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viernes, 15 de marzo de 2013

Apelaciones a la República


Luis Arias Argüelles-Meres*   


12/03/2013

"Y nuestros partidos de Gobierno no son más que unas cuantas familias que viven acampadas sobre el país, presidiendo esta orgía, trasmitiéndose de generación en generación, de nulidad en nulidad, los grandes puestos, con una impudicia execrable, que toman en boca los nombres de patria, justicia y libertad para sostener la mentira sin que se quemen sus labios". (Azaña)

Cada vez está más claro que, a pesar del carácter descaradamente cortesano de muchos medios, la Monarquía no sólo está dejando de ser un asunto tabú, sino que además las encuestas vienen atestiguando que su desprestigio va en aumento. No cabe ninguna duda de que la escandalera originada en torno a las actividades empresariales del yerno del actual jefe del Estado contribuye decisivamente a ello, así como la desafortunada cacería de elefantes en un momento en que la crisis golpea duramente a la ciudadanía.

Dicho esto, convendría no dejarse llevar por lo aparatoso y estridente, centrando la cuestión en argumentos racionales y profundos. Para empezar, decantarse por el republicanismo no tiene por qué ser la consecuencia de comportamientos poco edificantes por parte del Monarca o de sus familiares. No existe ninguna garantía -perdón por la obviedad- de que un presidente de la República nunca incurriese en corruptelas. Distinta cosa es que la podredumbre de nuestro sistema tenga mucho que ver con la forma en que se forjó la transición. De ahí, los vasos comunicantes que conducen a la ruina y a la indignación.

Para apelar a la República, hay que tener en cuenta nuestra propia historia. Las palabras que encabezan este artículo las escribió Azaña en 1911. Y podrían ser esgrimidas aquí y ahora. Entonces, como en este momento, la Restauración borbónica estaba totalmente desprestigiada, y, con ella, los principales partidos que la habían sustentado. No es nueva -vive el cielo- la desafección política.

Para apelar a la República es obligado ser conscientes de los peligros que trae consigo el rechazo a la política. A este respecto, hay unas palabras de Azaña, pertenecientes al mismo texto de la cita anterior, tan certeras como actuales: «No odiéis ni os apartéis de la política, porque sin ella no nos salvaremos. Si política es arte de gobernar a un pueblo, hagamos todos política y cuanta más mejor, porque sólo así podremos gobernarnos a nosotros mismos e impedir que nos desgobiernen otros».

Y es que la presente situación, entre los inquietantes riesgos que comporta, puede derivar en un golpe tecnocrático a la italiana, o en un triunfo populista, que harían cierto el tópico de que cualquier situación, por mala que sea, siempre resulta susceptible de empeorar.

Apelar a la República conlleva, como antes dije, memoria, la misma que el franquismo sepultó y que la transición destinó a sótanos y desvanes llenos de mugre y polilla. Memoria del significado del republicanismo español que apostaba, sin titubeos ni tibiezas, por una sociedad más justa y más culta.

Apelar a la República implicaría también regeneración. El problema no está, ni mucho menos, en la política, sino en los políticos actuales profesionalizados, que -¡oh, paradoja!- se encuentran atrincherados en los búnkeres de sus privilegios, y no abandonarán tan provechosos enclaves en tanto la ciudadanía no se plante con dignidad y determinación.

Y es que, hablando de política, aquí hay cosas vergonzantemente atípicas: una derecha, fundada por un ex ministro de Franco, y, frente a ella, una izquierda de siglas, el PSOE, que aceptó el papel de partido sagastino, que renunció a reivindicar no sólo su memoria, sino también sus postulados más irrenunciables, que tienen mucho que ver con la apuesta por la enseñanza pública de calidad y con el rigor y la honestidad de los dirigentes políticos.

Y es que, hablando de política y de vida pública, sólo hay un vivero posible para esa regeneración que tanto se invoca, y ese vivero es la ciudadanía que se sienta implicada en todo lo concerniente a cómo se administra y gobierna su país. Y de ese vivero, en el mejor de los supuestos posibles, saldrían gentes que ventilasen la atmósfera viciada de los partidos existentes, o bien que creasen otras formaciones políticas para nuestro aquí y ahora.

No tengo ninguna duda del fracaso de esta 2.ª Restauración borbónica en la que estamos. No tengo ninguna duda acerca de la pertinencia de apelar al republicanismo. No oculto que el ver flamear banderas tricolores en las manifestaciones me reconforta y hasta me emociona.

Pero estoy completamente persuadido de que aquí no serviría, como en la transición, una reforma lampedusiana que pusiese de presidente de la República a personajes como González o Aznar. Sería otra pantomima menos duradera que la que se pactó tras la muerte de Franco. 

Apelar a la República comporta la ruptura que no se hizo en la transición y que podría llevarse a cabo en el momento mismo en el que la ciudadanía tomase la antorcha de su propio destino, sin maquillajes, sin cambios cosméticos; con la lección bien aprendida del pasado, del más reciente y también del más lejano, que tantas infamias recibió y sigue recibiendo.

Me consta que las apelaciones de las que vengo hablando están en marcha; falta hace que no haya desmayos en las voluntades y que la ciudadanía las haga suyas con una irrenunciable apuesta de futuro.

http://comunidades.lne.es/blogs/luis_arias_arguellesmeres/apelaciones_a_la_repblica-9150.html

* Luis Arias Argüelles-Meres es profesor de Lengua y Literatura en el Instituto “César Rodríguez” de Grado (Asturias). En 2003 la Asociación Manuel Azaña le concedió el "Premio a la Lealtad  Republicana".   

martes, 12 de marzo de 2013

Fascismo de Sitcom


Daniel Bernabé*


05/02/2013

Muchos análisis caracterizan esta crisis no sólo como una crisis económica, sino también de régimen. Una crisis que debido al impacto que está teniendo en la vida cotidiana de muchas personas hace que estas se empiecen a plantear todos los ámbitos que conforman este modelo social: la organización económica, la estructura política, el carácter de la democracia, e incluso todo el andamiaje cultural o de valores. Esto es cierto, pero sólo a medias.

Es cierto en cuanto a que esta crisis revela la verdadera naturaleza del capitalismo decadente y ruinoso de principios del Siglo XXI, un sistema incapaz de desarrollar ninguno de sus factores productivos, abandonado a la ruleta especulativa que enriquece enormemente a unos pocos y condena a la miseria al resto.

Pero este análisis de crisis como fin de régimen no es cierto en cuanto a que aún la mayoría de la población no lo percibe como tal. Han hecho falta cinco años para que el descontento empiece a aflorar, un descontento con una naturaleza parcial y estanca. Un día abren el telediario unos señores estafados por las preferentes; otro día unas señoras enfadadas porque les cierran el ambulatorio de su pueblo; unos obreros despedidos por esa estafa llamada ERE para al minuto siguiente ver como cubren sus puestos con trabajadores precarios. Los ejemplos son cientos y reflejan el ambiente de enfado y descontento, pero sobre todo de desorientación, algo así como una pesadilla que, aunque cerremos los ojos muy fuerte, no desaparece al abrirlos. El descrédito de la izquierda reformista (la que acepta el capitalismo como sistema menos malo); la incapacidad de la izquierda transformadora para adaptar su análisis y acción a la fragmentación de la clase obrera; y sobre todo, un tenaz y refinado sistema de control ideológico que hizo olvidar a los trabajadores quién son ellos y quién su enemigo; explican esta situación por la que el enfado no se transforma en ideología liberadora, por la que no se establecen relaciones entre las causas y los efectos y todos los problemas permanecen fraccionados sin encontrar complicidades.

Sin embargo hay una idea que sí ha tenido un éxito completo en este entorno (se ha asumido como propia y se replica constantemente a sí misma). La idea de la clase/casta política. Esta idea básicamente opone esa abstracción llamada ciudadanía frente a los políticos. Viene a decir que los políticos son los culpables máximos de la situación, que sus intereses propios son los que nos han llevado a donde estamos.

Que esta idea haya tenido tanto éxito tiene diversas explicaciones. La primera de ellas es el bajo nivel político general de este país y la cobardía inmensa -arrastrada como una rémora desde el franquismo- de hablar de política en público. Es una idea de fácil aceptación en la barra del bar; bravata que no nos compromete con nadie y nos hace parecer gente preocupada por la situación que nos rodea. No hace tanto, quien se atrevía a hablar en público de política desde unas posiciones de izquierda que no tragaba con aquella gran estafa del milagro económico español (ese ladrillazo en el que usted, querido lector, fue víctima propiciatoria) era tratado como poco con extrañeza, cuando no con hostilidad.

La segunda causa del éxito de esta idea es que ha sido replicada desde la ultraderecha populista (donde nace, busquen el libro que acaudilla el término) hasta por sectores del 15M, sobre todo en aquel primer momento -el más masivo- donde lo que parecía importar, más que la pedagogía política de explicar por qué estamos en este desastre, era crear una catarsis que diera salida al descontento para que no fuera una amenaza real para el sistema. Es decir, el constructo casta política se ve apadrinado por campos aparentemente antagónicos, lo que le da una imagen de globalidad para la sociedad que lo adopta.

El tercer elemento que explica el éxito de esta falacia es en apariencia el más obvio: el carácter profundamente inútil, corrupto y procaz de la mayoría de políticos nacionales, autonómicos y municipales. La crisis ha servido como desmaquillador para esos cargos públicos electos que decían preocuparse por los “currantes”, esos hombres llanos que un día ponían los pies encima de la mesa de la Casa Blanca y al siguiente echaban una partidita de dominó con cualquier paisano.

Los que nos oponemos frontalmente al término de casta política, no lo hacemos porque defendamos a Bárcenas o a Rato, sino porque sabemos que esta idea es inútil, en cuanto a lo que pretende criticar, e interesada, ya que oculta a los verdaderos responsables de la crisis.

El concepto de clase política es una de esas ideas impuestas que, sin tener base real, han tomado la realidad misma. Una clase es un grupo social que tiene unos intereses propios en base a su relación con el sistema económico. Esa clase puede mutar, tener subdivisiones, adoptar otras formas, pero siempre que mantenga los intereses y la relación, seguirá existiendo. Y los políticos no son todos iguales, ni tienen intereses propios, ni tienen una relación directa con el sistema productivo. La primera idea nos va quedando clara, ¿verdad? Los políticos no son una clase social en sí misma.

“Hoy, el poder público viene a ser, pura y simplemente, el consejo de administración que rige los intereses colectivos de la clase burguesa” decían Marx y Engels en el Manifiesto Comunista escrito en 1848. Como ven lo que ocurre no es nuevo. Esta es la idea principal. No existe clase política, lo que existe es una mayoría de políticos y una mayoría de partidos que pretenden legitimar un sistema económico injusto y voraz con algún tipo de sistema electoral y parlamentario. Que legislan no de acuerdo a sus intereses (y por supuesto no de acuerdo a los intereses que dicen defender) sino a los intereses de sus jefes: los grandes empresarios y los banqueros, fundamentalmente.

De aquí podemos extraer decenas de análisis concretos. Por ejemplo, en la tan de moda corrupción. Si se fijan, desde los grandes medios se insiste en el carácter individual del asunto, en la manzana podrida, en el malvado metido a político. Nada más lejos de la realidad. La corrupción bajo el capitalismo es sistémica, es decir, es el capitalismo quien necesita a la corrupción para funcionar. ¿O para qué creen que sirve el dinero de los sobres? Para obtener jugosos contratos públicos, leyes favorables, tratos de favor. Bien es cierto que existen países donde la corrupción es más sibilina, donde el poder sabe lo importante que es mantener su apariencia de legalidad para conservar la legitimidad a ojos de la gente. O países donde directamente la corrupción se ejerce de forma legal mediante la forma de lobbys de presión o financiación de candidatos presidenciales.

De ahí la inutilidad del movimiento ciudadanista o de profundización democrática cuando sólo se queda en aspectos técnicos (sistema electoral, democracia directa, asamblearismo, sin duda importantes) y rehuye la crítica global del sistema económico-político. Las desigualdades no surgen de las decisiones políticas, sino que determinados políticos son los ejecutores de las necesidades del poder económico. Así, por ejemplo, la privatización de la sanidad no es un capricho de Güemes, sino que este ejerce de mamporrero -de pelo absurdamente frondoso y brillante- para los inversores que posiblemente apostaron por él. Esto tiene su efecto en las protestas: si nos fijamos se rodea el Congreso pero no la sede de la CEOE o de Goldman Sachs. ¿Ignorancia o desvío de la atención? Algunas veces parece que seguimos teniendo ese carácter infantil que nos hacía gritar al lobo del guiñol, cuando la verdad es que detrás del lobo había una mano que lo manejaba.

Por otro lado, esto de la casta política, en un momento de crisis, sirve para que opciones políticas con tradición de combatividad y postulados actuales anticapitalistas no crezcan, o al menos no lo hagan lo suficiente. Porque sí, porque todos los políticos no son iguales. Porque decir que Montoro y Alberto Garzón son lo mismo es una canallada política; porque decir que las CUP y CIU son lo mismo es grotesco; porque meter en el mismo saco a Tania Sánchez Melero y Ana Botella es terrorismo intelectual. Y la cuestión, no es siquiera las personas individuales -aquí es como en la corrupción pero justo a la inversa- es entender que hay organizaciones políticas que responden a unos intereses diferentes de los del poder económico. Es comprobar cómo la dialéctica entre los trabajadores y sus organizaciones se demuestra cierta, y cuanto más avanza el combate, la protesta y la manifestación social, más espacio hay para alternativas políticas que respondan a ese movimiento. Podríamos decir que mientras que las organizaciones de izquierda son máquinas (mejor o peor engrasadas, ese es otro tema) para la lucha política de los que menos tienen, de los de abajo, de los trabajadores, los partidos de derecha son cáscaras huecas sustituibles según sea oportuno (Francia es un buen ejemplo de esto).

Lo fundamental es entender, por nuestros intereses, que no se trata de clase política y ciudadanos, se trata de diferentes clases de políticos y diferentes clases de ciudadanos; ciudadanos con intereses contrapuestos: unos tienen el poder económico y otros la fuerza de trabajo; unos la necesidad de explotar a los otros para mantener sus niveles de vida escandalosos y otros de librarse de esa explotación para tomar las riendas de sus vidas.

Llegados a este punto deberíamos hacernos la siguiente pregunta: ¿lo de la casta política es producto de la confusa situación de indignación o hay algo más detrás?

Partiendo de la base de, como he dicho antes, que el nacimiento del término tiene lugar en esas sacristías de la reacción que son los medios ultraderechistas, y que sus voceros no tienen reparo en hacer uso del término una y otra vez, deberíamos empezar a sospechar lo peor. Y no sólo en el sentido del interés de alimentar la confusión que evite que la izquierda transformadora crezca.

¿Qué es el PP? A mí me recuerda a aquella película llamada La Invasión de los Ultracuerpos. Un envoltorio en el que caben diferentes intereses, todos relacionados con la posesión de los medios de producción: desde los pequeños caciques regionalistas, hasta la gran burguesía centralista; desde las sectas ultracatólicas, hasta los creyentes en ese dios llamado especulación; desde el gran financiero, hasta el negrero de polígono industrial; pasando por elementos declaradamente franquistas o émulos del tea-party norteamericano. El único pegamento que mantiene unido al Partido Popular no es una ideología concreta, sino el amor al dinero y el odio hacia todo lo que huela a pérdida de sus privilegios. ¿Soy el único que se acuerda de cómo en el 2004 hubo hostias -literales- en Valencia entre zaplanistas y campsistas? ¿Respondía esto a algún tipo de escaramuza ideológica o más bien a qué familia controlaba el dinero público? El Partido Popular es el partido de la burguesía española, responde sobre todo a los intereses de los grandes bancos y las multinacionales (empresas públicas privatizadas) que son quienes dominan este país. Pero su base de afiliados se fundamenta en el clientelismo, en esa corrupción institucionalizada y socializada, tan zafia y casposa, retratada por Berlanga en La Escopeta Nacional o en los palmeros de chándal de táctel aplaudiendo a Camps a la salida del juicio.

El poder no juega nunca con una sola mano de cartas. Mientras que las cosas iban medio bien para el PP no importaba atizar desde el tdt-party con lo de la casta política: los votantes de derechas suelen ser profundamente acríticos con sus partidos. El mensaje iba dirigido, sobre todo, a esa masa de personas desinformadas, adictas al lenguaje grosero y populista de los medios ultras, pero que por su posición social (la mayoría de ellos trabajadores con problemas económicos) podían girar en tiempos de crisis a opciones de izquierdas.

Cuando las cosas empiezan a ir mal para el cascarón vacío que utiliza el poder para llevar a cabo sus propósitos, ya tenemos el caldo de cultivo para que nos impongan una tecnocracia desde la Troika; o remozar al PP al modo (aún más) ultra (o en serio piensan que Pedro J., uno de los personajes más oscuros y dañinos de este país, ha destapado lo de Bárcenas por su espíritu democrático…); o bien apostar por una tercera opción comodín como puede ser UPyD.

¿Qué es UPyD sino un cascarón vació donde cabe todo? UPyD puede ser el recambio del PSOE si este se acaba de desplomar definitivamente, UPyD puede ser el recambio del Partido Popular si es imposible mantenerlo por el desgaste de la crisis o la escandalosa financiación ilegal. O incluso UPyD puede ser ese fascismo de rostro amable con actor cabeza-hueca pero atractivo para el público, que diga esa frase de: “En este país lo que hace falta es mano dura y orden” aprovechando las contradicciones con la burguesía de derechas nacionalista del PNV o CIU. Nunca se fíen del “no somos de derechas ni de izquierdas”, los fascismos empezaron igual.

El fascismo no es otra cosa que la respuesta desesperada de la burguesía ante la posible revolución. Esto es, antes de perder sus privilegios prefieren otorgar el poder a esa alternativa populista que les despega de la culpa y que instaura el sistema de la dialéctica de las pistolas. O dicho de otra forma, la democracia que vivimos, esa que otorga el voto al vagabundo que se muere de hambre, les vale mientras que salgan los partidos que defienden sus intereses; cuando ven peligrar su modo de vida, no tienen ningún pudor en financiar otra opción que les permita seguir conservando su riqueza aunque sea en base a cargarse su legitimidad -y la libertad y la vida de muchos-.

¿Exageración? Miren a Grecia y su Amanecer Dorado y la connivencia con el PP griego, la policía y el ejército. Ya buscaremos luego la cabeza de turco para justificar las medidas “excepcionales”: los inmigrantes, el paro, algún “estado terrorista” de la orilla sur del Mediterráneo… Lo que sea. Que nadie se espere un general de bigote afilado y mirada torva: el fascismo del siglo XXI será un fascismo con rostro de sitcom.

A mí me parece estupendo dar caña al bipartidismo, principal mediador político de la situación de herrumbre de este país; o al sistema institucional, un mero aparato para salvaguardar los intereses de clase de la burguesía. Me parece genial destapar de una vez por todas esa mentira llamada “ejemplar” Transición, donde unos lo cedieron todo y otros casi nada. Pero me parece estupendo siempre que esta crítica -despiadada si es necesario- vaya unida indefectiblemente al sistema económico del que surge toda la desigualdad criminal: el capitalismo.

Lo otro, lo de la casta política, al final vale para leer aberraciones tan grandes como proponer como salida a esta situación “Una Constitución cuya redacción sea tutelada, si es necesario, por juristas constitucionalistas de los EE. UU. y la Unión Europea. Si no sabemos hacerlo mejor, pidamos ayuda a aquellos que sí saben” (Cristian Campos, El Virus se extiende, Jot Down) y que decenas de miles de lectores lo aplaudan enfervorecidos, sin darse cuenta de que precisamente esa es ya la situación actual: nuestra soberanía económica es dictada a manu militari por la mafia financiera internacional, y su representación institucional, llamada Troika.

Nunca me he fiado de los advenedizos, ni de la gente que se da golpes en el pecho con el palillo en la boca, ni de los que dicen “verdades como puños”. Y lo de la casta política es eso, alimento putrefacto envenenado por el apoliticismo.

Lo único que nos queda, en un momento tan jodido como este, es el análisis, la ideología, la organización. El espíritu sumamente crítico incluso con lo que parezca indignación, porque quizá, precisamente por ahí, es por donde intentarán colarnos a los nuevos camisas pardas.


* Daniel Bernabé Marchena es librero y autor de relatos cortos.

** En la fotografía, el actor y diputado Toni Cantó, provocador oficial de la derecha posmoderna y populista de UPyD.

domingo, 10 de marzo de 2013

La monarquía en crisis


Beñat Zaldua*


0503/2013

Iñaki Urdangarin, elefantes africanos, osos borrachos, amistades «entrañables» y quirófanos han puesto en los últimos tiempos a la monarquía española en tela de juicio, rompiendo con la imagen inmaculada con la que durante años se ha presentado en público a la Casa Real y abriendo el debate, todavía limitado, sobre el futuro del rey y la Corona.

El ‘caso Nóos’ no es el único problema de la monarquía española pero sí, a tenor de su gravedad, el que más debe preocupar a Juan Carlos de Borbón durante su convalecencia, ya que en él se resumen la mayoría de los elementos que cuestionan el papel del rey hoy en día, como si de un compendio de críticas republicanas se tratara.

En primer lugar, la corrupción, que implica ya, siempre presuntamente, a su cuñado, Iñaki Urdangarin, y a pesos pesados de la Casa Real como el secretario personal de las infantas, Carlos García Revenga, y el asesor jurídico del rey y conde de Fontao, José Manuel Romero. La no imputación de la infanta Cristina hace pensar que las imputaciones por malversación, fraude, prevaricación, falsedad y blanqueo de capitales no irán más allá en el ámbito judicial, pero la sombra de la sospecha se extiende al resto de la monarquía, a juzgar por los correos electrónicos entregados por el socio de Urdangarin, Diego Torres, y validados por el juez, en los que se habla del rey como «el jefe».

Pero más allá del papel del monarca en la trama de Nóos, todavía sin aclarar, los citados correos electrónicos y la irrupción de un personaje llamado Corinna sirven para ilustrar el funcionamiento de una monarquía en horas bajas. En algunos de los correos se da cuenta de la oferta laboral que Corinna extiende a Urdangarin por recomendación del rey y en algunas de las recientes entrevistas que ha concedido a medios españoles, la princesa se ha vanagloriado de sus supuestas gestiones de alto nivel a petición del Gobierno español y bajo la protección de la monarquía.

Estos trabajos en el «marco de la política exterior», como los calificó Corinna, conforman otro de los nudos gordianos que acechan a la Corona: el de las gestiones y los negocios de la Casa Real. Con poca información al respecto, se conoce el papel del rey como facilitador de intercambios comerciales de empresas españolas en el exterior, sin que quede del todo claro su papel y las ganancias que de ello obtiene. Recientemente, ‘The New York Times’ se preguntaba sobre la forma poco transparente en la que el monarca ha amasado su fortuna.

Y siguiendo con Corinna, aparece ante el público otra faceta polémica del rey, la de su vida personal. Corinna calificó su relación con Juan Carlos de Borbón como «amistad entrañable», utilizando un eufemismo que corre como la pólvora por redacciones y redes sociales y que se suma a la larga lista de escándalos que, normalmente con poco eco mediático, han salpicado la vida privada del monarca español. Uno de los mayores fue el de la cacería de Botsuana, a la que acudió acompañado precisamente de Corinna, en la que se lesionó y de la que, finalmente, nos queda el ya histórico «lo siento mucho, no volverá a ocurrir». Unas disculpas insuficientes a ojos de los millones de trabajadores precarios o en paro que sufren la crisis; igual que la leve reducción de un 2% del presupuesto de la Casa Real.

Todos estos escándalos, unidos a los constantes pasos del rey por el quirófano, han encendido abiertamente el debate sobre el futuro del monarca y, en un segundo plano mucho más solapado, sobre el futuro de la propia monarquía, una institución estrechamente ligada a la denominada transición, en un momento en el que, precisamente, tambalea todo el sistema construido en aquellas fechas.

Continuidad, abdicación o República

Pese a que los grandes medios y grandes partidos siguen cerrando filas en torno a la figura de Juan Carlos de Borbón, la idea de una abdicación en favor de su hijo Felipe ha ganado fuerza en el debate público. Para los defensores de un sistema republicano, sin embargo, ninguna de las soluciones resulta viable. 

El pasado 29 de enero, tres días antes de cumplir los 75 años, la reina Beatriz de Holanda comunicó, por medio de un comunicado audiovisual, que decidía abdicar y dejar el trono de su país a su hijo Guillermo, de 45 años, ya que, según aseguró, es el «momento de una nueva generación». Dos semanas más tarde, el 11 de febrero, Benedicto XVI renunciaba al Papado de Roma –la primera vez en seis siglos que sucede algo así– alegando «falta de fuerzas» a sus 85 años.

Tribuneros y tertulianos de todo tipo alabaron en el Estado español la loable decisión de quien renuncia a su cargo al considerar que ya no puede ejercerlo. Pero en casa del herrero, cuchara de palo. Los mismos que ensalzaban la decisión de Beatriz y de Ratzinger quisieron descartar rápidamente cualquier paralelismo con el caso de Juan Carlos de Borbón, en un momento en el que los escándalos que rodean a la Casa Real y la debilitada salud del monarca parecían hacer viable una abdicación en favor de Felipe de Borbón.

Uno de los primeros que se lanzó a la piscina fue el primer secretario del PSC, Pere Navarro, que la semana pasada pidió la abdicación. Era la primera vez que alguien, desde alguno de los dos partidos que ha dominado el Estado español en los últimos 35 años, cuestionaba públicamente la figura del rey. Pese a que Navarro no criticó en ningún momento al monarca ni a la institución, las reacciones no tardaron en llegar y algunas de las más beligerantes provinieron de sus socios del otrora republicano PSOE. Entre ellas destaca la de Alfonso Guerra, que declaró: «No me siento representado en nada por Navarro».

Para los defensores de un sistema republicano, sin embargo, la abdicación supone poco más que una estrategia para, en el fondo, salvar y perpetuar a la monarquía. Pero sólo Izquierda Unida o formaciones que no responden a una lógica estatal, como Amaiur y ERC en el Congreso de los diputados, se han cuestionado el fondo de la cuestión: la utilidad de un sistema monárquico en pleno siglo XXI.

A la par, aunque con menos ruido que los idólatras monárquicos, se empiezan a oír voces que apuestan por un sistema republicano, no tanto por una cuestión sentimental, que también, sino por pura práctica y eficiencia, ya que se esfuerzan por demostrar el lastre que supone tener en la jefatura del Estado a un cargo hereditario. Uno de ellos es el economista Vicenç Navarro, que en un artículo escribía que «hay una relación clara entre la enorme crisis económica, financiera y política del país y el dominio del establishment conservador sobre los aparatos del Estado, liderado por el monarca».

¿Y de todo esto que opina la sociedad? Más allá de manifestaciones, siempre se suele decir que, en una democracia, los ciudadanos ejercen su poder votando en las elecciones, sin embargo, la monarquía nunca ha pasado por las urnas. Otro de los instrumentos, más dudoso, para conocer la opinión de la sociedad son las encuestas, pero he aquí la sorpresa: el Centro de Investigaciones Sociológicas no pregunta sobre la imagen que los ciudadanos tienen de la Casa Real desde que, en octubre de 2011, la monarquía suspendió por primera vez en la evaluación de los encuestados.

Cuestión de Estado

El silencio mantenido por los grandes medios de comunicación españoles sobre la monarquía, cuyo blindaje se sella ya en la Constitución, contrasta con la libertad con la que la prensa internacional retrata a la Corona española, especialmente en los últimos meses.

«La persona del rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad». Semejante frase no proviene de ningún articulista del ‘ABC’, diario monárquico por excelencia, sino de la propia Constitución española de 1978, que blinda la figura del rey y eleva la institución de la monarquía a cuestión de Estado.

Testigos de ello son las decenas de personas, periodistas y publicaciones que en los últimos 35 años se han tenido que defender de acusaciones de injurias a la Corona, empezando por el director de ‘Punto y Hora de Euskal Herria’, Xabier Sanchez Erauskin -que en 1983 pasó ocho meses en prisión por un artículo sobre la visita del rey a Gernika en 1981-, y acabando por el coronel Amadeo Martínez Inglés, procesado por otro artículo crítico con la Corona el año pasado. Para la memoria quedan también la condena a un año a Arnaldo Otegi –por la que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos obligó a Madrid a pagar 20.000 euros al dirigente abertzale por haber vulnerado su derecho a la libertad de expresión– y el secuestro de la revista ‘El Jueves’ en 2007, por una portada satírica que ponía en el punto de mira a Felipe de Borbón y Letizia Ortiz.

Cabe pensar que las querellas no han sido más por la autocensura de numerosos medios de comunicación, que durante tres décadas han delegado las investigaciones sobre la monarquía a la versión rosa y edulcorada de la prensa del corazón. Una anécdota revelada recientemente por el director de El Diario.es, Ignacio Escolar, daba cuenta de la presión de la monarquía sobre algunos medios de comunicación. Según Escolar, el presidente ejecutivo de Prisa, Juan Luis Cebrián, habría trasladado el siguiente mensaje al conde de Godó, director de ‘La Vanguardia’: «El rey me pide que te recuerde que eres grande de España».

Pese a su reducido eco mediático, los pocos libros sobre la monarquía española han sido el único medio para salvar el tupido velo corrido por los grandes medios de comunicación. En Euskal Herria cabe destacar el histórico ‘Un rey golpe a golpe, biografía no autorizada de Juan Carlos de Borbón’ publicado por ‘Ardi Beltza’ en el año 2000. Le siguieron ‘Hasta la coronilla, autopsia de los Borbones’, de Iñaki Errazkin, y ‘Una monarquía protegida por la censura’, de Iñaki Anasagasti.

Contraste con la prensa internacional

El silencio generalizado de la prensa española ante los escándalos de la monarquía contrasta, y de qué manera, con la cobertura de la prensa internacional, que no ha dudado en poner en tela de juicio la figura de Juan Carlos de Borbón.

El poderoso ‘The New York Times’ ha sido uno de los más beligerantes con la Corona española en los últimos meses. El 29 de setiembre publicó un duro artículo bajo el título ‘Un rey escarmentado que busca su redención’, en el que cuestionaba la forma en que el monarca ha amasado su destacable fortuna personal. Más recientemente, el 21 de febrero, el mismo diario revelaba las presiones de la Casa Real sobre los medios, que llegó a calificar de «agresivas». También en Estados Unidos, el ‘Washington Post’ calificó el 23 de febrero el escándalo del ‘caso Nóos’ como «uno de los peores» en la historia reciente de la monarquía española y destacó el esfuerzo de Mariano Rajoy por «proteger» a la Corona.

En el Estado francés, ‘Le Monde’ no dudó en mofarse, en octubre del año pasado, de la «congelación» salarial de la Casa Real, en un artículo titulado ‘Viajen como Reyes’ y en el que se criticaba la falta de trasparencia de la monarquía. ‘Libération’ no fue menos y el 24 de febrero de este año aseguró que «la familia real toca fondo».

Tampoco ha encontrado solidaridad la Corona en la prensa de estados monárquicos como Gran Bretaña, donde las críticas a la familia real británica son usuales y donde destacados medios como ‘The Guardian’ o ‘BBC’ han seguido de cerca la presunta vinculación de la Casa Real con los negocios de Iñaki Urdangarin. Pero el contraste entre la prensa española y la internacional no es nueva. Ya en el año 2000, en un artículo en el que no se criticaba precisamente a la monarquía, el periodista John Carlin escribía: «A diferencia de lo ocurre en el Reino Unido, en España existe una conspiración de silencio en la que participan todos los medios de comunicación en torno a la familia real».


http://www.naiz.info/es/actualidad/noticia/20130305/la-corona-cuestion-de-estado

* Beñat Zaldua Ariz es periodista del diario abertzale Gara.

** Viñeta de Mena.

viernes, 8 de marzo de 2013

Los reyes mueren con la corona puesta




04/03/2013

Trapos sucios al margen, el estado de salud del rey obligaría a jubilarlo de cualquier cargo, incluso de Papa. Con 75 años, un largo historial quirúrgico y una baja médica que puede alargarse hasta seis meses, cabe dudar de su capacidad para seguir en el puesto, y su continuidad rozaría el ensañamiento. Y ello porque el tipo de reinado a que el propio rey nos ha acostumbrado no admite reposo sino que exige movimiento y visibilidad permanentes, largos viajes, inauguraciones, pasar revista a las tropas, cenas de gala, discursos, aperturas solemnes.

Que deje de esquiar, cazar y navegar es algo que podemos aguantar. Pero que deje de ser nuestro mejor embajador en el extranjero y nuestro mejor florero para las grandes ocasiones, no ha lugar. La monarquía del siglo XXI no puede encerrarse en palacio, porque la gente empezaría a preguntar dónde está el rey y qué hace. La agenda oficial es su manera de hacerse imprescindible, y si no hay agenda, nos preguntaremos para qué un rey.

Sin embargo, aunque el rey no pase ya la ITV, muchos se empeñan en que no se quite la corona hasta que haya que amortajarlo, porque lo contrario sería desnaturalizar la institución. Si por ellos fuera, el final del juancarlismo sería como el final del franquismo, con parte médico diario y todos esperando el “hecho biológico”.

Sirva como ejemplo el editorial de ayer de El Mundo, en su párrafo final: "Si hay una expresión vinculada a la Monarquía que encarna el espíritu de la institución es la que dice «el rey ha muerto. ¡Viva el rey!». Lo deseable es que el nuestro muera con la corona sobre su cabeza."

El problema es que antes los reyes se morían a tiempo. Había guerras, enfermedades sin tratamiento, envenenamientos y puñaladas en palacio. Pero hoy los reyes, como los papas y como cualquiera, se hacen viejos, y la medicina puede mantenerlos vivos mucho más allá de su capacidad razonable para ejercer el cargo.

Frente a esos puristas de la corona vitalicia, están los también monárquicos que sugieren la abdicación como una forma de pasar el bache actual y dar un nuevo aire a la monarquía con la figura del príncipe, al que desde hace tiempo nos venden como un rey del siglo XXI, joven, moderno, preparado, sencillo, conectado con las inquietudes de su generación…

Haya o no abdicación, la corona se enfrenta a su momento más crítico: el final del reinado, que es cuando todo lo que la monarquía tiene de impresentable se hace visible. Que el relevo de un jefe de Estado deteriorado dependa únicamente de su santa voluntad sin que los ciudadanos tengamos nada que decir; y que la abdicación o la muerte del titular sólo permitan transmitir la jefatura de Estado a una persona, no la más capaz ni la elegida por la mayoría, sino aquella cuyo único merito es ser "hijo de"; visibilizan que la monarquía es anacrónica y antidemocrática.

Yo, como republicano, rechazo la abdicación por la misma razón que rechazo la sucesión en Felipe. Estoy de acuerdo con El Mundo, a mí no me vengan con moderneces: si quieren rey, que sea rey con todas las consecuencias, incluido el cargo vitalicio hasta su último suspiro. Si se desgasta por la corrupción propia o ajena, o se deteriora físicamente, esto es lo que hay, gajes del oficio.

Cada vez que oigo que quieren "modernizar" la monarquía me da la risa por el oxímoron: ni igualdad de hombres y mujeres, ni transparencia, ni abdicación; la monarquía es un residuo del pasado, y cualquier intento de hacerla “moderna” acaba sacando a la luz su pecado original, que en el caso de la española es doble: por ser hereditaria, y por haber sido colocada por un dictador, aquel que nos tuvo hasta el último minuto pendientes del parte médico y murió con la gorra puesta.


miércoles, 6 de marzo de 2013

Hasta la vida siempre... GRACIAS, COMANDANTE


Rafael Calero Palma*


06/03/2013

Hoy, a los hombres y mujeres que te admiramos, miles y miles en todo el mundo, sólo nos queda darte las gracias por tantas y tantas cosas: Por demostrar que aún son posibles las Revoluciones, por devolver la dignidad a la palabra dignidad, por combatir la pobreza contra viento y marea, por levantar la voz ante la injusticia, por no agachar jamás la cabeza ante el imperialismo, por sembrar de futuro América Latina, por compartir con nosotros tus sueños, por tu corazón, latido puro del pueblo venezolano, por tu hablar franco y directo, por tu risa contagiosa, por tu valentía, por tu solidaridad con los pueblos oprimidos, por desterrar del continente americano la palabra sumisión, por tus aciertos y tus errores, por regalarle a Obama un libro de Galeano, por enfrentarte al neoliberalismo y salir vencedor en batalla tan desigual (que se jodan los Chicago Boys, que no han podido con Chávez), por todas tus victorias en las urnas, por tu frase más célebre: “Exprópiese”, por tu clarividencia e inteligencia, por no olvidar jamás tus orígenes, por tu amor sin límites a tu pueblo, porque en tus labios la palabra patria no está prostituida, por tu pasión desbordada por la vida, por devolvernos el orgullo y poder decir con la cabeza bien alta que somos de izquierdas, porque, al igual que tu admirado Ernesto Che Guevara, ya eres inmortal. Los hombres mueren. Sus obras permanecen. Hasta la vida, siempre. GRACIAS, COMANDANTE.

http://mimargenizquierda.blogspot.com.es/2013/03/hasta-la-vida-siempre-gracias-comandante.html

* Rafael Calero Palma es doctor en Filología Inglesa y poeta.

** Desde UCAR-Granada queremos expresar nuestra tristeza por la muerte del comandante Hugo Rafael Chávez Frías, presidente de la hermana República Bolivariana de Venezuela, aprovechando tan aciaga ocasión para enviar un abrazo solidario al pueblo venezolano. ¡¡¡Hoy más que nunca, vivan Chávez y la Revolución Bolivariana, carajo!!!

*** En la imagen, el  líder revolucionario ondeando la bandera española durante el Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes de 2005, celebrado en Caracas.

lunes, 4 de marzo de 2013

España y otras dictaduras árabes



Cuarto Poder

27/02/2013

Vista desde Túnez, dos años después de la revolución que derrocó a Ben Ali, España resulta inquietantemente familiar. En el año 2010, el 55% de los jóvenes diplomados tunecinos estaba en paro y esa es también la cifra hoy en nuestro país. En el año 2010, la aplicación de políticas neoliberales en Túnez, con la privatización de más de 400 empresas públicas, había agravado la pobreza en las regiones y las desigualdades en las ciudades, y esa misma política de “reformas”, “ajustes” y “recortes” ha condenado ya a miles de españoles a la muerte civil. En el año 2010, un sistema tentacular de corrupción mafiosa, como una garrapata nacional, extraía riqueza en Túnez de cada cuerpo y cada institución, y hoy en España sale a la luz la normalidad subterránea de una clase política y empresarial que -desde la Corona a los partidos- se ha dedicado durante años a la doble contabilidad, la desviación de fondos, el fraude fiscal y la succión vampírica del dinero público.

En el año 2010, miles de jóvenes tunecinos emigraban o intentaban emigrar al extranjero para ganarse la vida y hoy son miles también, todos los días, los jóvenes que abandonan España para tratar de encontrar trabajo en Alemania, Suiza, Brasil o Argentina. A finales del año 2010, cuando estallaron las revueltas en Sidi Bouzid, el dictador tunecino que había empobrecido y humillado a su pueblo declaró a los pacíficos manifestantes “terroristas contra la legalidad” y “enemigos del Estado” y mandó a su policía a reprimirlos; y hoy en España, de forma muy parecida, los mismos que han desnudado a los ciudadanos, vaciando para ello de sentido las elecciones y el Parlamento, acusan de “golpistas” y “antisistema” -birlibirloque freudiano- a los cientos de miles de personas que salen a la calle, con sus pechos y sus carteles, a defender la sanidad y la enseñanza públicas y mandan contra ellos sus policías y sus leyes de excepción. A finales del año 2010, la inmolación de Mohamed Bouazizi en un pueblo de Túnez levantó una trágica acta de acusación contra el régimen de Ben Ali y hoy, en España, tras decenas de suicidios inducidos de víctimas de desahucios, la inmolación por el fuego de una mujer de 47 años en una sucursal bancaria -socialización extrema del dolor individual- cose con una puntada atroz, a la vista de todos, la muerte y la política. El que se cuelga de una soga en su habitación, tenga o no razones, está impugnando el cosmos; el que se prende fuego en un espacio público, con fundamento o no, está reclamando justicia. Ninguna ley puede condenar al gobierno por una muerte inferida con la propia mano, pero sí debería haber una que pudiese condenarlo por prevaricación, fraude electoral, denegación de auxilio y violación de la constitución.

Muchas de las causas que llevaron a la revolución tunecina se mantienen desgraciadamente vivas, pero sirva este paralelismo apenas forzado para iluminar la situación en nuestro país. Nuestras mareas de indignados denuncian una “dictadura de los mercados”; pero podríamos decir también, sin perder la moderación, que España se ha convertido en “otra dictadura árabe”: paro, corrupción, criminalización de las protestas, desprestigio de las instituciones del Estado, colapso de la democracia. ¿Es lo mismo? No, no lo es. Más allá de la violencia mortal directa -que no hay que descartar si la marea no baja- encontramos al menos dos diferencias.

La segunda diferencia -empecemos por ella- está relacionada con la velocidad de la crisis y la composición sociológica de la población. En Túnez, la dificultad para acceder a bienes de consumo y la lucha -cuando no la supervivencia- clandestina transformaron la sumisión, apenas estalló la revuelta, en una inmediata aprehensión de los peligros y las oportunidades. En España, el rapidísimo descenso al Tercer Mundo desde una posición de consumo privilegiada y desde un Estado del bienestar relativamente bien asentado vuelve casi “increíble” la crisis, impide interiorizar su carácter estructural y entorpece en parte la asunción subjetiva de la necesidad de resistencia ciudadana.

En cuanto a la primera diferencia, tiene que ver con la composición misma de las élites gobernantes. En Túnez el poder estaba concentrado en un dictador y en una familia y frente a ellas la chispa de la rebelión convocó enseguida una especie de unanimidad nacional de la que formaban parte también sectores empresariales y élites reprimidas. No es sólo una cuestión de que en Túnez el poder estuviese más localizado y menos legitimado (que también); se trata de que en España la ciudadanía está mucho más sola. La “dictadura de los mercados”, en efecto, ha cooptado y corrompido al conjunto de las instituciones y ha implicado a casi todos los partidos y sindicatos, alimentando un desprestigio de la política que, además de fecundar el terreno para las alternativas neo-populistas y neo-fascistas, dificulta la legitimación social y la organización política de las protestas. Digamos la verdad: si la mayor parte de la población apoya virtualmente las reivindicaciones, ninguna fuerza política organizada -salvo grupos muy pequeños o por razones tácticas muy interesadas- está dispuesta a acompañar a las mareas ciudadanas hasta el final. La marea puede evaporarse como una rambla fugaz si no choca y derriba los obstáculos; y su fuerza misma depende de que encuentre canales para aumentar la presión y, llegado el caso, proponerse como alternativa de poder.

Como en Túnez en 2010, en España el malestar es vago e intenso; y la demanda de democracia y dignidad vagas e intensas también. La derecha, consciente de los peligros, ha comprendido que la crisis económica y política conduce sin remedio a la necesidad de un nuevo proceso constituyente y una “segunda transición”. Ante el derrumbe del PSOE y el desgaste del PP, preparan los recambios e incluso aceleran de manera controlada el fin de régimen para poder seguir sosteniendo las bridas en medio de la tormenta e inclinar el malestar ciudadano una vez más a su favor. ¿Y las izquierdas? Las izquierdas deberían comprender que, si ese malestar y esa demanda son potencialmente anticapitalistas, no son ellas las que están en mejor posición para gestionarlas; sus sensatísimos programas son “inaudibles” porque sus partidos y sus sindicatos, sus líderes y sus símbolos, han quedado también impugnados por la irrumpiente subjetividad de la crisis. Cuando los peligros son pequeños y las posibilidades de intervención nulas, uno puede enorgullecerse de ser una minoría y dedicarse a conservar los propios himnos y las propias banderas. Cuando los peligros son gigantescos y el margen de maniobra mucho mayor -porque hay gente en la calle o dispuesta a salir a la calle- no se puede renunciar a ser mayoría, porque el más pequeño parche, en estas condiciones, sólo se puede poner desde el gobierno y porque, en estas condiciones, el más pequeño parche tiene ya una dimensión revolucionaria.

Que esta “vaga intensidad negativa” conduzca a un nuevo proceso constituyente democrático o a una “segunda transición” hacia un capitalismo aún más duro dependerá en parte de la capacidad de la izquierda para volcar su programa en el molde de un programa común; es decir, el de esa “gente común” que ha tomado conciencia del fraude y aspira, como en Túnez, a una verdadera democracia basada en la dignidad, la libertad y la justicia social.

* Santiago Alba Rico, residente en Túnez desde 1998, es escritor y filósofo. En la década de los 80, fue uno de los guionistas del exitoso programa infantil de televisión "La Bola de Cristal".


viernes, 1 de marzo de 2013

¿Todos los políticos son iguales?


Ángel de la Cruz*


25/02/2013

Decía Antonio Gramsci que cuando el viejo mundo no termina de morir y el nuevo no termina de nacer, surgen los monstruos. Qué duda cabe de que los pilares que sostienen al viejo mundo -que nació con síntomas de vejez- sufren un déficit de consenso tan evidente como para hablar, en términos del recurrido sardo, de ‘crisis de régimen’: monarquía, bipartidismo… Qué duda cabe, por otra parte, de que el nuevo mundo no está aflorando a una velocidad directamente proporcional.

Corren tiempos de confusión. Estamos en estado de shock, paralizados. Ayer vivíamos en el mejor de los mundos posibles y hoy todos nuestros planes de futuro se han derrumbado. Estalló la burbuja inmobiliaria y con ella la burbuja mental que nos situaba dentro del cómodo imaginario colectivo basado en aquello de “tú a lo tuyo y el que venga detrás que achuche”. Estamos tan desesperados que no podemos pararnos a analizar qué está pasando de manera reflexiva. Tenemos prisa y las prisas no son buenas.

Es este un escenario perfecto para que se cuele cualquier mensaje que nos dé una respuesta sencilla y satisfaga nuestro bajo instinto. Un escenario perfecto para que surja el monstruo de la ‘antipolítica’, transmitida, por ejemplo, en el concepto “clase política” o más alegremente a través del “todos son iguales”. 

De esta manera, uno encuentra en “los políticos” el chivo expiatorio sobre el que cargar todos sus pecados. La coartada perfecta para evitar calentamientos de cabeza que nos llevarían a descubrir, entre otras muchas cosas, que detrás de un político corrupto hay un negocio privado –corruptor- que se lucra o que algunos políticos advirtieron hace años las consecuencias del Tratado de Maastricht, léase Europa de los mercaderes, de la Ley 15/1997, gracias a la cual hoy se puede privatizar la sanidad, o de la Ley del Suelo de 1998, que inauguró la mayor etapa de corrupción de nuestra historia reciente. 

Julio Anguita hablaba hace unos años de la descalificación general de ‘los políticos’ como coartada para justificar nuestros propios chalaneos, menores pero corrientes. Hoy la coartada es doble, pues también cumple la función de inmovilizarnos: no tiene sentido organizarnos para intentar cambiar el estado actual de cosas porque al final todos son iguales. De esta manera, incluso el que no tiene nada que perder salvo las deudas, interioriza el mensaje de que no hay Alternativa.

Decía uno que desgraciados los tiempos en los que hay que explicar lo obvio. Pero decía otro que ante el pesimismo de la razón, el optimismo de la voluntad. La ruptura de los consensos de la llamada Transición abre un escenario inédito en el cual tenemos posibilidades reales para dar la batalla política e ideológica. Para disputar la hegemonía, dicho, de nuevo, en términos gramscianos. Porque tenía razón el multimillonario Warren Buffett cuando afirmaba que la lucha de clases seguía existiendo pero era la suya la que iba ganando, aunque cabe una matización: esto no es una lucha, es un repaso.

En fin… Tocan días de trabajo agrario, pedagógico, didáctico. Podríamos empezar explicando que no existe una “clase política” sino políticos que defienden a distintas clases; que el problema no es la política sino la politiquería y, precisamente, la ausencia de política; que políticos somos todos los que creemos que no vivimos en el mejor de los mundos posibles; que es hora de asumir nuestra responsabilidad como pueblo y dar un paso al frente para jubilar a quienes han visto en el noble arte de la política una ganga para su enriquecimiento personal.


* Ángel de la Cruz Campos es estudiante de Ciencias Políticas y de la Administración en la UGR y concejal de IULV-CA en el Ayuntamiento de Benalúa de las Villas (Granada).