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sábado, 29 de diciembre de 2012

La segunda transición está en la calle




19/12/2012

El conservadurismo es, en la dinámica de las sociedades capitalistas, retroceso, que en este ciclo de agresivo declive se ha convertido en una trastorno reaccionario que no consigue organizar su propio caos. Las políticas de la derecha son una llegada al pasado, fundamentalmente porque, como estamos viendo, consolidan un sistema que funciona por la energía emanada de su propia descomposición. El discurso único ha sometido el ámbito de las ideas a las políticas andróginas y hermafroditas, en palabras de Jean Baudrillard, que mantienen la tensión psicológica sobre una ciudadanía ontológicamente débil, desahuciada paulatinamente de libertades y derechos que la desplazan de su propio sentido cívico con el pérfido propósito de constreñir su capacidad de autodefensa social. Ante ello, ha surgido, a modo de palingénesis ciudadana, una segunda transición en la calle y en las redes sociales, los ámbitos de libertad no constreñidos aún por las élites económicas y sus terminales mediáticas. Como decía Kafka, “si se llega a un punto determinado, ya no hay regreso posible. Hay que alcanzar ese punto.” Ese nuevo escenario contradice la realidad impuesta siguiendo el concepto de Gianni Vattimo cuando afirma que la realidad es una hipótesis todavía no desmentida.

Las mayorías sociales están cotidianamente impugnando en la calle una realidad imperativa donde resultan antitéticos los valores cívicos y el bienestar general con los intereses de unas minorías que tienen la misma metafísica que Shylock, el mercader shakesperiano, exigiendo la libra de carne de una pobreza sin libertades ni derechos al cuerpo social. Como ha constatado sin empacho el ministro Gallardón, gobernar para la derecha es repartir dolor. Hermann Heller se lamenta del peligro que corre la democracia y el Estado de Derecho ante el positivismo jurídico y las élites dominantes que conducen a una sociedad segregada en dos naciones: una para ricos y otra para pobres.

La izquierda, por su parte, sufre la paradoja de Bossuet, la que definía Rosanvallon como esa particular clase de esquizofrenia de deplorar un estado de cosas y, al mismo tiempo, celebrar las causas concretas que la producen. Quizás porque como nos dice José Ingenieros, la rutina es el hábito de renunciar a pensar. Precisamente cuando el pensamiento es más necesario que nunca. La izquierda se ha refugiado en lo que Gianni Vattimo llama pensamiento débil, un pensamiento sin metafísica que es una continua renuncia a trastocar el “orden objetivo de las cosas” impuesto por el pensamiento único de la derecha. Como afirma Vattino, el pensamiento débil (o postmetafísico) rechaza las categorías fuertes y las legitimaciones omnicomprensivas, es decir, ha renunciado a una “fundación única, última, normativa.”

La derecha ha roto el pacto de la Transición porque éste nunca existió. El franquismo sin Franco dejó intactos los poderes fácticos que lo habían constituido mientras la izquierda para llegar al Gobierno, que no al poder, tuvo que dejar en el camino jirones de ideología a cambio de un pragmatismo que no inquietara a los poderes económicos organizados. Por ello, la ciudadanía busca su propio sentido ocupando la calle. Hobbes dijo que la democracia suponía en cierto modo una victoria sobre el tiempo porque, a diferencia de los monarcas, la multitud que gobierna nunca muere. Frente a lo que se nos ha hecho creer, la democracia tampoco puede tener un espacio cerrado, pues no cabe en un Parlamento ni en las fronteras de un Estado, sino que existe siempre como el lugar común de esa resistencia, de ese intervalo en el que se afirma el poder de la ciudadanía.


* Juan Antonio Molina Gómez es periodista, poeta y gastrónomo.

** Fotografía del 25S publicada en Sobre Rojo.

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