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lunes, 21 de octubre de 2013

Tomar el Estado


La realidad y el deseo

17/10/2013

En una de sus confesiones más famosas, poco antes de pegarse un tiro en la cabeza, Mariano José de Larra afirmó que escribir en Madrid era llorar. La frase extendió después su vuelo y cambió con naturalidad sus dimensiones geográficas porque la gente identificó Madrid con la corte, es decir, con los rumbos generales de la política española. Empezamos así a repetir que escribir en España es llorar. Como Larra fue un ejemplo de escritor público, comprometido con los males de la sociedad, no me reprochará que cambie un poco la frase. Ser ciudadano en España es llorar. Llorar de vergüenza.

Es tanta la vergüenza con la que convivimos cada día que, para secarse las lágrimas, no basta con comprar todos los pañuelos de papel que venden los mendigos en los semáforos de las ciudades españolas. Quiero decir que no basta con quejarse. Hay que pasar al ataque político. Hay que tomar el Estado. Aunque la cultura neoliberal intente desacreditar la importancia del Estado, el tejido legal público sigue manteniendo un peso decisivo a la hora de regular la convivencia. Sin un Estado vergonzoso, los ciudadanos no pasaríamos tanta vergüenza cuando se habla del paro, la religión, la vivienda y el régimen bipartidista que sufrimos.

Es para llorar de vergüenza que una vicepresidenta del Gobierno se permita denunciar a 520.000 desempleados por cometer fraude con el subsidio. Lo de menos es la mentira de la cifra. Lo demás es otra cosa: el verdadero fraude que debilita la fiscalidad española tiene que ver con los impuesto de las grandes empresas. Una legislación vergonzosa permite por mil caminos la ingeniería del no pago. Y, por si faltaba algo, los inspectores de hacienda tienen una tradicional obligación de cerrar los ojos ante el fraude de los poderosos. Se facilita hasta el blanqueo del dinero defraudado. Aquí sólo se vigila al sector medio de los autónomos y a los asalariados. Ahora se criminaliza también a los españoles que, por culpa de unos gobiernos sumisos a la especulación y las instituciones financieras, sufren el paro. Es para llorar.

Es para llorar que los máximos representantes del Gobierno de España y de la Generalitat participen en una falsificación histórica como la perpetrada en Tarragona. La beatificación de los mártires de la Iglesia Católica en la guerra civil sólo es posible por culpa de un Estado que lleva años queriendo falsificar la historia de España. Pero la España del suegro de Undargarin no es la España real. La Iglesia Católica preparó, alimentó, participó y consagró en 1936 un golpe militar feroz contra un Gobierno democrático. Después bendijo durante 40 años los crímenes y las represiones sistemáticas de la dictadura. La mayoría de los sacerdotes muertos en la guerra no fueron víctimas de su fe. Cayeron en su propio golpe de Estado y como luchadores fascistas en un asalto a la legitimidad republicana. Los que no somos partidarios de los golpes de Estado ni de la violencia sentimos cualquier muerte. Pero es para llorar el espectáculo de un país que convierte a los verdugos en héroes. Y es para llorar de vergüenza que un grupo de trabajo de la ONU haya tenido que denunciar recientemente la dejadez de los gobiernos democráticos españoles a la hora de buscar justicia y reparación para las verdaderas víctimas del golpe militar de 1936.

Da vergüenza también que el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo tenga que paralizar el desalojo de 43 ciudadanos españoles. Da vergüenza nuestra ley hipotecaria. Da vergüenza nuestra manera de pagar la factura de los bancos y sus malos negocios a costa de empobrecer a la mayoría de la población. Da vergüenza el sometimiento de los partidos mayoritarios a la oligarquía económica.

Es para llorar, pero no basta con llorar. Hay que tomar el Estado, cambiar las leyes que nos condenan a las lágrimas y a la vergüenza. Escribir en Madrid, en España, es hoy contener la rabia, morderse la lengua, no pasarse en la cólera destructiva, no gritar contra los que de una forma u otra, por acción u omisión, han sometido la vida ciudadana a un respirar contaminado y vergonzoso. Más que la inercia negativa, se necesitan ahora optimismo y valor para configurar una nueva mayoría, una transformación del Estado. Eso, o mirarse al espejo como Larra y pegarse un tiro en la cabeza.


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