o colaboraba en La Hora y luego en Alcalá

Tracemos un retrato ideal, arquetípico, de un muchacho cualquiera correspondiente al primer nivel jerárquico, que podría servir, con ligeros retoques, para cualquiera de los colaboradores de Alférez. Es un muchacho de lentes, serio y grave, que ha llegado a la Universidad de Madrid procedente de una provincia española. Su padre es un discreto abogado, o un oscuro militar; tal vez sea propietario agrícola. En Madrid vive en un colegio mayor (Ah, los colegios mayores, crisoles de exigentes minorías). Su habitación, allí, es sencilla y luminosa; tiene una pequeña biblioteca, una reproducción de Van Gogh pegada a la pared, una cama sencilla y, sobre ella, una cruz de línea simplísima y austera. Sus libros –Ortega, José Antonio, Maritain, Unamuno– están todos en rústica y, sobre la mesa, hay algunos cuidadosamente anotados. Por la mañana, después de ducharse con agua fría, va a la Universidad o a «la biblioteca del Consejo» para preparar su doctorado. Por la [8] tarde pasea con su novia, una chica ni fea ni guapa, pero inteligente, católica sin gazmoñerías y algo deportiva. Él lleva debajo del brazo un tomo de Literatura del siglo XX y Cristianismo, ella lleva a León Bloy. Luego, irá a casa de Luis, o a casa de Dionisio, donde se encontrará con Pedro, con Leopoldo, con Luis Felipe... (Luis es Rosales, Pedro es Laín, Dionisio es –claro– Ridruejo, Leopoldo es Panero y Luis Felipe es Vivanco). Se hablará de poesía o de «España como problema» frente a la tesis «derechista» de «España sin problema». El domingo por la mañana es posible que asista a la misa de rito oriental de los benedictinos de San Bernardo. Allí se palpa la pureza del cristianismo primitivo cuando uno de los oficiantes transmite el abrazo de la buena nueva a uno de los fieles y éste se lo transmite a los demás. Es emocionante materializar así la Comunión de los Santos. La tarde estará reservada al diálogo intelectual o quizás a oír música gregoriana en el «picap» de algún amigo. Se hablará de don Antonio Machado, para el que se proyecta un número homenaje de Cuadernos Hispanoamericanos. 

El segundo nivel ya era otra cosa. El arquetipo correspondiente al segundo nivel podría ser madrileño –es curioso– porque su intelectualismo estaría un poco rebajado por esa casi imperceptible salsa plebeya que la madrileñidad le otorga a sus hijos, aunque lo sean en primera generación. Pero si no lo es, entonces nuestro arquetipo tampoco reside en un colegio mayor sino en una pensión algo más económica. Tal vez dispone de una habitación, a trescientas pesetas mensuales, y va a comer «al comedor del SEU». Los muchachos de ese nivel ya no leen tanto a Rilke y a Hölderlin primorosamente traducidos y adaptados a la minoría, pero en cambio citarán los textos más españoleadores de Unamuno; ya no tienen un acceso tan directo a los cenáculos de los maestros pero, si disponen de unas pesetillas, se tomaran un café con leche mientras hacen tertulia nocturna en el Café Gijón. Las distinciones podrían seguir hasta el infinito, pero no sé si tanta sutileza puede fatigar al lector. En fin, los muchachos del primer nivel no tratan de abolir nada sino que tratan de construir una España ideal; los del segundo, arremeten violentamente contra todo lo que es «decrépito». Los primeros son desdeñosos; los segundos, rebeldes consentidos. Los primeros aman a Heidegger; los segundos, atacan a don José María Pemán. Los primeros, son herméticos en cuanto a la explicitación de su ideología política; los segundos se llaman a sí mismos «de izquierda» porque son partidarios de la reforma agraria y enemigos de la monarquía. 

Dejemos aparte niveles y jerarquías. Esa gente no hizo la guerra y, si la hizo, no se manchó las manos en su sangre. Casi todos ellos, no todos, se sienten ligados al bando vencedor por muchos lazos: por el de la catolicidad, por el de una ideología aristocráticamente falangista, por razones familiares, por todo; pero se sienten al mismo tiempo tenuemente desligados de la [9] chocarrera gritería de la victoria. Por dos razones fundamentales: porque le huele mal la sangre corrompida y por estética. Ellos son capaces de admirar la «gallardía juvenil» de José Antonio y, sobre todo, su «aristocrática exigencia de estilo» pero no les gusta Raimundo Fernández Cuesta, ni el fascismo descarado de Arriba ni el Sindicato de Hostelería y Similares. Ellos estaban para otra cosa. ¿Para qué estaban? 

Lejos de la algarabía que formaban aquellos años los camaradas victoriosos, los estraperlistas enriquecidos y las grandes queridas infatuadas; lejos de los hambrientos que, con la media barra de su ración en el bolsillo esperaban aún aterrorizados la llegada de la guardia civil; lejos de ser delatores y de ser delatados ellos se preparaban «para la misión y para el mando». Eran universitarios serios que vivían para la universidad, por la universidad y de la universidad, como en un círculo virtuoso donde de lo que se trataba era de ser un buen universitario para poder hacer luego a buenos universitarios. «A la minoría siempre», decía su revista más significativa, Alférez. Alférez, es decir, hombre que llega a la edad de ser soldado sin dejar de ser un universitario. Allí, muchos de ellos purificaban su alma de la impureza general; allí se podía hablar de José Antonio sin demagogias, de religiosidad sin beaterías y de las grandes ideas abstractas: de «el Hombre», pero no de los hombres que pasaban hambre o que se enriquecían con el hambre de los demás; de España, pero no de las tierras acumuladas en latifundios ni de los braceros apaleados; de la Catolicidad, pero no de los grandes beneficios que reportaba ser católico. Ellos tenían las manos rigurosamente limpias de todas aquellas suciedades, pero porque rigurosamente se las lavaban todos los días mientras contemplaban el espectáculo del país desde la ventana de su residencia universitaria. 

Todo ese conjunto de jóvenes contaba, pues, con un arsenal de mitos muy sugestivos para dinamizar su vida: la catolicidad, el retorno al sentido cristiano de la vida, la revitalización del concepto de aristocracia, la Hispanidad, &c. 

La catolicidad estaba ligada, más o menos orsianamente, con el concepto de la universalidad, el cual se relacionaba a su vez –y no por una simple cuestión etimológica– con las ideas sobre la universidad. La revitalización del cristianismo estaba genialmente condicionada por la renovación de la liturgia. Esa gran familia, tan exigente con el estilo, se quedaba arrobada cuando veía un altar escueto de líneas severas. La hermandad cristiana empezaba a restablecerse, no por la distribución del trigo de los graneros de España sino por la distribución del Pan Litúrgico en la Misa. Casi todos ellos, en años más ardorosamente juveniles, se habían dejado inflamar por el fervor misionero de algún cura fanático y hasta, en algunas ocasiones, [10] habían asaltado centros protestantes en las capitales de sus provincias respectivas. Más tarde, su catolicismo se había remansado y ya era sólo cuestión de renovar los símbolos externos para que todo quedase rejuvenecido. Luego estaba la Hispanidad. Lo que en los años del Frente de Juventudes había sido chillar por Gibraltar, se convertía en esos años más maduros en un concepto serio sobre la hermandad de los pueblos hispánicos. Se fundaron así, por instigación del Instituto de Cultura Hispánica, los ACI (Asociación Cultural Iberoamericana) provinciales, donde todos esos chicos de buena familia cultivaban el patriotismo plurinacional de la Cultura. En el de Madrid, por cierto, tuvo Carlitos Robles Piquer una actividad muy destacada. 

Ahora, Carlos Robles Piquer es una especie de pichafría fondón y rubio, grandón desangelado, que se atiene fiel y laboriosamente en su despacho del ministerio a los dictados del mando para planificar el envilecimiento dorado y turistizado de nuestro país. Pero en aquellos tiempos prolongaba aún candorosamente sus ardores juveniles en el despacho, más modesto, del ACI madrileño. Dicen que detrás de su asiento había un gran mapa donde se dibujaban las efigies cartográficas de cada una de las tierras que la pérfida Albión había sustraído a la heredad de los pueblos hispánicos: Gibraltar, Las Malvinas, Honduras británica, &c., con un cartel explicativo debajo: «Las tierras robadas». Un catecúmeno que ya en aquellos tiempos empezaba a dejarse ganar por el escepticismo, cambió aviesamente un par de letras de forma que el letrero quedó así: «Las tiernas bobadas». 

Este trabajo carecería de sentido si no se tratase en él del destino posterior de toda aquella generación: de la evolución de muchos de esos muchachos hacia compromisos morales y políticos, de la acomodación de algunos otros a la prebenda y a la regalía otorgadas desde el poder, de la simple adaptación al estilo cocacolizado y turistizante que ha adoptado el país o, en fin, de la llegada de algunos de ellos a la cima magistral para la que se preparaban. ¿Pero cómo referir esa trayectoria de manera conjunta y coherente? 

Hay un año de la vida de nuestro país que fue decisivo para esa generación: 1956. Por una serie de circunstancias, en ese año se precipitaron todas las tomas de conciencia que se estaban fraguando y se dejó establecida, de una vez y para siempre, la zanja dialéctica que había de separar en el futuro a los que de verdad quisieron comprometerse moralmente con España y los que quisieron, por el contrario, comprometer a España en el juego de su carrera personal. En los dos o tres años inmediatamente anteriores, casi podría decirse que los hombres de la «catolicidad - hispánico - universalista» habían, casi, alcanzado sus últimos objetivos estratégicos. Para caracterizarlo con dos o tres datos significativos me referiré solamente a la llegada de Joaquín Ruiz Giménez al Ministerio de Educación y a la obtención subsiguiente de las rectorías de Madrid y Salamanca por Pedro Laín Entralgo y [11] Antonio Tovar, respectivamente. Esos hombres, y todo el grupo de intelectuales que les daba escolta amical, no eran exactamente de «la generación» sino algo mayores. Si los del 98 eran los maestros, ellos eran los jóvenes maestros. Ruiz Giménez encarna paladinamente el prototipo del universitario que se trataba de troquelar: maduro en su juventud, limpio de las impurezas de la represión, católico universal –pues era el gran preboste español de Pax Romana– y, además, catedrático de Salamanca. No le faltaban ni siquiera los símbolos exteriores que debían caracterizar a un universitario de esa especie. Tenía –y tiene– buena facha, aunque de tono un tanto aclerigado, posee afectuosidad sinceramente paternal y era padre de familia numerosa. Los católicos profesionales españoles –Ruiz Giménez, Martín Artajo, Blas Piñar– son de una productividad filial aterradora. Antimaltusianos sistemáticos, yo sospecho que practican el método Ogino pero al revés, como si trataran de repoblar al país con gérmenes católicos asegurados a todo riesgo contra las contaminaciones heterodoxas. Luego estaban los «jóvenes rectores» Laín y Tovar. Es cierto que ambos eran aún en aquella fecha falangistas y, en el caso de Tovar, rabiosamente fascista e hitleriano. Pero a don Pedro Laín lo salvaba el hecho de ser un hombre «en el buen sentido de la palabra, bueno» y también la gravedad elegante de su implícito liberalismo, o mejor, de «su liberalidad», o mejor de su «comprensión de el Otro»; y a Tovar, la seriedad críptica de sus investigaciones lingüístico-filológicas. Finalmente, estaba «el grupo»: Ridruejo, Rosales, Panero, Vivanco, Aranguren, puntualmente reunidos en una cena de sábado en la noche, con señoras y con Vicky Eiroa, Lilí Alvarez y Juana Mordó. Es curioso, pero los acontecimientos del 56 precipitaron también la toma de conciencia de esa generación de jóvenes maestros. 

La España de esos nuevos ilustrados estaba reencontrando su propio pulso, porque las condiciones estratégicas ya estaban dadas. La cosa estaba clara: se trataba de realizar una «revolución desde arriba», desde la Universidad, desde «la minoría», desde la «aristocracia intelectual». La Universidad extendía sus tentáculos fuera de ella y nació así Tiempo Nuevo, círculo de inspiración bodrio-falangista, donde aquellos hombres se reunían con promociones más juveniles y, por más juveniles, con una conciencia del deber político más a flor de piel. La verdad es que, por aquellas fechas, casi todos aquellos hombres habían empezado a darse cuenta de la majadería mistificadora que, en el mejor de los casos, significaba el falangismo donde muchos de ellos habían sido embarcados. Pero se les agudizó la conciencia por la presión de la juventud. No es necesario referir aquí lo que fue el «Congreso universitario de escritores jóvenes», terminado como el rosario de la aurora cuando el poder se dio cuenta de la carga subversiva que comportaba; ni los «Encuentros entre la poesía y la Universidad», ni la significación política [12] que adquirieron algunas de las circunstancias del entierro de don José Ortega; ni, en fin, las dramáticas jornadas estudiantiles de febrero, donde hicieron su última aparición histórica los pistoleros falangistas intentando provocar mediante crímenes imputables al enemigo. Todo lo que determinó la caída del ministerio Ruiz Giménez fueron realidades que tomaron cuerpo en aquellos años y que se precipitaron en 1956. 

¿Qué era lo que ocurría en realidad, qué fue lo que transformó a las realidades en acontecimientos? Ocurría que en los cenáculos mismos donde se formulaba la «revolución desde arriba» anidaba la verdadera revolución, la revolución desde abajo, incluso sin que de ello fuesen conscientes sus propios protagonistas. Los jóvenes más responsables de aquella generación, o habían tomado ya una primera conciencia de su deber político o sentían la quemazón subversiva que anunciaba su próximo alumbramiento. Y lo que es más importante, esa inquietud, eminentemente contagiosa, había pasado incluso al círculo de los maestros. La crisis del 56 no fue más que la explosión de una situación contradictoria entre dos maneras distintas de entender los problemas políticos. El poder fascista español, que si por esencia no tiene capacidad para objetivar los problemas, tiene al menos, como todos los poderes reaccionarios, la conciencia infusa de los peligros que entraña la inteligencia, acabó con un manotazo digno de su estilo con aquella situación de complacencia y malentendido. Una vez más ejercitó lo que le caracteriza desde sus primeros años, el «muera la inteligencia» sistemático que, en rigor, debería presidirlo emblemáticamente. Por cierto que, en aquella ocasión, Torcuato Fernández Miranda actuó muy diligentemente poniéndose del lado de la represión y negando a Ruiz Giménez. 

Ahora bien, aquel zarpazo de la bestia franquista, si bien sumió a sus víctimas en un mar de perplejidades y los dejó indefensos y desorganizados, tuvo la virtud de clarificar todos los ambientes y todas las situaciones. Vale decir que aquello apresuró la elección ideológica más afín con cada uno de los protagonistas. La rebeldía infusa se convirtió en ideología. En lo que se refiere a los maestros, Ridruejo fue el primero. Con la generosidad que le es característica, su vago liberalismo de aquellos años se crispó en una agresiva virulencia antidictatorial hasta hacerle derivar en la ideología que ya le conocemos, mezcla de socialdemocracia y contemporización negociadora con la burguesía. Laín dimitió, sin decir nada, de sus últimos restos falangistas y se retiró a su condición de buena persona privada, preservando su intimidad y la de muy pocos «otros» en una torre de marfil incontaminada de demagogias, que suelen forzar algunas veces los portadores de un pliego con firmas. Luis Rosales, hombre inteligente y de buena fe, hace fracasar todas las hipótesis sobre determinantes ideológicas porque, si no fuera por él, se podría afirmar sin margen de error que aquellas dos cualidades no son compatibles [13] con la condición de monárquico. Luis Felipe Vivanco se retiró también a su timidez honesta de la que sale de vez en cuando para adoptar valerosas actitudes públicas de una gran honradez civil. Aranguren, más sagaz políticamente que todos ellos, descubrió los nuevos mitos de la juventud, y comprendió en el acto que los próximos años apuntaban a la política de verdad. Asumió por ello responsablemente el papel de incitador moral hacia la acción política que por su magisterio le correspondía. Pudo, como casi todos los demás, haberse desentendido confortablemente, pero aceptó el reto del tiempo, a pesar de las molestias que eso le acarreaba. Eso tenemos que agradecerle. 

¿Pero qué fue de los jóvenes de la generación iluminada? Sería excesivamente prolijo referirse a todos y cada uno de ellos, pero vale la pena sobrevolar una brevísima nómina que pudiera servirnos para establecer los arquetipos. Algunos, cumplieron fielmente su destino de universitarios. Salieron de la Universidad como alumnos y volvieron a la Universidad como maestros. Pienso especialmente en José María Valverde, y en Rodrigo Fernández Carvajal. Valverde escribió puntualmente –es decir, cuando era una promesa– sus libros poéticos nimbados de un catolicismo existencial mesurado, y sus trabajos sobre los grandes hombres magistrales y sobre los cotidianos maestros amigos: sobre Rilke, pero también sobre la obra de Pedro Laín; sobre don Antonio Machado, pero también sobre Luis Rosales. Ahora enseña estética en Barcelona con la misma mesura y moderación con que le enseñaron sus maestros a encarar la estética de su vida. Pienso que éste, como tantos hombres de su cuño que no fueron afectados ni por la pasión política ni por el escepticismo, tiene, como la Iglesia Católica y como el ABC, la sabiduría de la continuidad. Si algún cambio se ha operado en ellos consiste en que antes fueron jóvenes maduros y ahora empiezan a ser maduros juveniles. 

Pasión política y escepticismo: acaso los he contrapuesto de una manera demasiado rígida. Muchas veces, una pasión política puede engendrarse en un previo escepticismo. Tal vez ese fue el caso de Miguel Sánchez Mazas, cuando abandonó por convencimiento su ardorosa militancia católica y falangista. El escepticismo le llegó aparejado a una vocación entusiasta por el rigor científico, no exenta aún, sin embargo, de idealismo. Luego, acaso el mismo rigor de las disciplinas positivas lo condujo hasta el campo de la socialdemocracia y la pasión por el socialismo lo llevó al exilio. Excesivo. 

Parece que, según los cánones, la vía ética y moral no es la mejor introducción para la vía política. Sobre este problema, doctores tiene la Santa Madre Iglesia, entre ellos Aranguren. Pero yo sé de gentes cuya pasión política no sería comprensible sin una previa pasión ética y moral. Por ejemplo, José Manuel Caballero Bonald y Alfonso Sastre. ¿Cómo sería comprensible la última poesía y la última novelística de Caballero Bonald sin una reacción [14] casi colérica contra la injusticia? ¿Cómo sería posible la determinación política –la que sea– de Alfonso Sastre sin lo mismo? Claro está que cuando una cosa determina la otra, eso quiere decir que la moralidad ha dejado de ser un problema personal para convertirse en un fenómeno civil. ¿Y qué otra cosa puede ser la política sino moral cívica? En ese sentido, la sensibilidad de Alfonso Sastre ha sido agudísima y paradigmática. Nadie como él en su generación ha tenido el sentido de la protesta, la conciencia de que ejercer siempre y sistemáticamente la protesta por la injusticia constituye un deber que hay que ejercitar a toda hora, a veces con riesgo, aceptando el riesgo sin arrogancias pero con firmeza. 

La moral anquilosada en la persona es el gran refugio justificativo de los hombres de esa generación que no quisieron aceptar el compromiso moral de la verdadera política o que, peor aún, siguen ligados al compromiso inmoral con los poderes constituidos, sin darle a estos ningún motivo para que prescindan de sus servicios. «Lo que hay que hacer es trabajar, hacer honradamente la propia obra, en eso consiste el verdadero compromiso político», dirían invariablemente Carlitos Areán, o Jaime Campmany, o Jaime Suárez, si, ahora, alguien les pidiera su adhesión para la protesta o simplemente para la propuesta de un cambio regenerador. Claro está que los poderes constituidos (es decir, no sólo el Estado sino las clases pudientes, la Iglesia, &c.) tienen siempre en cuenta esa fidelidad que los intelectuales complacientes les otorgan. Ellos, los intelectuales obedientes, continuarán negando que la determinante del espíritu sea «materialista», pero no se puede ocultar definitivamente esa sospechosa correspondencia entre la fuente de sus ingresos económicos y sus «ideologías» adaptadas, cuando no reprimidas. Carlitos Areán se dedica a escribir profundísimas mojigangas estéticas para no sé bien qué departamento del ramo en el ministerio de la turistización. Campmany, ahora corresponsal, es uno de los forjadores de esa literatura poéticofascista tan peculiar de Arriba. Jaime Suárez, en otro tiempo chico con inquietudes, ha acomodado su vida en el bufete de Serrano Súñer, uno de los más pingües abogados y uno de los grandes «ideólogos» de la OAS hispánica y del fascismo europeísta. Naturalmente, ese tipo de hombre se guardará muy mucho de declararse «franquista» porque, en determinados ambientes, el franquismo ya es inconfesable, pero son más o menos directamente beneficiarios de todo lo que el franquismo defiende y protege. No es que esos exmuchachos sean unos oportunistas sistemáticos; es que la oportunidad pasa por ellos como por todos los que, en el actual estado de cosas español, no han sentido nunca, como un imperativo moral, la necesidad de la desobediencia civil. 

Hay otro tipo de oportunistas, pero esos ya son de una calaña más cínica. Si bien Gabrielito Elorriaga no pertenece estrictamente a esa generación de [15] la que hablo, pues es algo más joven, como en realidad ha vivido, muy cerca de ella podría ser aquí señalado como su prototipo. Gabrielito Elorriaga es un chico listo que tuvo sus veleidades marxistas oportunamente, es decir, en su temprana juventud, pero que tuvo que pagar por ello la cuota carcelaria que el franquismo reserva siempre a esas debilidades. Lo cual, para su carrera personal, ha sido una inoportunidad porque eso es lo que, probablemente, lo mantiene ahora fuera de una dirección general. Porque, así como los chicos del Opus son gentes que vendieron su alma a Dios a cambio de excelentes carreras personales, Elorriaga, que con toda seguridad no cree en Dios y que por tanto mal podría negociar con él, decidió venderle su persona a quien quisiera comprársela, con tal de que el comprador tuviese posibilidades de meterlo en la política del mangoneo, que es la que le gusta. Ahora trabaja en el gabinete de Fraga a cargo de cierta asesoría más o menos ideológica. Completa así, con tono aristocrático, la labor un tanto «popular» de los dos grandes ideólogos del régimen, que son los ilustres Angel Ruiz Ayúcar y Joaquín Pérez Madrigal. 

Porque a eso, a la politiquería ejercida desde el poder, se le llama en esos círculos «hacer política», y algunos de los jóvenes a que me refiero se llaman a sí mismos «políticos». Es triste pensar que para poder condecorarse con ese nombre han tenido que aceptar sin discriminaciones todas las exigencias del poder, renunciando expresamente a todo posible brote de inquietud verdaderamente política. Los hombres como Fraga son «políticos» de la misma manera que son guardianes los eunucos en los harenes orientales, por una castración casi física del órgano que podría ser origen de una infidelidad. Fraga: ¡gran talento de tercera categoría! Desde su más tierna juventud, los hombres con un mínimo olfato ya le habían descubierto sus cualidades «ministrables». Cuando llegó a Madrid, era un joven rollizo –católicamente rollizo–, bien alimentado material y espiritualmente por esa imperceptible legión de tías solteras e hijas de María que se adivina siempre detrás de cada chico gordo estudioso y bien vestido; bien alimentado sobre todo por las vitaminas de la mantequilla galaica y por las calorías del amor al orden constituido y a San Luis Gonzaga. Tímido y laborioso, se puso a estudiar para ministro de todo en un Colegio Mayor y se puso a vencer su timidez con el cultivo de la arrogancia mussoliniana, en la época en que Mussolini era, por lo menos, respetado por aquellos jóvenes. Para sus compañeros siempre fue un poco cargante aquel tipo que se pasaba la vida estudiando y que, de vez en cuando, en las algaradas juveniles de los colegios mayores, asomaba por la puerta de su celda, su voz tonante –aunque un poco atiplada, eso es verdad– exigiendo el silencio necesario para la concentración intelectual. Pero como luego se llevaba todas las oposiciones con el número 1, se le empezó a respetar, porque en España el héroe de las [16] oposiciones sigue siendo muy respetable. Fraga es un gran estudioso y un gran trabajador por las mismas razones que ha resultado un gran político de la política que a su paisano le conviene ahora: por obediencia. Un hombre que tiene cegados los órganos de la rebelión puede llegar a líder franquista, como un hombre que tiene muerta la pasión sexual puede llegar a ser el Casto José. Ahora me figuro que ya no se mirará al espejo ensayando el gesto de Mussolini, porque una de las cosas que ha tenido que aceptar obedientemente para ponerse a tono con el nuevo estilo del país ha sido la campaña idiota del «sonría por favor». Pero aún le queda una manera de caminar forzadamente atlética, como la de los chicarrones de Far-West pero en gordo –traicionada por su fondonería precoz– y una voz forzadamente autoritaria –traicionada por el atiplamiento–, que le denuncian un pasado menos «liberal». Desde su puesto de hotelero mayor del reino, de aposentador de millonarias descocadas, y de jefe de publicidad y relaciones públicas de la última carnavalada franquista, Fraga tiene que sentirse complacido cuando el caudillo, su amo, le conceda su sonrisa bobalicona. No importa que él, al aguantar en el gobierno después del asesinato de Grimau, se hiciera cómplice de todos los crímenes. Su destino es la obediencia. 

¿Qué podía haber sido una generación a la que se le enseñó desde que eran niños que Marx era el Anticristo, privada de la más elemental pedagogía política, reducida a la indigencia espiritual de Arias Salgado? Fue, en aquel tiempo, lo que tuvo que ser. Ya hizo bastante con haber adoptado el platonismo en vez de las doctrinas de «los cruzados de la fe» y del «Angel Exterminador» que le enseñaban los padres de la patria. Y hay que agradecerle a los que tomaron conciencia de su deber que lo hicieran en momentos en que la inteligencia estaba reducida aún a la clandestinidad. Ahora ya es otra cosa. Como el régimen ha elegido el camino del inmoralismo, ni siquiera le queda fuerza moral para ejercer devastadoramente su doctrina del «muera la inteligencia». Naturalmente, no ha autorizado el paso libre a la inteligencia; eso no lo hará nunca. Pero, por lo menos, deja pasar, y hace en cierta manera la vista gorda, con la esperanza de que el espíritu de don Santiago Bernabéu y de nuestra segundona «dolce vita» acaben emporqueciendo nuestras responsabilidades políticas. Sus esperanzas no carecen de fundamentos, pero en nosotros está el que no lleguen a hacerse realidades absolutas. 


domingo, 1 de abril de 2012

El lugar de la verdad, la justicia y la reparación


El jurista Baltasar Garzón defiende en este artículo que se mantenga la investigación de los crímenes franquistas, la creación de una Comisión de la Verdad para lograr la reparación histórica de las víctimas y el logro de 500.000 firmas para hacer la petición al Congreso

Baltasar Garzón Real

El País

31/03/2012

Están frescas aún las palabras del Tribunal Supremo por las que, en forma de sentencia, se me “absolvía”, después de casi dos años de suspensión de funciones debido en gran parte a injustificadas paralizaciones del proceso, de un supuesto delito de prevaricación por haber intentado investigar, y que lo hicieran otros jueces territorialmente competentes, los crímenes del franquismo como crímenes contra la humanidad. Esta investigación no debería quedar enterrada como lo están más de 100.000 personas desaparecidas en los campos españoles, cuyos restos recuerdan la dignidad de quienes exigen justicia, frente a la indignidad de quienes lo hicieron y la indiferencia de quienes permiten que la justicia siga ausente, asumiendo la vergüenza internacional del olvido y el silencio.

Aquella sentencia, en alguno de sus renglones, alude a la legítima aspiración de las víctimas a saber lo que sucedió, cómo y por qué, pero considera que la verdad histórica no es del mundo de la justicia y con ello desconoce el derecho humano de las mismas a la verdad, la justicia y la reparación, y da la espalda a la comunidad internacional que, en materia de derechos humanos, establece exactamente el principio contrario. Con esta decisión, de hecho, tales derechos han quedado arrinconados y destruidos, y las víctimas escasamente compensadas al permitírseles algunos testimonios conmovedores en el juicio seguido contra mí; pero incluso eso ha tenido que ser cuestionado por un voto particular ejemplo de lo que la justicia no puede ni debe ser en un marco democrático y de derecho.

El auto de la misma sala del pasado 29 de marzo (dictado, entre otros, por el magistrado Luciano Varela y el presidente Juan Saavedra, que mantuvieron, insistentemente, mi supuesto actuar delictivo por intentar investigar los crímenes del franquismo y proteger a las víctimas) resuelve la competencia en favor de los jueces de instrucción territoriales para la apertura de las fosas y recuperación de los cuerpos, algo que quedó perfectamente claro y diáfano en mi resolución de inhibición de 26 de diciembre de 2008, que ni siquiera mencionan. Visto el tenor de aquella resolución (“... en presencia de indicios objetivables de la existencia de restos de posibles víctimas de delitos susceptibles de localización (sic) —salvo cuando de la propia noticia contenida en la denuncia o querella se derive la inexistencia de responsabilidad penal actualmente exigible (sic)— pueda instarse del juez de instrucción competente, según el artículo 14,2 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, la práctica de las diligencias dirigidas a datar aquellas acciones criminales y, si fuera necesario, a la identificación de los afectados”), no garantizan, ni siquiera el supuesto mínimo de reparación al no exigir, como deberían, la realización de aquel derecho indiscutible y universal de las víctimas, limitándose a citar normas internacionales que, de hecho, no aplican.

En todo caso, quedan otras vías para que se reconozca el derecho actual a la justicia a las víctimas, como son las del Comité de Derechos Humanos de Naciones Unidas y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. En ningún caso el olvido puede ser el resultado. No mientras queden fuerzas a quienes consideramos que la respuesta judicial es un derecho de las víctimas que no puede eliminarse por razones de oportunidad o un mal entendido principio de legalidad que obligaría exactamente a lo contrario, es decir, a satisfacer mínimamente aquel derecho.

Tampoco debe olvidarse que en nuestra Constitución está regulado el derecho de iniciativa legislativa en el artículo 87 que prevé la posibilidad de que los ciudadanos/as puedan impulsar la aprobación de leyes, como sería la que regulara la creación y desarrollo de una Comisión de la Verdad, por encima de las opiniones de los predicadores de la intolerancia y el desastre y asumiendo una realidad a todas luces imposible de ocultar: la falta de respuesta desde el Estado por la desaparición de más de 150.000 personas entre 1936 y 1951 en España como consecuencia directa de la represión franquista, hiciera un trabajo serio y exhaustivo y diera respuesta a todos los interrogantes que aún penden sobre ese periodo de nuestra historia reciente.

La Transición no abordó ninguno de los temas relacionados con los crímenes franquistas y su sanción, ni se habló de verdad, justicia o reparación. La falsedad en la que vivimos respecto de aquellos crímenes ha sido potenciada ahora por la sentencia del Tribunal Supremo que habla de la dificultad de compaginar los principios del sistema penal de enjuiciamiento con “la declaración de la verdad histórica de un hecho tan poliédrico como el de la Guerra Civil y la subsiguiente posguerra”.

Realmente es difícil asumir que la dictadura franquista fuera algo diferente de una pura y dura dictadura, y que a la falta de derechos, la persecución, el asesinato, la desaparición, la sustracción de menores a sus legítimas familias y la tortura contra miles de personas, se les denomine “hecho poliédrico”, pero más difícil todavía es, tratar de explicarlo fuera de España. Ni los más benevolentes lo entienden. ¿Acaso se investigaron aquellos crímenes o ha existido voluntad de investigarlos después, hasta el intento frustrado del juez que fue formalmente acusado y juzgado por ello? ¿Acaso una ley de amnistía se puede aplicar genéricamente sin determinación de autores ni de hechos y hacerlo además para amparar crímenes contra la humanidad? ¿Acaso se ha permitido la investigación que se proponía sobre los perpetradores vivos? ¿Acaso el actual Gobierno ha mostrado algún interés en aplicar hasta sus últimas consecuencias la raquítica Ley de Memoria Histórica? ¿Acaso tiene alguna justificación que se persiga a las víctimas por manifestarse ante el Tribunal Supremo en demanda de justicia? Son cuestiones, cuyo simple planteamiento demuestra que la epidermis de muchos políticos españoles y de una parte considerable de la sociedad es gruesa e impermeable para estos “temas menores”.

Después de lo sucedido en noviembre de 2011, el panorama conservador de España, las opiniones y decisiones que cuestionan avances democráticos evidentes y que van en contra de una opción vertebradora de la sociedad civil, son abundantes e inquietantes.

Bajo el paraguas de la crisis y la necesidad de salir de ella, se están orillando intencionadamente cuestiones cuyo planteamiento y solución afectan a la propia esencia de la convivencia democrática. La tendencia, claramente manifiesta ya, de obviar fórmulas alternativas de salida de la propia crisis, basadas en el crecimiento y no en los recortes; permitir el deterioro de la enseñanza y la cobardía institucional para afrontar una reforma que todos demandan; asumir la vaciedad del discurso político, que, huyendo del análisis de fondo, se queda en la descalificación y el insulto; huir de la reforma en profundidad de la justicia, que la haga verdaderamente transparente y eficaz; renunciar al cambio de modelo de participación ciudadana, que obligue a los representantes a ganarse el puesto más allá de las estructuras burocráticas de los partidos; amparar la lenidad en la persecución de la corrupción, que ha hecho, junto con la falta de compromiso de la clase política, que nos encontremos en una situación económica comatosa; destruir la cooperación internacional que aleja a España de lo que siempre le dio fuerza en el mundo; imponer un modelo económico que hunde a los trabajadores y exige demasiado poco a los causantes del desastre; o propiciar la negación de la memoria, la justicia y la reparación a las víctimas, que coloca a España en el furgón de cola de los países democráticos, son ejemplos que demuestran la degradación del nivel ético en un pueblo, auspiciado desde las propias instituciones con discursos fatuos y engañosos y que evidencian la necesidad de que un verdadero y definitivo cambio de paradigmas se produzca.

Es hora de dinamizar a todos los/as que todavía sienten la necesidad de comprometerse en la legítima lucha para superar el modelo de sociedad adormecida en favor del que representa una sociedad dinámica, solidaria y comprometida con la consolidación de aquellos valores de transparencia, participación, recuperación ética y defensa de los débiles, combatiendo a quienes, desde la soberbia y la negación, quieren imponer un modelo fracasado y obligar a mantener el más ominoso silencio.

La Comisión de la Verdad sobre los crímenes franquistas, que se propone, debería, con un carácter integrador e independiente, acoger los testimonios no solo de las víctimas que aún viven y que arrastran sus maltrechos cuerpos reivindicando con entereza y valor su derecho a ser oídas, en demanda de una respuesta del Estado, hasta ahora inexistente, sino también los testimonios de los que causaron el dolor y de los expertos. Y, con todo ello, contribuir, a través de sus conclusiones, a fijar, no solo la verdad histórica, sino la reparación personal y colectiva que se debe a las víctimas. Con ello se conseguiría cerrar definitivamente la herida que aún sigue abierta y divide a los españoles/as.

Una sociedad se fortalece a sí misma reconociendo lo que aconteció en un momento dramático de su historia, así como los hechos que propiciaron su ruptura y la sumisión a la voluntad del dictador. Y, en este sentido, no son el silencio y el olvido, ni la impunidad surgida de esa impúdica unión, los que deben prevalecer en la memoria de un pueblo, sino las decisiones que hicieron posible, la verdad, la justicia y la reparación de quienes sufrieron la represión y el dolor por parte de quienes tenían la obligación de protegerles y no lo hicieron.

La búsqueda de 500.000 firmas para hacer la petición al Congreso es el mínimo ético que debe mover a un pueblo para reencontrarse con la dignidad que otros le robaron y debe ser la piedra de toque para comprobar hasta dónde estamos preparados para afrontar con firmeza los tiempos difíciles que nos han tocado vivir, en forma diferente a la del seguidismo que otros nos marcan. Las generaciones que vivimos, en todo o en parte, el franquismo, le debemos este esfuerzo a los que no lo conocieron y que aún no saben el precio que se pagó, ni pueden valorar la pérdida de dignidad que supone la indiferencia de la que se hace gala con demasiada frecuencia.

El juez sudafricano Richard Goldstone, que en 1991 firmó el informe sobre la violencia en su país, declaró en 1999, en referencia a la Comisión de la Verdad y Reconciliación de Sudáfrica: “Una Comisión de la Verdad en España es necesaria y si quienes tienen la obligación de construirla y desarrollarla no lo hacen, tendrá que ser la misma sociedad la que la impulse para recuperar esa dignidad que las víctimas nunca perdieron y poder construir un futuro que se sienta en paz con el pasado y que no se apoyé en decenas de miles de cadáveres a la espera de que la historia se repita”.

Cuando la presentación de firmas en el Congreso se produzca, espero y deseo que su presidente, que tanto boato y trascendencia dio a la propuesta taurina de hace unos días, reciba con honores de Estado a las víctimas que acudan a depositar aquella iniciativa y les ofrezca su apoyo incondicional como representante de la soberanía popular, para dar prioridad a una demanda, cuya realización, amén de ser justa, nos reconciliaría verdaderamente a todos.

"Hay que derribar el silencio"

Decía Nelson Mandela, en una carta fechada el 1 de abril de 1985 y dirigida a la activista antiapartheid de mujeres blancas en Sudáfrica: “Puede que los ideales que albergamos, nuestros sueños más anhelados y nuestras más fervientes esperanzas no lleguen a cumplirse mientras vivimos. Pero eso no importa. Saber que en tu día cumpliste con tu deber y estuviste a la altura de las expectativas de tus congéneres es por sí misma una experiencia gratificante y un logro magnífico”. Esta cita viene al caso, porque la semana pasada, en el programa Parlamento de TVE, vi a un grupo de personas, representando a los toreros, aficionados y empresarios taurinos que presentaba una iniciativa legislativa, avalada por 590.000 firmas, para que los diputados discutan y aprueben una ley que regule de forma global a nivel nacional, la fiesta taurina, como forma de proteger las tradiciones populares y el patrimonio cultural patrio. El presidente del Congreso, los recibió con todo el protocolo y, sonriente, dijo que le parecía una iniciativa magnífica. No sé bien, porque mecanismo mental recordé el artículo recientemente publicado en este diario de Reyes Mate, en el que comparando el caso israelí y el español decía: “En España también hay que derribar un muro de silencio, pero desde una sensibilidad decididamente opuesta, en el caso de los herederos del franquismo, o prudencialmente distanciada, en el caso de los protagonistas de la transición. Ahora bien, lo que piden los testigos es ser escuchados y que se les haga justicia, aunque sea bajo la forma modesta del reconocimiento de una injusticia. No venganza, sino piedad. Pero ni eso”.

http://politica.elpais.com/politica/2012/03/30/actualidad/1333140803_415996.html