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jueves, 29 de septiembre de 2011

La efímera transición


José M. Roca

Nueva Tribuna

15/09/2011

Acaba de darse cuenta Artúr Mas de que la Transición, así con mayúscula, ha terminado, porque Zapatero y Rajoy han acordado reformar la Constitución sin contar con CiU, desaire que el President ha considerado un desprecio a Cataluña. ¡Hombre, no! Cataluña es algo más, mucho más que Mas y mucho más que CiU, aunque el repentino y sorprendente acuerdo entre dos líderes que han vivido de espaldas desde hace años no deje de ser una prueba de cabildeo y un acto de infantil pleitesía ante el triunvirato -Merkel, Sarkozy, Trichet- que gobierna la Unión Europea, rendido por el más aplicado de sus alumnos.

Pero Mas, ya escaldado por un auto del Tribunal de Justicia Superior de Cataluña ratificando otro del Supremo sobre el castellano en la escuela, no es el único en confirmar el deceso de la Transición; ya lo habían hecho responsables de otros partidos, incluido el PP, que tanto hizo por acabar con ella. También la Conferencia Episcopal en una carta pastoral de noviembre de 2006, acusaba al Gobierno de haber roto el espíritu de reconciliación y consenso de la Transición, en el cual la Curia se atribuye un papel principal. Pero todos ellos hablan de algo que, como el cadáver de Lázaro, ya hiede. Hedor que han detectado algunos sectores de la sociedad española con el olfato democrático más fino, que solicitan continuar las reformas que la transición dejó pendientes y, desde luego, los jóvenes indignados del 15-M, que han salido a la calle para exigir que se entierre ese cadáver, porque la vida sigue.

La idealizada Transición, como proceso de reformas políticas, fue una etapa breve, aunque sobrevivió mucho más tiempo como mito fundacional del régimen parlamentario que sucedió a la dictadura.

Pasada la larga noche de la etapa franquista, en la que la dictadura estuvo legitimada por el mito de una cruzada contra el bolchevismo y por el origen -el 18 de julio de 1936- de lo que, con notorio abuso, el bando vencedor en la guerra civil llamó un alzamiento nacional, la sociedad española de nuestros días se erige sobre el mito de la refundación democrática de la II Restauración borbónica -o la tercera si se tienen en cuenta la de Fernando VII, en 1814, y la de Alfonso XII, en 1875-, y la consiguiente reforma del Estado plasmada en la Constitución de 1978, proceso ya conocido como transición a la democracia.

En este relato, convertido en nuestro moderno mito fundacional, los elementos racionales y visibles, los componentes históricos y sociológicos verificables se combinan con trazos notablemente oscuros y con pasajes ambiguos cuyo vigor explicativo debe más a la creencia de la ciudadanía que a su correspondencia con la realidad.

Este discurso sobre la Transición, en el que se reparten halagos en abundancia para sus protagonistas, afirma, en síntesis, que el cambio de régimen desde la dictadura franquista hasta la monarquía parlamentaria es un proceso en sí mismo democrático -transición democrática-, cuya realización fue posible por la madurez cívica del pueblo español, porque fue conducido de manera serena por una clase política responsable -tanto la élite procedente del régimen franquista como la surgida de la oposición democrática-, por el respeto mostrado por los llamados poderes fácticos, en particular por el Ejército, y por la actitud de la Iglesia católica a favor de la reconciliación; por haber estado impulsado por un noble motor -la Corona- y haber sido patroneado hasta buen puerto por un excelente timonel -el Rey-.

Esta delineada explicación, ideal, o mejor dicho ideológica, pues responde a intenciones derivadas de conveniencias de grupo y de intereses de clase, ha tratado de eliminar las diferencias, destacar los acuerdos y ocultar los intereses que, provenientes, sobre todo, del bloque social dominante durante el franquismo, han logrado no sólo sobrevivir amparados en el interés general, sino crecer y desarrollarse hasta condicionar la evolución del propio régimen democrático. Sin embargo, ese edulcorado relato se convirtió en hegemónico, aunque ahora se admita que está erosionado.

Lo que podría llamarse espíritu de la transición, no sólo el idealizado consenso entre partidos, que estuvo plagado de tensiones y se alcanzó tras enormes concesiones por parte de las izquierdas, sino referido a la esperanza popular en la llegada de un tiempo distinto, al ímpetu por las reformas, al interés de la gente por la política, a la movilización ciudadana y a la expectativa de obtener mejoras a corto plazo, también fue breve, y desde luego, minoritario; a pesar de las grandes movilizaciones, una parte importante de la población se mostró muy pasiva ante el cambio de régimen; se diría que, en aquellos años constituyentes, una parte del pueblo que empezaba a ser soberano era muy poco consciente de lo que representaba la soberanía.

La Transición empezó a morir cuando las clases subalternas comprobaron que la democracia no llegaba con un pan debajo del brazo sino con la congelación salarial y la reconversión industrial en la cartera, medidas con las que se salió de la larga recesión de los años setenta (en el legado de Franco figuraba medio millón de parados).

Al final de los años ochenta, saneado el sector bancario (que precisó el adelanto de 1 billón de pesetas de dinero público) y el vetusto aparato productivo de la dictadura con nuevas reconversiones (siderurgia, minería, astilleros), y colocadas las bases del incipiente Estado del Bienestar (financiado con la privatización de empresas públicas), hubo una etapa de prosperidad incentivada por la entrada de España en el Mercado Común Europeo, que duró hasta 1992, con los fastos del Vº Centenario, la Expo de Sevilla y la Olimpiada de Barcelona.

Una nueva, aunque breve, recesión económica se añadió a la crisis moral o de valores que acompañó a los mandatos de González, cuando apareció la ligazón del PSOE y el dinero, de la socialdemocracia con la beautiful people y la impúdica exhibición de riqueza, el tráfico de influencias, los nuevos ricos, los pelotazos y la corrupción (que también afectó al PP, al PNV y a CiU). Todo ello eran signos de la adaptación a escala nacional de la ideología y la praxis neoliberal propugnada por la de Reagan y Thatcher, que expresaba el triunfo del mundo de los negocios sobre el mundo del trabajo, de la competencia sobre la cooperación, del individualismo sobre la solidaridad, del interés personal sobre el de la comunidad y el privado sobre el público. Valores y comportamientos que estaban bastante alejados de lo que debería ser el programa socialdemócrata, por muy tibio que este fuera. Así, pues, el PSOE alimentó el desencanto que desembocó en la huelga general de diciembre de 1988, que expresaba la ruptura con los sindicatos y con buena parte de su base electoral.

La furibunda oposición del Partido Popular para desgastar al Gobierno de Felipe González dio la puntilla a la transición y anticipó lo que se avecinaba.

La segunda transición auspiciada por Aznar suponía una involución respecto a la primera, un salto atrás: su Gobierno hizo un uso patrimonial del poder, restauró la opacidad y las formas autoritarias; se apropió de símbolos nacionales para utilizarlos de manera excluyente y recuperó símbolos del franquismo; aumentó los privilegios de la Iglesia para unir la reevangelización a la reespañolización de España; montó un régimen de propaganda; reescribió la historia reciente; congeló la Constitución y se arrogó la exclusiva interpretación del consenso -el consenso era darles la razón-; y lejos de regenerar la vida política, diseñó un modelo productivo que facilitaba la corrupción.

Hoy estamos en otra época bien distinta de aquella de finales de los años setenta y principios de los ochenta; es más, tras los cambios habidos desde entonces en la sociedad española y ante una recesión que se presenta larga, estamos a las puertas de otra, cuyos rasgos aún no están bien perfilados como para calificarla, pero se intuyen con claridad suficiente como para indicar que será muy diferente a la actual. Además del severo deterioro del sistema económico, tanto ha sido el retroceso ideológico y político que no estamos ya en la post-transición, sino en el umbral de un refranquismo encubierto por el barniz de una democracia formal y restringida.

http://www.nuevatribuna.es/articulo/espana/2011-09-15/efimera-transicion/2011091513080600648.html

martes, 27 de septiembre de 2011

Fandangos en la trinchera


Un libro del cantaor Juan Pinilla rescata la historia del flamenco revolucionario y desmonta el mito que retrata a estos artistas como alérgicos al compromiso social

Ángel Munárriz

Público

25/09/2011

En una de sus últimas entrevistas antes de fallecer en diciembre de 2010, a Enrique Morente le hicieron una pregunta con truco. "¿Por qué el flamenco es de izquierdas y los flamencos de derechas?", le soltó el periodista Paco Espínola. Morente se quedó sorprendido, pero reaccionó desplegando ironía: "Somos de donde más nos convenga. Que viene la izquierda, para la izquierda; que viene la derecha, para la derecha; el centro, para el centro... Menos para atrás, para cualquier lado".

A Morente le pudo la tentación de dar una respuesta socarrona, de reírse del topicazo que describe al flamenco como un artista pícaro, como un bohemio desinhibido que vive al día, siempre listo para asomar la voz allí donde brillen un par de monedas. Pero bien sabía el geniecillo del Albaicín que la historia suele escribirse en el envés del mito. Él mismo, sin ir más lejos, estuvo siempre en el mismo sitio, en el que dictaba su conciencia.

Lo estuvo el 20 de diciembre del 73, en el Colegio Mayor San Juan Evangelista de Madrid, cuando arrancó su recital con este fandango de José Cepero: "Pa' ese coche funeral / yo no me quiero quitar el sombrero. / Pa' ese coche funeral / que la persona que va dentro / me ha hecho a mí de pasar / los más terribles tormentos". La letra, aunque grabada desde los treinta, sonó aquel día distinta... teniendo en cuenta que, horas antes, ETA había asesinado a Carrero Blanco. El recital se suspendió y Morente pagó con una multa de 100.000 pesetas y una noche en el calabozo.

Esta historia está recogida en el libro Las voces que no callaron. Flamenco y revolución (Atrapasueños), que acaba de publicar el cantaor Juan Pinilla (Huétor-Tájar, Granada, 1981), premio Lámpara Minera en el Festival de las Minas de la Unión de 2007. "El flamenco no va al sol que más calienta, como se suele decir. Los críticos que explican el flamenco como un arte en su burbuja no lo entienden", opina Pinilla.

El infarto del Chato

Estudiosos como José Manuel Gamboa o Alfredo Grimaldos ya habían documentado la vinculación de numerosos flamencos con la República, el antifranquismo, la causa obrera... La particularidad aquí es que es Pinilla, cantaor de izquierdas, quien rinde homenaje a sus mayores en un compendio de nombres, anécdotas y reflexiones. El cantaor repasa decenas de casos. Está el del Chato de las Ventas, un payo nacido en 1887 que gustaba de dejar oír por Lavapiés sus letrillas jocosas, sin esconder su republicanismo. Murió en la cárcel de Cáceres, en noviembre de 1936, se cree que de un infarto al comunicársele que iba a ser fusilado.

Son muchos los que mostraron compromiso tricolor: La Niña de los Peines, Vallejo, Guerrita, Fanegas... Llegada la dictadura, el castigo era el ostracismo o la persecución. O el exilio. Angelillo, cantaor vinculado a la CNT, se fue a Argentina. Otros muchos, a Francia o a Portugal. Juanito Valderrama, que había combatido en el bando republicano, los homenajeó en El emigrante (1959), de la que el propio Franco llegó a pedirle un bis durante una fiesta en una cacería. "Esto es para enterarse bien de lo que dice y meterme preso", pensó, según confesó. Pero tuvo suerte.

"Aún está por reivindicar la posición ética y de compromiso de tantos y tantos", dice Pinilla, que completa el libro con un CD en el que canta una selección de letras reivindicativas. ¿Por qué triunfó el tópico del "olé, María y fandango"? En primer lugar, por el éxito del nacionalflamenquismo promovido por Franco, que subrayaba sus aspectos lúdicos y triviales, postergando su naturaleza de quejío de un pueblo -el gitano- históricamente castigado.

Esto provocó el "absurdo" equívoco de ligar en la opinión generalizada el flamenquismo y la copla con la derecha, señala Félix Grande, poeta y flamencólogo. "Es un mito asentado sólo en que a Franco le gustaba llamar de vez en cuando a un artista para que le cantara algo. ¡A ver quién le decía que no!", reflexiona Grande, que recuerda que, en las fiestas de señoritos, los flamencos eran en muchos casos "humillados" y sufrían terribles desconsideraciones.

A la formación del tópico de la indolencia se suman los prejuicios sobre el flamenco alentados desde el último tramo del siglo XIX por el antiflamenquismo, una corriente con eco en la Generación del 98 según la cual aquellos cantes quejumbrosos eran el primer indicador del atraso cultural de la atávica España, junto con los toros.

Eugenio Noel (1885-1936) fue de los primeros en abonar la idea del flamenco como patria de hedonistas achulados. "Un hombre flamenco es un ser humano a quien toda clase de cuestiones le tiene sin cuidado, a excepción de las que puedan afectar a su interesante persona", dejó escrito.

Pero no es así, aunque el control de la dictadura dejó bajo mínimos el flamenco profundo y acalló las voces de los artistas críticos. "Como todo trabajador que depende [...] del señorito de turno, no eran artistas libres [...]. Algunos hubieron de hacerse carnés de Falange para trabajar", escribe Pinilla.

Ocurre, además, que tanto el estrato social de los flamencos como su nivel cultural eran más bajos que los de, por ejemplo, los poetas, que sí dominaban más recursos y sutilezas para expresar su rabia y homenajear a colegas represaliados.

La censura puritana

Las letras sufrieron mutilaciones groseras. La copla -prima hermana del flamenco- Ojos verdes, de Rafael de León, cambió su inicio picante, "Apoyá en el quisio de la mansebía", por otro menos sugerente: "Apoyá en la trama de mi celosía". El tabú sexual se cebó además con los artistas homosexuales.

La mordaza funcionó. El actor y director teatral Salvador Távora (Sevilla, 1934) observó, ya en los sesenta, que "el flamenco iba por un lado y el pueblo andaluz por otro". "Cuando el arte y la sociedad se alejan, es que fallan los dos", opina Távora, que incorporó a las tablas un imaginario flamenco sin folclorismos. Su obra Quejío fue un aldabonazo para la lectura progresista del flamenco, que también reivindicaron Caballero Bonald o Fernando Quiñones. "Hoy el flamenco debe recuperar su papel perdido en las conquistas sociales", apunta Távora. Pinilla va más lejos: "Antes era el señorito, ahora es la administración, con su control sobre el circuito artístico, la que ejerce una labor castrante".

Según Távora, en los setenta el flamenco sí consiguió quitarse las ataduras que tan gráficamente empleaba él en Quejío. Fueron por entonces incómodos para el régimen los bailarines y coreógrafos Antonio Gades y Mario Maya. Y un puñado de cantaores que dijeron lo que había que decir, desde el rupturismo o el posibilismo: El Lebrijano, El Cabrero, Manuel Gerena, José Menese, Paco Moyano, Morente... "A mí, por cantar a Lorca, me entraron en mi casa los de Fuerza Nueva, pegaron un tiro y casi me matan. Fui a denunciar y el malo era yo, joé. Claro, gitano y con patillas", cuenta con gracia el mítico Curro Albayzín, responsable de organizar, por su cuenta y riesgo, los primeros homenajes a Lorca en la curva de Víznar, en los albores de los setenta.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Dinastías cotidianas



La Opinión de Granada

14/04/2006

La película es de Walt Disney y comienza así: sobre una roca que domina una gran planicie, un mono-sacerdote eleva al aire a un cachorro de león. Bajo la mirada satisfecha de su padre y de su madre la reina, las manadas de animales clavan la rodilla en el suelo en señal de vasallaje. Ha nacido el rey león. El mensaje es claro: en el orden natural de las cosas o eres león, o eres mono o clavas la rodilla. Señor, clero o vasallo, per natura, por la fuerza de la sangre. La rebelión contra el rey no sólo es delito contra la sociedad, sino también pecado contra la naturaleza.

Curioso que tengamos que ir a Hollywood en busca de ejemplos culturales monárquicos. Y curioso también que habiendo cada vez menos reyes de sangre en el planeta, la sociedad civil se nos esté llenando de nuevos dioses y de dinastías cotidianas. Mientras que nuestros niños ven el Rey León, las masas que iban a hacer la revolución firman contratos laborales en condiciones premarxianas y dedican las mañanas a ver por televisión los bautizos de princesas y las bodas con pretensiones y tufo del Escorial.

Y sobre las masas dirigiéndolas, los tribunos de la plebe, barones de la izquierda desde tiempo inmemorial, abdicantes de boca chica, aspirantes al trono en duelo de monarquía visigoda, con otros tribunos locales, autonómicos o estatales. Republicanos incluso, siempre que la república sea presidencialista (y si es un poco dinástica como en Estados Unidos, mejor) y siempre que la presidan ellos.

Y los señores del gobierno, de las administraciones públicas o de la banca –esos "grandes hombres" que andan con una gran mujer detrás o debajo – heredan, con naturalidad, las jefaturas de servicio, las cátedras universitarias, las embajadas, los generalatos, e incluso los ministerios. ¿Quién puede escandalizarse por estas pequeñas dinastías cotidianas, si así se accede a la mismísima jefatura del estado? ¿Quién se escandalizará de que un día nuestros hijos claven la rodilla ante el patrón, si eso es lo que hacen nuestros alcaldes ante los reyes cada vez que los dejan y porque no los dejan más?

La Segunda República no fue sólo un cambio en la forma del estado, si hubiera sido sólo esto probablemente aún perduraría. Significó sobre todo la abolición del vasallaje y el nacimiento consiguiente del estatuto de la ciudadanía. El contrato social, ese expediente imaginario que rige de forma previa a la constitución histórica cambió su enunciado. Ya no decía: "a partir de ahora te someterás a la voluntad de Dios, del Rey o de los tribunos civiles o militares de la Nación o de la plebe", decía "sobre todo lo que afecta a mi estatuto de ciudadano, mi libertad, mi vida, mi memoria, mi nombre... no decidirás ni por la fuerza de las armas, ni por la gracia de Dios, ni siquiera por el poder de los votos".

Decía por decirlo de otra manera que sólo yo tengo derecho a equivocarme en lo que más quiero y más me concierne y que ni reyes, ni tribunos, ni Dios, decidirán sobre lo que sólo yo puedo decidir.

La Razón con mayúscula nos acompañará siempre para reivindicar el estatuto de ciudadanía, para abolir el señorío, la sucesión dinástica en el poder y el vasallaje. Y la memoria de cada uno de los muertos en las tapias por este orden laico, de la libertad, la igualdad y la ley, será una razón con minúscula para perseverar siempre por la república federal.


* José Luis Serrano Moreno es catedrático de Filosofía del Derecho en la UGR y socio de UCAR-Granada.

viernes, 23 de septiembre de 2011

La Constitución de 1978, última Ley Fundamental del franquismo


José Manuel Lechado García


07/09/2011

La reciente reforma por vía de urgencia del artículo 135 de la Constitución de 1978 ha sacado este texto legal del limbo en el que suele habitar la mayor parte del tiempo.

El debate se ha centrado en la necesidad o no de esta reforma impuesta por los todopoderosos mercados y defendida por los dos partidos turnistas (PP y PSOE) frente a la exigencia popular (en el buen sentido de la palabra) de un referéndum para que los españoles aprobaran o no el cambio en esta ley fundamental.

El primer aspecto, la necesidad o su ausencia, ha quedado soslayado por esa ley del embudo que con tanto gusto aplican los políticos profesionales. Así, este nuevo recorte de derechos sociales —en un país que de por sí tiene un Estado del Bienestar raquítico— se combina con una representatividad ciudadana y un grado de democracia cada vez más enclenques. Los poderosos en España tienen un miedo atroz a los pronunciamientos del pueblo, mientras que los políticos a sueldo no sienten vergüenza a la hora de obedecer a sus amos.

La reforma constitucional se ha ejecutado, pues, siguiendo la costumbre: sin consultar a los afectados. Es un motivo de justa indignación ciudadana y, sin embargo, no es esta miseria democrática lo más grave, puesto que el proceso en sí ha sido por completo legal. El detalle preocupante, aunque apenas se ha tratado en el debate público, es la propia Constitución de 1978. Es decir, el texto en sí mismo, al completo, que no es otra cosa que la última Ley Fundamental de la dictadura franquista.

Las Leyes Fundamentales fueron un conjunto de normas promulgadas por la dictadura entre 1938 (Fuero del Trabajo) y 1977 (Ley para la Reforma Política). Las otras seis leyes fueron: Ley de Cortes (1942), Fuero de los Españoles (1945), Ley de Referéndum (1945), Ley de Sucesión (1947), Ley de Principios del Movimiento Nacional (1958) y Ley Orgánica del Estado (1967). Esta diarrea legislativa del franquismo denuncia dos de las características más notables de este gobierno usurpador: por un lado el convencimiento íntimo de su propia ilegitimidad, que trataba de disimular emitiendo leyes sin parar; por otro, el temor a promulgar un auténtico texto constitucional. El resultado: un batiburrillo de normas, algunas francamente ridículas como los Principios (una colección de chorradas fascistas) y otras que apenas se aplicaron, como la Ley de Referéndum.

Aunque a los franquistas les escocerá el detalle, lo cierto es que el conjunto de esas ocho leyes fundamentales era de hecho una constitución. Perversa, de pacotilla, mal redactada, falsaria, confusa y a veces contradictoria, pero constitución. De todos sus rasgos, que requerirían un análisis más largo que el que podemos hacer aquí, cabe destacar dos: la ambigüedad y el blindaje. Dos aspectos que comparte, por cierto, con la Constitución de 1978, redactada, recordémoslo, por un equipo de burócratas franquistas.

Las Leyes Fundamentales pretendían ser eternas. Así quedaba claro en su articulado, que incluía disposiciones absurdas y ajenas a Derecho, asegurando no ya la inviolabilidad de las normas, sino su carácter imperecedero, de derogación imposible nada menos. Esto, que es un disparate desde el punto de vista legal y político, se cumplió no obstante gracias a la promulgación en 1978 de una constitución que resumía los contenidos de las Leyes Fundamentales y heredaba de paso su inmensa ambigüedad. En este sentido, la Disposición Derogatoria que figura al final de la Constitución de 1978 no es sino una declaración de que las Leyes Fundamentales quedan refundidas y ordenadas en el nuevo texto que las sustituye y que muchos, de forma no muy correcta, citan como «Carta Magna».

La Constitución de 1978, ambigua como pocas y casi intocable en sus aspectos esenciales (ordenamiento del Estado), representa una consolidación del statu quo tardofranquista. Es una norma que complementada con la Ley de Amnistía de 1977 implica sobre todo un vasto decreto de punto final (o más bien de punto y seguido) para asegurar que la clase dominante durante la dictadura conservaría todos sus privilegios y poder y nunca sería sometida a juicio alguno por sus responsabilidades criminales o su complicidad con el sanguinario régimen fascista. La «modélica transición», concretada en el opúsculo constitucional, maquilló el rostro de un sistema obsoleto sin variar en nada sus estructuras de fondo, injustas, arbitrarias y basadas en el gran latrocinio iniciado el 17 de julio de 1936 por una coalición de millonarios, obispos, aristócratas, fascistas y militares traidores.

El heredero del dictador, Juan Carlos Borbón, se consolidó como cabeza de un régimen oligárquico que, pese a su nueva apariencia parlamentaria y constitucional, seguía funcionando igual que en vida del vetusto dictador ferrolano. Hoy, treinta y cuatro años después, la riqueza, el poder y los altos cargos siguen en manos de los mismos, apoyados en la cómoda alternancia del sistema parlamentario turnista bendecido por la Constitución de 1978 y que tanto recuerda a la Restauración canovista en el siglo XIX.

La democracia de 1978 es endeble, anémica y muy poco representativa. La participación ciudadana es mínima. Entre otras cosas porque la oligarquía nacional ha heredado del franquismo un inmenso temor —comprensible por otra parte— al pueblo de España y por eso lo mantiene apartado de la vida pública en el mayor grado posible. La pantomima de las legislativas cada cuatro años, con resultados «asegurados» por un procedimiento electoral extraordinariamente injusto, es todo lo que se ha concedido al pueblo español en ese texto constitucional que «nos hemos dado».

Aunque, ¿de verdad «nos hemos dado» algo? La Constitución de 1978 fue redactada por un equipo de ponentes que no eligió el pueblo, sino que fue designado a dedo por un gobierno de viejos franquistas. Y el referéndum se planteó como las famosas lentejas: esto es lo que hay, lo tomas o lo dejas. No se ofreció alternativa alguna, porque volver a lo anterior era tan inviable como ofrecer una democracia auténtica. Esto, en términos políticos, da al texto de 1978 cierto carácter de carta otorgada, bastante alejado de lo que es una constitución de verdad, y fortalece el carácter de Ley Fundamental de esta reliquia jurídica.

Por otra parte la constitución vigente fue aprobada en 1978 por 15.706.078 votos afirmativos. En la actualidad viven en España unos 45 millones de personas, lo que implica que, en el mejor de los casos (suponiendo que todos los que votaron en 1978 siguieran vivos), 30 millones de españoles —al menos— ven sus vidas y haciendas gobernadas por una ley que ni siquiera tuvieron oportunidad de votar.

Teniendo en cuenta todo lo dicho, que se someta o no a voto una reforma parcial es casi irrelevante, puesto que lo que la ciudadanía debería exigir a estas alturas no son parches ni reformas parciales, sino la completa derogación de la Constitución de 1978 y su sustitución por un texto nuevo, apropiado a los tiempos que corren y que asegure la instauración de un sistema democrático de verdad, justo, equilibrado y encaminado al buen reparto de la riqueza y los recursos. Una medida higiénica que podría ser el primer paso para convertir a España, quizá por primera vez en su historia, en un país soberano. O simplemente en un país, que no sería poco.

En resumen, la exigencia ciudadana no debería limitarse a parchear un sistema podrido, sino que debería llamar a una refundación nacional que, sin duda, gustará muy poco a la oligarquía «nacional», esa casta cortijera enamorada de tricornios y mantillas que teme —y tiene razones para hacerlo— la voluntad del pueblo español.


* Ilustración de Mena.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Cuando menos es más


Emilio J. García-Wiedemann
*

Ideal

11/09/2011

Este mundo paradójico nos ofrecía, recientemente, una perla más con la que ejemplificar su calificación. Me refiero, en este caso, a la declaración de los milmillonarios “suplicando” que les suban los impuestos. La primera lectura, preñada de cándida bondad, interpreta que los ricos también lloran y que se apiadan de los que ellos mismos han desposeído y quieren contribuir a paliar, de algún modo, las desdichas que han generado. Acto seguido, superado el ‘ataque de sensibilidad’ y con la historia como fiel consejera, hay que pensar que la situación debe estar muy malita como para que los predadores quieran echar unas migajas a los crecientes menesterosos y que su ‘caridad civil’ esconda, en realidad, su imperiosa necesidad de que el común siga consumiendo sin fin para continuar alimentando sus insaciables cuentas bancarias.

Igualmente ‘curioso’ es el hecho de que la súplica del ‘flagelo fiscal’ se produzca allende los mares y en Francia y Alemania, mientras que las fortunas patrias callan y dejan que haga de portavoz Rosell, ‘casualmente’ abanderado de la patronal, para quien recuperar el impuesto sobre patrimonio en nuestro país sería “complicarse la vida”, calificándolo de “arcaico”. Con lo que el ‘futurista’, adalid del despido libre y cercenamiento de los derechos de los trabajadores, deja claro que sería tocarle el bolsillo a los poderosos. Una antigualla, vamos. ¿Cuánto han dejado de ingresar las arcas de Estado con la supresión del impuesto?

Unos pocos lo han acaparado todo, hecho del que Rousseau se hace eco, en su “Discurso sobre el origen y fundamento de la desigualdad entre los hombres”, denunciando claramente la falsedad de la propiedad: “¡Cuántas guerras, asesinatos, miserias y horrores no hubiese ahorrado al género humano quien, arrancando las estacas o rellenando la zanja, hubiese gritado a sus semejantes: ‘Guardaos de escuchar a este impostor; estáis perdidos si olvidáis que los frutos pertenecen a todos y que la tierra no es de nadie!’” En efecto, como en otro texto roussoniano puede leerse, la propiedad es un robo.

El momento histórico que vivimos nos pone en una situación ideal para repensar muchos conceptos. En varias ocasiones, les he manifestado que el desarrollo capitalista que conocemos no puede ser, en absoluto, infinito, pues, los recursos no lo son. Hora es pues de crecer, sí, pero hacia adentro, de profundizar en los valores que realmente nos hacen merecedores de llamarnos humanos. Menos cosas, sí, más corazón solidario. Vindicación de lo pequeño que podemos admirar de cerca, de la lentitud que nos permite meditar debidamente. El futuro ha llegado, está en nuestras manos.

http://loquepiensasynodices.wordpress.com/2011/09/11/cuando-menos-es-mas/

* El autor es catedrático EU en el Departamento de Lengua Española de la Universidad de Granada.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Compañero del alma, compañero


Juan Diego Botto

17/09/2011

Cartas de los lectores

Público

No se detendrán los coches en las calles, ni se vestirán de luto los semáforos. No se tornará tricolor la bandera al menos por un día en homenaje. No desaparecerán las injusticias ni la propiedad privada. No escucharemos el grito mudo de los medios de comunicación ni veremos arrodillarse a las grandes fortunas ni a los próceres de la patria frente a su tumba. Pero en la noche del jueves murió una de las mejores personas que he conocido en mi vida, un hombre que ha sido un ejemplo de humanidad, ética y firmeza de principios. Un compañero que fue un inmenso actor. Hoy se hace insoportable ver que la vida sigue ajena a una pérdida tan grande. Para sincronizarse con el dolor de tantos actores que hoy lo lloramos, el mundo debería detenerse unas horas, al menos una hora. Este planeta sin ti, querido, tan querido Jordi Dauder, es sin duda peor. Pero seguiremos trabajando para, humildemente, algún día dejarlo a la altura de tus sueños.


* Desde UCAR-Granada nos unimos al recuerdo del actor y activista Jordi Dauder, fallecido este pasado viernes 16 de septiembre de 2011, divulgando esta carta del también intérprete y luchador social Juan Diego Botto al diario Público. De esta manera queremos homenajear, en la medida de nuestras humildes posibilidades, al leal compañero republicano que acaba de abandonarnos.

viernes, 16 de septiembre de 2011

El regreso de la pobreza


Michel Wieviorka*

La Vanguardia

14/09/2011

En el momento del nacimiento de la sociedad industrial en Europa, el tema de la pobreza –miseria, se la llamaba entonces– estaba aún muy presente, y las principales respuestas que suscitaba eran de orden caritativo y a menudo obra de las iglesias. A continuación, se desarrolló la idea de que la cuestión social no era tanto la de la pobreza como la de una relación de dominación donde se oponían los obreros y los dueños del trabajo. La explotación de los trabajadores se convirtió entonces en el gran asunto. La transformación quedó ilustrada de forma espectacular en la respuesta dada por Karl Marx a Joseph Proudhon, que publicó a mediados del siglo XIX Filosofía de la miseria y fue objeto de la réplica de Marx en un libro titulado Miseria de la filosofía. Ya no era el momento de tratar sobre la pobreza; de hacer caso a Marx, lo que había que hacer era aplicarse a desarrollar un conocimiento concreto y crítico del movimiento histórico y acabar con la "crasa ignorancia" y el carácter "pequeño burgués" del proceder de Proudhon.

En efecto, el siglo XX hasta la década de 1980 dio más bien la razón a Marx, al menos sobre ese punto. Dejando de lado un desempleo a menudo residual o las épocas de crisis, las sociedades industriales incluyeron a los obreros; y, si estos se movilizaron, fue más para denunciar la injusticia, incluso la brutalidad de las relaciones de producción, que la miseria o la pobreza. Los obreros podían definirse como proletarios, el discurso político podía hablar de su pauperización, pero el corazón de la cuestión social ya no se encontraba ahí: estaban ante todo dominados y explotados, privados del control que consideraban legítimo sobre las herramientas de producción, los frutos de su trabajo y, de modo más amplio, las orientaciones generales de la vida colectiva. El movimiento obrero no pedía tanto librar a los obreros de la pobreza como asegurarles la dirección de la historicidad, el control de la inversión, el gobierno de la sociedad. Y, si había que aportar respuestas a las dificultades propiamente económicas de la población, éstas no se esperaban tanto de las organizaciones caritativas como del Estado, que se suponía que debía asegurar la redistribución y contribuir a la justicia social (el Estado-providencia o Estado del bienestar). Por su parte, las capas medias, esa "pequeña burguesía" tan a menudo vilipendiada por los marxistas, se analizaron casi siempre a partir de una idea de polarización, pensando que oscilaban o vacilaban entre los dos campos del conflicto estructural, llamado por muchos de clase.

Entonces llegaron las décadas de 1980 y 1990, la salida de la época industrial clásica y con ella el declive del movimiento obrero, pero también la exclusión, la relegación en barrios que se volvían miserables y una no relación social que ocupaba el lugar de las relaciones de producción. El Estado de bienestar se fue destruyendo a medida que se desarrollaban las ideologías liberales y luego neoliberales que acompañaron ese movimiento de conjunto para justificarlo mejor. Se extendió el desempleo y, con él, la precariedad. Varios países occidentales conocieron entonces disturbios urbanos, se habló de guetos, se crearon o reforzaron organizaciones humanitarias para ayudar a mantener la cabeza fuera del agua a unas poblaciones en situación desesperada.

A partir del 2008, la crisis financiera y económica ha amplificado esta evolución hasta el punto de poder decir que hoy el principal drama social consiste en no ser explotado, estar sin trabajo o muy precarizado. En los países occidentales, no se percibió de forma inmediata que esas transformaciones ponían en entredicho de un modo fundamental la estructura social, quizá debido a que las instituciones encargadas de la redistribución o de la seguridad social fueron capaces de evitar lo peor.

Sin embargo, esa ya no es la situación. En todas partes, en Europa y fuera de ella, los informes presentan la misma constatación: la pobreza progresa masivamente, incluso en el seno de los países septentrionales. Lo medido en esos países es relativo, y el cálculo consiste por lo general en considerar los ingresos medios. La pobreza se sitúa en Europaa partir del momento en que una persona gana menos del 60 por ciento de tales ingresos. En otras palabras, hablar de pobreza es hablar de desigualdades. Y decir que aumenta la pobreza es decir que se incrementan las desigualdades. En toda Europa se impone hoy la misma constatación: los ricos son más ricos que antes, y los pobres, más pobres.

Y, en semejante contexto, quienes se encuentran en medio, las capas medias, se inquietan: ¿no están también ellas amenazadas, sobre todo en estos tiempos de crisis, y no corren también el riesgo de quedar atrapadas en la espiral de la caída social? Los que tienen más edad se preguntan por el futuro de sus hijos, que vivirán peor que ellos; y es también en el seno de esas categorías intermedias donde se encuentran con frecuencia los actores más activos en los movimientos de indignados.

Los años de neoliberalismo triunfal han engendrado desigualdades crecientes, una clase cada vez más numerosa de pobres que son también cada vez más unos excluidos, una clase de ricos muy reducida, y sin relación alguna que los vincule y oponga al mismo tiempo unos con otros, y unas capas medias inquietas. El capitalismo fabrica hoy miedo, rabia, repliegue, o también pulsiones nacionalistas y xenófobas o racistas; es mucho menos que ayer una relación social de dominación organizada en el trabajo, las fábricas y los talleres. Y las capas medias, tradicionalmente activas en términos políticos y culturales, se sienten también ellas abandonadas, rezagadas o al borde de la movilidad descendente.

En contra de lo que ocurría cuando una relación social fundamental estructuraba la vida colectiva a partir de una relación antagónica entre el movimiento obrero y el capital, ya no buscan el sentido de su acción junto al primero, que ya apenas existe, ni del segundo, que se ha alejado considerablemente de ellas. Se está insinuando una nueva estructura social marcada por fuertes desigualdades, la ansiedad de las capas medias y la ausencia de un principio central de conflictualización. Es lo que viene a decir, en última instancia, la constatación actual acerca del incremento de la pobreza.

La historia dirá si se trata sólo del final del proceso de descomposición de la antigua sociedad o del nacimiento de una nueva.

* Michel Wieviorka es sociólogo y profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París.

** El excelente artículo que antecede estas líneas nos fue remitido a través del mail por el compañero Basilio Pozo-Durán, al que agradecemos de todo corazón su colaboración y compromiso con la causa republicana, publicando además la introducción que redactó como acompañamiento a la columna de Wieviorka:

Del Estado social y de derecho a las instituciones privadas de 'caridad', de explotadas/os a simples 'pobres'.

No se trata sólo del aumento de la pobreza, esto es, de la desigualdad, sino de la no-conciencia social de una clase trabajadora cada vez menos consciente del conflicto con la clase capitalista.

Vuelven los 'bancos de alimentos', aumentan las subvenciones públicas a Cáritas o a Cruz Roja, al mismo tiempo que se cierran ambulatorios, se privatizan hospitales, se despide profesorado, etc.

Y las/os explotadas/os, huérfanas/os de una organización hegemónica capaz de enfrentarse al capital y lo suficientemente amplia como para convertirse en alternativa al orden social imperante, se vuelven a ver como simples pobres, simples excluidas/os.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Negocios de la Real Casa. Una música con sonido a Euros


Arturo del Villar

Web UCR

13/09/2011

Por nada del mundo –con minúscula-- quisiera hacer propaganda del diario El Mundo –con mayúscula--, conocido popularmente –y sagazmente— como El Inmundo. Pero hoy, 12 de setiembre, la edición madrileña incluye un reportaje interesante en su página 10, titulado "La SGAE dio a dedo 300.000 € a Urdangarin". No es posible reproducir el reportaje, porque lo prohíbe el copyright del diario. Es lógico que procure vender ejemplares, ya que los únicos anuncios que le llegan son de puterío. Está claro que los lectores de este diario son aficionados al ejercicio del sexo. Aunque deben tener cuidado: a su director, Pedro J. [Jeta, según el decir popular] Ramírez le costó un vídeo su afán por establecer íntimas relaciones con Guinea, vía Exuperancia Rapú. Estaba muy mal realizado, aunque con mucha gracia.

Pero no pretendo hablar de cuestiones diplomáticas, sino de ese informe. Al no poder reproducirlo por cuestiones legales, vamos a resumir su contenido. Según cuentan Eduardo Inda y Esteban Urreiztieta, la intervenida Sociedad General de Autores y Editores (SGAE), cuando estaba presidida por el acusado de corrupciones innúmeras Teddy Bautista, músico en lejanos tiempos, firmó un lucrativo contrato con Nóos Consultoría Estratégica, S. L., presidida por Iñaki Urdangarin, el feliz esposo de Cristina de Borbón, dichosa hija de su majestad el rey católico nuestro señor, que Dios guarde. Con motivo de su romántico enlace con el exjugador de balonmano en 1997, el generoso y amantísimo real padre concedió a su hija el ducado de Palma de Mallorca (sin dignarse preguntar a los palmesanos su opinión, que hubiera sido muy digna de conocer, me parece), por lo que el balonmanista se convirtió en duque consorte y con tratamiento de excelentísimo señor. El deporte ennoblece en este reino: uno duque, otro marqués, y todos millonarios.

Esta circunstancia ha permitido al excelentísimo convertirse también en consejero de numerosas sociedades, y participar en chanchullos económicos lucrativos. Por ejemplo, en el conocido como caso Palma Arena, ahora investigado por el Juzgado número 3 de Palma de Mallorca. Parece probado que la entidad presidida por el duque consuerte de Palma se llevó 1.200 millones de euros de difícil justificación hasta hoy, y ya veremos lo que sucede cuando se celebre el juicio, si se celebra...

Y ahora se le añade el escándalo de la SGAE. Queda demostrado que no se puede pasar impunemente de jugador de balonmano a presidente de entidades financieras, a no ser que se que tenga un poderoso padrino. Aun así, cuentan los informadores de este reportaje que Nóos, es decir, el duque conmalasuerte, facturó a la SGAE en tres años una suma de 300.000 euros por la realización de unos presuntos informes que los consejeros de la entidad más recaudadora del mundo nunca jamás vieron.

Sentimos que la publicación de este reportaje le haya caído a su majestad el rey católico nuestro señor, que Dios guarde, en plena convalecencia de su última, por el momento, intervención quirúrgica. Lo que le faltaba.

Por la transcripción comentada del reportaje © El Mundo.

http://www.unidadcivicaporlarepublica.es/index.php/monarquia/las-cuentas-del-rey/2510-negocios-de-la-real-casa-una-musica-con-sonido-a-euros

lunes, 12 de septiembre de 2011

Melquíades Álvarez por partida doble


Luis Arias Argüelles-Meres

A orillas del Narcea

05/09/2011

«¿Que qué me parece el reformismo? Yo soy liberal, todo lo más liberal que usted quiera. Lo mismo me da Romanones, que Villanueva, que Alba, que Melquíades, con tal de que hagan lo que se debe hacer, a mi juicio: política liberal, verdaderamente liberal». (Unamuno, en una carta a Luis de Zulueta en 1916)

«En esencia, los reformistas eran socialdemócratas con un matiz fabiano. Siguiendo el espíritu de Costa, hacían hincapié en la reforma agraria, la tolerancia religiosa, la democracia parlamentaria y la educación laica». (Rockwell Gray)

¿Cómo es posible que haya pasado tan desapercibido el 75 aniversario de la muerte de Melquíades Álvarez, especialmente en esta tierra que fue la suya? El 22 de agosto de 1936 el gran tribuno gijonés fue vilmente asesinado por unos desaprensivos sanguinarios en el asalto que se produjo a la cárcel Modelo de Madrid contra los prisioneros políticos que allí se encontraban. Crimen aterrador, que horrorizó entre otros a Azaña y a Indalecio Prieto. De forma tan trágica como injusta así terminó sus días el gran tribuno, el prestigioso abogado, el catedrático universitario y el político que había fundado en 1912 el Partido Reformista, formación política en la que militaron, entre otros, Azaña, Ortega, Pérez de Ayala, Américo Castro y Augusto Barcia, formación política que -paradojas del destino- había sido el principal vivero del único Estado no lampedusiano de nuestra historia contemporánea, es decir, de la II República. De hecho, «La Liga para la Educación Política», que se creó en 1913 como apéndice del Partido Reformista fue, en palabras de José Gaos, el antecedente de la Agrupación al Servicio de la República.

Tengo escrito que Melquíades Álvarez fue, en el sentido más dramáticamente freudiano, el padre de la República. Y, por otra parte, a la hora de analizar su significado histórico hay un dato no menos inquietante y definitorio: nació, como Unamuno, en 1864, y murió, también como don Miguel, en 1936. Así las cosas, podría interpretarse que Melquíades Álvarez acaso fue el político más importante de la Generación del 98.

En cualquier caso, la cronología hace que nos encontremos con Melquíades Álvarez por partida doble, pues no sólo se acaba de cumplir el 75.º aniversario de su muerte, sino que además en abril del próximo año tendrá lugar el centenario de la fundación del Partido Reformista, partido político que combatió desde el primer momento la vieja política de la Restauración y que atrajo a los intelectuales más importantes de la España de entonces, y no olvidemos que estamos hablando nada menos que de la Edad de Plata de nuestras letras.

La figura de Melquíades Álvarez, que tanto protagonismo tuvo hasta la dictadura de Primo de Rivera, es inexplicable sin tener en cuenta el influjo de Clarín, a quien sucedió como catedrático en la Universidad de Oviedo. Melquíades Álvarez se forma culturalmente en el mejor momento histórico de nuestra Universidad.

Y, a propósito de Clarín, no olvidemos que en su lecho de muerte se anticipó la trágica suerte que correría el liberalismo español, liberalismo que nada tiene que ver con quienes tal cosa se reclaman desde postulados economicistas, cuando no reaccionarios. Se anticipó esa tragedia, digo, si se tiene en cuenta que don Alfredo Martínez, el galeno de nuestro gran escritor, sería asesinado en las calles de Oviedo pocos días antes del estallido de la Guerra Civil, que don Melquíades sería víctima del asesinato al que aludimos más arriba y que en febrero del 37 don Leopoldo Alas, rector de la Universidad e hijo de Clarín, sería fusilado en Oviedo, ocasionando aquella salvaje ejecución un escándalo nacional e internacional de grandes dimensiones, mientras las principales autoridades de aquella «cruzada» no hicieron más que darse por enterados.

En todo caso, sin perder de vista en ningún momento que en la trayectoria de Melquíades Álvarez hay, al menos, dos etapas bien diferenciadas, antes y después del golpe de Estado de Primo de Rivera, golpe al que no se opuso con la contundencia que de él se esperaba, su importancia histórica es mayúscula, y resulta tan incomprensible como injusto que, a día de hoy, sea un desconocido en Asturias y en España.

En efecto, dos etapas bien diferenciadas, antes y después de la dictadura de Primo. Ejemplo significativo es que Azaña abandonó su militancia en el partido de don Melquíades tras el referido golpe. Cierto es que Álvarez conspiró en algún momento contra la dictadura, pero sin el ímpetu que de él esperaban muchos de los que siguieron su mensaje reformista. Y, a propósito de Azaña y de don Melquíades, en su momento el que fuera presidente de la República llegó a confesar que el tribuno no lo había hecho ni siquiera concejal. Asimismo, no sin cierta consternación, Azaña escribió que el que había sido su jefe político podría haber tenido todo el protagonismo en la República y que, sin embargo, su deriva conservadora se lo impidió.

Hay un Melquíades Álvarez combativo, reformista, comprometido con la modernización de España. Hay un Melquíades Álvarez que pierde sus esperanzas en una España mejor a partir del golpe de Estado de Primo. Y hay un Melquíades Álvarez, continuación del anterior, que en ningún momento muestra entusiasmo hacia el Estado que se proclamó en abril del 31, ello a pesar de haber contribuido tanto a su advenimiento desde el reformismo que había liderado.

Lejos, muy lejos, está la Asturias actual de contar con figuras de esa envergadura. Y lo peor de todo es volver la espalda, por desconocimiento, a personas y obras que representan lo mejor que hemos tenido.

http://blogs.lne.es/luisarias/2011/09/05/666/

sábado, 10 de septiembre de 2011

Lorca jibarizado


Pablo Alcázar López


25/08/2011

Hace 800.000 años, un campamento de Homo antecessor, en Atapuerca, fue atacado por una horda de la misma especie, pero de distinto grupo, que mató y devoró al menos a 10 individuos, casi todos ellos niños y niñas, de corta edad.

También en Atapuerca, hace unos 400.000 años, la mente simbólica del hombre, crea los ritos funerarios y la cultura de la muerte que distinguen al ser humano del resto de las especies. Miles de años después, surge el rito central de la cultura cristiana, la Eucaristía, en el que la antropofagia simbólica se mezcla con el sacrificio expiatorio. "El manjar eucarístico contiene, como todos saben -Trento dixit-, verdadera, real y substancialmente el cuerpo y la sangre, junto con el alma y la divinidad de Nuestro señor Jesucristo", víctima expiatoria de los pecados de la humanidad y, al mismo tiempo, manjar que da la vida eterna. El que comulga se está comiendo a un ser humano completo, según ese concilio.

En las semanas anteriores a la Toma de Granada, forzados por la falta de alimentos y por la imposibilidad de avituallamiento, los defensores islámicos de la ciudad se comieron a 260 prisioneros cristianos.

El Estado de Israel existe, en parte, gracias a las víctimas del Holocausto y al sentimiento de culpa que invadió a la humanidad por no haber podido evitarlo. Y en esto los judíos no se diferencian mucho del comportamiento que venimos observando desde hace cientos de miles de años en los miembros de nuestra especie que, real o simbólicamente, se nutren de los muertos. Las víctimas del Holocausto, en una adaptación judía de la Eucaristía, son, como Cristo, chivos expiatorios de la humillación alemana en la I Guerra Mundial y manjar que da la vida y la justificación al Estado de Israel, para siempre y para todas las atrocidades que pueda cometer.

En Granada, ahora, Sebastián Pérez, presidente de la Diputación, acaba de practicar con García Lorca un acto de antropofagia simbólica, enraizado en Atapuerca y en la Última Cena. Antes de engullir al poeta universal, para hacerlo más digerible, lo ha “jibarizado”, reduciéndolo a Hijo Predilecto provincial. Pérez tiene gustos variados. Como concejal, viene defendiendo el mantenimiento en una plaza de la ciudad de la estatua dedicada al fundador de Falange, José Antonio Primo de Rivera, y la retirada de la humilde placa que colocan todos los años familiares y asociaciones cívicas en las tapias del cementerio granadino de San José para conservar viva la memoria de los fusilados en ese lugar en la Guerra. Y, éste año, como presidente de la Diputación, homenajea a Lorca, en Alfacar, cerca del lugar donde fue asesinado por seis sicarios del capitán Nestares, jefe de la Bandera de Falange que controlaba el pueblo de Víznar y que se ocupaba de los asesinatos. No ha necesitado omeprazol para una digestión tan laboriosa, sólo votos.

jueves, 8 de septiembre de 2011

El voto del rey


Aníbal Malvar

Público

30/08/2011

Vázquez Montalbán era un escritor tan grande que acabó asesinado por sus propios libros. En concreto, por su Autobiografía del general Franco, que consumió la última diástole que le quedaba. En ella pone en boca del atiplado generalito una anécdota para la meditación. Fue con motivo del referéndum de 1966 para aprobar la Ley Orgánica del Estado.

Cuenta Franco que don Juanito, tierno adolescente de 28 años, llamó por teléfono a su padre para preguntarle qué votar, como es costumbre entre los españoles menores de 50 años.

–Oye, papá. ¿Voto sí o voto no?

–¡El rey no vota!–, le gritó don Juan a su hijo antes de confundirse y colgar, iracundo, el dry Martini en la alcándara del teléfono.

Pues no había caído. Sólo hemos visto la foto del rey votando en el referéndum sobre la OTAN. Es algo que dice muy poco de nuestra democracia. El voto es un derecho y un deber pero, al parecer, como hacemos con tantos otros derechos y deberes, privamos también de este a su campechanísima majestad.

Quizás el rey, en su finura, considera poco conciliables democracia y monarquía, y por eso reina pero no vota. Me parece un error. Que se podría subsanar dándole al voto del rey, por ejemplo, un valor de ocho o diez millones de votos, para así reconocer su grandeza y hacernos todos más demócratas.

Ya estoy viendo el eslogan de IU y ERC para tan revolucionarios comicios: “Monarquía, de entrada, no”. Y luego, como con la OTAN, trágala y pa dentro. Porque si algo ha abalizado a nuestra monarquía es su capacidad mimética, un camaleónico instinto de supervivencia que la engendró franquista en el franquismo, ye-yé en la Transición, militarmente libertaria el 23-F y especuladora cuando la cultura del pelotazo. Por eso ahora, que ya somos democráticos y nos convocan a referéndum para cualquier tontería, el rey debería votar. Al no estar ya don Juan, majestad, llame usted a la Merkel, que le dice encantada a qué partido.

http://blogs.publico.es/libre/2011/08/30/el-voto-del-rey/

martes, 6 de septiembre de 2011

El sentido político del cierre constitucional


Íñigo Errejón*

Rebelión

31/08/2011

El martes 23 de agosto el Presidente del Gobierno, Rodríguez Zapatero, anunció haber acordado ya con el Partido Popular una reforma de la Constitución para blindar un tope máximo de déficit público, que se realizaría antes del final de la legislatura, en las próximas semanas.

Se han escrito muchos y muy buenos artículos críticos con el contenido económico y el procedimiento constitucional escogido para la reforma. La iniciativa, en todo caso, tiene además un significado político directamente emparentado con el terremoto que ha supuesto el 15-M en los últimos meses: recuperar en un sentido conservador del orden existente la iniciativa que el movimiento le había arrebatado a los principales partidos en los últimos meses, y constitucionalizar un cierre frente a la suerte de “cerco social” al régimen que los indignados llevaban meses desplegando.

Para la reforma constitucional, bastan 3/5 de la representación en Parlamento y Senado, que reúnen sin dificultades los dos grandes partidos. Tras muchos años de discurso único que repetía que modificar la Constitución de 1978 era abrir la caja de los truenos de la convivencia cívica, los dos principales partidos del sistema político, cada vez más estrechamente vinculados en un funcionamiento orgánico como el gran “Partido del Estado”, acuerdan un profundo golpe de mano que, de facto, sentencia el ya maltrecho Estado social español.

Se trata de un hecho sin precedentes, de una gravedad que difícilmente puede ser exagerada. Los próximos días mostrarán el alcance de la reforma constitucional y sus resistencias, pero la constitucionalización de la austeridad neoliberal parece dar la razón a los indignados en su crítica no sólo a los recortes sociales y las soluciones regresivas e injustas frente la crisis, sino sobre todo a las graves carencias democráticas de un Estado en el que la élite política es ya tan solo testaferro de los poderes económicos europeos.

De momento, la reforma constitucional ya ha sido aprobada en el Parlamento, y el oligopolio de la representación que ostentan PSOE y PP parece augurar que los trámites seguirán su curso sin sobresaltos. El candidato Rubalcaba ha maniobrado lo mínimo necesario –derivando a una futura ley orgánica el límite específico del gasto- como para mantener prietas las filas de parlamentarios y senadores del PSOE, paliar las tímidas críticas internas y al mismo tiempo escenificar un poco creíble distanciamiento de su Gobierno. Aún así, será él, y no un absurdo Zapatero que juega al estadista sacrificado quizás para sembrarse un próspero ejercicio de expresidente, quien asumirá el coste electoral de una iniciativa impopular ante el regocijo del PP, que comienza así a gobernar ya en un relevo ordenado regido por el mismo programa regresivo y de subordinación a la troika europea.

Pese a su estabilidad institucional y la contundencia de las declaraciones de sus defensores, la reforma puede leerse como un movimiento defensivo, de cierre del régimen, que profundiza la limitación del alcance de la soberanía popular y, más aún, su condición de fuente de legitimidad política, a favor de una supuesta “lógica económica” que escatima al debate público sus indisimuladas prioridades normativas a favor de las minorías privilegiadas.

El Gobierno en descomposición de Zapatero pretende una maniobra ampliada de estabilización, con una reedición limitada, estrecha y regresiva del pacto constitucional original. Al blandir la Contitución como armadura contra el creciente descontento, estrecha aún más el margen de la política democrática –y de la soberanía nacional, atándose a las directrices de Merkel y Sarkozy-, pero podría estar colocando a la otrora intocable Constitución de 1978, pactada con la dictadura franquista, en la agenda política y en las miras de muchos de los indignados.

Si la visita de Benedicto XVI mostró la fortaleza del bloque social conservador, la apresurada iniciativa de “reforma express” de la Constitución, sin someterla a referéndum ni tan siquiera a debate público, muestra de forma nítida el secuestro de la soberanía popular por los poderes financieros privados y el cierre involucionista de un régimen temeroso de preguntar a sus gobernados. Si esta maniobra reduce el margen para la concertación e inclusión de algunas de las principales demandas del movimiento, aumenta por otro lado las posibilidades para que la crisis de legitimidad de la élite se contagie a un sistema político-constitucional crecientemente impermeable y replegado sobre sí mismo.

Tras su “primavera democrática”, el movimiento 15-M afronta una amplia contraofensiva sistémica, y todo parece indicar que nos espere un “otoño caliente”.

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=134861

* Íñigo Errejón Galván es investigador en la Universidad Complutense de Madrid.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Un Gobierno de concentración económica para la Transición en la Corona


José Manuel Martín Medem


01/09/2011

La reforma de la Constitución impuesta por el PSOE y el PP es la aplicación del golpe de Estado que anunciaron la banca y las grandes empresas con el informe “Transforma España” enviado por la Fundación Everis al rey poco antes de las reuniones de los dueños del poder económico con Zapatero en la Moncloa.

Lo que exigía dicha fundación, como portavoz de los dueños del poder económico, pasando por encima del Parlamento, era precisamente “refundar España, interviniendo cuanto antes para cambiar el ámbito constitucional e imponer un nuevo modelo de Estado que garantice un nuevo esquema de conducción y planificación del país mediante cambios estructurales urgentes”. La banca y los grandes empresarios advierten a los ciudadanos de que deben renunciar a la democracia con espíritu de sacrificio porque “quien no se resigne está condenado al fracaso o, lo que es peor, a sobrevivir lastrando al resto del sistema como un nocivo e indeseable virus”.

La banca y los grandes empresarios han decidido que ya han sacado todo lo posible del consenso constitucional de 1978 y que ahora necesitan un nuevo modelo de Estado con menos democracia y más impunidad económica.

La refundación puede desembocar, después de las próximas elecciones,en un gobierno de la gran coalición para manejar la transición de Juan Carlos a Felipe en función de los intereses de los negocios y del futuro de la Corona.

Con el golpe del 23 de febrero de 1981 nos metieron en la OTAN y ahora emerge la trama civil, con la tremenda arrogancia del poder económico, para imponer el golpe constitucional definitivo que anule la soberanía nacional y la autodeterminción democrática.

Los confidentes del gran poder que colaboraron con Francisco Medina en la elaboración de su libro 23 F: La verdad le confimaron que el objetivo de ”los banqueros de la derecha tradicional” ya era entonces cambiar la Constitución. No lo consiguieron con la amenaza militar en el Congreso y ahora mejoran el procedimiento, ocupando el Parlamento con la complicidad del PSOE y del PP.