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miércoles, 26 de junio de 2019

Fracaso


El verdadero mérito de una escuela
digna de tal nombre, sería dejar a los jóvenes
todas las puertas abiertas: las puertas de la vida, 
no las de los empleos.
Eugenio Montale

Andrés Sopeña Monsalve (*)


26/06/2019

La Educación es, ciertamente, uno más de los lugares de desencuentro o campos de batalla para tradicionales y periódicas broncas y enfrentamientos que aburren a las piedras y tienen más que harta a la ciudadanía. Curiosamente, eso sí, tras cada acometimiento, lo mismo da escaramuza que escabechina, carnicería o hecatombe, nada cambia, todo continua igual; sospechosamente igual. Y no hay el menor misterio, sin embargo: si nada cambia es porque a los que dominan el cotarro les va estupendamente de esta manera… Como muy atinadamente expresa El Roto: “El que no haya derecha ni izquierda, no significa que no haya arriba y abajo”. Las distintas propuestas en política docente que unos y otros, y también los de más allá, formulan a propósito de financiación, gestión, organización, contenidos curriculares, formación del profesorado, evaluaciones y demás, aspiran fundamentalmente a la concordancia del sistema educativo con el modelo económico y social dominante. Ya sea encantados de la vida o constreñidos por las circunstancias, todos se afanan en aplicar las consignas de los que de verdad organizan la marcha del mundo: “...la educación debe estar concebida para satisfacer la creciente demanda de trabajadores adaptables, capaces de adquirir fácilmente nuevos conocimientos…” insinúa, sugiere o recomienda el Banco Mundial al fijar las “Prioridades y Estrategias para la Educación” en los países en desarrollo, que esta gente no se corta…; y de la misma o muy parecida opinión es la Organización Mundial del Comercio, el Banco Interamericano de Desarrollo o el Fondo Monetario Internacional, en coincidencia nada sorprendente. Y si el mercado laboral y la productividad fulguran cual estrella de oriente en el horizonte educativo, se entiende ahora el empecinamiento y porfía de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, la OCDE, en fijar indicadores para evaluar y comparar los resultados de estos procesos de capacitación: es lo que viene a ser un “¿cómo va lo mío?” de esa minoría privilegiada. 

Así que el fracaso no es tanto el de los chavales que suspenden o abandonan los estudios, sino más bien del propio sistema educativo en su totalidad. Porque un poquito ruin, mezquina, perversa, infame y hasta inmoral sí que resulta esta concepción de la Educación, para qué nos vamos a engañar. Empezando, precisamente, por la nada inocente utilización del propio concepto. Formar en las pericias y saberes que demandará el mercado será, en todo caso, enseñar, o adiestrar, o instruir, si se prefiere, pero nunca educar; educar es otra cosa. Educar es laborar para mejorar al ser humano, para enriquecerle, ayudándole a que sus facultades, sus potencias, sus cualidades, desarrollen, como diría Kant, “…toda la perfección que su naturaleza lleva consigo” con el fin de convertirlo en una persona libre y responsable. Y feliz, en la medida de lo posible.

No es difícil entender que corran malos tiempos ―¿los peores?― para los educadores, para los enseñantes, para los docentes, para los profesores, para los maestros, o para como quiera y quieran que se denomine a quienes se dedican a uno de los menesteres más socialmente valiosos, solidarios, comprometidos y nobles que se pueda encomendar a un ser humano. Destilados a partir de valiosísimas experiencias compartidas, los ideales educativos conducentes a preparar al hombre para “el ministerio individual y social de la vida”, que decía Giner de los Ríos, se ven intensamente hostigados por las avasalladoras demandas de eficiencia económica del neoliberalismo… “Los alumnos no deben estudiar lo que quieren, sino lo que propicie su empleabilidad”, dejó dicho un ministro de Educación, Cultura y Deporte, José Ignacio Wert… Este Wert es también el Wert de la “ley Wert”, conocida en el siglo como La Ley Orgánica 8/2013, de 9 de diciembre, para la mejora de la calidad educativa (LOMCE). A los efectos que aquí interesan, la tal LOMCE pasó por el sistema educativo como elefante por cacharrería y se llevó por delante todo lo que tuviera aroma a humanidades, esto es, a las bobadas y necedades varias ―pamplinas, para entendernos―, que impiden al alumnaje estar a lo que hay que estar. Y es que, como dijo el ministro este: "Hay asignaturas que distraen". 

Claro que este Wert es solo un ascensorista en el imponente edificio del neoliberalismo, uno de cuyos más afamados arquitectos, Hayek, Friedrich August von Hayek, premio Nobel de Economía, y jurista, y filósofo, presenta una más poderosa razón para justificar el escamoteo de las disciplinas que permitan al ser humano potenciar precisamente esa humanidad aprendiendo a apreciar, a entender, a pensar, a sentir y a disfrutar…: “Tampoco podemos cifrar todas las esperanzas en que aumentando los niveles culturales todo vaya a mejor”, que eso ya es otra cosa, que lo mismo es que ciframos mucho y luego pasa lo que pasa, porque “No existen razones que induzcan a pensar que, si los superiores conocimientos que algunos poseen llegaran a ser de dominio general, mejoraría la suerte de la sociedad”. Lo dicho: otra cosa, otro nivel. Porque de semejante frase no puede afirmarse que se trate de una necedad. De una canallada, tal vez ―casi seguro―; pero necedad, bajo ningún concepto. Si no va a mejorar la suerte de la sociedad, y eso lo sabe Hayek de buena tinta, son ganas de ganeta habilitar los medios que procuren la mejora de la suerte de los individuos. Por razones que se me escapan, aunque lo menciono solo porque no deja de resultar curioso, los “algunos” que poseen los “superiores conocimientos” son los mismos algunos que no acaban de ver la menor utilidad en que esos conocimientos sean puestos a disposición del resto de los ciudadanos. Y me viene a la mente El Roto, otra vez: “No hace falta que vuestros hijos estudien, ya lo hacen los nuestros”. 

(*) Andrés Sopeña Monsalve, profesor jubilado de Derecho Internacional Privado en la Universidad de Granada y autor de los libros "El florido pensil" y "La morena de la copla", es miembro de la asociación ciudadana Granada Republicana UCAR.

https://lamiradacomun.es/opinion/fracaso/