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domingo, 10 de marzo de 2013

La monarquía en crisis


Beñat Zaldua*


0503/2013

Iñaki Urdangarin, elefantes africanos, osos borrachos, amistades «entrañables» y quirófanos han puesto en los últimos tiempos a la monarquía española en tela de juicio, rompiendo con la imagen inmaculada con la que durante años se ha presentado en público a la Casa Real y abriendo el debate, todavía limitado, sobre el futuro del rey y la Corona.

El ‘caso Nóos’ no es el único problema de la monarquía española pero sí, a tenor de su gravedad, el que más debe preocupar a Juan Carlos de Borbón durante su convalecencia, ya que en él se resumen la mayoría de los elementos que cuestionan el papel del rey hoy en día, como si de un compendio de críticas republicanas se tratara.

En primer lugar, la corrupción, que implica ya, siempre presuntamente, a su cuñado, Iñaki Urdangarin, y a pesos pesados de la Casa Real como el secretario personal de las infantas, Carlos García Revenga, y el asesor jurídico del rey y conde de Fontao, José Manuel Romero. La no imputación de la infanta Cristina hace pensar que las imputaciones por malversación, fraude, prevaricación, falsedad y blanqueo de capitales no irán más allá en el ámbito judicial, pero la sombra de la sospecha se extiende al resto de la monarquía, a juzgar por los correos electrónicos entregados por el socio de Urdangarin, Diego Torres, y validados por el juez, en los que se habla del rey como «el jefe».

Pero más allá del papel del monarca en la trama de Nóos, todavía sin aclarar, los citados correos electrónicos y la irrupción de un personaje llamado Corinna sirven para ilustrar el funcionamiento de una monarquía en horas bajas. En algunos de los correos se da cuenta de la oferta laboral que Corinna extiende a Urdangarin por recomendación del rey y en algunas de las recientes entrevistas que ha concedido a medios españoles, la princesa se ha vanagloriado de sus supuestas gestiones de alto nivel a petición del Gobierno español y bajo la protección de la monarquía.

Estos trabajos en el «marco de la política exterior», como los calificó Corinna, conforman otro de los nudos gordianos que acechan a la Corona: el de las gestiones y los negocios de la Casa Real. Con poca información al respecto, se conoce el papel del rey como facilitador de intercambios comerciales de empresas españolas en el exterior, sin que quede del todo claro su papel y las ganancias que de ello obtiene. Recientemente, ‘The New York Times’ se preguntaba sobre la forma poco transparente en la que el monarca ha amasado su fortuna.

Y siguiendo con Corinna, aparece ante el público otra faceta polémica del rey, la de su vida personal. Corinna calificó su relación con Juan Carlos de Borbón como «amistad entrañable», utilizando un eufemismo que corre como la pólvora por redacciones y redes sociales y que se suma a la larga lista de escándalos que, normalmente con poco eco mediático, han salpicado la vida privada del monarca español. Uno de los mayores fue el de la cacería de Botsuana, a la que acudió acompañado precisamente de Corinna, en la que se lesionó y de la que, finalmente, nos queda el ya histórico «lo siento mucho, no volverá a ocurrir». Unas disculpas insuficientes a ojos de los millones de trabajadores precarios o en paro que sufren la crisis; igual que la leve reducción de un 2% del presupuesto de la Casa Real.

Todos estos escándalos, unidos a los constantes pasos del rey por el quirófano, han encendido abiertamente el debate sobre el futuro del monarca y, en un segundo plano mucho más solapado, sobre el futuro de la propia monarquía, una institución estrechamente ligada a la denominada transición, en un momento en el que, precisamente, tambalea todo el sistema construido en aquellas fechas.

Continuidad, abdicación o República

Pese a que los grandes medios y grandes partidos siguen cerrando filas en torno a la figura de Juan Carlos de Borbón, la idea de una abdicación en favor de su hijo Felipe ha ganado fuerza en el debate público. Para los defensores de un sistema republicano, sin embargo, ninguna de las soluciones resulta viable. 

El pasado 29 de enero, tres días antes de cumplir los 75 años, la reina Beatriz de Holanda comunicó, por medio de un comunicado audiovisual, que decidía abdicar y dejar el trono de su país a su hijo Guillermo, de 45 años, ya que, según aseguró, es el «momento de una nueva generación». Dos semanas más tarde, el 11 de febrero, Benedicto XVI renunciaba al Papado de Roma –la primera vez en seis siglos que sucede algo así– alegando «falta de fuerzas» a sus 85 años.

Tribuneros y tertulianos de todo tipo alabaron en el Estado español la loable decisión de quien renuncia a su cargo al considerar que ya no puede ejercerlo. Pero en casa del herrero, cuchara de palo. Los mismos que ensalzaban la decisión de Beatriz y de Ratzinger quisieron descartar rápidamente cualquier paralelismo con el caso de Juan Carlos de Borbón, en un momento en el que los escándalos que rodean a la Casa Real y la debilitada salud del monarca parecían hacer viable una abdicación en favor de Felipe de Borbón.

Uno de los primeros que se lanzó a la piscina fue el primer secretario del PSC, Pere Navarro, que la semana pasada pidió la abdicación. Era la primera vez que alguien, desde alguno de los dos partidos que ha dominado el Estado español en los últimos 35 años, cuestionaba públicamente la figura del rey. Pese a que Navarro no criticó en ningún momento al monarca ni a la institución, las reacciones no tardaron en llegar y algunas de las más beligerantes provinieron de sus socios del otrora republicano PSOE. Entre ellas destaca la de Alfonso Guerra, que declaró: «No me siento representado en nada por Navarro».

Para los defensores de un sistema republicano, sin embargo, la abdicación supone poco más que una estrategia para, en el fondo, salvar y perpetuar a la monarquía. Pero sólo Izquierda Unida o formaciones que no responden a una lógica estatal, como Amaiur y ERC en el Congreso de los diputados, se han cuestionado el fondo de la cuestión: la utilidad de un sistema monárquico en pleno siglo XXI.

A la par, aunque con menos ruido que los idólatras monárquicos, se empiezan a oír voces que apuestan por un sistema republicano, no tanto por una cuestión sentimental, que también, sino por pura práctica y eficiencia, ya que se esfuerzan por demostrar el lastre que supone tener en la jefatura del Estado a un cargo hereditario. Uno de ellos es el economista Vicenç Navarro, que en un artículo escribía que «hay una relación clara entre la enorme crisis económica, financiera y política del país y el dominio del establishment conservador sobre los aparatos del Estado, liderado por el monarca».

¿Y de todo esto que opina la sociedad? Más allá de manifestaciones, siempre se suele decir que, en una democracia, los ciudadanos ejercen su poder votando en las elecciones, sin embargo, la monarquía nunca ha pasado por las urnas. Otro de los instrumentos, más dudoso, para conocer la opinión de la sociedad son las encuestas, pero he aquí la sorpresa: el Centro de Investigaciones Sociológicas no pregunta sobre la imagen que los ciudadanos tienen de la Casa Real desde que, en octubre de 2011, la monarquía suspendió por primera vez en la evaluación de los encuestados.

Cuestión de Estado

El silencio mantenido por los grandes medios de comunicación españoles sobre la monarquía, cuyo blindaje se sella ya en la Constitución, contrasta con la libertad con la que la prensa internacional retrata a la Corona española, especialmente en los últimos meses.

«La persona del rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad». Semejante frase no proviene de ningún articulista del ‘ABC’, diario monárquico por excelencia, sino de la propia Constitución española de 1978, que blinda la figura del rey y eleva la institución de la monarquía a cuestión de Estado.

Testigos de ello son las decenas de personas, periodistas y publicaciones que en los últimos 35 años se han tenido que defender de acusaciones de injurias a la Corona, empezando por el director de ‘Punto y Hora de Euskal Herria’, Xabier Sanchez Erauskin -que en 1983 pasó ocho meses en prisión por un artículo sobre la visita del rey a Gernika en 1981-, y acabando por el coronel Amadeo Martínez Inglés, procesado por otro artículo crítico con la Corona el año pasado. Para la memoria quedan también la condena a un año a Arnaldo Otegi –por la que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos obligó a Madrid a pagar 20.000 euros al dirigente abertzale por haber vulnerado su derecho a la libertad de expresión– y el secuestro de la revista ‘El Jueves’ en 2007, por una portada satírica que ponía en el punto de mira a Felipe de Borbón y Letizia Ortiz.

Cabe pensar que las querellas no han sido más por la autocensura de numerosos medios de comunicación, que durante tres décadas han delegado las investigaciones sobre la monarquía a la versión rosa y edulcorada de la prensa del corazón. Una anécdota revelada recientemente por el director de El Diario.es, Ignacio Escolar, daba cuenta de la presión de la monarquía sobre algunos medios de comunicación. Según Escolar, el presidente ejecutivo de Prisa, Juan Luis Cebrián, habría trasladado el siguiente mensaje al conde de Godó, director de ‘La Vanguardia’: «El rey me pide que te recuerde que eres grande de España».

Pese a su reducido eco mediático, los pocos libros sobre la monarquía española han sido el único medio para salvar el tupido velo corrido por los grandes medios de comunicación. En Euskal Herria cabe destacar el histórico ‘Un rey golpe a golpe, biografía no autorizada de Juan Carlos de Borbón’ publicado por ‘Ardi Beltza’ en el año 2000. Le siguieron ‘Hasta la coronilla, autopsia de los Borbones’, de Iñaki Errazkin, y ‘Una monarquía protegida por la censura’, de Iñaki Anasagasti.

Contraste con la prensa internacional

El silencio generalizado de la prensa española ante los escándalos de la monarquía contrasta, y de qué manera, con la cobertura de la prensa internacional, que no ha dudado en poner en tela de juicio la figura de Juan Carlos de Borbón.

El poderoso ‘The New York Times’ ha sido uno de los más beligerantes con la Corona española en los últimos meses. El 29 de setiembre publicó un duro artículo bajo el título ‘Un rey escarmentado que busca su redención’, en el que cuestionaba la forma en que el monarca ha amasado su destacable fortuna personal. Más recientemente, el 21 de febrero, el mismo diario revelaba las presiones de la Casa Real sobre los medios, que llegó a calificar de «agresivas». También en Estados Unidos, el ‘Washington Post’ calificó el 23 de febrero el escándalo del ‘caso Nóos’ como «uno de los peores» en la historia reciente de la monarquía española y destacó el esfuerzo de Mariano Rajoy por «proteger» a la Corona.

En el Estado francés, ‘Le Monde’ no dudó en mofarse, en octubre del año pasado, de la «congelación» salarial de la Casa Real, en un artículo titulado ‘Viajen como Reyes’ y en el que se criticaba la falta de trasparencia de la monarquía. ‘Libération’ no fue menos y el 24 de febrero de este año aseguró que «la familia real toca fondo».

Tampoco ha encontrado solidaridad la Corona en la prensa de estados monárquicos como Gran Bretaña, donde las críticas a la familia real británica son usuales y donde destacados medios como ‘The Guardian’ o ‘BBC’ han seguido de cerca la presunta vinculación de la Casa Real con los negocios de Iñaki Urdangarin. Pero el contraste entre la prensa española y la internacional no es nueva. Ya en el año 2000, en un artículo en el que no se criticaba precisamente a la monarquía, el periodista John Carlin escribía: «A diferencia de lo ocurre en el Reino Unido, en España existe una conspiración de silencio en la que participan todos los medios de comunicación en torno a la familia real».


http://www.naiz.info/es/actualidad/noticia/20130305/la-corona-cuestion-de-estado

* Beñat Zaldua Ariz es periodista del diario abertzale Gara.

** Viñeta de Mena.

viernes, 8 de marzo de 2013

Los reyes mueren con la corona puesta




04/03/2013

Trapos sucios al margen, el estado de salud del rey obligaría a jubilarlo de cualquier cargo, incluso de Papa. Con 75 años, un largo historial quirúrgico y una baja médica que puede alargarse hasta seis meses, cabe dudar de su capacidad para seguir en el puesto, y su continuidad rozaría el ensañamiento. Y ello porque el tipo de reinado a que el propio rey nos ha acostumbrado no admite reposo sino que exige movimiento y visibilidad permanentes, largos viajes, inauguraciones, pasar revista a las tropas, cenas de gala, discursos, aperturas solemnes.

Que deje de esquiar, cazar y navegar es algo que podemos aguantar. Pero que deje de ser nuestro mejor embajador en el extranjero y nuestro mejor florero para las grandes ocasiones, no ha lugar. La monarquía del siglo XXI no puede encerrarse en palacio, porque la gente empezaría a preguntar dónde está el rey y qué hace. La agenda oficial es su manera de hacerse imprescindible, y si no hay agenda, nos preguntaremos para qué un rey.

Sin embargo, aunque el rey no pase ya la ITV, muchos se empeñan en que no se quite la corona hasta que haya que amortajarlo, porque lo contrario sería desnaturalizar la institución. Si por ellos fuera, el final del juancarlismo sería como el final del franquismo, con parte médico diario y todos esperando el “hecho biológico”.

Sirva como ejemplo el editorial de ayer de El Mundo, en su párrafo final: "Si hay una expresión vinculada a la Monarquía que encarna el espíritu de la institución es la que dice «el rey ha muerto. ¡Viva el rey!». Lo deseable es que el nuestro muera con la corona sobre su cabeza."

El problema es que antes los reyes se morían a tiempo. Había guerras, enfermedades sin tratamiento, envenenamientos y puñaladas en palacio. Pero hoy los reyes, como los papas y como cualquiera, se hacen viejos, y la medicina puede mantenerlos vivos mucho más allá de su capacidad razonable para ejercer el cargo.

Frente a esos puristas de la corona vitalicia, están los también monárquicos que sugieren la abdicación como una forma de pasar el bache actual y dar un nuevo aire a la monarquía con la figura del príncipe, al que desde hace tiempo nos venden como un rey del siglo XXI, joven, moderno, preparado, sencillo, conectado con las inquietudes de su generación…

Haya o no abdicación, la corona se enfrenta a su momento más crítico: el final del reinado, que es cuando todo lo que la monarquía tiene de impresentable se hace visible. Que el relevo de un jefe de Estado deteriorado dependa únicamente de su santa voluntad sin que los ciudadanos tengamos nada que decir; y que la abdicación o la muerte del titular sólo permitan transmitir la jefatura de Estado a una persona, no la más capaz ni la elegida por la mayoría, sino aquella cuyo único merito es ser "hijo de"; visibilizan que la monarquía es anacrónica y antidemocrática.

Yo, como republicano, rechazo la abdicación por la misma razón que rechazo la sucesión en Felipe. Estoy de acuerdo con El Mundo, a mí no me vengan con moderneces: si quieren rey, que sea rey con todas las consecuencias, incluido el cargo vitalicio hasta su último suspiro. Si se desgasta por la corrupción propia o ajena, o se deteriora físicamente, esto es lo que hay, gajes del oficio.

Cada vez que oigo que quieren "modernizar" la monarquía me da la risa por el oxímoron: ni igualdad de hombres y mujeres, ni transparencia, ni abdicación; la monarquía es un residuo del pasado, y cualquier intento de hacerla “moderna” acaba sacando a la luz su pecado original, que en el caso de la española es doble: por ser hereditaria, y por haber sido colocada por un dictador, aquel que nos tuvo hasta el último minuto pendientes del parte médico y murió con la gorra puesta.


miércoles, 6 de marzo de 2013

Hasta la vida siempre... GRACIAS, COMANDANTE


Rafael Calero Palma*


06/03/2013

Hoy, a los hombres y mujeres que te admiramos, miles y miles en todo el mundo, sólo nos queda darte las gracias por tantas y tantas cosas: Por demostrar que aún son posibles las Revoluciones, por devolver la dignidad a la palabra dignidad, por combatir la pobreza contra viento y marea, por levantar la voz ante la injusticia, por no agachar jamás la cabeza ante el imperialismo, por sembrar de futuro América Latina, por compartir con nosotros tus sueños, por tu corazón, latido puro del pueblo venezolano, por tu hablar franco y directo, por tu risa contagiosa, por tu valentía, por tu solidaridad con los pueblos oprimidos, por desterrar del continente americano la palabra sumisión, por tus aciertos y tus errores, por regalarle a Obama un libro de Galeano, por enfrentarte al neoliberalismo y salir vencedor en batalla tan desigual (que se jodan los Chicago Boys, que no han podido con Chávez), por todas tus victorias en las urnas, por tu frase más célebre: “Exprópiese”, por tu clarividencia e inteligencia, por no olvidar jamás tus orígenes, por tu amor sin límites a tu pueblo, porque en tus labios la palabra patria no está prostituida, por tu pasión desbordada por la vida, por devolvernos el orgullo y poder decir con la cabeza bien alta que somos de izquierdas, porque, al igual que tu admirado Ernesto Che Guevara, ya eres inmortal. Los hombres mueren. Sus obras permanecen. Hasta la vida, siempre. GRACIAS, COMANDANTE.

http://mimargenizquierda.blogspot.com.es/2013/03/hasta-la-vida-siempre-gracias-comandante.html

* Rafael Calero Palma es doctor en Filología Inglesa y poeta.

** Desde UCAR-Granada queremos expresar nuestra tristeza por la muerte del comandante Hugo Rafael Chávez Frías, presidente de la hermana República Bolivariana de Venezuela, aprovechando tan aciaga ocasión para enviar un abrazo solidario al pueblo venezolano. ¡¡¡Hoy más que nunca, vivan Chávez y la Revolución Bolivariana, carajo!!!

*** En la imagen, el  líder revolucionario ondeando la bandera española durante el Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes de 2005, celebrado en Caracas.

lunes, 4 de marzo de 2013

España y otras dictaduras árabes



Cuarto Poder

27/02/2013

Vista desde Túnez, dos años después de la revolución que derrocó a Ben Ali, España resulta inquietantemente familiar. En el año 2010, el 55% de los jóvenes diplomados tunecinos estaba en paro y esa es también la cifra hoy en nuestro país. En el año 2010, la aplicación de políticas neoliberales en Túnez, con la privatización de más de 400 empresas públicas, había agravado la pobreza en las regiones y las desigualdades en las ciudades, y esa misma política de “reformas”, “ajustes” y “recortes” ha condenado ya a miles de españoles a la muerte civil. En el año 2010, un sistema tentacular de corrupción mafiosa, como una garrapata nacional, extraía riqueza en Túnez de cada cuerpo y cada institución, y hoy en España sale a la luz la normalidad subterránea de una clase política y empresarial que -desde la Corona a los partidos- se ha dedicado durante años a la doble contabilidad, la desviación de fondos, el fraude fiscal y la succión vampírica del dinero público.

En el año 2010, miles de jóvenes tunecinos emigraban o intentaban emigrar al extranjero para ganarse la vida y hoy son miles también, todos los días, los jóvenes que abandonan España para tratar de encontrar trabajo en Alemania, Suiza, Brasil o Argentina. A finales del año 2010, cuando estallaron las revueltas en Sidi Bouzid, el dictador tunecino que había empobrecido y humillado a su pueblo declaró a los pacíficos manifestantes “terroristas contra la legalidad” y “enemigos del Estado” y mandó a su policía a reprimirlos; y hoy en España, de forma muy parecida, los mismos que han desnudado a los ciudadanos, vaciando para ello de sentido las elecciones y el Parlamento, acusan de “golpistas” y “antisistema” -birlibirloque freudiano- a los cientos de miles de personas que salen a la calle, con sus pechos y sus carteles, a defender la sanidad y la enseñanza públicas y mandan contra ellos sus policías y sus leyes de excepción. A finales del año 2010, la inmolación de Mohamed Bouazizi en un pueblo de Túnez levantó una trágica acta de acusación contra el régimen de Ben Ali y hoy, en España, tras decenas de suicidios inducidos de víctimas de desahucios, la inmolación por el fuego de una mujer de 47 años en una sucursal bancaria -socialización extrema del dolor individual- cose con una puntada atroz, a la vista de todos, la muerte y la política. El que se cuelga de una soga en su habitación, tenga o no razones, está impugnando el cosmos; el que se prende fuego en un espacio público, con fundamento o no, está reclamando justicia. Ninguna ley puede condenar al gobierno por una muerte inferida con la propia mano, pero sí debería haber una que pudiese condenarlo por prevaricación, fraude electoral, denegación de auxilio y violación de la constitución.

Muchas de las causas que llevaron a la revolución tunecina se mantienen desgraciadamente vivas, pero sirva este paralelismo apenas forzado para iluminar la situación en nuestro país. Nuestras mareas de indignados denuncian una “dictadura de los mercados”; pero podríamos decir también, sin perder la moderación, que España se ha convertido en “otra dictadura árabe”: paro, corrupción, criminalización de las protestas, desprestigio de las instituciones del Estado, colapso de la democracia. ¿Es lo mismo? No, no lo es. Más allá de la violencia mortal directa -que no hay que descartar si la marea no baja- encontramos al menos dos diferencias.

La segunda diferencia -empecemos por ella- está relacionada con la velocidad de la crisis y la composición sociológica de la población. En Túnez, la dificultad para acceder a bienes de consumo y la lucha -cuando no la supervivencia- clandestina transformaron la sumisión, apenas estalló la revuelta, en una inmediata aprehensión de los peligros y las oportunidades. En España, el rapidísimo descenso al Tercer Mundo desde una posición de consumo privilegiada y desde un Estado del bienestar relativamente bien asentado vuelve casi “increíble” la crisis, impide interiorizar su carácter estructural y entorpece en parte la asunción subjetiva de la necesidad de resistencia ciudadana.

En cuanto a la primera diferencia, tiene que ver con la composición misma de las élites gobernantes. En Túnez el poder estaba concentrado en un dictador y en una familia y frente a ellas la chispa de la rebelión convocó enseguida una especie de unanimidad nacional de la que formaban parte también sectores empresariales y élites reprimidas. No es sólo una cuestión de que en Túnez el poder estuviese más localizado y menos legitimado (que también); se trata de que en España la ciudadanía está mucho más sola. La “dictadura de los mercados”, en efecto, ha cooptado y corrompido al conjunto de las instituciones y ha implicado a casi todos los partidos y sindicatos, alimentando un desprestigio de la política que, además de fecundar el terreno para las alternativas neo-populistas y neo-fascistas, dificulta la legitimación social y la organización política de las protestas. Digamos la verdad: si la mayor parte de la población apoya virtualmente las reivindicaciones, ninguna fuerza política organizada -salvo grupos muy pequeños o por razones tácticas muy interesadas- está dispuesta a acompañar a las mareas ciudadanas hasta el final. La marea puede evaporarse como una rambla fugaz si no choca y derriba los obstáculos; y su fuerza misma depende de que encuentre canales para aumentar la presión y, llegado el caso, proponerse como alternativa de poder.

Como en Túnez en 2010, en España el malestar es vago e intenso; y la demanda de democracia y dignidad vagas e intensas también. La derecha, consciente de los peligros, ha comprendido que la crisis económica y política conduce sin remedio a la necesidad de un nuevo proceso constituyente y una “segunda transición”. Ante el derrumbe del PSOE y el desgaste del PP, preparan los recambios e incluso aceleran de manera controlada el fin de régimen para poder seguir sosteniendo las bridas en medio de la tormenta e inclinar el malestar ciudadano una vez más a su favor. ¿Y las izquierdas? Las izquierdas deberían comprender que, si ese malestar y esa demanda son potencialmente anticapitalistas, no son ellas las que están en mejor posición para gestionarlas; sus sensatísimos programas son “inaudibles” porque sus partidos y sus sindicatos, sus líderes y sus símbolos, han quedado también impugnados por la irrumpiente subjetividad de la crisis. Cuando los peligros son pequeños y las posibilidades de intervención nulas, uno puede enorgullecerse de ser una minoría y dedicarse a conservar los propios himnos y las propias banderas. Cuando los peligros son gigantescos y el margen de maniobra mucho mayor -porque hay gente en la calle o dispuesta a salir a la calle- no se puede renunciar a ser mayoría, porque el más pequeño parche, en estas condiciones, sólo se puede poner desde el gobierno y porque, en estas condiciones, el más pequeño parche tiene ya una dimensión revolucionaria.

Que esta “vaga intensidad negativa” conduzca a un nuevo proceso constituyente democrático o a una “segunda transición” hacia un capitalismo aún más duro dependerá en parte de la capacidad de la izquierda para volcar su programa en el molde de un programa común; es decir, el de esa “gente común” que ha tomado conciencia del fraude y aspira, como en Túnez, a una verdadera democracia basada en la dignidad, la libertad y la justicia social.

* Santiago Alba Rico, residente en Túnez desde 1998, es escritor y filósofo. En la década de los 80, fue uno de los guionistas del exitoso programa infantil de televisión "La Bola de Cristal".


viernes, 1 de marzo de 2013

¿Todos los políticos son iguales?


Ángel de la Cruz*


25/02/2013

Decía Antonio Gramsci que cuando el viejo mundo no termina de morir y el nuevo no termina de nacer, surgen los monstruos. Qué duda cabe de que los pilares que sostienen al viejo mundo -que nació con síntomas de vejez- sufren un déficit de consenso tan evidente como para hablar, en términos del recurrido sardo, de ‘crisis de régimen’: monarquía, bipartidismo… Qué duda cabe, por otra parte, de que el nuevo mundo no está aflorando a una velocidad directamente proporcional.

Corren tiempos de confusión. Estamos en estado de shock, paralizados. Ayer vivíamos en el mejor de los mundos posibles y hoy todos nuestros planes de futuro se han derrumbado. Estalló la burbuja inmobiliaria y con ella la burbuja mental que nos situaba dentro del cómodo imaginario colectivo basado en aquello de “tú a lo tuyo y el que venga detrás que achuche”. Estamos tan desesperados que no podemos pararnos a analizar qué está pasando de manera reflexiva. Tenemos prisa y las prisas no son buenas.

Es este un escenario perfecto para que se cuele cualquier mensaje que nos dé una respuesta sencilla y satisfaga nuestro bajo instinto. Un escenario perfecto para que surja el monstruo de la ‘antipolítica’, transmitida, por ejemplo, en el concepto “clase política” o más alegremente a través del “todos son iguales”. 

De esta manera, uno encuentra en “los políticos” el chivo expiatorio sobre el que cargar todos sus pecados. La coartada perfecta para evitar calentamientos de cabeza que nos llevarían a descubrir, entre otras muchas cosas, que detrás de un político corrupto hay un negocio privado –corruptor- que se lucra o que algunos políticos advirtieron hace años las consecuencias del Tratado de Maastricht, léase Europa de los mercaderes, de la Ley 15/1997, gracias a la cual hoy se puede privatizar la sanidad, o de la Ley del Suelo de 1998, que inauguró la mayor etapa de corrupción de nuestra historia reciente. 

Julio Anguita hablaba hace unos años de la descalificación general de ‘los políticos’ como coartada para justificar nuestros propios chalaneos, menores pero corrientes. Hoy la coartada es doble, pues también cumple la función de inmovilizarnos: no tiene sentido organizarnos para intentar cambiar el estado actual de cosas porque al final todos son iguales. De esta manera, incluso el que no tiene nada que perder salvo las deudas, interioriza el mensaje de que no hay Alternativa.

Decía uno que desgraciados los tiempos en los que hay que explicar lo obvio. Pero decía otro que ante el pesimismo de la razón, el optimismo de la voluntad. La ruptura de los consensos de la llamada Transición abre un escenario inédito en el cual tenemos posibilidades reales para dar la batalla política e ideológica. Para disputar la hegemonía, dicho, de nuevo, en términos gramscianos. Porque tenía razón el multimillonario Warren Buffett cuando afirmaba que la lucha de clases seguía existiendo pero era la suya la que iba ganando, aunque cabe una matización: esto no es una lucha, es un repaso.

En fin… Tocan días de trabajo agrario, pedagógico, didáctico. Podríamos empezar explicando que no existe una “clase política” sino políticos que defienden a distintas clases; que el problema no es la política sino la politiquería y, precisamente, la ausencia de política; que políticos somos todos los que creemos que no vivimos en el mejor de los mundos posibles; que es hora de asumir nuestra responsabilidad como pueblo y dar un paso al frente para jubilar a quienes han visto en el noble arte de la política una ganga para su enriquecimiento personal.


* Ángel de la Cruz Campos es estudiante de Ciencias Políticas y de la Administración en la UGR y concejal de IULV-CA en el Ayuntamiento de Benalúa de las Villas (Granada).

miércoles, 27 de febrero de 2013

Ruptura democrática o transformismo: el gobierno de la transición


Manuel Monereo*

Cuarto Poder

24/02/2013

Uno de los conceptos más importantes de “la caja de herramientas” analíticas de Antonio Gramsci es el de “transformismo”. Esquematizando mucho, se podría decir que para el dirigente comunista italiano es el dispositivo por medio del cual las clases dominantes, sobre todo en tiempos de crisis política, cooptan a las élites (los intelectuales) de las capas subalternas, ampliando su base social y perpetuando su poder.

Para entender lo que se quiere decir, puede resultar útil poner el ejemplo de la crisis de la I República italiana. Como es sabido, la “tangentópolis” puso de manifiesto que la corrupción se había convertido en sistémica, comprometiendo a una parte sustancial de la clase política y atravesando todas las estructuras del Estado. La investigación de los jueces terminó por dinamitar el sistema de partidos, abriendo una gravísima crisis política y la transición a un nuevo régimen. El resultado de esa operación fue, al final, la llegada al poder de Silvio Berlusconi y la liquidación, nada más y nada menos, de la izquierda política, social y cultural italiana.

Lo sustantivo, las lecciones que se deberían sacar de dicha experiencia (Italia siempre ha sido un laboratorio para la izquierda europea) es que las crisis políticas están ahí y no se pueden eludir y que las clases populares no son los únicas protagonistas del conflicto: los poderes dominantes siempre tienen la capacidad para usar las crisis en su propio beneficio, ampliando su control e influencia sobre la sociedad. El “transformismo” es, a mi juicio, el concepto que expresa mejor la sustancia de esa operación “a la italiana”.

En España vivimos hoy una grave crisis política (una crisis “orgánica “del capitalismo español) que puede culminar en un cambio de régimen, de hecho, a mi juicio, esto ya ha comenzado. Las similitudes con Italia son muchas. El centro, una corrupción sistémica, engarzada a un determinado modelo o patrón de crecimiento y conectada molecularmente con los poderes económicos. Como en el país transalpino, aquí el centro de atención mediático se dirige a los partidos políticos y a las múltiples formas de parasitismo, enriquecimiento personal y comportamiento mafioso ligado al ejercicio de la cosa pública. Los políticos, en masculino, son culpables y punto.

En Italia, y como hoy en España, hay un actor decisivo que desaparece: los poderes económicos. Este es el verdadero problema y el centro de la disputa hegemónica en el país. La cuestión de fondo en una democracia capitalista es complejo: ¿cómo mandan los que no se presentan a las elecciones?, es decir, ¿cómo controlan e influyen en las decisiones de la clase política los que tienen el poder económico?: la corrupción, directa o indirecta, ha sido y es el mejor instrumento, sabiendo, nunca se debe de olvidar, que ellos tienen un poder estructural en nuestras sociedades.

Para decirlo con mayor precisión: el problema, aquí y ahora, es la “captura” del poder político por los grupos de poder económicos, mediáticos y financieros. La creciente homogeneidad, en los hechos y en la teoría, entre el PSOE y PP, la separación cada vez más profunda entre las demandas de las mayorías sociales y las políticas de los gobiernos, la sumisión absoluta ante las decisiones de la troika (auténticos chantajes a las poblaciones) son algunos de los datos más relevantes del control que los poderosos ejercen sobre una clase política cobarde y dependiente que gobierna contra las personas.

Cuando se habla de la derrota de la política nos estamos refiriendo a esto: la soberanía popular tiene cada vez menos poder frente a los grupos económicos y la tupida red de tecnócratas que los representan.

La transición ya ha comenzado y se está haciendo a espaldas de la ciudadanía. Por ahora, la clase política bipartidista mal que bien controla la situación, pero las maniobras son muchas y aparecen por todos lados. Se puede decir que los poderes fácticos empiezan ya a definir opciones posibles, manteniendo la actual situación y apostando por futuros alternativos, inclusive intentando, y algo más, cooptar a dirigentes y cuadros de los movimientos alternativos, dando voz y medios a posiciones aparentemente rupturistas pero que acaban por consolidar un modelo de Estado y unas relaciones de poder funcionales a los grupos económico-financieros dominantes.

Ante una situación así definida caben, al menos, dos opciones: defender lo existente o disputarle la hegemonía a los poderes dominantes. Insisto, la transición ya ha comenzado y lo decisivo es que las clases subalternas, los “comunes y corrientes” participen y le disputen el gobierno de la misma a los poderes fácticos.

Se trata de definir un proyecto de país, de hacer política a lo grande, que organice un nuevo modelo de desarrollo al servicio de las necesidades básicas de las personas, que profundice y amplíe los derechos sociales y sindicales y, lo fundamental, que construya una democracia económica y ecológica. La pieza maestra: el poder de la ciudadanía. Lo que esto significa está claro: proceso constituyente y desarrollo de la soberanía popular para construir una nueva clase dirigente nacional-popular. A esto es lo que llamamos Revolución Democrática.

* Manuel Monereo Pérez es politólogo y miembro de la Comisión Coordinadora Nacional del Frente Cívico "Somos Mayoría".


domingo, 24 de febrero de 2013

Fin de Régimen


Rafael Torres*

OTR Press

19/02/2013

Se intuye el fin del bipartidismo, pero también se intuye el fin del Régimen que el bipartidismo vino a servir. Las restauraciones monárquicas es lo que tienen, que ayunas de verdadera adhesión popular y, en consecuencia, de mayor recorrido democrático, ligan su supervivencia al cambalache político del turnismo. Partido Popular y Partido Socialista Obrero Español, o como quiera llamarse éste si prospera la intención de cambiarle el nombre, ya no representan, salvo para un puñado de incondicionales y paniaguados, ni a la derecha ni a la izquierda, sino solo a ellos mismos, y lo mismo cabría decir de los partidos nacionalistas que han venido actuando de auxiliares y cooperadores necesarios para ese reparto del poder entre los dos grandes gendarmes de la voluntad de la nación.

Sabido es que el origen de la actual Monarquía se sitúa en la noche de Franco, y no, siquiera, en esa cosa irracional de pasarse de padres a hijos el cetro y la corona, la Jefatura del Estado, como si fueran las escrituras de un bien inmueble. Sabido es, también, que la mayoría de los españoles no sancionó la Constitución que la restauraba como requisito colado de matute para el paso de la dictadura a la democracia: ningún español menor de cincuenta y tantos años ha podido hacerlo. Sobre pilares tan débiles, tan circunstanciales, se pretendió edificar un futuro, pero el futuro acabó llegando y ha resultado ser el único posible sobre esos cimientos de arena, el del divorcio casi total entre la población y quienes, desentendiéndose de ella, de su voluntad, de sus necesidades, se han apoderado para su uso y disfrute del Estado, y últimamente, también, de los recursos nacionales, de la caja común y hasta de los ahorros de la gente.

La corrupción, que tiñe de un feo marrón la faz del Estado, desde las alturas de la Casa Real hasta las bajuras de los más remotos chiringuitos del poder, no hace sino anticipar, en todo caso, el fin del Régimen. Para éste viaje a la pobreza, a la acción despiadada del gobierno, al abandono de los débiles, a la exclusión social, a la enésima emigración de los mejores brazos y las mejores cabezas, a la represión, a la cleptocracia, al despotismo y a la mentira como norma política, no se necesitan, ciertamente, sus alforjas.

http://www.europapress.es/opinion/rafaeltorres/rafael-torres-margen-fin-regimen-20130219120039.html

* Rafael Torres es periodista y novelista.