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sábado, 14 de septiembre de 2013

Otoño constituyente


Felipe Alcaraz Masats

Andaluces Diario

14/09/2013

El pacto de la llamada Transición de 1978 está agotado. No sólo agotado, sino que está desembocando en una situación realmente atropellada y compleja. Cataluña, ciertos fenómenos de gran corrupción (Bárcenas, EREs y Urdangarín, por ejemplo), dimisiones inesperadas en Andalucía, aumento galopante de las bolsas estadísticas de abstención y desafección política, ajuste neoliberal que afecta ya a la misma sanidad pública… Fenómenos diversos, aparentemente distintos, pero que tienen la conexión indiscutible de la simultaneidad histórica. El ministro de Exteriores, el inefable Margallo, lo ha intentado reducir todo con un gran esfuerzo de síntesis (en el que realmente se carga la democracia): en la Constitución sólo hay dos artículos, el resto es literatura.

Al mismo tiempo empiezan a convocarse movilizaciones y huelgas que, de forma progresiva, parten de análisis cada vez más coincidentes y de fechas cada vez más cercanas: huelga general de la enseñanza, jaque al Rey, que se vaya la Mafia, dimisión del Gobierno, elecciones anticipadas… Grupos sociales y políticos, asambleas de poder popular, organizaciones ciudadanas y de clase han empezado a tejer desde la base encuentros y alianzas, dificultosas pero esperanzadoras. Y acarrean algo específico: no son frentes políticos, sopas de siglas como muchas otras veces.

Pues bien, si buscamos las palabras que pueden, retomando lo que hay, darle una proyección política y movilizadora a la coyuntura, nos encontramos con el sintagma “alternativa constituyente”, o “proceso constituyente”, si se quiere. Me refiero a una alternativa a ese bipartidismo que, como formulación organizativa propia del pacto del 78, ha devenido forma política especial, pasando por Maastricht, para que al final manden y gobiernen los que no se presentan a las elecciones, empezando por el sistema financiero, o los que tienen su estatus y domicilio al margen de la soberanía popular. En definitiva, es preciso iniciar el proceso de un nuevo pacto de convivencia que esta vez no se base en un pacto por arriba y, por tanto, no deje al margen al auténtico soberano.

Desde el bipartidismo, incluso desde los sectores más anclados, se acepta ya la necesidad de una reforma constitucional. Incluso algunos lo explican diciendo que vivimos una situación prerrevolucionaria (ojalá). El caso es que las nuevas reformas de los estatutos de autonomía no han servido como nuevo pacto, sobre todo el de Cataluña, abortado por el Tribunal Constitucional tras aprobarse el texto en el Congreso y por referéndum popular. El pacto instado por la casa real está estancado, mientras se solventan (electoralmente: en liza electoral) los casos de corrupción. Precisamente, en el debate de investidura, la nueva presidenta de Andalucía hacía una extraña referencia, interpelando personalmente a Rajoy, sobre la necesidad de un pacto de regeneración. El caso es que los dos grandes partidos juegan con dos cartas: el pacto de estado que puede terminar en gran coalición después de las próximas generales, y la posibilidad de que uno de ellos, por razones de alternancia, pueda ocupar con comodidad parlamentaria su turno de gobierno. El pacto de Andalucía (PSOE-IU) puede ser, a la vez, obstáculo y embrión de alguna de estas cartas. IU debe jugar la carta de intentar evitar el pacto bipartidista. Pero a la vez el PSOE puede jugar a que IU pastoree hacia sus urnas los votos desencantados, una vez Griñán ha dejado paso a “un tiempo nuevo”.

Pero vayamos al fondo: el choque entre el poder constituido y el poder constituyente no puede saldarse de nuevo con una reforma continuista, astillada todo lo más, que recomponga gatopardescamente la realidad: que todo cambie para que todo siga igual. Y las cosas no son fáciles, dado que el poder constituido, disfrazándose de constituyente, ha empezado ya su propia reforma de la Constitución, neoliberalizándola: artículo 135, por ejemplo. Y tampoco son fáciles mirando hacia el otro lado: el poder constituyente no termina de encontrar su propia espacio, entre otras cosas porque se trata de aguantar, acumulando fuerzas frente a la troika y el bipartidismo, como hace Syriza en Grecia que, por cierto, cada vez está más cerca del gobierno. Y en el proceso de acumulación los cantos de sirena son constantes y cada vez más fuertes.

Ésta es la coyuntura, ésta y no otra podría ser la encrucijada: ¿Por qué camino hay que tirar?, pregunta Alicia en el país de las maravillas. El otro personaje le contesta: depende de a dónde quieras llegar.


jueves, 12 de septiembre de 2013

Aparta de mí esta casta


Luis Arias Argüelles-Meres*   


09/09/2013

"Cuando se hundieron las formas puras / bajo el cri cri de las margaritas / comprendí que me habían asesinado. / Recorrieron los cafés y los cementerios y las iglesias, / abrieron los toneles y los armarios, / destrozaron tres esqueletos para arrancar sus dientes de oro. / Ya no me encontraron. / ¿No me encontraron? / No. No me encontraron. / Pero se supo que la sexta luna huyó torrente arriba, / y que el mar recordó ¡de pronto! / los nombres de todos sus ahogados". (Lorca)

Sepultada dejaron la memoria que acreditaba la pasión que vino despertando en el mundo un país al que seguimos llamando España. Pasión que vino desatando la tierra nuestra a la que Lord Byron consideró romántica por exageración. Ello por no hablar de quienes hicieron de España parada y fonda de parte importante de su vida y obra ante el estallido de la guerra civil. Y, sin embargo, a día de hoy, aquí no se dirime romanticismo alguno; antes bien, lo que bulle es una indignación creciente ante el parasitismo y saqueo que continúa sufriendo nuestra vida pública. «Aparta de mí esta casta», tocaría decir: la que decide que sobran docentes y profesionales de la sanidad, al tiempo que los unos y los otros se las siguen apañando para dotar de puestos bien remunerados a las más excelsas mediocridades, cuyos méritos sólo pasan por la posesión del carnet de un partido, así como por un largo capítulo de adulaciones rastreras destinadas a quienes les pagan dadivosamente los servicios prestados desangrando las depauperadas arcas públicas.

«Aparta de mi esta casta», impulsora de todas las reconversiones que en España han sido desde la transición a esta parte, salvedad hecha, claro está, de la reconversión de la mal llamada clase política cuya red clientelar no para de crecer.

«Aparta de mí esta casta», que ha venido legislando en pro de blindar su privilegios y en contra de la vitalidad de una sociedad civil que se sabe cada vez peor representada y que manifiesta, con malestar creciente, su desapego hacia los profesionales de la política, que se dicen garantes de la democracia, protectores de nuestros derechos, lo que no les impide actuar como seres privilegiados que no están dispuestos a asumir ni la más pequeña parte de los sacrificios que imponen a la ciudadanía, lo que no les impide recortar derechos adquiridos.

«Aparta de mí esta casta», que es la máxima responsable de que, a día de hoy, la juventud no tenga las expectativas de futuro necesarias para una sociedad que necesita proyectos viables. Es el caso que cada vez es mayor el número de universitarios que tienen que abandonar el país en busca de salidas laborales, al tiempo que no les faltan canonjías a quienes han sido perrunamente leales a la mediocridad política de turno, y para eso no se exige capacidad ni cualificación. La meritocracia está pisoteada. Y es que, parafraseando a Larra, cabría decir que a día de hoy apostar por el saber y la investigación en España es llorar, clamar por la excelencia es llorar, clamar por la decencia en la vida pública resulta baldío.

¿Qué cabe esperar de una sociedad que racanea en investigación y en enseñanza? ¿Con qué argumentos se puede sostener que lo que toca es renunciar al futuro? ¿Con qué autoridad moral se puede pedir a la ciudadanía que renuncie en no pequeña parte a su bienestar, si ello no es a cambio de un futuro mejor, sino de mantener a toda costa una serie de privilegios de todo punto inaceptables e insostenibles?

«Aparta de mí esta casta», éste sería el lamento más extendido en clave poética y política, en clave ciudadana.

Mientras tanto, el ruido y la furia entre los políticos es un espectáculo que no para de perder interés y adeptos. Parece una astracanada del casticismo más chabacano y gazmoño.

Así, no hay quien encuentre ni decencia ni excelencia.

http://comunidades.lne.es/blogs/luis_arias_arguellesmeres/aparta_de_m_esta_casta-10834.html

Luis Arias Argüelles-Meres es profesor de Lengua y Literatura en el Instituto “César Rodríguez” de Grado (Asturias). En 2003 la Asociación Manuel Azaña le concedió el "Premio a la Lealtad  Republicana".  

** Dibujo de Mena.

martes, 10 de septiembre de 2013

Una cadena que no se detenga en Alcanar

 
10/09/2013
 
Mañana, 11 de septiembre, miles de catalanes darán un paso más en su alejamiento del resto de España. Y no un pasito, sino una zancada: la demostración de fuerza que será la cadena humana de cientos de miles de personas a lo largo de 400 kilómetros aumentará la confianza de los ya convencidos, y sumará nuevos miembros a la causa independentista. Mientras, por aquí seguiremos mirando el proceso catalán como si no fuera con nosotros.
 
Al margen de lo que haga la derecha política y mediática mañana y pasado (tanto si se dedican a fotografiar tramos con menos gente para hablar de “fracaso” en su línea habitual, como si cargan las tintas en el discurso españolista), todos deberíamos sentirnos concernidos por lo que va a pasar mañana.
 
Si el año pasado la Diada ya demostró que hay una mayoría partidaria del derecho a decidir, en el último año esa mayoría se ha ampliado, como demuestran todas las encuestas. Y ha crecido también el número de quienes suben el siguiente escalón, y aspiran a la independencia. Desde entonces, desde el pasado 11 de septiembre, ¿qué hemos hecho nosotros por evitar ese alejamiento? ¿Qué puentes hemos tendido, qué diálogo hemos iniciado, qué terrenos comunes hemos explorado?
 
Yo soy el primero que hago autocrítica. Hace un año escribía una llamada a los catalanes para que no nos dejasen solos, y tras las elecciones catalanas veía una prórroga, otra oportunidad para construir juntos. Pero ha pasado un año, y soy el primero que reconozco mi desinterés, como si no fuese conmigo. Y claro que va conmigo.
 
La independencia catalana no va conmigo porque tema por la ruptura de esta España, pues no milito en el nacionalismo español, y temo más otras quiebras antes que la territorial. Va conmigo porque el alejamiento de los catalanes aleja también la posibilidad de cambiar España, esta España, de construir otro modelo político, económico, social, territorial. Y sin los catalanes, será todavía más difícil.
 
Admiro el proceso que culmina en la llamada Vía Catalana. Para que mañana cientos de miles se cojan de las manos entre El Pertús (al norte) y Alcanar (al sur), ha sido necesario un trabajo de construcción desde abajo, por toda Cataluña, de diálogo y puesta en común en común de gentes muy diferentes. Un proyecto que por donde pasó ha despertado ilusión y movilización. Y que se ha hecho sin por ello dejar de manifestarse contra los recortes y contra la estafa que llaman crisis. ¿No dicen que necesitamos un proyecto que nos ilusione como país? Pues una parte de los catalanes lo ha encontrado, y no eran unos Juegos Olímpicos.
 
Le podemos poner todas las pegas que queramos, decir que nos gustaría más peso de lo social y económico frente a lo nacional; pero lo cierto es que ellos tienen un proyecto, y que además muchos participantes no solo aspiran a tener un Estado propio, sino a que este sea diferente, mejor, sin los actuales poderes económicos, sin los recortadores antisociales como Artur Mas. Y junto a la Vía Catalana avanza también el Procés Constituent, cada vez más amplio (y que mañana reforzará la cadena rodeando La Caixa). No sabemos si lo conseguirán, si al final el Estado propio será más de lo mismo pero con otras fronteras, o ni eso. Pero lo están intentando.
 
¿Y a este lado de la cadena humana? ¿Qué proyecto tenemos? ¿Qué modelo de país estamos persiguiendo, qué intentamos construir? ¿No necesitamos también independizarnos, de quienes hoy nos tienen sometidos? ¿Tenemos algo que ofrecer a quienes piensan que con esta España no hay futuro, para que no se vayan, o para que si quieren irse, al menos establezcamos otra forma de relación, la que quieran, la que queramos?
 
Por eso mañana miraré la cadena humana con melancolía. Porque me habría gustado una cadena que no se detuviese en Alcanar, sino que siguiera por toda España. Incluso por toda la península. Y puestos a soñar, por toda Europa. Pero no. Estamos muy lejos. Lejos de esos catalanes que se van un poco más cada día. Y lejos de nuestro propio proyecto de país, de nuestro proceso constituyente, que por ahora ni está ni se le espera.
 
 

domingo, 28 de julio de 2013

Blog Cerrado por Vacaciones - Verano de 2013


* Cartel cortesía de Jota Medina.

jueves, 25 de julio de 2013

¿Una visita de Estado?


- La visita de Estado del rey a Marruecos ha sido utilizada como la prueba de la utilidad de la monarquía para los intereses de la “marca España”

- La idea peculiar de democracia del ministro Margallo la encontramos en su elogio de la similitud entre Marruecos y España, que es similitud entre sus dos monarcas

Javier de Lucas*


23/07/2013

La operación propagandística pergeñada por la Casa del Rey, con la ayuda del ministro Margallo, pone al descubierto alguno de los elementos que prueban la toxicidad que ha desarrollado la monarquía borbónica restaurada por Franco en la persona de Juan Carlos de Borbón, que vive su peculiar otoño del patriarca desplegando una capacidad de contaminación inusitada.

La “visita de Estado del rey Juan Carlos I a Marruecos”, ha sido utilizada como la prueba de la utilidad de la monarquía para los intereses de la “marca España” y diseñada sobre todo con el evidente propósito de reflotar la muy maltrecha imagen del monarca. Para ello el rey ha contado con la complicidad del monarca marroquí, al que nuestro Jefe de Estado honra con tratamiento familiar de sobrino, para recibir a su vez el privilegio de ser acogido en pleno ramadán e incluso saludado con dátiles y miel. Todo ello es, sin duda, la quintaesencia de un modelo difícilmente cohonestable con una democracia decente.

Es verdad que esta operación publicitaria ha tenido la desgracia de coincidir con un momento álgido del “caso Bárcenas”, que le ha robado la exclusividad de primeras planas y tertulias que habían soñado quienes la diseñaron. Pero vayamos más allá. Veamos el modelo de visita de Estado. ¿Es imaginable un país democrático en el que sus intereses son defendidos mediante los guiños de complicidad entre dos patriarcas que pasan por encima de las molestias derivadas de la sujeción a las leyes y procedimientos para resolver sus asuntos? ¿Es propio, no de un Estado democrático, sino simplemente serio que los verdaderos problemas de las relaciones entre Estados sean resueltos en el clima de secreto de familia que encima nos presentan como una ventaja, un privilegio? ¿Tiene cabida en un Estado en el siglo XXI la imagen de un representante democrático, de un ministro del Gobierno elegido por las urnas, que se vanagloria de su papel de mera comparsa del rey?

La idea peculiar de democracia de ese ministro la encontramos en su elogio de la similitud entre Marruecos y España, que es similitud entre sus dos monarcas: "Marruecos ha elegido la buena vía, que no es muy distinta de la que escogimos en España a partir de 1975: una evolución a la democracia desde la ley, guiados también, y no es casualidad, por una monarquía porque es elemento de estabilidad. Don Juan Carlos fue el motor del cambio en ese proceso y el rey Mohamed VI lo está haciendo en Marruecos". Aún más el ministro Margallo aseguró que la vía elegida por "Marruecos y Argelia" es la "buena"—, y no la de los “procesos revolucionarios en Túnez, Libia y Egipto, que son objeto de preocupación en todas las cancillerías del mundo”.

Y sí, también debe ser el modelo de democracia al que se aspira, ése que consiste en que ambos reyes animen a los empresarios a aprovecharse de las facilidades para hacer negocios, que es lo mollar, lo importante, aquello para lo que hemos venido, mientras se orillan asuntillos menos vistosos. Por ejemplo, las dificultades que vive la libertad de expresión y prensa, los derechos de las mujeres o la represión del movimiento ciudadano opositor. Por ejemplo, la venta de armamento español a Marruecos (un interés clave para el rey, que siempre se ha reservado el nombramiento del ministro de Defensa, cargo desempeñado hoy por un experto en esos negocios), denunciada por casi todas las ONGs independientes. Y, por supuesto, la vergonzosa deslealtad del Estado español hacia el pueblo saharahui, inaugurada por la primera actuación del entonces jefe de Estado interino por enfermedad de Franco, el príncipe Juan Carlos, que cedió a la estrategia de su primo Hassan II, deslealtad e incumplimiento de sus deberes internacionales que hoy prolonga de nuevo nuestro ministro de Asuntos Exteriores, quien sostiene que "La posición de España es la que hemos mantenido en Argel y Marruecos: una solución estable, pacífica y justa de acuerdo con los parámetros y la doctrina de la ONU". Es decir, que sigan reprimiendo al pueblo saharaui y que se sigan conculcando los derechos humanos, que nosotros estamos a lo que hay que estar.

¿Son esos los modos que sirven para que avance en España la democracia de los ciudadanos? ¿Es esa la utilidad de la monarquía? Quizá en el fondo sí, este monarca que se resiste a dejar su responsabilidad y sus privilegios, nos ha prestado un gran servicio: evidenciar una vez más por qué, más pronto que tarde, hemos de librarnos de ese vestigio atávico y recuperar la libertad que significa una República.


* Francisco Javier de Lucas Martín es catedrático de Filosofía del Derecho y Filosofía Política en la Universidad de Valencia. En 2010 participó como ponente en las IX Jornadas Republicanas Federales de UCR, celebradas en la capital del Turia.

sábado, 13 de julio de 2013

¿Quiénes son los de abajo?


Pablo Iglesias*


08/07/2013

Durante mucho tiempo, en Europa, la clase obrera representó una enorme masa de población asalariada. Aquella clase obrera, que trabajaba en fábricas y se organizaba en sindicatos y partidos que la representaban como clase, era la identificación del pueblo para los socialistas, los anarquistas y los comunistas. Aquella clase obrera, mayoritariamente masculina, urbana y vestida con mono de trabajo, representaba el sujeto de avance hacia el progreso, era la artífice de la extensión del sufragio y de los derechos sociales y la punta de lanza hacia una sociedad mejor.

Pero como dice Owen Jones en su imprescindible Chavs, un trabajador varón con mono azul y carné sindical pudo ser un símbolo apropiado de la clase trabajadora en el pasado, pero hoy su mejor representante sería una reponedora mal pagada y a tiempo parcial. El trabajo ha cambiado y una de sus consecuencias ha sido el progresivo debilitamiento político y social de las clases obligadas a trabajar para vivir. El grueso de esos obligados a trabajar para vivir sin muchas comodidades, en la más absoluta precariedad o incluso en la pobreza, ya no puede identificarse con un sector específico de los asalariados vinculados a la industria. Sin duda estos últimos siguen existiendo y es conmovedor ver a la izquierda más nostálgica llegar al orgasmo, cuando trabajadores sindicados de los astilleros o de la minería defienden con sus familias los puestos de trabajo y a sus comunidades frente a los antidisturbios. Pero ni los mineros, ni los trabajadores de astilleros, por mucho que les admiremos, son hoy los que mejor representan a los que deben trabajar para vivir. Los que hoy están en la base de la estructura económica son irreductibles a una sola unidad simbólica; son teleoperadores, parados, empleadas del hogar, camareros, enfermeros, trabajadores públicos de los que cobran menos del mil euros, profesores interinos, estudiantes que ponen copas en negro para pagarse la matrícula, chavales que reparten pizzas, cincuentones que jamás volverán a encontrar trabajo, migrantes que trabajan en la agricultura, que se prostituyen, que venden dvd´s o que cuidan ancianos, falsos autónomos, pero también quien monta un bar con unos amigos, o una cooperativa, o una pequeña empresa de servicios informáticos, o la señora de la tienda de fruta, o un agricultor. Esos son los de abajo y sólo la miopía de cierta izquierda puede insistir en agruparles a todos bajo la etiqueta de obreros e invitarles a afiliarse a los sindicatos (ojala pudieran). Muchos de ellos ni siquiera pueden ejercer su derecho a la huelga y, sin embargo, ellos son el pueblo, ellos son los que pagan impuestos (no como los ricos) y los que sacan el país adelante.

Desde que salgo en las televisiones grandes percibo dos tipos de público bien diferenciados. Por una parte está la gente de izquierdas de toda la vida, más o menos militantes, pero gente formada políticamente. A algunos les parece bien que discuta con los periodistas de la derecha en los grandes medios, otros consideran que no tiene sentido que me rebaje a participar en ese tipo de formatos; algunos disfrutan escuchando argumentos de izquierdas y otros echan en falta que no proponga en La Sexta, en Cuatro o en Intereconomía la instauración de un sistema socialista (realmente existente), o que no explique lo que es la plusvalía según la teoría del valor-trabajo.

Pero hay otro público con el que no me había relacionado hasta hace unas pocas semanas. Los que me paran por la calle y, sin concesiones a lo políticamente correcto o al lenguaje no sexista, me dicen “Ole tus cojones” y me dan un abrazo; los que me escriben larguísimos mails contándome las historias de sus hijos que se han quedado sin beca, o de sus padres que están demasiado mayores; el taxista que me trae de La Sexta a casa y me cuenta que en diciembre el taxi le dio sólo 400 euros metiendo 12 horas al día; el tipo que twittea que Revilla y yo haríamos un buen tándem (como lo oyen); la quiosquera que me reconoce y me dice “no consientas que esos te vuelvan a interrumpir, si les tienes que dar un bofetón se lo das”; el chaval que me para para hacerse una foto conmigo, porque en su casa “van a flipar”, y me cuenta la rabia que sintió cuando escuchó a Alfonso Rojo decir que una matrícula universitaria cuesta cuatro cañas; el técnico que me pone el micro en un plató y me susurra “cómete a esos cerdos”; el cámara que me guiña el ojo y me levanta el pulgar; el revisor del tranvía de Bilbao (afiliado a la CGT) que me reconoce y se baja del tranvía para acompañarme al bar donde me esperaban; el trabajador de las autopistas que se baja de su garita y me grita “dales caña”… Y así el anecdotario no terminaría nunca.

¿Son ellos la clase obrera llamada a asaltar los cielos? No lo sé pero tengo claro que son los de abajo y que a ellos hay que dirigirse.

http://blogs.publico.es/pablo-iglesias/291/quienes-son-los-de-abajo/

Pablo Iglesias Turrión es profesor de Ciencia Política en la Universidad Complutense de Madrid y director y presentador de la tertulia La Tuerka CMI en Tele K, la televisión local de Vallecas.

jueves, 4 de julio de 2013

Modos de entender la democracia


Antonio Caro*


26/06/2013

Bajo el torbellino de noticias que atosiga la actualidad política española, comienza a siluetearse un conflicto de amplio calado entre dos modos de entender la democracia: la ‘democracia-ficción’ instaurada con ocasión de la Operación Transición y la ‘nueva democracia’ que está surgiendo entre el fragor de las mareas ciudadanas y la apatía de una ciudadanía que aprecia con creciente hastío cómo la primera se anega entre los escándalos de corrupción y la inacción de los partidos tradicionales.

La primera es una democracia caduca que tiene probablemente los días contados. La segunda es una democracia emergente, cuyos estertores de parto se advierten en los voceríos de las plazas que ocupan los ‘indignados’. Y en la extensión de esta última categoría que presagia la constitución como ‘clase para sí’ de los componentes de esas mareas que hoy confluyen en el gran movimiento ciudadano. El pánico que dicha emergencia provoca entre los integrantes de la primera forma de democracia se mide en su insistencia en que los miembros más significativos de la segunda se integren entre sus filas. Y ello partiendo de su convicción de que tal integración equivaldría a su disolución. Exactamente igual que los partidos “reformistas” o incluso “revolucionarios” del arco parlamentario se han ido integrando en los moldes de aquella democracia-ficción, a veces pese a los buenos deseos de tantos militantes honestos.

Pero esa integración no va a ser sencillamente posible. La sociedad española, a través de todos sus estamentos, está acumulando tantos desengaños frente a la clase política representante de aquella democracia-ficción que cualquier intento en ese sentido está condenado de antemano. Los más ingenuos o los más avispados de esa clase política desprestigiada confían en que, cuando llegue el próximo ‘clima electoral’, las aguas volverán a su cauce. Aun­que no hay que descartar de entrada ninguna eventualidad, todo parece indicar que ya ha llegado demasiada sangre al río y que el desprestigio de las instituciones seguirá avanzando, al menos hasta que una mejora económica de algún tipo consiga paliar, y con ello disimular, la crisis sistémica que estamos viviendo.

Provocar el parto

Frente a esa eventualidad, hay que pisar el acelerador, utilizando si es preciso el fórceps, para alumbrar esa nueva forma de entender la democracia que está emergiendo ante nuestros ojos. Que nadie piense que esta va a brotar ensamblada de una vez por todas, como una Venus surgiendo de las olas. Antes al contrario, habrá que provocarla a fuerza de avances y retrocesos. Habrá que ir perfilándola con la contribución de todos, exactamente igual que un pintor va dando forma al cuadro corrección tras corrección, pincelada tras pincelada.

Pero el conflicto entre estos dos modos de entender la democracia es ineludible. En su base está el hecho de que la democracia-ficción se halla al servicio de la ínfima minoría que maneja desde la sombra las finanzas mundiales y que constituye hoy la verdadera clase dominante. Y ésta es la razón de fondo de que el resto, que somos casi todos, estemos propiciando, sin ser conscientes de ello tal vez, otra forma de entender y practicar la democracia. 


* Antonio Caro Amela es creativo publicitario y profesor jubilado de Ciencias de la Información en la Universidad Complutense de Madrid.