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martes, 11 de junio de 2013

Glu, glu, glu / Dos procesos constituyentes, dos


Glu, glu, glu

Guillem Martínez*


28/05/2013

Los objetos son aquello para lo que funcionan. Si un objeto cambia de función, es que ya no es ese objeto, por lo que no responde al nombre que tenía. Esto pasa, incluso, en la vida privada, cuando, por cambio de función, pasas de llamarte cari a denominarte ex. Y ha pasado con el Estado, cuya función ha pasado de ser cualquiera de las que usted supuso, a la de simple recaudador de deuda.

Parece un cambio sencillo. Pero, zas, ese cambio sencillo lo ha cambiado todo. Hasta el palabro Gobierno, esa cosa que aún conserva su nombre, pero no su función. Escaso de soberanía, sólo puede gestionar pequeños detalles anecdóticos –para el acreedor, no para el pagador–, como quién paga la deuda. A ese pequeño margen de maniobra, hoy, por cierto, se le llama política, reforma, ley. Con todo este cambio de funciones, son un tanto irrelevantes palabras como democracia, parlamento, elecciones. Y ya puestos, Constitución. ¿Qué sentido tiene esa palabra en un momento en el que nada, en el Estado, responde a sus funciones previstas por escrito?

De hecho, los dos partidos que han hecho esta rápida transición hacia la postdemocracia –una democracia formal, con otra función y, como ven, con otro nombre–, han convertido la Constitución en un articulario sobrepasado por las nuevas funciones del Estado. El imperativo de cobrar deuda, venido del exterior y por mandato de instituciones no democráticas –FMI, BCE, UE, la familia Corleone–, así como el escaso margen de política/reformas/leyes empleado en que esa deuda no la paguen la banca, el empresariado y las rentas altas, ha supuesto la omisión ad eternum del artículo 1, y del 9.2.

Por la vía de los hechos, que hubiera dicho Durruti hablando, “snif”, de lo contrario. Con la desaparición a tiempo real de los artículos que fijaban el carácter social del Estado, y el Bienestar –la forma de democracia en Europa; casi nada– como prioridad política y gestora, hay capítulos y títulos enteros que han pasado a ser atrezzo, palabras sin función, salvo la decorativa.

El resultado es un Estado que ya no coincide con su descripción/constitución. Y una sociedad, a su vez, que se organiza a través de la desobediencia. Porque, si se fijan, los médicos, los profesores, los cuidadores de ancianos, la PAH, la ciudadanía, en fin, que están asumiendo y adoptando funciones no previstas, o para las cuales no hay partidas, están asumiendo una desobediencia tranquila, cotidiana, pausada. Algo, muy propio, por otra parte, de los regímenes ficticios, que se desmoronan. Este régimen, el del ‘78, por otra parte, y si lo miran a los ojos, se está desmoronando. Desde el Estado y los partidos, hacia la postdemocracia. Desde la sociedad, hacia otra democracia. Supongo que con menos Estado, esa cosa cuya función ya no es la de traer la democracia al mundo, como ha quedado visto, sino retirarla del mercado si se interpone en el pago de deuda.

La política oficial, algo con la función tan cambiada que ya no tiene nada que ver con la sociedad, vive el hundimiento de sí misma a través, incluso, de la oficialización del conflicto entre la realidad –entre las nuevas funciones del Estado–, y su descripción en la Constitución. Los golpes más violentos los está viviendo en los temas más frágiles y de cierre más precario en el pack constitucionalista del ‘78. La forma del Estado y la unidad del Estado. El hecho de que la Jefatura del Estado, a la luz de la información vertida a través del caso Urdangarin y la cosa Corinna, sea, como todo el mundo, de profesión comisionista, es algo que carece de interés en una postdemocracia. El hecho de que Catalunya, o cualquier otra parte del actual Estado, decida ser Estado y asumir su parte de deuda, pues tampoco. Simplemente son dos indicativos de que el Régimen ha finalizado. Y de que, a falta de una constitución real, se aproxima un proceso constituyente. Es previsible que los partidos y otros profesionales del Estado apostarán por él para asumir, por escrito, las nuevas funciones del Estado. Y que la sociedad luche por él para codificar las nuevas formas de democracia. Será –lo es ya– un combate desigual.

http://www.diagonalperiodico.net/global/glu-glu-glu.html

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Dos procesos constituyentes, dos

Guillem Martínez*

El País

08/06/2013

Lo más probable es que nadie le haya informado de ello, pero esta mañana a primera hora estamos en pleno proceso constituyente. Concretamente, se están gestando dos procesos constituyentes antagónicos. Este artículo, que les saluda con la manita, pretende esbozarlos y, por el mismo precio, discernir si el proceso soberanista, del cual se nos informa cada mañana a primera hora, existe, y es uno de esos procesos constituyentes.

De los dos procesos constituyentes, el más avanzando está liderado por el Estado. Fue iniciado por Zapatero -tras, piticlín, piticlín, una llamada telefónica-, con el recorte histórico del 12 de Mayo de 2010. Adquirió forma rotunda con la reforma constitucional exprés/de-entrada-no del 22 de Agosto del mismo año, en la que la constitución con menor soberanía en Europa priorizaba el pago de deuda por encima de cualquier otra función del Estado. Amplias hectáreas de la Constitución, que fijaba el Bienestar como prioridad gestora y política del Estado, entraron en contradicción con la reforma. Los palmeros de los cambios de Régimen de legalidad a legalidad system -esa cosa que, estrictamente, jamás se ha producido en el mundo-, deberían saber que ni el poder legislativo, ni el ejecutivo, ni el judicial, observaron esa contradicción/ilegalidad. Ni siquiera, el Tribunal Constitucional, esa cosa que es muy probable que tampoco exista. Cabe suponer que la (más que) posible ilegalidad del actual Régimen, deje de serlo a través de otra reforma constitucional formal. En ese proceso constituyente hacia la postdemocracia, se deberán eliminar las contradicciones democráticas existentes desde 2010. Se deberá legalizar también la absorción del Estado por las empresas -la última burbuja económica posible, hoy tan en uso, si bien penalizada-. Habrá cambios políticos formales: se intensificará la ausencia de control en la integración en organismos, se permitirá que la jefatura del Estado pueda ser detentada por una primogénita, se establecerá como forma del Estado el federalismo simétrico -es decir, lo contrario al federalismo-, se retocará el Senado y, es otra percepción -la redacción de las leyes Gallardón y Wert apuntan a ello-, se establecerá, como como único margen político de discusión, además del territorial, el debate laicismo-confesionalismo. Será divertido ver la prosa democrática y épica que se utilizará para este nuevo post-Fuero de los post-Españoles.

Frente a este proceso constituyente, liderado por Estado, partidos y otras instancias no democráticas como UE, BCE, o FMI, se construyen procesos constituyentes descentralizados y civiles. Son recientes, latentes, aún por ordenarse. Es posible que no tengan una identidad llamativa en las próximas elecciones europeas, si bien es posible que sean el fenómeno que module ese cambio electoral radical que se espera. Por lo que vengo observando, esos procesos, emitidos desde todo el Estado, tienen puntos en común. Se relacionan más con la cultura constitucional anglosajona que con la europea. Parten de una ampliación de derechos -puede que, en sí, no sean más que la consolidación como derechos fundamentales de la Carta de Derechos Humanos-. Hacen hincapié en la separación de poderes, observando el poder financiero como un cuarto poder, a controlar. Enfatizan el control del Estado, esa cosa que no supo defender la democracia. Se observa el federalismo como un control de Estado, y no cómo una consecuencia identitaria, y la federación como el resultado del derecho de secesión o autodeterminación. Se opta por la(s) República(s). Aparecen los comunes/el procomún como una nueva forma de propiedad, junto a la privada. Se abogan por formas de democracia directa y tecnológica.

El proceso soberanista liderado por CiU y ERC, de existir -no se está produciendo más que en sus tramos publicitarios-, sería una región del primer proceso constituyente. Una opción postdemocrática tan poco alejada de la española que puede conducir al mismo Estado.

El periodismo debería informar y controlar ese gran proceso constituyente postdemocrático estatalista español o/y catalán. Y empezar a dibujar las propuestas constitucionalistas, democráticas, que se dibujan fuera del Estado en todo el Estado.

http://ccaa.elpais.com/ccaa/2013/06/07/catalunya/1370625440_689887.html

* Guillem Martínez es periodista y guionista de televisión. El año pasado coordinó el ensayo coral "CT o la Cultura de la Transición. Crítica a 35 años de cultura española" (Debolsillo).

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