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miércoles, 2 de diciembre de 2009

Iberismo y españolismo


José Luis Serrano

Paralelo 36

07/08/2009

Hace unos días se presentó una encuesta realizada por el Centro de Análisis Sociales de la Universidad de Salamanca que expresaba la simpatía del 40% de los portugueses y el 30% de los españoles a una eventual federación ibérica. El dato indica un crecimiento de la tendencia iberista y una disminución de la indiferencia en ambos lados. Está muy por encima de las previsiones y es sorprendente. No es de extrañar que todos los periódicos de un lado y otro lo recogiesen. En la página web del Centro universitario salmantino pueden consultarse las reseñas de la noticia en treinta y nueve periódicos españoles y diecisiete portugueses. Pero dentro de los que recogieron la noticia hay quien la destacó y la desarrolló (El País) y quien la puso en una esquina reproduciendo sin más la nota de la agencia EFE (La Razón y El Mundo).

Hace dos años, José Saramago defendió el iberismo en una entrevista concedida a un periódico portugués. La reacción a la propuesta de Saramago fue más viva allí. Lo curioso a este lado fue también la reacción del neonacionalismo ultraliberal y clerical. Por ejemplo, Libertad digital recogió estas declaraciones en tercera fila y con un titular en el que convertía en noticia sólo la reacción a la noticia. El órgano digital de Losantos, Moa y Vidal decía sólo que había duras críticas a Saramago en Portugal por su falta de patriotismo. Curiosa esta reacción de la derecha nacionalista española a un proyecto que en teoría debería llenarlos de orgullo. Cabría esperar una reacción más favorable en estos medios porque, al fin y al cabo, se trata de una España más grande, con la misma población que los grandes de la Unión Europea, tuteándose con Francia y Gran Bretaña.

Imaginemos que a un nacionalista catalán le dicen que un 40% de los valencianos o los baleares quieren la federación. Imaginemos que a un nacionalista andaluz le dicen que el 40% de los extremeños o los murcianos quieren la integración. Imaginemos que el PNV obtiene el 40% de apoyo electoral en Navarra… Para los tres serían buenas noticias.
Sin embargo el españolismo no se alegra con la tendencia iberista de los portugueses. ¿Por qué?

Es la historia y es el federalismo. No es tan sorprendente esta alergia al iberismo de los españolistas si sabemos algo de historia. Y es que, desde el Abate Marchena, el iberismo es inseparable del federalismo y el federalismo no le gusta nada al nacional-catolicismo.

Decía un obispo que España y Portugal son hermanas y que, por lo tanto, toda unión entre ambas es incestuosa. La frase es digna de Esperanza Aguirre. Ingeniosa forma de expresar que al obispado no le gusta Iberia, como tampoco le gusta Europa o cualquier otra entidad diferente a la Cristiandad. Los guardianes de las esencias patrias prefieren una monarquía centralista a una república federal. Como mucho, en caso de extrema necesidad, un jacobinismo retórico y patriótico, versión Rosa Díez, pero sin Portugal; con himno, idioma, bandera, selección deportiva y capital indiscutible en Barajas. “Antes roja que rota”, decía Dato.

Lo curioso de todo esto es que la federación no rompe, sino que une; mientras que el centralismo fiscal, mediático, cultural y lingüístico genera de forma automática el anticuerpo del separatismo. Lo curioso de todo esto es que una vez más los que defienden la centralidad fomentan la ruptura, mientras que los que defienden el federalismo caminan hacia la unidad.

En plena revolución francesa, el sevillano José de Marchena, más conocido (lo cual es injusto para alguien tan anticlerical) por Abate Marchena, publicó una soflama en la que preconizaba la creación de una república federal ibérica. Había nacido el iberismo. Durante los siglos XIX y XX, esta curiosa forma de nacionalismo pannacionalista fue un ingrediente inseparable, más o menos presente según los tiempos, del republicanismo, del liberalismo y del libertarismo en los dos estados.

Después de la revolución de 1868, exiliada y execrada con justicia la reina Isabel II, y convencidos de que nunca más nos gobernaría un Borbón, los liberales españoles acariciaron la idea de entronizar a la dinastía Braganza de Portugal. Sin fundamento biográfico alguno, pero con una intuición histórica considerable, los liberales de las Españas consideraban a los Braganza más liberales que los Borbones. Con buen criterio, decidieron ofrecer el trono no a Luis I, que ya reinaba en Portugal, sino a su padre Fernando de Coburgo, que vivía apartado del afán político. La idea era que su reinado fuese una etapa transitoria. A su muerte el rey Luis heredaría ya las dos coronas y cerraría la unidad peninsular.

La comisión negociadora que se desplazó a visitar a don Fernando estaba compuesta por Salustiano Olózaga, Fernández de los Ríos y el mismo general Prim, que era quien de verdad mandaba en Madrid y, por tanto, quien refrendaba la fuerza de la oferta. Don Fernando aceptó la corona con una serie de condiciones tales como la aprobación del pueblo portugués. Todas le fueron aceptadas salvo dos: el parlamento y el ejército quería Fernando que tuviesen su sede en la ciudad de Lisboa. Ante la negativa retiró la condición del parlamento. El gobierno y el parlamento en Madrid, pero el ejército en Lisboa. Prim lo intentó, pero la cúpula militar se opuso y la unificación quedó frustrada.

Tras la frustrada unificación de 1868, el iberismo se aletarga hasta la caída de la monarquía portuguesa. Al igual que la Revolución de los Claveles de 1974, la revolución portuguesa de 1910 provocó entusiastas manifestaciones republicanas en España y, de paso, la aparición de varios escritos sobre el iberismo. En 1927, el iberismo recibe el afluente anarquista. Ese año se fundó en Valencia la Federación Anarquista Ibérica, en cuya dirección se contó siempre con los portugueses antes de la guerra civil y después, en el exilio. Victoria Kent publicó, en Nueva York, durante muchos años, el boletín “Iberia por la Libertad”.

Los nacionalismos periféricos también captaron enseguida la fuerza del iberismo para contrarrestar la cada vez más nítida centralidad de Madrid. El poeta Joan Maragall, que en su Imne Ibérico preconizaba la integración de Portugal en España, propuso a Unamuno la creación de la revista “Ibérica”, que iría escrita en castellano, catalán, galaico-portugués y vasco. En un momento o en otro, de una forma o de otra, se suman al iberismo, Cambó, Pi i Margall, Sabino Arana… y Blas Infante.

En un texto que Enrique Iniesta ha recogido en su libro “España o Las Españas”, Blas Infante acusa a Portugal de haber traicionado la sagrada unidad de España. Hay que hacer muchos reajustes en nuestra cabeza histórica para entender cómo el padre del nacionalismo andaluz puede acusar a Portugal de esto y en estos términos. Y esos reajustes ideológicos pasan por el iberismo. En efecto, en los años treinta, el mismo Blas Infante en su escudo de la casa de Coria del Río manda hacer la siguiente inscripción: “Sean por Andalucía Libre, Iberia y la Humanidad”. ¿Qué ha pasado en apenas quince años para que el nombre de España haya de ser cambiado por el de Iberia? A las alturas de 1918, cuando se redacta la letra del himno de Andalucía, España significa todavía una unidad geográfica peninsular que contiene una pluralidad nacional, que desde luego incluye a Portugal. Después de Primo de Rivera, España significa en cambio un estado excluyente con capital indiscutible en Madrid y hegemonía de un ejército que ya no es liberal como el del XIX, sino africanista de formación y nacional-católico de ideología.

Hace pocos años un político catalán contaba en televisión como su partido, Unió Democrática de Catalunya, era un partido histórico que sin embargo, sabía adaptarse a los nuevos tiempos. Como ejemplo de buena adaptación, vino a decir que en la última reforma de los estatutos habían quitado eso del iberismo, que nadie sabe bien lo que es. Si un nacionalista catalán dice esto, no hay mejor prueba de que el iberismo ha muerto.

Es por eso por lo que después de reconocer que el iberismo ha muerto, lo primero que hay que subrayar es que necesitamos el iberismo. Como dice Saramago: “¿El iberismo está muerto? Sí. ¿Podremos vivir sin un iberismo? No lo creo.”

martes, 1 de diciembre de 2009

Imágenes en color de la guerra civil española

lunes, 30 de noviembre de 2009

Símbolo de la transición


Carta con respuesta

Rafael Reig

Público

29/10/2009

Que Cayo Lara, coordinador de Izquierda Unida no sepa quién fue Sabino Fernández Campo, asesor del Jefe del Estado durante años y una de las figuras clave en la crítica noche del 23-F, en la que todos, y especialmente la izquierda, vio peligrar de nuevo las libertades recién conquistadas, resulta bochornoso, sin paliativos. Y si, además, trata de justificarlo con el peregrino argumento de haber sido trabajador del campo y alcalde de pueblo “sin tiempo para ocuparse de la alta política”, pone en evidencia a quienes lo eligieron para el cargo que actualmente ostenta.

ENRIQUE CHICOTE SERNA. ARGANDA DEL REY (MADRID)

Ajá, vale. No sé por qué estamos obligados a bailar al son que tocan (con sospechosa unanimidad). Yo tampoco sé mucho del general Fernández Campo, cuya muerte lamento. Fue un militar franquista, de los primeros en sumarse al Alzamiento Nacional, y combatió con ardor guerrero contra el legítimo Gobierno republicano. Una vez ganada la guerra ascendió a gran velocidad y se colocó en puestos oficiales de la dictadura, creo que en el Ministerio de Industria. También en la Casa Militar del Caudillo. Se alaba su lealtad y ya lo creo que debía de ser leal todo-terreno: a Franco, al Régimen, al rey, a la Constitución, a lo que tocara. Se alaba su capacidad de guardar silencio, supongo que porque hay cosas que mejor que no sepan los ciudadanos: somos ropa tendida.

Como persona, le tengo el máximo respeto. Pero entiendo que su carta lo valora sólo como figura política y, en ese aspecto, para mí, el general sí es “todo un símbolo de la transición”. Es decir: de cómo la oligarquía del franquismo consiguió mantenerse en el poder (con la incorporación indispensable de una “leal oposición” de pacotilla), a través de un simulacro canovista de democracia. Como los Martín Villa, Fraga o el difunto Fernández Ordóñez (que acabó de ministro con el PSOE), simboliza lo peor de la transición: tipos que ya iban en un coche oficial cuando Franco firmaba sentencias de muerte y a los que nadie obligó nunca a bajarse de él.

No sé por qué un trabajador del campo o un político de izquierdas está obligado a saber mucho más de estos señores.

sábado, 28 de noviembre de 2009

La cultura, ese invento del Gobierno


Rafael Sánchez Ferlosio*

El País

22/11/1984

El Gobierno socialista, tal vez por una obsesión mecánica y cegata de diferenciarse lo más posible de los nazis, parece haber adoptado la política cultural que, en la rudeza de su ineptitud, se le antoja la más opuesta a la definida por la célebre frase de Goebbels. En efecto, si éste dijo aquello de "Cada vez que oigo la palabra cultura amartillo la pistola", los socialistas actúan como si dijeran: "En cuanto oigo la palabra cultura extiendo un cheque en blanco al portador".

Humanamente huelga decir que es preferible la actitud del Gobierno socialista, pero culturalmente no sé qué es peor. Aún agrava las cosas el hecho de que tales criterios se los imiten todos: la oposición, los Gobiernos autonómicos, las cajas de ahorro, los organismos paraestatales, etcétera. Confieso que tal vez esté yo esta mañana un poco fuera de mí para escribir con la serenidad debida, pero es que acabo de recibir la gota que colma el vaso: es una carta cuyo infeliz autor va a sufrir por mi parte la injusticia de pagar por todos, ya que, como botón de muestra de la miseria a la que me refiero, considero apropiado transcribirla. Es del jefe de un organismo paraestatal (y no sé si hago bien callando nombres), que sin conocerme de nada me tutea, y dice así: "Querido amigo: / Te escribo para invitarte a participar con un texto tuyo, (sic por la coma) en un catálogo de una exposición que deseamos sea un tanto distinta. Se trata de una muestra de pintores actuales, que en lugar de pintar lienzos lo harán sobre abanicos. Sin embargo, no es una exposición de "abanicos" (sic por las comillas), sino que el soporte no será un lienzo. Por tanto, los abanicos son de gran tamaño, y los pintores tienen libertad absoluta para pintarlos, romperlos, jugar y lo que se les ocurra. / Estos soportes los hemos conseguido de China, Japón, y algunos más pequeños, Valencia. / Para el catálogo, nos gustaría que nos mandaras si aceptas, (he renunciado ya antes a seguir poniendo sic) un texto de dos-tres folios, que se ha acordado retribuir con 50.000 pesetas. Hemos invitado a los principales prosistas y poetas, cuya aportación creemos que podría ser muy interesante, y entre los que encontrarás a muchos amigos. Nos gustaría tener el texto a principios del mes de febrero. / Siguiendo nuestra costumbre, queremos subrayar especialmente el acto inaugural, y esperamos que la presentación de la muestra, a principios de mayo, tenga un aire festivo y refrescante. / Un abrazo, NN".

Fíjense no más: si yo, que conozco a poca gente, habría de encontrar "muchos amigos" entre esos "principales prosistas y poetas" y todos ellos van a salir a 10.000 duros por barba, ¿cuánto no va a costar sólo el catálogo de tan descomunal parida? Añádanse a ello las probablemente superiores cantidades que van a cobrar los artistas por hacer el gilipollas con los soportes -embadurnándolos, rompiéndolos o jugando con ellos con absoluta libertad, como prevé el proyecto-, los costos de impresión del catálogo -a todo color, supongo-, gastos de organización, programación, franqueo, propaganda y qué sé yo qué más, precio de los soportes, con sus fletes e impuestos aduaneros nada menos que desde China y Japón, y, por fin, despilfarro de canapés y de borracherías para "el acto inaugural", que el ente en cuestión se complace en asegurar que, "siguiendo su (nuestra) costumbre, quiere (queremos) subrayar especialmente", y se tendrá a cuánto asciende la factura de la "festiva", "refrescante", indecente y repugnante monada cultural.

El autor de la carta se aprovecha de que los llamados intelectuales, teniendo precisamente por gaje del oficio el de no respetar nada ni nadie, no pueden sentir respeto alguno hacia sí mismos ni, por tanto, se van a dar jamás por insultados al verse destinatarios de una carta así, como se darían, en cambio, los miembros de cualquier otro gremio. No es esa, por consiguiente, la cuestión, sino la del insulto que el hábito generalizado de tales despilfarros es para el presupuesto y el contribuyente, así como el mal ejemplo y la degeneración que para cualquier idea de cultura supone la proliferación de mamarrachadas semejantes, de las que el actual Ministerio de Cultura -precedido tal vez por algunos ayuntamientos socialistas- es el primer y más entusiástico adalid. Pero, aunque los intelectuales estén excluidos del derecho a sentirse insultados por nada ni por nadie, sí pueden dolerse íntimamente por la constatación de su propia nulidad, y nada se la confirma tan palmariamente como la incondicionalidad ante la firma que caracteriza los actuales usos del tráfico cultural. Cuántas veces, en los últimos tiempos, he tenido que soportar que me dijeran: "Nada, dos o tres folios sobre cualquier cosa, lo que tú quieras, lo que se te ocurra... ¡Vamos, no me dirás que si tú te pones a la máquina ... !" Nadie te pide nunca nada específico, un desarrollo de algo particular que considere que has acertado a señalar en algún texto y, sobre todo, nadie te exige que lo que le envíes sea interesante y atinado; y así ves perfectamente reducido a cero cuanto antes hayas pensado y puesto por escrito y cuanto en adelante puedas pensar y escribir, para que solamente quede en pie la cruda y desnuda cotización pública de tu firma, sin que la más impresentable de las idioteces pueda menoscabar esa cotización; claramente percibes cómo, sea lo que fuere lo que pongas encima de tu firma, equivale absolutamente a nada.

Nunca nadie recurre a los llamados intelectuales tomándolos en serio, como sólo demostraría el que los reclamase, no para pasear sus meros nombres remuneradamente, sino para pedirles alguna prestación anónima y gratuita (¡y qué Gobierno podría haber soñado una mejor disposición hacia el colaboracionismo como el que este de ahora tenía ante sí en octubre de 1982!). Mas no se quiere, no se necesita su posible utilidad valga lo que valiere -ésta, acaso, hasta estorba-, sino la decorativa nulidad de sus famas y sus firmas. Es como para sospechar si no habrá alguna especie de instinto subliminal que incita a reducir a los intelectuales a la condición de borrachines de cóctel, borrachines honoríficos de consumición pagada, para dar lustre a los actos con el hueco sonido de sus nombres, a fin de que se cumpla enteramente la clarividente profecía del chotis: "En Chicote un agasajo postinero / con la crema de la intelectualidad". Tal confusión de lo espiritual con lo espirituoso hace que una auditoría realmente expresiva de la actual concepción de la cultura no sería cometido de un contable que detallase en pesetas los distintos capítulos del despilfarro cultural, sino más bien oficio de un hidráulico que midiese en hectolitros el aforo de los ríos de alcohol suministrado. Aunque a veces ni siquiera parece necesaria la asistencia física, sino que basta con que el nombre aparezca en el programa. Un intelectual orgánico de la Menéndez Pelayo, que tenía a su cargo un seminario sobre tauromaquia en Sevilla, se pasó un par de meses poniéndome conferencias (lo menos puso cinco) para que asistiese, y por mucho que yo le contestase que no sólo no pensaba ir, sino que además veía muy mal que la Menéndez Pelayo no hallase cuestión más grave en que gastarse los dineros públicos (me imaginaba yo un etílico aquelarre aflamencado sobre las consabidas falacias y chorradas de lo lúdico, lo mítico, lo telúrico, lo vernáculo, lo carismático, lo ritual, lo ancestral, lo ceremonial, lo sacrificial y lo funeral... iiibastaaa!!!), seguía insistiendo con una actitud incluso de desprecio personal -pues éste sí era conocido mío-, al ignorar por completo mi explícito rechazo, como si no lo oyese, repitiéndome: "Sí, hombre, si tú vendrás; ya verás como vienes y te gusta", hasta que al fin, quieras que no, pese a mi negativa y a mi ausencia, terminó por poner mi nombre en el programa, pues, por lo visto, era el nombre lo único que realmente importaba, su presencia y su permanencia en el prospecto impreso, como en una orla de honor de fin de carrera, ya que la única función real de los actos culturales es la de que hayan llegado a celebrarse, y el prospecto es su testimonio perdurable.

Si en el origen de la pasión por los actos, culturales o no, de este afán que podríamos llamar actomanía está la motivación interna del meritoriaje burocrático -puesto que el número y el brillo de los actos celebrados es siempre un tanto de valor visible y sólido en la columna del haber para el currículo de cualquier burócrata-, aún agrava el fenómeno la influencia, a mi entender palmaria, del espíritu de la publicidad. Y a esa influencia se halla especialmente expuesto todo lo que llamamos cultural. No hay más que ver lo llanamente que se aviene a aceptar una palabra congénitamente publicitaria como promoción: se habla de "actos patrióticos", pero suena chocante "promoción patriótica"; en cambio, corre como sobre ruedas "promoción cultural". Ya en la incondicionalidad ante la firma, que arriba he señalado, puede advertirse cómo los usos culturales imperantes imitan el sistema de valores de la publicidad, para la cual un Nombre es siempre un Nombre, como para los anunciantes de champaña catalán Gene Kelly, aunque salga embalsamado en salmuera de polvos de talco a dar dos o tres pasos de baile de semiparalítico (homologables a los dos o tres folios "sobre cualquier cosa" que se les piden a las firmas consagradas), será siempre incondicionalmente Geneee... iiiKelly!!!, del que se sabe que no cobra precisamente cuatro reales por decir "kahrtah nevahdah".

En cuanto a la actomanía, ha llegado, en lo cultural, a impregnarse hasta tal punto del espíritu de la publicidad, que hasta llega a adoptar las formas económicas de la gestión publicitaria: en unos festejos culturales de Navarra, en los que tomé parte este verano, descubrí, para mi estupefacción, que el entero tinglado de los actos, financiados por el Gobierno de Navarra y la institución Príncipe de Viana, había sido completamente encomendado a la gestión de una agencia profesional especializada en montajes culturales. La promoción cultural ya tiene, pues, ella también, agencias, como la promoción publicitaria. La extensión del ejemplo del actual Ministerio de Cultura -especialmente por lo que se refiere a la universidad de verano Menéndez Pelayo, su más deslumbrante y escaparatero "peer en botija para que retumbe"-, envidiado e imitado por los departamentos homólogos de los Gobiernos autonómicos, los municipios, los entes paraestatales, bancos, cajas de ahorro o cualesquiera otras instituciones que tengan presupuesto cultural, se dirige resueltamente a un horizonte en el que la cultura, y con ella su misma concepción y su sentido mismo, se vea totalmente sustituida por su propia campaña de promoción publicitaria. La cultura quedará cada vez más exclusivamente concentrada en la pura celebración del acto cultural, o sea, identificada con su estricta presentación propagandística, tal como con paladina ingenuidad declara expresamente el autor de la carta transcrita al comienzo de este artículo: "Siguiendo nuestra costumbre, queremos subrayar especialmente el acto inaugural".

La misma degenerativa y reductora concepción de la cultura está detrás del sonrojante eslogan La cultura es una fiesta, que ha hecho tanta fortuna, y al que Santiago Roldán, rector de la Menéndez Pelayo es, por lo visto, un adicto cordial y convencido. El prestigio de la fiesta y de lo festivo parece haberse vuelto hoy tan intocable, tan tabú, como el prestigio de el pueblo y lo popular. No se diría sino que una férrea ley del silencio prohíbe tratar de desvelar el lado negro, oscurantista, de las fiestas, lo que hay en ellas de represivo pacto inmemorial entre la desesperación y el conformismo, y que, a mi entender, podría dar razón del hecho de que en el síndrome festivo aparezca justamente la compulsión de la destrucción de bienes o el simple despilfarro. Si esta suposición es acertada, dejo al lector la opción de proseguir la reflexión sobre lo que, para el contenido interno del asunto, podría significar y aparejar esa total identificación entre cultura y fiesta; yo, por mi parte, seguiré aquí ciñéndome al aspecto más externo.

Así, por si no bastaba el mimetismo con la mentalidad publicitaria de las grandes marcas para hacer que en esta Cena de Trimalción de la cultura socialista el mero gasto en sí mismo y por sí mismo resulte ya, sin más, convalidado como atributo cierto del decoro y hasta ingrediente de la calidad, viene a sumársele en igual sentido, mediante la homologación de la cultura como fiesta, la compulsión hacia el despilfarro sin residuo, cimentada tal vez en los más torvos y oprimentes lastres del sospechoso espíritu festivo. Otro factor que, como un casi inevitable acompañante natural, suele traer consigo tal propensión festiva y hasta festivalera de las actividades culturales, es el del imperativo de popularidad de, la cultura. Félix de Azúa, en un espléndido artículo (La política cultural `socialvergente', EL PAÍS, 17 de febrero de 1984), referido al ambiente catalán, señalaba la práctica identidad de directrices entre la política cultural de Convergència i Unió y la del Partido Socialista de Cataluña. Entresaco unas frases del artículo: "La política cultural de los socialistas catalanes tiende a un populismo de la peor especie idealista. Se trata, según dicen, de 'eliminar el elitismo' (...) o de 'promover el arte popular'. Caminan ciegamente en dirección a Max Caliner y la política cultural de Convergencia. (... ) Hay en este planteamiento un par de equívocos. El primero y superior es el del término lo popular. ¿Qué pueblo? ( ...) El segundo equivoco es el de la neutralidad y el miedo al dirigismo cultural. Se trata de un puro engaño. Dirigismo cultural lo hay siempre que existe financiación. Pero la izquierda trata de disimular la mala conciencia con el cuento de la cultura popular. Promover un cine de halago a las zonas más brutales y acéfalas de la sociedad (como Locos, locos carrozas) o financiar espectáculos que rozan lo patológico (como la práctica totalidad del teatro que se exhibe en Barcelona), con la excusa de que son populares, oculta la impotencia de los funcionarios para poner en pie una producción inteligente. Tratan de evitar críticas de la izquierda mediante el fantasmón del pueblo o de la tradición popular catalana, mientras ofrecen cifras de asistencia ( ... ), cifras que podrían multiplicarse por diez si se decidieran a financiar una ejecución pública, el espectáculo más popular de todos los tiempos". (Hasta aquí, Félix de Azúa.)

Sintetizando, en fin, con un ejemplo: puesto que, por una parte, la cultura es una fiesta, y las fiestas están obligadas a ser caras, una escenografía teatral barata, como lo es la cámara de cortinas, hallará resistencias entre los promotores, por el temor típicamente hortera de que el espectáculo pueda ser tachado de pobretonería o hasta indecencia; y puesto que, por otra parte, la cultura no ha de ser elitista, sino popular, de nuevo el uso de la cámara de cortinas se verá rechazado por el grave defecto de su carácter elitista. De modo, pues, que la cámara de cortinas -el más espléndido invento formal de la antigua vanguardia-, por el doblado achaque de no ser ni popular ni cara, sino, por el contrario, barata y elitista, se verá repudiada por los actuales promotores culturales, como algo doblemente indeseable, constituyéndose incluso en paradigma de lo que según ellos no hay que hacer.

Pero estos gobernantes socialistas, que a veces gustan de proclamarse machadianos, o no han frecuentado mucho el aula de Mairena, o ya ni lo recuerdan. Cuando Mairena expuso su proyecto ideal de centro de enseñanza, contraponía claramente una posible Escuela Superior de Sabiduría Popular, como lo rechazable, frente a una posible Escuela Popular de Sabiduría Superior, como lo deseable. Así que lo que Mairena propugnaba podría, muy ajustadamente, designarse como elitismo barato, en el que, por afectar la baratura tan sólo a la actividad de la enseñanza, no al saber enseñado, la tal escuela podía permitirse concebir la aspiración de llegar algún día a hacer mayoritario ese saber. La política cultural de este Gobierno hace lo exactamente inverso al elitismo barato de Mairena: un populismo caro; mejor dicho, carísimo, ruinoso. Aunque, eso sí, "festivo y refrescante", sobre todo si en el concepto de refrescos entran también los vinos y licores.

* Rafael Sánchez Ferlosio (Roma, 1927) es uno de los prosistas vivos más importantes de la literatura en castellano. Su segunda novela, El Jarama (Premio Nadal 1955), revolucióno la narrativa española. Tras abandonar la producción novelística, se centró en el ensayo, empeño en el que sigue a día de hoy. Merecedor de los Premios Cervantes (2004) y Nacional de las Letras (2009).

Este artículo, publicado en el diario El País hace un cuarto de siglo, fijó las pautas de ese engendro que se ha dado en llamar "Cultura de la Transición".

jueves, 26 de noviembre de 2009

Los 'paseados' con Lorca sacarán a la luz los restos del poeta


El autor investigó a los tres asesinados junto al poeta el 18 de julio de 1936

Al maestro Dióscoro Galindo le mataron por "negar la existencia de Dios"

Los banderilleros Francisco Galadí y Juan Arcollas lucharon junto a la CNT

Por Francisco Vigueras Roldán*

Soitu.es

27/10/2009

Sobre Federico García Lorca se han escrito ríos de tinta, pero sobre sus compañeros de infortunio apenas sabíamos nada. El maestro Dióscoro Galindo González y los banderilleros Francisco Galadí Melgar y Juan Arcollas Cabezas siempre habían sido personajes secundarios del drama lorquiano, casi anónimos, que nunca tuvieron una biografía propia.

Tal era el desinterés por estos personajes, que el investigador José Luis Vila San Juan cambió el nombre de Dióscoro Galindo a quien llamaba "Diósporo" e incluyó erróneamente al hijo del maestro, Antonio Galindo, entre los fusilados en Alfacar. El propio Antonio Galindo tuvo que pedirle que rectificara su error porque seguía vivo. También responde a ese desinterés el hecho de que sigan llamando "Joaquín" al segundo banderillero, cuando su verdadero nombre es Juan Arcollas Cabezas.

Ni Gerald Brenan, ni Agustín Penón, ni Claude Couffón, ni Marcail Oclair, ni Enzo Cobelli... Prácticamente ningún investigador se interesó por los personajes que compartieron verdugos y fosa con Lorca. Sólo Ian Gibson puso, por primera vez, nombre y apellidos al maestro y a los dos anarquistas-banderilleros, aportando los primeros datos sobre estos personajes, pero acabaría dejando la investigación para entregarse en cuerpo y alma a la biografía del poeta, la gran pasión de su vida. Por eso, sentí la necesidad de investigar a "los otros", continuar la investigación donde Gibson la había dejado.

El maestro cojo: fusilado por negar la existencia de Dios

Quería saber más sobre Dióscoro Galindo González, maestro de Pulianas y Santiponce, fusilado por los fascistas granadinos al comienzo de la Guerra Civil, por defender la escuela laica y popular. El hecho de que Dióscoro Galindo compartiera verdugos y fosa con Federico García Lorca lo ha convertido en un símbolo de los maestros republicanos, represaliados por el régimen de Franco. Recordemos que el magisterio fue uno de los colectivos más perseguidos por la represión franquista, ya que la República le había confiado la difícil tarea de reformar el sistema educativo en un país donde el 90% de la población era analfabeta, sobre todo en las zonas rurales.

La reforma educativa incluía las llamadas "misiones pedagógicas", que llevaban la cultura a los pueblos, y las campañas de alfabetización, en las que participó activamente Dióscoro Galindo, que incluso daba clases nocturnas a los jornaleros, cuando regresaban de las faenas del campo. Y aquí, miles de maestros como Dióscoro Galindo se toparon con la Iglesia, que utilizaba la escuela para adoctrinar a las jóvenes generaciones en la fe católica y garantizarse así el monopolio religioso del país. Resulta significativo que los franquistas condenaran a muerte a Dióscoro "por negar la existencia de Dios". Ésa fue la principal acusación que hicieron contra el maestro en su expediente de depuración, que resultó ser una auténtica farsa para justificar el crimen.

Uno de los momentos que más me afectó en mi investigación fue cuando llegó a mis manos el expediente de depuración abierto contra el maestro Dióscoro Galindo, días después de ser asesinado. Me resultó indignante ver el cinismo y la mezquindad de la Comisión Depuradora del Magisterio Nacional, presidida por el escritor falangista José María Pemán, que todavía tiene un monumento en Cádiz. Los miembros de la comisión reunieron testimonios acusadores contra Dióscoro por parte del alcalde, el cura, la Guardia Civil y algunos vecinos de Pulianas. Posteriormente, le dieron un plazo de diez días para que hiciera alegaciones en su defensa, a sabiendas de que no podía defenderse porque ya lo había matado. A continuación, le comunicaron que quedaba suspendido de empleo y sueldo, a pesar de que ya lo habían "suspendido" de la vida. No conformes con eso, le pidieron a su familia que desalojara la casa y al maestro que entregara las llaves de la escuela con inventario del material escolar. Finalmente, el Ministerio de Educación Nacional aprobó su "separación definitiva del servicio", dando por concluida la macabra farsa contra Dióscoro. Habían pasado casi cinco años desde que su cadáver fue localizado en el barranco de Víznar.

Sin embargo, recuerdo con emoción las entrevistas que hice a los antiguos alumnos de Dióscoro, abuelos octogenarios que me hablaban con auténtica veneración y respeto hacia el maestro que les había enseñado a leer y a escribir, a pensar y a ser hombres libres. Tampoco podré olvidar el momento en que Nieves García Catalán, nieta adoptiva de Dióscoro Galindo, me mostró el reloj de bolsillo del maestro republicano que guardaba como un auténtico tesoro. Siempre estaré agradecido a Nieves por su lealtad a la memoria de Dióscoro y su empeño en cumplir el último deseo de su padre, Antonio Galindo, que, antes de morir, le pidió que recuperase los restos del maestro para darles una sepultura digna. El hecho de que Dióscoro Galindo fuera cojo será, sin duda, de gran valor para los antropólogos en el proceso de identificación.

Los banderilleros anarquistas a los que olvidó el mundo taurino

En cuanto a los banderilleros Francisco Galadí Melgar y Juan Arcollas Cabezas, he tenido la suerte de contar con el testimonio de Francisco Galadí Marín, nieto del histórico anarquista, que ha sido mi principal fuente de información. He completado esta investigación con distintos trabajos sobre la historia del sindicato CNT. Tengamos en cuenta que Galadí y Cabezas han pasado a la historia como los dos banderilleros que fusilaron junto a Lorca, pero a ellos no los mataron por ser banderilleros, sino por ser anarquistas.

Eran de los llamados "hombres de acción" de la CNT-FAI, la sección más combativa del sindicato anarquista, que defendía los derechos de los trabajadores frente a una patronal despótica y prepotente, acostumbrada a incumplir la legislación laboral y que no dudó en financiar la sublevación militar contra la República. Precisamente Galadí y Cabezas organizaron la resistencia popular contra los militares golpistas en el Albaicín, que apenas duró dos días porque estaban mal armados.

Los dos anarquistas burlaron el cerco del Albaicín, pero Francisco Galadí quiso despedirse de su hijo antes de pasar a zona republicana para seguir combatiendo. Aquel encuentro se convirtió en una trampa. Un chivatazo permitió a los franquistas detenerlo, junto a su compañero inseparable Juan Arcollas Cabezas. El nieto de Galadí me dice que eran conocidos por su fervor político y por su pasión en el ruedo, y hubieran sido toreros famosos de no haber elegido el bando de los vencidos. Eran dos banderilleros de izquierdas en un mundo taurino de derechas, por eso no triunfaron en el ruedo e intentaron borrar su memoria. Eran tan populares que hasta el enterrador Manuel Castilla —'Manolillo, el comunista'— reconoció sus cadáveres cuando fue a enterrarlos en la fosa de Alfacar.

La Consejería de Justicia hace honor a su nombre

Setenta y tres años después, la Junta de Andalucía ha aceptado abrir las fosas de Alfacar a petición de la Asociación Granadina para la Recuperación de la Memoria Histórica. Después de varios años de polémica, hay que decir que la Consejería de Justicia, encargada de velar por el Estado de Derecho, ha hecho honor a su nombre. La AGRMH ha puesto en marcha un proyecto arqueológico, avalado por la Universidad de Granada, que garantiza el rigor científico y la intimidad que piden todas las familias, tanto las que desean recuperar los restos de sus desaparecidos, como las que no.

También podremos confirmar si el enterrador Manuel Castilla Blanco estaba en lo cierto cuando señaló, primero a Agustín Penón y después a Ian Gibson, las fosas donde fueron enterrados Lorca, Galindo, Galadí y Cabezas. La arqueología, la antropología, la medicina forense y la genética se ponen al servicio de la Historia para documentar un crimen que conmocionó a la opinión pública internacional y se convirtió en símbolo de la represión franquista durante la Guerra Civil.

* Francisco Vigueras Roldán es miembro fundador de la Asociación Granadina para la Recuperación de la Memoria Histórica y autor del libro: 'Los "paseados" con Lorca. El maestro cojo y los dos banderilleros'.

martes, 24 de noviembre de 2009

Cultura de la Transición. Entre la servidumbre política y las cifras de ventas


Albin Senghor y Karim Samba

Ladinamo

Octubre-Diciembre 2007

¿La protagonizaron las masas o las elites? El debate sobre la Transición vive enzarzado en una polémica estéril e inacabable sobre su autoría política. Mientras, han surgido algunas voces que cuestionan una parte fundamental del mito político español por excelencia: a sus narradores. El mundo cultural surgido en la década que va de la muerte de Franco a la entrada en la CEE, se ha venido alimentando de los objetivos de expansión de la industria cultural y los intereses políticos coyunturales hasta convertirse en un discurso cultural hegemónico con esclerosis múltiple. Hablamos con Ignacio Echevarría (crítico literario), Isaac Rosa (novelista), Guillem Martínez (periodista), Luis Negró (ensayista) y Antoni Domènech (filósofo) para calibrar la influencia de la Transición política sobre la cultura actual.

Ignacio Echevarría: La cultura de la Transición es la que tuvo efectivamente lugar a consecuencia del modo en que la Transición misma discurrió. Es la cultura de la que somos actualmente herederos. La transición cultural es aquello que no tuvo lugar: un proyecto estratégico y bien meditado de adaptación de las condiciones de producción cultural que imperaban en los años sesenta y setenta, cuando Franco vivía todavía, a las condiciones –y a las posibilidades, sobre todo– creadas por una democracia incipiente.

La cultura antes de la Transición

Guillem Martínez: Supongo que estaba en el mismo estado que en los últimos doscientos años, pero matizada a lo bestia por el franquismo. Es decir, existía una cultura oficial y otra no oficial. La cultura oficial no tenía nada que ver ni con España ni con el mundo, y la cultura no oficial –bajita, fea, carente de normalidad y víctima de la interrupción cultural y vital consecuencia del Franky Franco Spanish Tour–, en ocasiones estaba, no obstante, conectada al mundo y a su época con absoluta normalidad. Por lo que sé por mi papá, se podía vivir sin contacto con la cultura oficial. Hasta que la cultura oficial te tocaba la cara. Los índices de lectura eran, snif, absolutamente los mismos que ahora, si bien no el consumo cultural, que hoy está por todo lo alto. Como sucede últimamente con todas las palabras que van acompañadas del palabro “consumo”.

Isaac Rosa: Aunque el franquismo, en efecto, no fue un erial –vieja polémica entre historiadores de la cultura–, tampoco puede exagerarse la vitalidad de la cultura –franquista o antifranquista– en aquellos años. La Guerra Civil marcó el último episodio de esa discontinuidad histórica a la que se refiere Eduardo Subirats. Esto tuvo un precio en forma de atraso –del que aún, me temo, no nos hemos recuperado–, pero también ocultó buena parte de los referentes y de la tradición sobre la que, mal que bien, se fundaba la cultura española.

De la cultura crítica a la cultura del mercado

Ignacio Echevarría: Obedeció a una mecánica en gran medida natural y por lo tanto preferible, pero fue auspiciada y favorecida por la renuncia de la izquierda a todo proyecto cultural específico. Tendenciosamente, se interpretó que la cultura crítica se correspondía a una cultura de resistencia, y que, dadas las nuevas condiciones, ésta ya no tenía lugar. Tendenciosamente, se asimiló la cultura democrática a la cultura de mercado, y se entendió que lo propio de la izquierda era abrazar el ecumenismo y la celebración de la cultura como fiesta, como espacio de encuentro y no de confrontación. Como dije en una ocasión, se resolvió plantar un jardín en el terreno destinado a servir de campo de batalla.

Guillem Martínez: Las izquierdas participan en el proceso de la Transi con poco que ofrecer. Uno de los ofrecimientos fue la desactivación de la cultura. En un momento en el que, aparentemente, lo que se solicitaba era cohesión social, las izquierdas le quitaron una tuerca a la cultura. Con ese reajuste, la cultura pasó a fabricar cohesión y no otros productos vistosos para los que está capacitada –como problemáticas, conflictividad o matices–. La cultura atacó todo lo que pudiera significar desestabilización. Algo divertido, si uno razona que la cultura es, por definición, desestabilización. El nacimiento de Venus, no sé a usted, pero a mí me desestabiliza por entero en cuanto le echo un vistazo.

Luis Negró: Creo que hay varios factores que explican la aceleración del proceso; unos, propios de la situación española del momento; otros, bastante más generales, debidos a la evolución histórica de los países occidentales, a la que España quería incorporarse a pasos acelerados después de la muerte de Franco. En el capitalismo avanzado, o neocapitalismo como lo llaman algunos, en el que se estaba instalando Europa por esos mismos años, la cultura iba a pasar a ser un producto más del mercado, y la característica principal de esos productos es su rendimiento: su calidad y su validez la decide la industria, por medio del marketing, y no el mundo de la cultura. Los empresarios españoles más perspicaces de la industria cultural no tardaron en comprenderlo y aprovechar las oportunidades que les proporcionaba la desaparición del dictador para incorporarse a la modernidad tal como se entendía en Europa. Es muy significativo que un premio literario de tiradas millonarias como el Planeta, basado, pues, principalmente en las ventas, recayera en 1977, 1978 y 1979 en Jorge Semprún, Juan Marsé y Manuel Vázquez Montalbán respectivamente; dos representantes de la llamada cultura crítica y un exiliado que, por añadidura, había sido un alto dirigente clandestino del Partido Comunista Español. Aunque el caso más representativo de este proceso sea, a mi modo de ver, el de Jesús Polanco, que empezaría a crear en la Transición, alrededor y apoyándose en el diario El País, el mayor grupo de industrias culturales que existe hoy en España.

¿Qué cambió con la Transición?

Antoni Domènech: Yo no estoy tan seguro de que a la cultura literaria, filosófica, artística, e intelectual en general, que se ha hecho “hegemónica” con la Transición le convenga mucho el predicado “de mercado”. Me parece, más bien, que es fruto de una especie de diseño institucional, de todo punto político –“político” no en el sentido estrecho o conspiratorio, sino en el sentido amplio y general de la palabra–, para potenciar unas voces y acallar otras, con casi total independencia de la calidad, la profundidad o la originalidad que pudieran tener esas voces. A eso han ayudado, claro, la rápida –y políticamente avalada– concentración de la propiedad de los medios de comunicación de masas, y aun de los grandes grupos editoriales, y también los sistemas de premios y prebendas públicamente otorgados. Fijaos que España debe ser el único país europeo en el que se considera lo más natural del mundo que los zaguanetes de amigos se dediquen a la recíproca reseña laudatoria en las páginas culturales de los medios de comunicación.

Guillem Martínez: Mi impresión es que los cambios habidos en la plaza son tan llamativos que convierten a la española en una cultura única en Europa. Me explico. España comparte con el resto de Europa una cultura de masas, de mercado o como quieran ustedes llamarla, consecuencia del fin de la cultura y su conversión en cosa chachi y lúdica tras lo del 68. Pero además, y he aquí la originalidad aludida, posee un enorme pack cultural único, genuino e inexportable, que yo llamo CT –Cultura de la Transición–, consistente en una cultura no problemática, encaminada a crear cohesión social y propaganda política –del sistema político español, la mejor democracia del mundo mundial, etc.–, y a atajar cualquier problemática impidiendo que exista.

Antoni Domènech: Por decirlo sumariamente: a mí no me parece que la “cultura de la Transición” –si así puede llamarse– haya estado, ni de lejos, a la altura de lo que prometía el interesante y sorprendente “rebrote” intelectual en la vida interior del país de los años cincuenta, sesenta y primera parte de los setenta. La cosa es compleja, claro, porque la Transición política española se ha desarrollado en una época de descomposición y declive de la cultura intelectual en el mundo entero (y ahí os admitiría mucho más de grado lo de la “hegemonía del mercado”). Podría salir un italiano o un francés y decir, no sin razón: aquí pasa lo mismo, ¡no me irá usted a comparar en Francia a Foucault y a Derrida por no hablar de Henri-Lévi o Finkielkraut, con Merleau-Ponty, o a decirme que Pasolini o Fellini tienen hoy dignos sucesores en Italia! James English publicó hace pocos años un libro interesante sobre el desplome de la cultura intelectual en el mundo a través de lo que él llama la “economía del prestigio”: el sistema de premios (que han aumentado exponencialmente en todo el mundo en los últimos veinte años) con que se promueve –y domestica– a los intelectuales (The Economy of Prestige. Prizes, Awards, and the Circulation of Cultural Value, Harvard University Press, 2005).

Cultura de la Transición y poder político

Ignacio Echevarría: No hubo consignas propiamente dichas, no al menos a favor o en beneficio de ninguna facción ideológica. La consigna fue entender la cultura como coto en el que se suspendían las beligerancias, como escaparate de un nuevo modelo de convivencia empeñado en negar todo asomo de conflicto o de crispación. La relación entre el poder político y la cultura quedó estupendamente descrita, con admirable puntualidad, por Rafael Sánchez Ferlosio, en su artículo de 1984 “La cultura, ese invento del Gobierno”. Aún hoy, más de veinte años después, ese artículo sirve inmejorablemente para hacerse una idea de lo ocurrido entonces.

Guillem Martínez: Entre la CT y el poder político existe una relación vertical. En lo que es otra originalidad europea de la CT, nuestra cultura tiene como principal virtud darle la razón al Estado en todo momento. En su momento genérico, la cultura le dio la razón al Estado, y combatió la ruptura en tanto desestabilizadora, problemática, etc. Esa relación no ha evolucionado en treinta años. Recuerden el 11-M y nuestros diarios de los tres días siguientes. Mientras los medios extranjeros hablaban abiertamente de lo que pasó, nuestros intelectuales I+D le daban la razón al Gobierno non-stop. En mi despachete tengo enmarcado el articulete del 11-M de Muñoz Molina, lectura edificante que recomiendo a niños y niñas para entender en un periquete qué es la cultura española y qué es un intelectual español. La cultura española y el intelectual no controlan al poder, controlan a quien le quiere tocar la pera al poder.

La cultura en los medios

Luis Negró: La flexibilidad con la que pudieron intervenir en ámbitos como la universidad o el mundo editorial, la rapidez de sus mensajes y el vasto campo de influencia que les proporciona la amplitud de su difusión, dieron a los medios la posibilidad de ocupar el espacio vacío dejado por el derrumbamiento de las instituciones culturales de la dictadura (doble vacío, ya que dichas instituciones no actuaron precisamente en el sentido de crear una verdadera cultura). Aunque no todos los medios respondieron igual. Fue la prensa escrita, las publicaciones periódicas, las que consolidaron las líneas de fuerza de la cultura española posfranquista; en particular, el diario El País que, según José Ortega Spottorno, promotor de la idea, nació para continuar la labor intelectual de José Ortega y Gasset, y que se convertiría pronto en el órgano de expresión de las elites intelectuales del país, en la referencia cultural dominante no solo de los años de Transición sino de los que siguieron.

Guillem Martínez: Los grupos de comunicación más moderados ofrecen CT a palo seco –verticalidad, ausencia de problemática, estabilidad, cohesión y simpatía–; los grupos de la nueva derecha también, sólo que son más agresivos a la hora de identificar verticalmente al problemático, al desestabilizador, al que atenta contra la cohesión y al que resulta menos simpático. Esa pequeña variante, creada por la derecha nacionalista española es algo novedoso. Es la única comunidad cultural que vive y presiona en la CT sin necesidad de ser Estado, de ser Gobierno. Sin duda, es el gran cambio y aportación acaecido en la CT en los últimos treinta años.

¿Ha provocado la cultura de la Transición un tapón generacional?

Guillem Martínez: Hasta hace poco yo creía que sí, que unos señores extraordinariamente jóvenes y poco preparados entre 1975 y 1978, ocupaban un espacio llamativo en el espacio-tiempo, taponándolo al resto de las generaciones posteriores. Algo –o mucho, o muchísimo– de eso hay, sí. Pero eso no explica la ausencia de presión sobre ese tapón. No hay ninguna generación echándole el aliento a la nuca de los del tapón. Por otra parte, el tapón se está nutriendo de jóvenes que acceden a la categoría taponil tranquilamente, sin despeinarse y utilizando las mismas poéticas e, incluso, las mismas palabras taponescas utilizadas desde hace treinta años. Lo que indica que el tapón, tal vez, no sea generacional. Es cultural. Lo impone un modelo cultural oficial y está formado por todo aquel que está a sus anchas en la estrechez de la CT. Es fácil integrarse en el tapón. Y es difícil acceder a las tres comidas diarias fuera de él. Por primera vez en la historia de por aquí abajo, sólo hay una cultura: la oficial, la CT que les comentaba. He aquí la gran originalidad de la cultura española en Europa.

Ignacio Echevarría: En absoluto, como bien puede verse. Lo que ha provocado es sucesivas generaciones de replicantes, todos empeñados en ocupar la misma silla, en lugar de buscar distintos asientos u otras posiciones desde las que dar, por ejemplo, una patada a los que están sentados desde hace treinta años en esa misma silla.

Isaac Rosa: Más que eso, la cultura de la Transición ha fijado unas reglas que las nuevas generaciones aceptan no sólo como inevitables, sino como propias de una democracia.

Momentos estelares de la cultura de la Transición

La evolución de la cultura de la Transición desde los años setenta hasta hoy se puede caracterizar, en términos generales, como la absorción progresiva de la cultura por la industria cultural, en la que sólo sobreviven los artefactos exitosos preparados para ser consumidos sin sobresaltos por un público amplio. Sin embargo, ninguna crónica de la cultura de la Transición estaría completa sin un repaso de sus más sonadas connivencias con el poder estatal.

La izquierda domesticada

Los años setenta fueron el fermento de la cultura de la Transición. En aquellos años, se acuñaron algunos de los palabros más grandes de la Tran-sición, como “consenso”, “normalidad democrática” y, para la izquierda en particular, “compromiso histórico”. En el campo de las letras, la institucionalización de los premios literarios como escaparate de la industria fueron la muestra de que la cultura (y la izquierda) estaban ya en la senda de la “normalización”. El premio Planeta, operación de marketing disfrazada de prestigioso acontecimiento cultural, toda una metáfora de la cultura de la Transición, se concedió durante finales de los setenta a muchos de los considerados “intelectuales de izquierdas”.

¡Se sienten, coño!

La letanía del “consenso” y la “responsabilidad” alcanzó su mo-mento álgido con la (poco sorprendente) irrupción de Tejero en el Congreso de los Diputados. En cierto sentido el argumento era impecable: durante los años setenta nadie había hecho demasiado ruido y, aún así, un picoleto se plantaba impunemente en las Cortes. Había que redoblar el consenso: la intelectualidad se lanza a proferir vivas al Rey y a la Constitución (algo impensable poco tiempo antes). Es el cenit de lo que Vázquez Montalbán denominó “El cuento del rey bueno y el pueblo responsable”.

La juerga sociata

Tras la victoria electoral del PSOE las cosas van a cambiar notablemente, la cultura sigue siendo igual de inofensiva pero muchísimo más subvencionada. Rafael Sánchez Ferlosio lo explicaba con inmejorable precisión en su artículo de 1984 “La cultura, ese invento del gobierno”: “El Gobierno socialista, tal vez por una obsesión mecánica y cegata de diferenciarse lo más posible de los nazis, parece haber adoptado la política cultural que, en la rudeza de su ineptitud, se le antoja la más opuesta a la definida por la célebre frase de Goebbels. En efecto, si éste dijo aquello de ‘Cada vez que oigo la palabra cultura amartillo la pistola’, los socialistas actúan como si dijeran: ‘En cuanto oigo la palabra cultura extiendo un cheque en blanco al portador’. Humanamente huelga decir que es preferible la actitud del Gobierno socialista, pero culturalmente no sé qué es peor”.

Con el dinero (público) como alma de la fiesta, no es de sorprender que se construyera una cultura entendida como una celebración constante de sí misma (“La cultura es una fiesta” es el exitoso eslogan institucional de la época), en las antípodas de temas tan poco festivos como la reconversión industrial, la desmovilización social y los GAL. En palabras de Guillem Martínez, “en un plis-plás, la cultura pasa a ser lo lúdico. Todo lo que no sea lúdico, en ocasiones no es cultura. La cultura y la política se separan. La cultura no volverá a meterse en política nunca más. Y el Estado no se meterá en cultura. Salvo para pagarla”.

Sí a la OTAN

El ejemplo más emblemático del nuevo estado de cosas (cohesión SÍ, crítica NO) se produjo en 1985. El día 2 de noviembre, cinco meses antes del referéndum sobre la OTAN, el periódico El País publica el siguiente sondeo: sólo un 19 % de los encuestados está a favor de la permanencia española en la alianza atlántica. En los cinco meses siguientes fue necesario un auténtico tour de force para cambiar las tornas. Una parte de la intelectualidad –con algún que otro cantautor y el escritor Juan Benet a la cabeza– vira radicalmente de posición y pide el sí a la OTAN. El resto es historia.

Ha sido ETA

El desenfreno sociata acabó, como no podía ser de otra manera, con una deriva churrigueresca: unas olimpiadas, una exposición universal y medio PSOE en la cárcel. La llegada de la derecha al poder, con sus ínfulas de propietaria del credo neoliberal, supuso el recorte del presupuesto de cultura. Sin embargo, progresivamente, la cultura de la Transición volvió a aparecer en su forma más pura y presocialista, la llamada al consenso y el prietas las filas: etarra el que se mueva fue la nueva fórmula para recuperar los vítores al statu quo. Durante esos años, el mundo de la cultura está tan ocupado cerrando filas contra la bestia vasca que el PP pasa su primera legislatura sin despeinarse y arrasa en las siguientes elecciones. Más tarde, como afirma Guillem Martínez en su libro La canción del verano (Mondadori, 2007), “en ausencia de una cultura crítica, la única crítica la ejercen los actores en los Goya. Es crítica de actores. Sobreactuada y con público palmero. Chapapote no, guerra tampoco, etc. Cuando el tema es el linchamiento de la peli (La pelota vasca) de Julio Médem/meterse en camisa de once varas, se arrugan un tanto”.

Si la francachela sociata alcanzó su apogeo a principios de los años noventa, el aznarato tuvo sus tres días de traca entre el 11 y el 14 de marzo de 2004. Recordemos que en esas jornadas –frente a lo que asegura la propaganda reaccionaria que intenta ocultar la manipulación gubernamental–, los intelectuales fueron literalmente incapaces de proponer una lectura de los hechos que se alejara un milímetro de la interpretación oficial. El ejemplo más emblemático es el del extraño caso del titular de portada de la edición especial tras el atentado del diario El País: se pasó de “Matanza terrorista en Madrid” a “Matanza de ETA en Madrid” tras una llamada de José María Aznar al director del rotativo. Señor, sí, señor. Lo que usted diga...

domingo, 22 de noviembre de 2009

Diez preguntas sobre la gestión del dinero público que hace el rey


Antonio Romero Ruiz*

La República.es

18/11/2009

Los Presupuestos Generales del Estado para el próximo año 2010 acaban de ser aprobados por el Congreso de los diputados y remitidos al senado; continúan, siguiendo la habitual, las dos partidas que se gestionan sin transparencia:

a) la partida destinada a los fondos reservados: 25,2 millones de euros. El grueso en manos del CNI.

b) la asignación de la Casa Real: 8,9 millones de euros, que se gestionan de forma más secreta aún que los fondos reservados.

En el Congreso de los Diputados hay una comisión que controla el dinero y los asuntos de caracter reservados. En esta comisión están representados diputados de todos los grupos parlamentarios.

Del dinero de la Casa Real no se sabe nada, no lo controla ningún poder del Estado. Estamos por tanto ante la única partida totalmente opaca de los Presupuestos Generales del Estado.

Este blindaje que hacen el PSOE y el PP, convierte a la Casa Real española en un auténtico paraíso fiscal, y vulnera la constitución española.

Es verdad que nuestra Carta Magna dice que el rey dispondrá libremente de la partida habilitada por las cortes generales anualmente para el sostenimiento de la Casa Real: pues bien; que el rey disponga libremente y después comunique al parlamento y a la sociedad española lo que ha dispuesto.

Otras monarquías de la UE rinden cuentas ante sus parlamentos del uso que hacen del dinero público y del patrimonio de sus miembros.

En España, las reiteradas peticiones de IU, ERC y de otros colectivos, se estrellan contra el muro levantado entorno a Juan Carlos de Borbón y su familia.

Por todo ello, en nombre de la Red de Municipios y Cargos Públicos por la Tercera República se formulan las siguientes preguntas:

1.- ¿Piensa el gobierno durante su etapa de presidencia de la Unión Europea elaborar un informe sobre los niveles de transparencia en la gestión del dinero público de las monarquías europeas?

2.- ¿Contempla el gobierno recabar del Tribunal Constitucional y del Consejo de Estado informes sobre la legalidad y constitucionalidad de la actual opacidad que rodea al dinero público que maneja el rey?

3.- ¿Considera el gobierno acorde con la igualdad de todos/as los ciudadanos/as que proclama la Constitución, el tratamiento de privilegios que mantiene la casa real española?

4.- ¿Puede acreditar el gobierno que el rey y la reina y sus familiares directos hacen la declaración de la renta como el resto del país?

5.- ¿Está el gobierno en condiciones de garantizar que ningún miembro de la casa real posee fondos o patrimonios domiciliados en paraisos fiscales?

6.- ¿Conoce el gobierno el patrimonio que posee el rey y sus familiares directos?

7.- ¿Conoce el gobierno si la Casa Real española recibe regalos o comisiones económicas de empresas españolas o extranjeras así como de gobiernos de otros países?

8.- ¿Cómo hace hacienda la entrega de la partida presupuestaria de la casa real (los 8,9 millones de euros)? ¿en una sola vez? ¿en varias entregas?

9.- ¿Conoce el gobierno que bancos españoles o extranjeros son los que utiliza la Casa Real para depositar los fondos públicos y qué interés producen?

10.- ¿Qué razones políticas y jurídicas tienen el gobierno y el PP para rechazar sistemáticamente el más mínimo control y transparencia del uso del dinero público destinado a la Casa Real?

Antonio Romero Ruiz es Secretario Político Provincial del PCA en Málaga y Coordinador de la Red de Municipios por la III República.