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lunes, 28 de enero de 2013

Casta style!


Jorge Moruno e Íñigo Errejón*


22/01/2013

Como una canción del verano de la que es imposible escapar, se extiende el casta style: el proceso de cierre corporativo y deslegitimación de las élites políticas, que atraviesa la sociedad española y se agrava con la avalancha de casos de corrupción y nepotismo. De muestras del egoísmo y autismo de un gremio particular que parece compartir, por encima de las diferencias que dicen representar, un mismo interés gremial por el lucro personal. La brecha entre representantes y representados se agranda con cada caso en el que un privilegiado que exige sacrificios a la gente corriente, es descubierto ganando dinero de forma ilegal o socialmente ilegítima. También cuando privatiza sus contactos o imagen conseguida en el ejercicio público y obtiene los favores de las élites económicas, que recompensan así su servicio. El fenómeno de las “puertas giratorias” no es una cuestión de casos individuales ni de ética personal, sino la manifestación de un secuestro sistemático de la representación de la voluntad popular por el poder de las élites económicas -en nuestro país las oligarquías rentistas inmobiliarias, financieras y energéticas- que gobiernan sin pasar por las urnas.

Al gremio cerrado, endogámico, crecientemente desconectado de las preocupaciones y discusiones del común de los ciudadanos, que monopoliza la representación política, estrecha el pluralismo y regula siempre en favor de los intereses de los más ricos, se le comienza a conocer en la calle como casta: sus maneras, sus códigos, sus invocaciones a la legitimidad y al orden, incluso su estética, comienzan a oler a rancio para una parte creciente de la ciudadanía, mayor en los tramos más jóvenes. Es el correlato de unos partidos cada vez más cartelizados –que en consecuencia promueven la mediocridad y el servilismo-, en un sistema político cada vez más incapaz de canalizar las demandas ciudadanas. Un régimen en repliegue conservador, hipotecado a poderes no elegidos que mantienen a España, de facto, en un régimen de protectorado colonial, bajo el dictado suicida de la espiral deuda-recortes que tan desastrosos resultados produjo en América Latina o produce, más cerca, en Grecia.

La deslegitimación de la casta es un fenómeno transversal y creciente, que puede derivar en sentidos políticos muy distintos. Del “antipoliticismo” hostil a la democracia, a una voluntad republicana de recuperación de la soberanía popular. Quizás uno de los combates más relevantes del momento sea el de darle un contenido a este ánimo anticasta tan extendido: si en un sentido reaccionario o en uno de expansión democrática.

Cuando un régimen se descompone comienza a elevarse el olor de la podredumbre hasta llegar a la altura de todas las narices. Esto es lo que le está sucediendo al régimen salido de las Cortes del 78 y a sus antiguos sagrados consensos que permitieron la integración subordinada de los de abajo, en un orden social y político que aún guardaba la estela de las oligarquías franquistas. Hoy los beneficios de esta integración son prácticamente invisibles para las generaciones que no votaron la Constitución de 1978, por lo que las razones para la lealtad a ese orden disminuyen. Al mismo tiempo, y como en una de las ciudades de Italo Calvino, los restos de la Leonia de ayer esperan el carro del basurero: la cultura política del franquismo impregnó la débil democracia liberal española con su “no te signifiques”, su “meterte en política” es un defecto, la que ve en el disenso y discrepancia un problema de orden público. La política liberal del cinismo, con su entrega de los asuntos comunes a “expertos” cuyas premisas ideológicas nunca se discuten, termina por disolver las discrepancias, ingrediente necesario de la democracia. Con estos mimbres culturales, se entienden las dificultades de las élites políticas españolas (y sus subalternas en las naciones periféricas) para leer esta nueva composición de la percepción pública y saber reaccionar ante su desprestigio. También en esto se muestra como casta, incapaz de representar un proyecto con aspiraciones generales, torpemente corporativa, ciega y sorda, más hábil para repetir que para innovar, para reclamar su propiedad exclusiva de la res-pública –con el chantaje, con el miedo, con la lengua muerta de la burocracia- que para seducir.

Así, el cierre oligárquico del régimen del 78, en el sentido de profundización del monopolio de los asuntos –y los más importantes cargos- públicos por las élites económicas, y el repliegue endogámico de casta en su hermanamiento con los poderes financieros, son dos fenómenos que se entrelazan. En el contexto del empobrecimiento acelerado de las capas populares y medias del país, y del incremento de las tensiones nacionales, nos encontramos ante una crisis del sistema político español. Frente a ello, la invocación al mantra de la Constitución, a los consensos y la sacrosanta transición, parecen tener cada vez menos efecto en las generaciones más jóvenes, para las que ninguna hipoteca del pasado justifica la inmovilidad en un presente privado de un futuro más allá de la emigración.

Aguirre, Güemes, González, Bárcenas, Rajoy son todos apellidos de un mismo nombre: casta política del régimen. Algunos son directamente corruptos, otros sólo trabajan para la gran corrupción de acabar con lo público para regalárselo al mercado y la banca. Pero en esta tarea no están solos; porque, que sean los herederos directos, no significa que la cultura franquista deje de afectar a otras formaciones. Rubalcaba o Bono son hijos predilectos del régimen de 78; como aquello que queda del pasado y no termina de darse cuenta que está en el presente. Un signo sin duda de que el tiempo político comienza a cambiar es la valoración inmediatamente positiva del outsider. Aunque éste sea una vieja conocida como Rosa Díez que tras 30 años de cargo político en el PSOE, trata ahora de hegemonizar el hartazgo con la casta y el sistema de partidos, para conducirlo hacia un repliegue centralista y liberal, amputando las demandas socioeconómicas que en la calle acompañan a la impugnación de las élites.

El país vive una situación de ruptura de la Constitución por parte de los poderes oligárquicos, que clausura el pacto social fundante del régimen y que difícilmente permite pensar una vuelta atrás. La expansión de la deslegitimación y las insatisfacciones está desbordando los canales tradicionales de articulación y expresión de demandas sociales. No obstante, el Estado retiene intacta su capacidad de reducir las protestas a la mera expresión del descontento. Aún en un terreno social marcado por la fragmentación y el miedo, y cultural presidido por la razón cínica y el retroceso de los valores y referencias de la izquierda, la excepcionalidad del momento y las dimensiones de la erosión de legitimidad lo hace fértil para iniciativas que se atrevan a desbordar las lealtades de los tiempos de estabilidad. Eso es, a lanzar una apuesta político-electoral de cambio en favor de la mayoría social empobrecida y harta, moviéndose en el lenguaje y los marcos discursivos que ésta realmente tiene hoy, no los que idealmente tendrá en una década. Dado que la crisis es de todo el edificio constitucional, ésta propuesta debería inscribirse necesariamente en el horizonte de un proceso constituyente para redefinir democráticamente el marco (o los marcos) de convivencia. O esto, o, como parecen preparar ya algunos, algún modelo de restauración conservadora sobre un terreno social devastado por las agresivas medidas contra la población, cuyo objetivo es claramente político: transformar el modelo de Estado y de reparto de la riqueza sin la concurrencia de (y contra) los de abajo. La triste sintonía del Casta style, que sigue sonando aunque entre cada vez más pitidos. La tarea es convertirlos en otra melodía.

http://blogs.publico.es/dominiopublico/6417/casta-style/#cflm

* El sociólogo Jorge Moruno y el politólogo Íñigo Errejón son miembros de la Fundación CEPS.

** Ilustración de Marcos Montoya.

sábado, 26 de enero de 2013

La Toma de Granada, BIC


Juan Pinilla*

Granada Hoy

26/01/2013

Leo en prensa que Diputación y Ayuntamiento, este último con los votos favorables de UPyD (cada vez más a la derecha el ego-partido-Rosa-Díez) proponen nombrar el día de la Toma de Granada como Bien de Interés Cultural (BIC). El día de la Toma, como todas las manifestaciones grandilocuentes que gustan a la derecha y a algunos sectores autodenominados 'progres', no lo olvidemos, es uno de los tristes gestos de la Historia que, como la hoguera de Galileo, el asesinato de Lorca o la cicuta de Sócrates, más constantemente se repiten: un aniquilamiento del contrario, un asesinato de la inteligencia, una inyección anestésica al pensamiento y los valores de la democracia.

Pero la derecha y sus antecesores han estado tantos años gobernando con hogueras y azadones que todo esto de la democracia les parece poco serio y cosa de rojos. Las hogueras que quemaron a Galileo son las mismas que rugen en los colores de las banderas franquistas que se alzan gloriosas en la Plaza del Carmen cada 2 de enero. El asesinato de Lorca se repite en esta ciudad cada vez que relegamos al olvido a Alejandro Otero, Mariana Pineda, los Hermanos Quero, Salvador Vila o Fernández Montesinos y se defiende a capa y espada la estatua de Primo de Rivera frente al Palacio de Bibataubín. La cicuta de Sócrates, resucita en Granada cada vez que encendemos la televisión-parroquial-municipal y bebemos su contenido, informativos convertidos en una intereconomía local y catetoide, en pataleo anacrónico y murmullo de la ignorancia, una televisioncita para tíos abuelos en zapatillas de paño que se emocionan con el costaleo de una procesión y lucen corbata el día de la Toma, gris recuerdo de los tópicos de la vieja España africana y colonialista, de faralaes y olés a la raza.

La derechona se empeña en seguir avivando el calor de las dos Españas en Granada, una ciudad que es en sí misma ejemplo histórico de civilizaciones que desplazan a otras. El PP granadino se ha empeñado en desplazar a la inteligencia. Después de pedir que un acto anacrónico y encumbrado por el franquismo, sea BIC, lo próximo será demandar el Nobel de la Paz para José María Aznar. "El destino de las urnas es romperlas", afirmaba su amado Jose Antonio, pero aquí los josés y los sebastianes más que romper urnas, prefieren aniquilar cualquier atisbo de inteligencia, que los intelectuales han estado históricamente al lado de los rojos, y eso no mola.


* Juan Pinilla Martín, cantaor y flamencólogo, es socio de UCAR-Granada.

jueves, 24 de enero de 2013

Un holocausto sin memorial


«Antes de irme definitivamente». Así comienza el autor su carta abierta al presidente español, Mariano Rajoy, en la que aporta sus reflexiones sobre esta convulsa época y critica con dureza el «exterminio ciudadano» que conllevan sus políticas. Apuesta por una instauración democrática para que la ciudadanía, «ahora condenada a oír la misa que usted oficia a espaldas de la Moncloa», se haga cargo de sí misma.

Antonio Álvarez-Solís


09/01/2013

Antes de irme definitivamente, he decidido, Sr. Rajoy, enviarle esta carta como español que afortunadamente pronto dejará de serlo. Supongo que usted la arrojará de sí, como suele con todo lo que le estorba; pero no puedo partir sin dejar en el umbral de su casa algunas reflexiones que al menos sirvan para contraponer a su labor de exterminio ciudadano una serie de verdades, como creo.

Sr. Rajoy, hay muchas formas de holocausto. De esta palabra se apoderó el sionismo para cimentar el muro milenario de sus intereses, que hoy vuelven a decidir el mundo sobre los huesos de cientos de miles de honrados judíos vilmente exterminados. Pero hay muchos otros holocaustos que no quedan señalados con signo que en su día sirva para recordar la tortura de los acabados en los campos de concentración en que dirigentes como usted van reuniendo a millones de trabajadores a fin de sostener con su sufrimiento el gran edificio fascista. Como pretendió otro alemán inolvidable, se trata de alcanzar la Europa de los mil años. Usted es el gruppenführer encargado de aportar a la ingente empresa el combustible humano español. Supongo que, elevado sobre el poder y el dinero de su entorno, usted no pensará en todo ello cuando oye su misa en compañía de esas señoras con mantilla que van al Rocío para pedir a la Virgen -INEM de urgencia- que encuentre empleo para esos parados a los que ustedes han privado previamente del trabajo.

Le digo todo esto porque a mi edad ya no tiene uno derecho al miedo que imparten ustedes en el Parlamento con el mazo inicuo de sus leyes o administran sus policías y jueces -ahora ya en camino de ser totalmente suyos gracias al Sr. Gallardón, ese inventor de normas para convertir en justo según la letra todo lo que es verdaderamente injusto según el espíritu, pues es ley injusta toda la que no proporciona igualdad y bien-.

Holocausto: «Sacrificio especial entre los israelitas, en que se quemaba toda la víctima». ¿Y que hacen ustedes sino quemar toda la víctima, un día tras otro, para alimentar el horno de un poder que carece ya de límites morales? Nadie, Sr. Rajoy, gruppenführer del ejército enviado a España -¿no es así, Sr. Guindos?-, puede sostener que el sistema social y económico que todos los días duerme a tantos ciudadanos entre los cartones del abandono constituya algo irremediable y necesario. Hay otros sistemas, Sr. Rajoy, pero esos sistemas exigen que la riqueza que nace del común sea retornada a los pueblos para servir de semilla a la siguiente cosecha, mejorada y crecida. Usted sabe eso, porque aunque sus estudios solo le hayan servido para ponerle a la vida el diario corsé de las escrituras que tantos beneficios dejan en las oficinas registrales -ahora multiplicados gracias al Sr. Gallardón, que ha enriquecido aún más ese negocio-, esos estudios contenían algunas referencias universitarias a la rica variedad de los posibles idearios políticos y sociales. Esos idearios que, siempre hay que recordarlo, también fueron ahogados en sangre, desde la primacial que derramaron modernamente los mártires de Chicago a la que formó el gran río de las constantes represiones.

Sr. Rajoy, es criminal, solo moralmente criminal porque no está escrito en el Código, sacrificar a unas generaciones de ciudadanos a la ambición siempre sedienta de los poderosos, que incluso han perdido aquella mínima elegancia con que nos conducían en tiempo de los abuelos desde el duro surco al limitado establo. Es doblemente criminal -hay que gritárselo así al Sr. Wert- contaminar la educación y jibarizar las cabezas de la juventud para volverlas incapaces de respuesta ante la vesania de la trituradora imperialista y económica de los opresores y de los ricos. Es criminal, dramáticamente criminal, que los derechos sociales sean destrozados, hasta en su mínima expresión, mediante la redacción urgente de un balance pretendidamente salvador que hacen ahora los financieros que antes falsificaron el inmoral y verdadero balance. La sangre del pueblo, Sr. Rajoy, no debe mover, con dolor inmenso, ese molino que está acabando con tantas cosas.

Sr. Rajoy, cuando la historia haya calmado la tormenta, que será cuando ustedes y las gentes como ustedes hayan sido expulsados del poder, se hará patente todo el horror que ha suscitado la gobernación de esta época. ¡Qué frialdad en el acabamiento físico y moral de tanta gente! ¡Qué innecesario acabamiento, además, por no doblegar el encarnizamiento criminal de los que han robado las verdaderas posibilidades del mundo! Esa frialdad es defendida y aún ensalzada, para mayor agravio, con el aderezo supuestamente heroico -el «hay que hacer lo que hay que hacer»- de la destrucción de todas las reglas humanas de la convivencia, como si para vivir hubiera que inventar más muerte. Acerca de esa forma de proceder la ciudadanía deberá pedirles gran cuenta llegado el momento. Cuentas, por ejemplo, sobre su sumisión a políticas venenosas para el común de los ciudadanos que, instrumentadas en el exterior, fueron aplicadas en pueblos como el español, siempre deslumbrados por la fanfarria fascista que convierten los estados en campos de trabajo forzado. Usted ha sabido siempre -y permítame que le dedique esta generosa suposición del saber- que la pretendida recuperación de España, con el modelo actual de sociedad, resulta impensable en un mundo donde tres grandes potencias pueden producir todo lo que consumiría ese mundo en una época de verdadero capitalismo burgués, esto es, discretamente normal y con un comercio que buscase la expansión social, lo que tampoco está en los propósitos de esas minorías actuales, cada vez más reducidas y desinteresadas en el bien común.

Lo que resulta también criminal, moralmente criminal, es que gobiernos como el suyo oculten esa incapacidad de creación por su parte y reduzcan la causa del desastre a un puro desequilibrio de las cuentas públicas producido por errores en las sumas. Un desequilibrio en todo caso achacable, al parecer, al afán de gasto de los ciudadanos seducidos por los bancos. Además, ¿quién desequilibró esas cuentas con políticas de crecimiento disparatadas? Usted puede preguntárselo al Sr. Aznar, por ejemplo, que con los pies sobre la mesa encendió un puro en irrisoria postura de poderoso ante los amos.

Sr. Rajoy, la humanidad, que es eso que queda fuera de su programa, tan bien cuidado por beligerantes contra las masas como el Sr. Montoro o señoras de la sección femenina, como la Sra. Cospedal; repito, la humanidad necesita ante todo una instauración democrática para que la ciudadanía, ahora condenada a oír la misa política que usted oficia de espaldas en la Moncloa, se haga cargo de sí misma y decida el destino de la riqueza que produce, que evidentemente no será para los banqueros en corso, gente que debería estar ya en los tribunales.

He cavilado infinidad de veces que en el fondo de su postura hay ese rencor contra la calle que todo español encaramado a la repisa del poder profesa a los españoles del común, a los que tiene por fuerza auxiliar para empujarles su artillería. Se trata, claro es, de una reflexión que surge de una larga contemplación de la historia de España, hecha con retazos de arrogancia y jirones de miedo a la resurrección de la carne pobre. Pero esto ya es otro tema, que corresponde a la medicina. Aunque no acabo de saber con alguna certeza si el remedio a la situación es propio de la política o de la cirugía. Que conste que no hago elogio del terrorismo, sino ensalzamiento del quirófano.

http://gara.naiz.info/paperezkoa/20130109/381609/es/Un-holocausto-sin-memorial

* Antonio Álvarez-Solís (Madrid, 1929) fue redactor-jefe del diario La Vanguardia, fundador del semanario Por Favor y primer director de la revista Interviú. En la actualidad colabora con el periódico abertzale Gara.

** Chiste de Mena.

martes, 22 de enero de 2013

Vale, esto se hunde, ¿y luego qué?




17/01/2013

Se acumulan las señales de fin de régimen: la monarquía enfangada y chantajeada, el sistema de partidos podrido por revelaciones diarias, la amnistía total a los defraudadores, el ex presidente de la patronal en la cárcel, las puertas giratorias enloquecidas, el desmantelamiento de lo público para que los amigos se enriquezcan, los bancos nacionalizados o rescatados por Europa, el modelo productivo agotado y sin recambio, el empobrecimiento de cada vez más ciudadanos, el saqueo a los trabajadores, la desintegración institucional y territorial…

Que esto se hunde parece cada día más claro y más irreversible. Y en gran medida se cae solo, no somos nosotros los que empujamos: se descompone por pudrición, como un tronco que bajo la corteza se va descomponiendo hasta que un día el árbol cae por sorpresa. De ahí que nuestras preocupaciones deberían empezar a ser dos: que no se nos caiga encima; y qué vendrá después.

En una semana como esta, en que la actualidad apesta y cada pocos minutos salta un nuevo escándalo, siento que la velocidad de descomposición es muy superior a nuestra capacidad de construcción de una alternativa. Alguna vez lo he dicho sobre la monarquía: cualquier día se muere el rey (por edad, por enfermedad), o abdica (por incapacidad, por sus propios escándalos) y a los republicanos nos pilla en bragas, sin una alternativa, sin respuesta preparada, y cuando nos queramos espabilar ya tenemos a Felipe VI consolidado.

Lo mismo con el sistema político-económico que hoy parece en caída libre: cualquier día se hunde del todo, y ¿qué haremos ese día? ¿Tenemos algo previsto, más allá de salir un rato a la calle o tuitear como locos? ¿Alguna alternativa política sólida, una propuesta capaz de sumar fuerzas para ser mayoritaria y construir algo mejor?

Si no preparamos algo para esa eventualidad, los escenarios post-derrumbe pueden ser dos: o una reconstrucción desde dentro del propio sistema (otra “transición”), donde todo cambie para que todo siga igual; o su sustitución por algo incluso peor. En cuanto a lo primero, el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, al que el gobierno ha encargado un plan de “regeneración democrática”, lo tiene claro: regenerar supone sanear, “pero no hay que echarlo todo abajo”. En cuanto a lo segundo, que cada uno imagine qué puede venir que sea peor.

Estos días pienso a menudo en Italia, en aquella Tangentopoli que a principios de los noventa implicó a ministros, diputados, partidos y empresarios, y que se llevó por delante al Partido Socialista y a la Democracia Cristiana, que acabaron disueltos. Como aquí, también allí la corrupción había alcanzado tal intensidad que el sistema se vino abajo por pudrición. Pero, ¿qué vino después? Berlusconi, que no solo era más de lo mismo: era incluso peor. Y veinte años después, Italia sigue marcada por la corrupción política y la mafia, que a menudo son la misma cosa.

No me gusta decir estas cosas, porque mueven al desánimo y dan oxígeno a quienes quieren que todo siga igual. De hecho, pienso que la pata más sólida que hoy sostiene el tinglado es precisamente la falta de una alternativa que los ciudadanos percibamos como posible. Si el invento no se cae es por ese miedo que todavía paraliza a muchos, que aun prefieren lo malo conocido a lo bueno por conocer.

Nada de desánimo, ni miedo. Puede que estemos ante una oportunidad histórica y no nos estemos dando cuenta. Puede que la magnitud del derrumbe nos abrume, y nos impida pensar en ese día después. Y también puede que el bombardeo que estamos sufriendo, eso que llaman crisis, nos impida dedicar energías a otra cosa que defendernos.

Se han dado pasos importantes, ha crecido la conciencia política, se ha extendido la movilización, han crecido espacios de encuentro y redes, hay cada vez más puntos en común y más voluntad de construir juntos. Pero todavía vamos muy despacio. O será que el derrumbe va más rápido de lo que esperábamos.


domingo, 20 de enero de 2013

El retorno de la clase




Enero de 2013

La crisis está poniendo las bases para que se pueda construir una comunidad de intereses desde los jóvenes titulados precarios a las cajeras de los supermercados, desde las capas medias asalariadas de los servicios públicos a la clase obrera industrial tradicional. Cada cual, desde su punto de partida anterior, está siendo golpeado por el paro, los recortes y el asalto a sus condiciones de vida. La igualdad en la precariedad está unificando las experiencias vitales de muchísima gente y está trayendo, como consecuencia, el retorno de la “cuestión social”. Las identidades fraccionadas de la post-modernidad se desdibujan, la cristalización en categorías sociológicas tan caras al progresismo zapateril se funde en la nueva realidad.

En estos momentos las políticas de privatización y los recortes están haciendo emerger la dependencia entre el derecho al trabajo de unos y el derecho a la salud, a la educación o a la justicia de todos. Revelan que hay que invertir los términos: no se trata de conseguir el crecimiento para que pueda haber empleo, y que con él vengan los salarios, los impuestos y la recuperación de los servicios. Antes bien, hay que orientar la economía a la satisfacción de las necesidades y se precisa una participación activa de los trabajadores para la definición del qué y el cómo.

A mi entender, ambas cuestiones, la de las necesidades y la de la participación, proporcionan la base para unificar las movilizaciones de resistencia y protesta con las experiencias de gobierno participativo, solidaridad, autogestión, producción alternativa y apoyo mutuo que desde hace tiempo se vienen gestando y ensayando. Se trata, en muchos casos, de experiencias que ni siquiera se reconocen a si mismas como anticapitalistas pero que contienen un elemento de antagonismo con el orden social vigente que, en las actuales condiciones, éste tiene dificultades para cooptar. Y proporcionan hilos que conectan con las insuficiencias de la democracia mediática, los problemas suscitados por el desarrollo sostenible, o el trabajo de los cuidados que plantea el feminismo.

Una política de clase para los momentos actuales debe trascender el sindicalismo y el retorno al pasado y unificar las múltiples caras de la crisis bajo una respuesta activa, de protagonismo de las personas que la padecen en las soluciones. Este es el hecho diferencial. No es que no hagan falta otras políticas macroeconómicas, otras instituciones, pero una salida a la crisis que no se construya a partir de esas experiencias seguirá a la defensiva.

Se dirá, con razón, que son experiencias fragmentarias, defectuosas, minimalistas, … Pero, ¿quién dice que hay una hoja de ruta para la revolución? Se puede decir, también, que es probable que salga mal. Pero lo otro, lo que hemos conocido antes, ya salió mal en su momento. ¿Cuándo saldrá el primer hospital en lucha contra la privatización que convoque a usuarios y trabajadores para tomar en sus manos la gestión? ¿Dónde está el príncipe moderno que lo proponga? 

http://www.mundoobrero.es/pl.php?id=2370&sec=4&aut=161

Javier Navascués Fernández-Victorio es profesor de Organización Industrial y Gestión de Empresas en la Universidad de Sevilla y responsable de Política de la Fundación de Investigaciones Marxistas (FIM). En junio de 2012, fue designado consejero de la Cámara de Cuentas de Andalucía por el Parlamento andaluz, a propuesta del grupo parlamentario de IULV-CA.

** Fotografía de la madrileña plaza de Colón durante la manifestación sindical de la Huelga General del 14 de noviembre de 2012.

viernes, 18 de enero de 2013

Un país en busca de sus políticos


Luis García Montero

La realidad y el deseo

17/01/2013

España vive una situación propia del teatro de Luigi Pirandello. En la obra maestra del escritor italiano, seis personajes irrumpen en un teatro en busca de su autor. Se sentían incompletos, enfrentados a su falta de identidad, y necesitaban un autor dispuesto a contar su historia. La realidad española vive hoy la crisis castigada por un vacío parecido. El malestar cívico no encuentra sus políticos, el sujeto público capaz de representar su rebeldía y sus razones.

Este es uno de los factores más profundos del desasosiego que afecta a la sociedad. La incertidumbre no se debe sólo a los problemas económicos. Pesa también lo difícil que resulta imaginar una respuesta, encontrar un cauce que permita entender los sacrificios con una esperanza de futuro. Y la verdad es que el desánimo actual tiene motivos históricos. El retroceso en derechos cívicos, inversiones públicas y capacidad adquisitiva puede vivirse aquí, en este rincón de Europa, no sólo como la consecuencia de una situación más o menos compleja, sino como un capítulo más de la vieja falta de consolidación nacional. Si la salida del franquismo se celebró como la despedida definitiva del subdesarrollo y la integración en el capitalismo avanzado, la crisis actual se padece como una amenaza de regreso a las tinieblas. La famosa despedida resultó un espejismo.

Las élites económicas españolas no han acabado nunca de consolidar un Estado fuerte porque prefirieron hundir el país antes que perder alguno de sus privilegios. Bajo los gritos patrioteros y las proclamas nacionalistas, se escondió siempre una falta absoluta de respeto por la realidad nacional. La corrupción española, que alcanza en la actualidad un grado de espectáculo bochornoso, tiene que ver con esta falta de respeto. Los padres de la patria con cuentas en bancos de Suiza, la afición por los paraísos fiscales, las facilidades para defraudar sin ser perseguidos, incluso las legislaciones propicias para robarle dinero al Estado sin cometer delito, hablan de ese patriotismo hueco y del cinismo con el que las élites agitan la bandera nacional.

Por eso la historia de España es una fábula amarga. Episodios como la felonía de Fernando VII contra la Constitución de 1812, como la componenda caciquil de la Restauración de Alfonso XII o como el golpe de Estado de 1936 contra la II República, repiten el entramado de una sociedad poco sólida, incapaz de sugerir alternativas políticas, y unas castas privilegiadas dispuestas a vender la nación a intereses extranjeros bajo la mascarada de su patriotismo ruidoso. La crisis actual puede interpretarse también en esa lógica. El bipartidismo instaurado por la Transición ha tenido un comportamiento semejante a aquel juego liberal y conservador de las dos España de la Restauración que, según el famoso poema de Machado, se empecinó en helar el corazón de los españolitos.

Parece claro una vez más que las élites económicas han preferido empobrecer el país antes que aceptar la pérdida de privilegios que suponía una verdadera democratización económica de España. Las grandes empresas y los banqueros se comportan con prerrogativas y desvergüenzas propias de caciques. El espectáculo es tan impudoroso que ha puesto en grave peligro la farsa del sistema bipartidista. Por primera vez en los últimos 30 años las encuestas se convierten en abismos. La caída del partido en el Gobierno no supone un renacimiento del partido en la oposición. Las dos siglas andan por los suelos. La manipulación de la ingeniería electoral deberá echar huma para mantener una apariencia de mayorías democráticas.

Más allá de las tentaciones totalitarias, todavía débiles en España, y de las ocurrencias extravagantes que de vez en cuando surgen, se extiende un sentimiento claro de que es necesaria una nueva respuesta política. La renovación del PSOE ha dejado de ser una prioridad frente al descrédito del PP. Ahora se necesita la configuración de una nueva mayoría social que ponga fin a las trampas de un sistema corrupto desde el punto de vista económico e institucional. El país busca un nuevo sujeto político como los personajes de Luigi Pirandello buscaban un autor. El asalto generalizado a la vida cotidiana de los españoles, a sus derechos y a su realidad económica, exige una reacción colectiva si no queremos que caiga una vez más sobre nosotros la maldición de Fernando VII.


miércoles, 16 de enero de 2013

La República es necesaria para España*


Miguel Pastrana de Almeida**


16/01/2012

Para mí, la República encarna un ideal de progreso y justicia compartidos. En definitiva, una vida mejor para todos. Esto ha sido siempre así en todas las latitudes. Allí donde había un avance social, cultural, científico… de relieve, éste aparecía siempre vinculado a la superación del régimen monárquico-feudal, por la República de ciudadanos y ciudadanas.

¿Qué ha pasado entonces en España? Yo sólo quiero retener una idea: la restauración monárquica sobre las dos breves repúblicas que hemos tenido, ha estado invariablemente ligada a los intereses más oscuros.

En concreto, la segunda Restauración, fue obra del asesino de masas colocado en el poder por Hitler. Me refiero, como es obvio, a Franco.

Si otras monarquías europeas pueden, quizá, exhibir un cierto historial de resistencia al fascismo, caso de Inglaterra, Noruega u Holanda, sin que eso – conste – las haga tampoco menos anacrónicas, la impuesta en España ni aún eso puede alegar. Todo lo contrario: es una monarquía fruto de la dictadura fascista que masacró al Pueblo español. De ahí también la importancia de la Verdad, la Justicia y la Reparación. De la Memoria colectiva. Aunque murieron personas a ambos lados de las trincheras, y la muerte es siempre algo terrible, lo cierto es que unos perecieron defendiendo la legalidad democrática republicana, y otros no. Hay que tenerlo siempre presente, con independencia de la memoria personal y familiar.

Esto, que puede parecer una elipsis histórica, sirve sin embargo para ir al nódulo de la cuestión. A mi entender: que la Monarquía sirve a intereses particulares y distintos a los generales de la población. Todas las monarquías lo hacen -en eso consiste, en puridad, la institución: en la propiedad privada de algo que debiera ser tan público como la Jefatura del Estado. Pero, en el caso de la Monarquía de aquí, por el origen antes referido, el problema resulta especialmente grave, como ha venido a poner en evidencia la crisis económica: el Régimen constituido en torno a la Monarquía se está demostrando dramáticamente incompatible con la existencia de la Nación y la supervivencia del Pueblo.

Ésto, a mi parecer, resulta lo esencial; tanto, o más, que la deseable unidad de quienes ya somos republicanos, republicanas: la asunción por la mayoría de la sociedad, del ideal republicano, no ya sólo como algo justo y deseable -que lo es- sino como algo necesario también. En lisas palabras, o cambiamos lo fundamental del Régimen que impera en España, o poco podremos cambiar. Y ese elemento, en mi opinión, es la Monarquía. Mucho -por no decir todo- lo demás, dimana, políticamente, de ella.

Es algo que no siempre parece verse en iniciativas regeneracionistas de largo alcance que, de manera loable -añado-, se están lanzando en estos tiempos. Pero pasan por alto la cuestión republicana. Grave error, a mi parecer. La sustitución de la Monarquía por una República digna de tal nombre, es requisito imprescindible para la regeneración de nuestro país. Y cuando digo “digna de tal nombre”, lo hago para zanjar estériles discusiones conceptuales. Sabemos de qué hablamos, cuando lo hacemos de República: participación, separación de poderes, garantías recíprocas, ningún privilegio de cuna, etc. Cosas que fueron ya enunciadas en Grecia hace más de 3.000 años. A eso, ampliado y perfeccionado en el trascurso de la Historia, se le llama Democracia. Y lo es.

Existen, desde luego, otras fórmulas para la organización de un país. La Monarquía parlamentaria, una de ellas. Pero no son mis fórmulas. Lo digo. Yo creo en la Democracia. Y no hay Democracia sin República.

No faltan, en estos tiempos, quienes consideran incompatible la reivindicación republicana con otras, dicen, más inmediatas y urgentes. Con respeto, difiero de la opinión. Es más: estoy convencido de que son posturas así, la clave de que aún se mantenga la Monarquía. Tanto o más que la falta de unidad republicana. Esa es comprensible por tratarse de una aspiración tan plural la República. Puede ir subsanándose con acuerdos puntuales. Se está -estamos- en ello desde hace ya algún tiempo. Mayor problema significa, en mi opinión, que quienes debieran actuar en republicano, no lo hagan por los motivos que sean. Pero lo harán. Estoy seguro. Lo necesario acaba siendo inevitable. Y la República es necesaria para España.

No supone renunciar a la lucha por lo que queremos más inmediato. Al revés: significa reforzarla, dándole el horizonte de realización que se merece; que nos merecemos.

* Intervención en el “Encuentro Republicano 2013. Por la unidad de todos los republicanos”, organizado por la Red Inter Cívico Republicana con la colaboración de la Agrupación Ateneísta Juan Negrín, Izquierda Republicana y Progresistas Federales, y celebrado en el Ateneo de Madrid el 12 de enero de 2013.

** Miguel Pastrana es secretario federal de Unidad Cívica por la República y secretario segundo del Ateneo de Madrid.

*** UCR es nuestro referente a nivel estatal.


lunes, 14 de enero de 2013

La "larga enfermedad" de la monarquía



10/01/2013


Lo de referirse a Corinna Sayn-Wittgenstein como “la amiga del rey” se empieza a parecer a eso de “murió tras una larga enfermedad” que todavía se lee en las necrológicas de prensa: una forma de no llamar a las cosas por su nombre. Hay variaciones, a cual más audaz: “la amiga personal del rey”, “amiga íntima del rey”, “con quien le une una estrecha amistad”; y al leerlas parece que vemos entre líneas el guiño del periodista: “ya me entendéis, ¿eh?, amiga, je je”

Evitar llamarla, con todas las letras, “la amante del rey”, “la novia del rey” o “la pareja sentimental del rey”, puede parecer una forma de respeto a la vida privada, pero convendrán conmigo en que la relación del jefe de Estado con esta señora tiene poco de privado por lo que vamos sabiendo. Y además, yo respeto una vida privada cuando es, en efecto, privada, sobre todo en los gastos, y no es el caso de la familia real, cuya manutención, vacaciones, actividades deportivas, operaciones, bautizos, bodas y comuniones llevamos años pagando directa o indirectamente.

En todo caso, no me parece que el tratamiento eufemístico sea en este caso una forma de respeto, sino más bien una expresión de temor reverencial, la prueba de que no conseguimos recuperarnos de la genuflexión con que todos hemos tratado al rey y familia durante décadas.

El torrente reciente de informaciones comprometedoras puede crear el espejismo de que se ha acabado el blindaje, el tabú, que ya se puede hablar con toda libertad de los asuntos del rey. Pero qué va: aparte de que el rey sigue estando más que protegido por las leyes y por el establishment, somos también nosotros los que no acabamos de desprendernos del blindaje mental. Como suele pasar con la censura, que se acaba convirtiendo en autocensura, también con el rey somos nosotros los que nos callamos antes de que nos hagan callar, los que elegimos la voz baja antes de que nos llamen la atención. Y por eso seguimos hablando con sobreentendidos, entre líneas, con guiños, con guante de seda.

Fíjense en todo lo que vamos sabiendo del caso Urdangarín, por ejemplo. Con cuenta gotas, y gracias sobre todo a la estrategia de un acusado que tira de la manta (aunque haya trabajos periodísticos formidables como el que hace aquí mismo Alicia Gutiérrez). Sí, cada vez sabemos más, y huele peor, pero siempre tengo la sensación de que, más que abrir la puerta para que se sepa todo, están atrancándola como pueden, y lo que se acaba sabiendo es lo que no hay como mantener dentro. Antes que transparencia, contención de daños.

Pienso también en qué pasaría si nos quitásemos el blindaje mental y sometiésemos al rey y familia a la misma lupa rigurosa y al mismo foco potente con que observamos a otros; qué pasaría si algunos medios sometiesen al rey al mismo marcaje estrecho a que someten a sus adversarios políticos. ¿Se lo imaginan, el rey bajo el mismo escrutinio a que son sometidos estos días Artur Mas y la familia Pujol, o en otros momentos Alfonso Guerra y su hermano, Francisco Camps, o hasta los líderes sindicales, de los que algunos cuentan vacaciones, restaurantes favoritos y modelos de reloj? ¿Imaginan que nos dedicásemos durante semanas a seguir al rey, a vigilar sus movimientos, con quién va, con quién cena, qué hace en cada momento, qué compra, con quién se reúne? Se achicharraría con tanta luz, es como una planta de interior que siempre ha estado protegida.

O véanlo de otra manera: tras dos años en que hemos tenido un yerno investigado, cacería en África, amante, amistades peligrosas, viajes con negocios gordos por medio, ¿cómo actuaría la prensa británica con esa munición, si fuesen la reina Isabel o alguien de su familia los implicados? ¿Creen que se andarían con tanta delicadeza? ¿Escribirían “la amiga del rey”?

Volviendo a Corinna, sabemos que su relación con el rey es un “secreto a voces” desde hace años. Los correos entregados ayer por el socio de Urdangarín son de hace ocho años. Casi una década de “secretos a voces”, en que muchos estaban al tanto de cómo acompañaba al rey en viajes oficiales, le organizaba la agenda, asumía funciones de representación, era anfitriona de sus cacerías, le ponía en contacto con hombres de negocios. Una década de ser “amiga del rey”, un asunto privado del que no había nada que decir por ser eso, privado.

Así impidió la Mesa del Congreso el pasado abril que los grupos de izquierda pudiesen preguntar al Gobierno acerca del viaje a Botsuana: “afectan a la vida privada de la Casa Real”, explicó la vicepresidenta del Congreso, Celia Villalobos.

Aquel día Izquierda Unida pretendía que el Gobierno respondiese a preguntas como: ¿Quién ha nombrado a doña Corinna representante del rey? ¿Quién la nombró “Consejera Estratégica” de la Delegación oficial española conducida por el rey en Arabia Saudí? ¿Qué gestiones ha realizado doña Corinna en nombre del monarca? ¿Qué papel ha jugado y a título de qué en relación con las inversiones españolas en Arabia Saudí?

Preguntas que, como se ve, tienen que ver con la estricta vida privada del rey y su “amiga”. Pero que son rechazadas, por lo que seguiremos con los “secretos a voces”, y no es este el único que rodea al rey.

Volviendo al comienzo del artículo, déjenme acabar con el otro eufemismo que mencionaba, el de la “larga enfermedad”. Hoy es la monarquía la que padece una “larga enfermedad”. Aunque pocos se atrevan a llamarla por su nombre.


sábado, 12 de enero de 2013

La entrevista irreal


Rafael Torres*

OTR Press

08/01/2013

Se dice que una entrevista es una cosa que hace uno y cobra otro, pero la de Hermida al rey de la otra noche, independientemente de que aquel la cobrara, no la hizo nadie. Quienes la vieron quedaron con la incómoda sensación de que el Jefe del Estado o no tenía nada que decirles, o prefirió no decirles nada. En tal caso, ¿a qué ese simulacro? Es cierto que la Providencia no llamó a Juan Carlos I por el camino de la oratoria, y que la experiencia vital de éste, su día a día, guarda escasa relación con la del resto de los españoles, pero habría bastado un poco de naturalidad y la lectura previa de un par de periódicos para haber logrado articular, siquiera, un poco de conversación.

Diríase que el veterano periodista estaba entrevistando a Dios, tal era la unción que empleaba y su exquisito cuidado en no aludir a asuntos terrenales, pero quienes se hallaban al otro lado del televisor, monárquicos, republicanos o ácratas, estaban allí para escuchar lo que decía un hombre que en 37 años, los que lleva de rey, no había dicho gran cosa a la gente más allá de lo contenido en los discursos que le escriben y en los mensajes navideños que también. Suponían que en las actuales circunstancias, cuando buena parte de la población sufre la injusticia y hoza en el albañal de la miseria, y el Estado cuya jefatura ostenta hace agua por los cuatro costados, Juan Carlos, que además cumplía años, dejaría el armiño en el perchero de la entrada y las declaraciones estereotipadas y formularias sobre la mesa del despacho, a fin de intentar presentarse a cuerpo y, si no con la camisa remangada, sí, al menos, en actitud más cercana. Pero le vieron tan lejos, tan remoto, como, al parecer, se halla en las encuestas.

Cuando, por las tensiones territoriales y por el empuje de una juventud sin inhibiciones ni miedos históricos, se está en vísperas de entrar inexorablemente en el debate sobre el modelo de Estado futuro, acaso una república federal que pudiera resolver esas tensiones y proyectar al país, más relajado y unido, hacia los restos del futuro precisamente, una entrevista al rey debería, cuando menos, haber arrojado alguna luz sobre el pensamiento y la propuesta política de éste y, por extensión, de los partidarios de la continuidad de la monarquía. Pero se perdió esa oportunidad histórica, así como la de entrar francamente, por una vez, en los territorios tabú de la verdad.

miércoles, 9 de enero de 2013

Un proceso constituyente


Roberto Viciano Pastor*


07/12/2012

Un proceso constituyente puede articularse a través de dos procedimientos: uno es la utilización del mecanismo de reforma total de la Constitución, llevado a cabo por las Cortes Generales; el otro es la convocatoria de una Asamblea Constituyente.

En el primer caso, la iniciativa para activar la reforma total de la Constitución está reservada, curiosamente, a los poderes constituidos: Congreso, Senado, Gobierno y Asambleas de las Comunidades Autónomas (artículo 167 C.E.).Y quien tiene atribuido en una teoría democrática de la constitución el poder constituyente, es decir, el pueblo, está imposibilitado de promover cualquier tipo de reforma del texto que, teóricamente, es su instrumento de limitación del poder. Sería de extrañar que los dos partidos mayoritarios planteen una reforma total del texto constitucional que debería suponer la modificación sustancial de un orden político y social con el que se sienten cómodos.

Entre otros motivos, porque ese mecanismo de reforma total prescribe que una vez el Congreso y el Senado aprobaran la propuesta de principio por mayoría de dos tercios, deberían disolverse las Cámaras y procederse a una nueva elección de las mismas para que las nuevas Cortes Generales debatieran y aprobaran el nuevo texto constitucional. La aprobación definitiva del nuevo texto constitucional necesitaría de la aceptación por el pueblo español mediante referéndum. Y ya se sabe que el miedo a oír la opinión de los ciudadanos es el que ha imposibilitado realizar reformas agravadas del texto constitucional. El miedo a la democracia de nuestra clase política es más que evidente.

La otra vía, la convocatoria de una asamblea constituyente, electa ex profeso por las ciudadanas y ciudadanos españoles, tiene algunas dificultades jurídicas y, sobre todo, políticas. Veamos las jurídicas. Nuestro ordenamiento constitucional no prevé la posibilidad de convocatoria de una asamblea constituyente. Aunque la no previsión no debe ser interpretada, desde un constitucionalismo garantista y democrático, como prohibición. Todo mecanismo no regulado constitucionalmente pero que permita una mayor participación y una redefinición más democrática de nuestro modelo constitucional no puede entenderse como contrario a la Constitución. De hecho, ¿no sería más coherente con los principios democráticos enunciados en nuestra Constitución que los ciudadanos fueran convocados expresamente a elegir representantes para modificar el texto, permitiendo que se discutiera socialmente sobre las alternativas de regulación constitucional?

No cabe entender que exista una prohibición constitucional de convocatoria a una constituyente. Pero tampoco existe una regulación de cómo hacerlo. Así, la aprobación del mecanismo de convocatoria de una constituyente podría realizarse por una doble vía: un referéndum consultivo promovido por el presidente del Gobierno para que los ciudadanos aprobaran el mecanismo de convocatoria y funcionamiento constituyente; o la aprobación por las Cortes de una ley orgánica que regulara el procedimiento de activación.

Nos topamos otra vez con el problema político: ¿va a promover esta clase política un mecanismo de ruptura con el orden político y social existente? Y aunque así decidieran hacerlo, ¿sería confiable que establecieran las reglas de juego? En ambas vías nos enfrentamos a la cuestión central en este tema. Que curiosamente no es cómo se convoca una constituyente, sino cómo se consigue articular una mayoría social que esté dispuesta con su voto a cambiar de clase política. Que sustituya en los órganos del poder público a una clase política por una nueva que tenga como norte la auténtica representación de la voluntad popular.


* Os recordamos que mañana jueves, día 10 de enero de 2013, a las 19 horas, celebramos en "La Bombonera" de Granada la conferencia "Por un Proceso Constituyente hacia la Tercera República", a cargo del profesor Viciano, autor del presente artículo. ¡¡¡Animaros a venir y a participar en el coloquio posterior!!! 

domingo, 6 de enero de 2013

El pasado (republicano) que vuelve, el futuro posible


Ángel Duarte Montserrat*

Mientras Tanto

20/12/2012

El republicanismo, en España, vuelve a escena. Desaparecido en tiempos de la Transición ha renacido con energía. Se debate a propósito de él, y con cierta intensidad, tanto en los ambientes académicos como en la arena pública. No es, a pesar de que recurran usualmente a esas descalificaciones los analistas cortesanos, ni una simple monomanía juvenil ni antimonarquismo primario. No es, en definitiva, una moda pasajera.

Sirve, sin ir más lejos, para entender algo mejor las recientes modalidades de acción colectiva, las formas y los contenidos de los novísimos movimientos sociales que ocupan las calles y las plazas, que se reúnen en asamblea. En muchos de estos casos la perspectiva republicana orienta las movilizaciones. Es éste último dato el resultado de su capacidad, la del republicanismo, de convertirse, una vez más, en un horizonte de expectativa para aquellas gentes que, a contracorriente de las lógicas de dominación, apuestan por la centralidad de un debate colectivo, ajustado a unas normas claras, orientado hacia la búsqueda del bien común y afirman, como corolario de lo anterior, la preeminencia de la política democrática y participativa sobre las lógicas inevitables del capitalismo financiarizado.

Desde finales de los años treinta del siglo XIX hasta 1939 operó como un repertorio de materiales, complejos, plurales e incluso contradictorios, con los que amplios segmentos de las clases medias y de los sectores sociales subalternos construían, ordenaban y dotaban de sentido y de horizontes de expectativa a sus acciones colectivas cuando no, más modestamente, a sus circunstancias cotidianas: desde las experiencias laborales a las de vecindario, de relación social, de articulación familiar. A grandes rasgos, y si omitimos aquellos referentes ilustrados previos que implicaron una lectura aristocratizante del legado conceptual de la Antigüedad clásica greco-romana y de la experiencia de las repúblicas italianas, el republicanismo se ajusta en los combates políticos contra las lógicas de exclusión que implementa el liberalismo doctrinario. Frente al concepto de sufragio como función social, para el que, en consecuencia, había que estar preparado —cualificación académica, avecindamiento, posesiones, sentido de moderación—, el republicanismo, todo él hasta 1874, contempla el voto como un derecho inalienable mediante el cual la población adulta, y masculina hasta 1932, participa en la elección de representantes parlamentarios y en la expresión del criterio soberano del pueblo y la nación de ciudadanos. El republicanismo cuaja, también, en los procesos de contestación a los efectos sociales distorsionadores inherentes al tránsito a la economía capitalista sostenida sobre el concepto burgués de propiedad. En la ciudad, entre los artesanos y trabajadores cualificados sometidos a procesos de depreciación de sus saberes, o en el campo, entre los jornaleros, arrendatarios y pequeños propietarios afectados por los procesos desamortizadores, el horizonte republicano, particularmente en su variante federal, acompaña y dota de un sentido político adicional a las resistencias, a las rebeliones, a las revueltas. Gritar, en medio de un motín contra la fiscalidad que gravaba el consumo popular o contra una leva compulsiva, ¡Viva la República! era una apuesta segura para concitar la hostilidad de las fuerzas del orden y la complicidad sobreentendida de los partícipes en la agitación. Es la caligrafía y la gramática de las clases populares en un sentido lato.

Repitamos el salto en el tiempo con el que comenzaban estas líneas: todo ello, si atendemos por ejemplo a los debates del proceso constituyente en 1977 y 1978, habría (casi) desaparecido. Del por qué del eclipse republicano en la España en esos años 1970 hay, a estas alturas, explicaciones satisfactorias. Lo son aquellas que tienen en cuenta, como mínimo, tres factores. El primero, la fosilización del republicanismo histórico en el exilio. Una atrofia provocada por la desconexión con las luchas políticas y sociales en el interior y agravada por el uso y abuso de un anticomunismo frenético en los ambientes de estricta obediencia republicana durante los años 1950 y 1960. A ello se añadió no ya la represión de la primera posguerra sino una sistemática labor denigratoria del franquismo en relación a la Segunda República y a las raíces culturales —de cuyo calado daba cuenta la secuencia explicativa que unía República y Guerra Civil— de la misma. Y last, but not least, un oscurecimiento al que no fueron ajenos, de ninguna de las maneras, unas fuerzas de izquierda, el PSOE y el PCE, que se desprendieron con una agilidad digna de mejor causa de la reivindicación republicana, tanto en términos de propuesta institucional como de complejo de ideas emancipadoras que le eran inherentes, durante el proceso de negociación política con los sectores reformistas procedentes del régimen franquista.

En rigor, si ese desprenderse tuvo tan pocos costes para aquellos que lo llevaron a cabo (otra cosa sería para el contenido real de la democracia surgida de la transición) fue porque se había producido, previamente, la inhabilitación de un mecanismo básico en toda cultura emancipadora: el de una transmisión intergeneracional que había asegurado, durante un siglo, desde los años cuarenta del siglo XIX a la derrota de 1939, la continuidad de un conjunto de materiales con los que pensar las experiencias de exclusión política y de dominación social, así como las respuestas que podían y debían darse a las mismas.

En el ámbito académico, seguramente, las cosas fueron algo distintas. Hubo momentos difíciles. Aquellos en los que en la universidad no cabía la posibilidad de pensar una tesis doctoral sobre republicanismo dado que no estaba el ambiente, según el recuerdo de José María Jover, para “bollos federales”. Pero lo seguro es que en la década de 1970 y de 1980 se producía un primer momento de reactivación de estudios sobre el republicanismo. Éste, se asumía, era una cultura política determinante para poder entender la contemporaneidad española. No es menos cierto que en los dos decenios interseculares ha tenido lugar una auténtica eclosión de estudios que, a su vez, ha originado, entre otros, un debate específico, profundo, sobre las raíces liberales y la deriva conservadora de cierto republicanismo o la consideración del mismo rótulo como identificador de un proyecto democrático popular que reclamó, desde los tiempos de la revolución industrial, un lugar determinante del mundo del trabajo en el diseño de las políticas generales. Espacio de encuentro entre la intelectualidad que emergía en tiempos de la revolución burguesa, al tiempo que heredera del empeño ilustrado, y los trabajadores rebeldes e insumisos, la república obrera (acertadísima fórmula debida a Román Miguel González) jugó un papel determinante en el despliegue de los combates por la emancipación política y social, cultural y económica.

A la altura del año 2000, esos mismos académicos que se preocupaban por la historia republicana aseveraban que el republicanismo, en tanto que movimiento social, cultura política e incluso como estilo de vida se hallaba recluido en el reino de la melancolía. Un año más tarde, en 2001, las evocaciones del setenta aniversario de la proclamación del 14 de abril confirmaban ese diagnóstico. Unos pocos artículos en los periódicos de tirada nacional, algún acto aislado, fue todo lo que salió a la luz. Todavía más: la democracia parecía firme y limpia en monarquía. A lo sumo se insinuaba que no estaría de más incorporar el ethos y la moral republicana a la vida cotidiana de esa democracia coronada.

Las circunstancias iban a cambiar pronto. La relación de factores que propongo como elementos explicativos del reverdecimiento que tenía lugar un lustro más tarde, en 2006 —ahora era el 75 aniversario de la república y el 70 del inicio de la guerra y la revolución—, y que es perfectamente verificable acudiendo a las mismas fuentes (reflexiones en el espacio público), son fáciles de reconocer. La labor callada pero perseverante de las asociaciones memorialistas; el hacer del Centro de Investigación y Estudios Republicanos, a finales de los años ochenta, o de las cátedras de la memoria del siglo XX; el relevo generacional registrado en las direcciones de los partidos de la izquierda; la pérdida de consistencia de los horizontes de emancipación —socialdemócratas o comunistas a la soviética—; la acción institucional y legislativa —y no es esa una paradoja menor— de los gobiernos y de las mayorías plurales de izquierda —me refiero a las tan denostadas, de Rodríguez Zapatero o del tripartit catalán— en lo relativo a la (re)conexión entre la democracia actual y los combates seculares plasmados en los logros de la Segunda República, e incluso de la Primera… Todo ello se halla detrás, en proporciones diversas, del renacer republicano específicamente español. Habrá otras dimensiones —de las que da cuenta el reverdecer del republicanismo en el terreno de la filosofía política— pero en términos de experiencia histórica española los enumerados en las líneas anteriores me parecen determinantes.

El vivir republicano volvió —vuelve— a contemplarse, por todo ello, como una posibilidad liberadora. Aunque no sean necesariamente conscientes de ello quienes lo reverdecen, a poco que se reflexione reaparecen algunos de los componentes del concepto de república que quedó fijado en otros momentos históricos, los de las sociedades liberales. Para sus enemigos sigue siendo sinónimo de caos y anarquía, cuando no, entre los elementos más reaccionarios, de impiedad y extranjerismo. Para sus partisanos vuelve a ser un marco de construcción alternativa del Estado-nación o de lo que pueda venir a sustituirlo, desde abajo, desde la periferia; incluso, en ciertos casos, con soberanías múltiples. La república es la posibilidad de un proceso constituyente siempre municipalista. Sigue siendo un proyecto, el republicano, que aspira no ya a dar respuesta a las inquietudes del actual cuarto estado —en dramático proceso de ampliación como resultado de la crisis/estafa— sino a que sea éste quien protagonice, junto a otros, el proceso de toma de decisiones de la política general. Es respetuosa, por ello mismo, con lo que E. P. Thompson, entre otros, definió como economía moral de la multitud. Para un republicano plebeyo del siglo XIX resultaba obscena la desconsideración para con el trabajo y deshonesta la extrema distancia de las fortunas. Para el de hoy vuelve a ser una manera razonable de enfocar las circunstancias.

El republicanismo tiene, como relato emancipador, una gran ventaja: es una cultura que resiste con eficacia a los fracasos institucionales. Al fin y al cabo, el grueso de la militancia se mueve entre la lógica del advenimiento y la del proceso.

¿Ante qué nos encontramos, pues? En primer lugar, ante un repensarse de la izquierda. Una izquierda que lamenta las cesiones hechas en tiempos de transición —en ocasiones, castigándose con un no menor torturado olvido de las circunstancias históricas que se dieron en ese momento— y que sostiene que la organización republicana de la sociedad, implica una política económica, cultural y social fundamentada en los derechos, deberes e intereses de la ciudadanía. Una izquierda que entiende que recuperar los valores fundacionales de Libertad, Igualdad y Fraternidad, permite llevar a cabo cambios estructurales de envergadura. Una izquierda que ve en el horizonte republicano la posibilidad de consecución de una renta básica. O que piensa que el acceso a la cultura, mediante instrucción pública, laica, obligatoria, democrática y científica, que el derecho a una sanidad pública de calidad, que la superación de toda forma de discriminación, que el acceso a la gestión participada de los medios de comunicación, que la propia complejidad de culturas e identidades existentes en España y en cada una de sus naciones sólo pueden darse en república.

Nos hallamos, más allá de las filas concretas de los partidos, en los movimientos sociales, en segmentos cada vez más amplios de opinión, un apogeo del republicanismo como idea moral y horizonte de compromiso cívico con el bien común. Germina entre los nietos que se preguntaron hace una década por sus abuelos. Se propaga, y combate con energía el desdén posmoderno para con los símbolos y rituales del pasado. No nos encontramos, simplemente y como decía al principio de estas líneas, ante una moda generacional, aunque sean los más jóvenes quienes, desprendidos del recuerdo de la guerra y la dictadura, muestren una mayor inclinación por ese modelo de organización institucional. No nos encontramos, aunque también contenga ese ingrediente, con un argumento de mera oposición a la monarquía. Es, eso sí, como he insistido varias veces una propuesta que contiene elevadas dosis de impugnación tanto a la monarquía como a la Transición. La forma en que se habría producido habría dado lugar a una democracia en la que no estaría asegurada la gestación de un vínculo estable entre instituciones, normas y mínima justicia. Esta supuesta debilidad de origen constituiría la explicación, evidente, a la falta de adhesión de los ciudadanos. Expresada como desencanto primerizo, como abstencionismo estructural más tarde.

Quizás nos encontremos ante la posibilidad de renovar los horizontes y las prácticas de liberación, ante un recobrado espacio de aprendizaje de la política frente al terreno de confluencia en una condición, la de la ciudadanía virtuosa, atenta al bien común, interesada en lo colectivo. Ahora no en las juntas y en las milicias nacionales, en la lectura del periódico y en la barricada. Pero sí en la calle y en la red, y en todos los terrenos de concreción de las prácticas de relación social en el siglo XXI.

* Ángel Duarte Montserrat es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Gerona y autor de numerosos e importantes estudios sobre la historia del republicanismo en España.


viernes, 4 de enero de 2013

Convocatoria - Charla-Coloquio "Por un Proceso Constituyente hacia la Tercera República" - Próximo Jueves en Granada


En plena crisis existencial del régimen juancarlista, apostando siempre por el cambio democrático en España, desde Unidad Cívica Andaluza por la República en Granada (UCAR-Granada) queremos invitaros a participar, el próximo jueves 10 de enero, en la charla-coloquio "Por un Proceso Constituyente hacia la Tercera República", en la que intervendrá como ponente el prestigioso constitucionalista Roberto Viciano Pastor*.

La actividad se desarrollará, a partir de las 7 de la tarde, en la Sala de Conferencias "La Bombonera", sita en el Complejo Administrativo Triunfo de la capital (cuesta del Hospicio s/n, frente al Hospital Real).

¡¡¡Os esperamos en "La Bombonera"!!!

Salud y República.

* El profesor Roberto Viciano es catedrático de Derecho Constitucional y titular de la cátedra Jean Monnet sobre Instituciones Comunitarias en la Universidad de Valencia. Además, forma parte del Consejo Ejecutivo de la Fundación CEPS (Centro de Estudios Políticos y Sociales), reputado think tank alternativo con fuerte impronta en América Latina. Ha sido también el asesor principal de las últimas Asambleas Constituyentes de Venezuela, Bolivia y Ecuador, condición ésta que le llevó a convertirse en el objetivo favorito de varias campañas difamatorias de la derecha mediática internacional.

** Aprovechamos la ocasión para facilitaros el vídeo de la entrevista que realizaron al compañero Viciano en Attac TV, hace algunos meses:


¿Por qué una Asamblea Constituyente? / Roberto Viciano from ATTAC.TV on Vimeo.

*** Cartel perpetrado por el inefable Jota Medina.