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lunes, 29 de abril de 2013

Resistir al miedo, golpear juntos


Jaume Asens y Gerardo Pisarello*


22/04/2013

Llevamos casi cinco años conviviendo con un capitalismo desbocado que no acepta límites. Que avanza sin pudor y aspira a mercantilizarlo todo. La vivienda, la sanidad, la educación, el espacio público, las relaciones afectivas. Para avanzar, este proceso necesita quebrar la autonomía individual y colectiva. Aislar a las personas y reducirlas a la servidumbre, a la impotencia. El consumismo dirigido, la alienación programada, son eso: figuras de la impotencia. La otra es el miedo. A ser desahuciado, a perder un empleo, a no poder pagar las deudas, a ser multado en el metro, a ser expulsado por no tener papeles, a ser detenido en una manifestación o en una ocupación. El individualismo, el miedo, la servidumbre voluntaria e involuntaria, son formas de impotencia que se dan la mano. Todas están en la base de la deudocracia.

Esta historia, desde luego, no es nueva. La deudocracia es hija del neoliberalismo. Y este del afán capitalista de soltar amarras. De librarse de las ataduras impuestas por las luchas y resistencias populares. Tras el hundimiento del socialismo irreal, lo sabemos, la bestia no quiere bozal. No tolera los límites jurídicos, los derechos, las leyes. A menos, claro, que sean sus propias leyes. Las que benefician a los bancos, a los grandes evasores fiscales, a la oscura trama de la cleptocracia. Esas leyes, sí. Las que aseguran la “culpabilidad de las sardinas” y la “impunidad de los tiburones”, como decía la gran Rosa Luxemburg. Lo otro, los derechos humanos, son un incordio. Una atadura inaceptable. Da igual que se trate de los derechos sociales y ambientales que de los civiles y políticos. La bestia no quiere bozal, ni críticas, ni protestas que se le vayan de las manos. Solo consumidores dóciles y atemorizados. Puede aprobar sin inmutarse normas indecentes que dejan a miles de personas sin trabajo, sin casa y sin futuro. Pero ladra indignada contra un piquete sindical o contra las pegatinas de un escrache. Así, mientras estrangula el Estado social, mientras liquida los bienes comunes, monta el Estado penal, la excepcionalidad punitiva, la vigilancia continua.

La ciudad vigilada, la ciudad del miedo, está en el núcleo de la barbarie neoliberal. Prácticas de disciplina que traspasan los muros de la prisión y se extienden por la metrópolis.

Escáneres en los aeropuertos, huellas digitales, registro de datos en la red, cámaras de vigilancia, seguridad privada en parques y plazas. “La policía en todas partes, la justicia en ninguna” como escribía Victor Hugo en el siglo XIX. Una especie de guerra de baja intensidad que no se libra en las trincheras sino en los supermercados, en los parques, en el metro, en los sofás de las casas. Una guerra que levanta muros, fronteras y que convierte la ciudad en un gran panóptico en el que todos somos reclusos y guardias. Atentos vigilantes del vecino, convertido en una amenaza. Y junto a esa represión velada, aceptada de manera casi voluntaria, la otra. La represión pura y dura contra los excluidos y contra los disidentes. Huelguistas, activistas sociales, trabajadoras sexuales, graffiteros, mendigos, migrantes sin papeles, jóvenes sin futuro. Todos en el punto de mira de las ordenanzas del civismo, convertidas en auténtica constitución de la ciudad. Todos en el punto de mira de unos códigos penales que se endurecen a medida que aumentan la desigualdad y la resistencia.

La criminalización de la protesta, de la disidencia, tampoco es nueva. Pero se acelera cuando la resistencia crece. Se vio con la irrupción del 15-M, con las huelgas generales, con el rodeo al Parlament de Catalunya, con el 25-S. Primero, el paternalismo condescendiente, la zanahoria. Luego, el palo, el rostro torvo de los gobiernos market friendly. A medida que las políticas de austeridad se han ido intensificando, las derechas y sus cómplices han rivalizado en iniciativas represivas. Hoy, mayor contundencia policial y judicial. Mañana, restricciones al derecho de reunión, prohibición de ocultar el rostro en las manifestaciones y designación de fiscales especializados en “guerrilla urbana”. Más tarde, apertura de sitios en Internet para que los “ciudadanos” puedan delatar a los “antisistema”, ampliación de conductas constitutivas de atentado contra la autoridad, asimilación de las protestas a conductas terroristas o prototerroristas, monitorización policial de las redes sociales.

Es el derecho penal del enemigo. El que no tiene empacho en ir “más allá de la ley”, como decía el consejero catalán Puig. O en recurrir a la “ingeniería jurídica” si hay que quitarse de encima alguna garantía incómoda, como declara el ministro Fernández Díaz. Es el no derecho. El que criminaliza a cualquiera que ose levantar la voz. El que expulsa de las plazas a los indignados, el que trata como “ratas” a los huelguistas y como “nazis” a los desahuciados. Y junto a él, el derecho penal de los amigos. El que se pone al servicio del poder y mira hacia otro lado cuando hay fraude fiscal, el que indulta a los grandes banqueros y promueve o absuelve la violencia policial. Tampoco aquí la originalidad es absoluta. La violencia punitiva del Estado siempre ha encontrado sus enemigos. Y cuando no, los ha inventado. La inquisición persiguió a las campesinas despojadas de sus tierras acusándolas de brujas. Las clases propietarias persiguieron a los obreros acusándolos de degenerados, de hienas, de chusma, de vagos. Vistos con dimensión histórica, calificativos como perro-flautas o terroristas son variantes, a menudo, de un odio lejano. El que lleva implícita la demofobia, el odio clasista (e incluso racista) de los poderosos a quienes pueden poner en peligro sus privilegios.

Llevamos años, décadas, conviviendo con un capitalismo sin complejos que pretende reducirlo todo a simple mercancía, a beneficio inmediato. Su avance ha dado lugar a múltiples formas de barbarie. Aumento de la pobreza, depresiones, suicidios, centros de internamiento, brotes xenófobos. Pero también está generando, en su afán totalizador, inéditos espacios de solidaridad, de resistencia. Un día es la PAH, el gesto digno de quienes ponen el cuerpo para parar desalojos. Otro, las movilizaciones contra la privatización del agua, las huelgas, las decenas de iniciativas cooperativas, anticapitalistas, que surgen aquí y allá. Después del diluvio neoliberal, estas iniciativas pueden parecer modestas. Pero están consiguiendo el que parecía imposible. Que la clase política que ha gestionado la deudocracia, la cleptocracia, esté más deslegitimada que nunca. Que el régimen bipartidista y monárquico heredado del franquismo y hoy rendido a la troika comience a aparecer como un lastre insoportable. Esta deslegitimación puede, claro, traducirse en resignación, en abandono. Pero puede alimentar, ya lo está haciendo, reacciones de indignación que muten en luchas por la dignidad, por la constitución de algo nuevo. Que eso ocurra no depende de ninguna ley divina. Depende de nosotros. Porque lo que no ha sucedido nunca –como escribió Schiller– no envejece. Sigue allí para quien tenga la capacidad de rescatar del olvido las luchas y los sueños de quienes nos precedieron. Y para alimentar, con esa memoria, nuestras propias razones para estar y golpear juntos. Contra el miedo, y por la libertad.



sábado, 27 de abril de 2013

Hacia un bloque político y social. Algunas insuficiencias


Juan Manuel Aragüés Estragués*

Mientras Tanto

24/03/2013

Introducción

La explosión ciudadana del 15-M en nuestro país supuso una inesperada recuperación de la calle para la intervención social y para la expresión de un malestar colectivo que, hasta ese momento, no había encontrado cauces adecuados. La estrechez y esterilidad del juego político de nuestras sociedades, la fatigosa unidimensionalidad de nuestros medios de comunicación, impedían que el malestar ciudadano pudiera vehicularse de modo adecuado. Y de pronto, las plazas y calles se llenaron de consignas, de gritos, de sonrisas cómplices entre curtidos activistas que habían olvidado, por el juego de las discrepancias milimétricas, el vasto campo común que les unía, resonaron nuevas voces que, de manera espontánea, querían recuperar el espacio del que se las había desplazado por una democracia formalizada al extremo. Como diría el viejo Spinoza, la muchedumbre, desunida, atomizada e impotente, dejaba paso a la multitud. Días, en muchos aspectos, de vino y rosas, en los que el Acontecimiento toma el espacio público.

La efervescencia de esas jornadas ha tenido como efecto más notable la constitución de una multiplicidad de movimientos reivindicativos que, al calor de los recortes impulsados por las políticas neoliberales, han conseguido un estado de movilización entre una parte importante de la ciudadanía. A golpe de convocatoria, las mareas inundan las calles, las manifestaciones se vuelven, especialmente en las jornadas de Huelga General, multitudinarias. Desde la óptica de la movilización y de la conciencia social, especialmente teniendo en cuenta la apatía en la que se venía desenvolviendo la sociedad española, el 15-M supone un inesperado éxito ciudadano.

Sin embargo, más allá de los regocijos, quisiera reflexionar en las siguiente líneas sobre algunos problemas e insuficiencias que afectan a nuestro presente movilizador, a nuestra dura lucha contra un neoliberalismo criminal que, desvestido de todas sus máscaras, se aplica con denuedo en la tarea del expolio de lo común. Entiendo que esos problemas e insuficiencias se convierten en un lastre que impide avanzar adecuadamente en lo que en estos momentos se me antoja imprescindible: la articulación de un amplísimo bloque social y político que haga frente a las agresiones que venimos sufriendo con la excusa de la crisis.

El consenso como herramienta

En muchos ámbitos de nuestras movilizaciones ha cundido la idea de que el consenso debía ser la herramienta única de gestión del debate, que el debate debe desembocar siempre en un consenso unitario, entendiéndose la votación como una expresión de sometimiento de las minorías por la mayoría y, por tanto, de formas de hacer política inadecuadas. Son muchas, desde mi perspectiva, las razones que permiten dudar de las bondades del consenso, al menos del consenso entendido como condición imprescindible para la toma de acuerdos.

En primer lugar, y comenzando por la cuestión más teórica, más filosófica, el consenso parte de una concepción idealista y moderna del ser humano, la concepción que se gesta de Descartes a Kant y Hegel, y en la que se teoriza la existencia de una naturaleza humana común. Desde esta óptica, las discrepancias son expresión de fuerzas, pasiones, defectos, insuficiencias que nos alejan del bien pensar. Si son sometidas por la razón común, se podrá alcanzar una visión única, y verdadera, de la realidad y, como consecuencia, una posición política unitaria, fundamento de esa paz perpetua de la que habló Kant. Quizá convenga recordar que el acontecimiento político por excelencia que da entrada a estos planteamientos en el juego social, la Revolución Francesa de 1789, se asienta sobre una reivindicación de igualdad que se dirige en dos direcciones. Hacia arriba, hacia la nobleza, la burguesía triunfante quiere restar toda legitimidad a los discursos que habían venido sustentando el privilegiado acceso al poder como la consecuencia necesaria de una naturaleza especial, la que acompaña a los aristócratas de sangre azul. Y por ello, espeta en su cara la declaración de igualdad, de común naturaleza. Pero ese gesto se dirige inmediatamente hacia abajo, hacia las clases populares, para deslegitimar cualquier pretensión de una reivindicación política específica, pues todos somos la nación, cuyo bien común debe ser objetivo de la política. La burguesía es la clase que se oculta bajo la idea de una naturaleza humana común, de un bien común, de una nación que a todos cobija.

Frente a esa tradición que denigra toda diferencia, que construye, desde una posición ideológica, un concepto de naturaleza humana compartida por todos los sujetos, la tradición materialista, que me atrevo a calificar como la nuestra, y que incluye a los sofistas, a Spinoza, a los materialistas franceses del XVIII, a Marx, a Nietzsche, entre otros muchos, subraya los elementos diferenciales que atraviesan a los seres humanos: el género, la clase, la cultura, la edad, son constituyentes subjetivos que justifican diferencias en la evaluación del mundo. Esa diferencia en la constitución subjetiva implica miradas matizada o radicalmente enfrentadas. Precisamente, si salimos a la calle es porque somos conscientes de la imposibilidad de consenso alguno con aquellos que sustentan una mirada antagónica sobre la realidad. Pero también, en nuestro propio interior, en ese nosotros inestable que constituimos, las diferencias, aunque matizadas, implican que los debates no deban cerrarse con aplauso unánime. Habrá quien tiña su mirada más de cuestiones de género, quien acentúe el perfil ecológico, quien recoja con mayor potencia el hilo rojo de la tradición obrerista. En fin, perspectivas diferentes sobre la realidad, diferentes escalas en la detección y evaluación de los problemas que atraviesan lo real. Pretender la unanimidad como condición para la acción política es pura quimera, producto, quizá inconsciente, de una incorrecta teorización del carácter del sujeto.

En segundo lugar, porque los consensos suelen ser falsos consensos. En los procesos asamblearios a los que he asistido, llegada la hora de tomar una decisión, y habiendo establecido previamente la dinámica del consenso, se pregunta por las posibles voces disidentes, voces que, en ocasiones, no surgen por la presión del grupo o simplemente porque, lo sabemos, hay personas a las que cuesta un mundo expresarse en público con la palabra, no así alzando la mano para votar. En estas condiciones, el consenso no es tal y lo que surge de las reuniones es una posición de parte revestida de consenso.

En tercer lugar, y está implícito en alguna de las argumentaciones, la exigencia del consenso conduce a la parálisis política e, incluso, a la imposición de las minorías, pues, aunque una posición estuviera muy ampliamente respaldada, la exigencia de consenso la paralizaría.

Dicho esto, no se entienda que se está argumentando desde la desconsideración de la búsqueda de consensos. Entiendo que el consenso es un objetivo legítimo, que es preciso debatir para limar distancias y ampliar acuerdos, que la votación no es el primer recurso en un proceso de toma de decisiones. Pero, al mismo tiempo, también entiendo que la votación no debe ser vista como una opción ilegítima. Especialmente cuando no estamos hablando de organizaciones consolidadas, en las que hay unas mayorías y minorías definidas, y en las que, por lo tanto, el destino de la minoría es, siempre, la derrota, sino de debates en los que, en unos casos, podemos encontrarnos compartiendo el sentir mayoritario y en otros, quedarnos en posición de minoría. El consenso debe ser entendido como un instrumento de gestión de la discusión, pero no es el único instrumento y, desde luego, no debe implicar la renuncia a la expresión democrática del voto.

La cuestión de la diferencia

Venimos de una tradición en la que la diferencia siempre ha estado sometida a la identidad, en la que lo diferente ha sido entendido como lo anómalo, lo desviado, aquello que era preciso reconducir a los parámetros de la normalidad. Los modelos dominantes se han impuesto asfixiando toda voz disidente. La propia historia del pensamiento es la historia de esa asfixia, como se ha encargado de mostrar Michel Onfray [1]. Precisamente por ello, el siglo XX, especialmente en su segunda mitad, vio surgir una potente reivindicación de la diferencia. Se trataba de colocar sobre la mesa la realidad de la diferencia, de la diversidad étnica, cultural, sexual, política.

Sin embargo, esa reivindicación de la diferencia se ha hecho de dos modos. El filósofo Gilles Deleuze lo resume de manera magistral. Indica Deleuze [2] que hay dos maneras de entender la diferencia. Una en la que se entiende que solo lo que se parece difiere, y por lo tanto, la diferencia aparece como una huida de la identidad; otra, en la que se entiende que la realidad es diferencia, que todo está sometido a la diferencia y, a partir de esa realidad de la diferencia, solo queda buscar elementos de coincidencia, ir construyendo lo común. Entender la diferencia de uno u otro modo tiene, a nuestro modo de ver, profundas implicaciones políticas.

Si entendemos la diferencia como huida de la identidad, como hacen autores como Lyotard o Vattimo, continuamos presos de la lógica de la tradición filosófica, de la lógica de la identidad. Asumimos la existencia de una identidad, de un marco constituido, que es preciso quebrar, haciendo aflorar la diferencia. Y, ciertamente, el monolitismo asfixiante de ciertos modelos, como el patriarcal, o el nacional, por poner un par de ejemplos, alimenta una reacción de manifestación de la diferencia; frente al modelo masculinizante del mundo, la reivindicación de la mirada mujer, frente a la normalización cultural de un Estado centralista, la expresión de otras culturas acalladas. Sin embargo, ese proceso de huida de la identidad puede desembocar en una espiral diabólica en la que la voluntad de diferenciarse, llevada al paroxismo, oculte evidentes elementos de cercanía. Lo que quiero decir es que si en el proyecto teórico-político está el manifestar la diferencia, siempre hallaremos el motivo, la justificación de esa diferencia, lo que nos llevará a desembocar en un archipiélago de subjetividades atomizadas, individualizadas, que luchan por su especificidad. No encuentro mejor ejemplo que la magnífica escena de la película La vida de Brian, en la que se hace el catálogo de los diferentes grupos palestinos que luchan contra el ocupante romano. Magnífica metáfora de nuestra izquierda, una izquierda que si, ya cuando asumía como casi única la tradición obrerista, se veía atravesada por las particularidades (marxistas, marxistas-leninistas, trotskistas, maoístas pensamiento Mao-Tse-Tung y maoístas pensamiento DE Mao-Tse-Tung…), una vez aceptada la pluralidad de los sujetos de transformación social (feministas, pacifistas, ecologistas), debe enfrentarse a la extrema diseminación en cada uno de sus ámbitos constitutivos.

Por el contrario, si entendemos la diferencia como origen, es decir, si partimos de la concepción de que somos diferentes, bañados cada una y cada uno por la especificidad de su nacimiento, de su desarrollo, de sus relaciones —recordemos que Marx define al ser humano como “el conjunto de las relaciones sociales” [3]—, de su formación, de sus encuentros, desde esa especificidad subjetiva solo cabe un camino en la relación con los otros: los posibles encuentros. No me hace falta reivindicar mi diferencia, porque soy consciente de ella, como de la diferencia del otro. De lo que se trata, si se pretende hacer política, es de, desde esa diferencia constitutiva, tender los puentes que nos conduzcan a lo común. Spinoza se encuentra detrás de esta idea. Y al resultado de ese proceso de encuentros es a lo que llama multitud [4].

En un momento como el que vivimos, en el que la movilización no está protagonizada por colectivos organizados, sino por personas que se lanzan a la calle a expresar su malestar, un malestar que es particular, en la medida en que cada persona vive un aspecto de la crisis, se impone acudir a esa concepción de la diferencia como origen como pedestal desde el que construir lo común. Ese magma de voces que se alzaron en nuestras plazas aspiraba a ser un coro, un coro de voces diversas que entona una melodía común. No en vano surgió la idea de unos puntos políticos, de un programa de mínimos que expresara esa voz. Se entendió perfectamente, al menos en una amplia parte del movimiento, que no era momento de hacer bandera de reivindicaciones muy particulares, sino de buscar aquellas que nos aunaban. La diferencia había tomado las plazas, el trabajo, político, era construir lo común.

Politizar el movimiento

Resulta evidente que el 15-M supone un salto, cuantitativo y cualitativo, en el proceso de movilización de nuestro país. Cuantitativo por la cantidad, sostenimiento y envergadura de las movilizaciones, cualitativo porque a ellas se suman personas que dan, por primera vez, el salto a la protesta activa en la calle. Dicho de otro modo, desde la recuperación de la democracia, no se habían producido en nuestro país movilizaciones sostenidas de este calado. Sin embargo, la potencia de la movilización no está obteniendo, salvo casos aislados, como pueda ser el de los desahucios, resultados prácticos. Podemos tomar la calle, pero no transformamos la realidad, ni siquiera somos capaces de hacer disminuir la potencia de las agresiones que sufrimos. Ello nos lleva a algunos a considerar que es necesario un cambio en las estrategias que pasa, especialmente, por una mayor politización de la movilización.

Uno de los problemas con el que nos encontramos a la hora de dotar de una dimensión más política a la movilización ciudadana es el descrédito de la propia palabra “política” para muchas de las personas que participan en la movilización. Descrédito de la política que es entendida, de una manera muy simple, como la acción de los partidos políticos o las instituciones. Se produce la paradoja de que el movimiento más político que se ha producido en decenios en nuestro país, pues pone en cuestión el orden establecido, es considerado por buena parte de sus protagonistas como un movimiento no político.

Frente a esa lectura reduccionista de la política como la acción de los partidos políticos y las instituciones, se impone una concepción amplia de la misma, en la que se entienda que los procesos de movilización son procesos políticos. No ha ayudado, a lo largo de estos años, sin duda, el empecinamiento de los sindicatos en negar el carácter político de sus movilizaciones. Debería ser una evidencia que cuando se ponen en cuestión iniciativas políticas, medidas legales, como se hace en una huelga general, o en las movilizaciones que ahora nos ocupan, se está haciendo política. Sin duda que no debe confundirse el dotar de dimensión política a la movilización con dotarle de una dimensión partidaria, pero, ¿qué hace la ciudadanía en la calle intentando evitar el expolio de lo público sino política?

Esa politización de la movilización pasa, por lo tanto, en un primer momento, por la comprensión de la propia acción como una acción política. Y como acción política debe clarificar unos objetivos, un proyecto. Esos objetivos están ahí, son coreados en los encierros, en las manifestaciones, no nos resultan extraños y pueden convertirse en la base de un programa de mínimos que aúne las diferentes mareas y movilizaciones. Es importante detectar los elementos compartidos en los diferentes sectores movilizados e, incluso, ampliarlos con nuevas propuestas de carácter general que puedan expresar al conjunto de la movilización. La construcción de un programa de mínimos desde abajo, que surja de la movilización social, es una exigencia para dotar de un horizonte a las luchas.

Y ese programa de mínimos es el paraguas que cobijará al movimiento organizado. Todo el que esté dispuesto a defender ese programa de mínimos, persona, colectivo, marea, organización, debe ser considerado como parte del bloque socio-político que es preciso construir. Pues el objetivo, desde mi punto de vista, es convertir la heterogeneidad y dispersión de la movilización, la diferencia que la constituye, en un bloque sociopolítico que articule a movimientos, partidos, sindicatos, colectivos y personas y que, incluso, se plantee converger en un futuro referente electoral.

Para este cometido entiendo que la tarea primordial es la de la superación de ese discurso sistémico que considera iguales a todos los partidos políticos y que tan profundamente ha calado en una parte de la población. No en vano el descrédito de la política es un objetivo sistémico. El sectarismo antipartidos, sin distingos, que se ha instalado en una parte del movimiento, además de ser tremendamente injusto, le hace en realidad el juego al sistema, pues desactiva instrumentos necesarios para un proceso de empoderamiento social.

Un nuevo papel de los partidos

No cabe duda que transformar la mirada que una parte de la ciudadanía movilizada tiene, tal como acabamos de apuntar, de los partidos es una ardua tarea. No menos que la de transformar el papel que los partidos deben desempeñar en el desarrollo del proceso de constitución del mencionado bloque político y social.

En Aragón tuvimos la experiencia de una alianza electoral, a la que denominamos La Izquierda de Aragón, y en la que confluyeron los dos partidos mayoritarios de la izquierda real de la Comunidad, Chunta e IU, junto con una suma de colectivos agrupados bajo el rótulo de la Iniciativa Social. La propuesta de un proceso de alianza electoral parte del ámbito social, de las mesas de convergencia y de sectores no organizados de la izquierda social. Durante un mes aproximadamente propiciamos encuentros entre CHA e IU y facilitamos el diálogo y acercamiento entre ambas formaciones. Sin embargo, llegado un momento, el proceso, especialmente, como no, la cuestión de las candidaturas, quedó en manos de los partidos. A una parte de la iniciativa social, el proceso le pareció insuficiente y pasó a apoyarlo desde fuera. Otros entendimos que un proceso de encuentro entre IU y CHA, tradicionalmente enfrentadas, aunque estuviera teñido de tacticismo, podía ser considerado como un éxito. Nos parecía suficiente que ambas formaciones hubieran entendido la exigencia de alianza que se les reclamaba desde el exterior de las mismas. Ahora bien, sí que dejamos claro que para nosotros se había abierto un camino irreversible. Y creemos que poca gente, excepto quizá los militantes más volcados hacia el interior de ambas formaciones, entendería que en próximas citas electorales no se acudiera de forma unitaria.

En todo caso, los tiempos han cambiado, la coyuntura no es la misma que propició esa primigenia alianza de 2011. No es la misma porque la crisis se ha profundizado, porque el gobierno del PP está procediendo, a marchas forzadas, a destrozar el “estado social y de derecho” que refiere nuestra Constitución, porque otras experiencias unitarias se han producido, tanto en España como fuera de ella. Y sobre todo, porque el momento es de una extrema gravedad. Por ello, no solo no hay vuelta atrás, sino que lo que se impone es un proceso todavía más amplio y en el que los partidos renuncien al protagonismo que tuvieron en esa primera alianza. No hay partido, ni siquiera suma de partidos, que sea capaz de dar cauce a todo lo que representa la actual movilización social. Una movilización que los partidos impulsan pero no pretenden monopolizar. Y bien pudiera ser esa su actitud en el proceso de constitución de un bloque político y social. En las actuales circunstancias, los partidos deben actuar con un extremo tacto y generosidad. Potenciar el proceso, darle un tinte más político, debe ser su empeño, pero desde la renuncia a la pretensión de querer dirigirlo y encabezarlo electoralmente. Ello no quiere decir que no pueda ser un militante o dirigente de un partido quien encabece una lista electoral, sino que no podrá hacerlo por la imposición de su organización, sino como fruto, en todo caso, de la decisión del colectivo.

La crisis y sus efectos sociales abren la puerta a una exigencia que venía acompañando de lejos a cierta izquierda, pero que no había encontrado la coyuntura propicia para su plasmación: la exigencia de nuevas formas de hacer política. Las inercias de prácticas teñidas de burocratismo, el miedo a una verdadera apertura a la sociedad, impedían llevar a la práctica lo que los papeles exhibían. La actual situación nos coloca, a todos y todas, ante la necesidad de repensar la intervención política, si no queremos un mayor desenganche de la mayoría social. Cuestiones como las primarias o como las listas abiertas serán argumentos que, con toda seguridad, los sectores sociales colocarán sobre la mesa a la hora de concretar esos procesos de convergencia política y electoral. Y los partidos deben saber dar respuesta adecuada a esas exigencias. La posible disyuntiva ante la que nos encontramos es la de un proceso como el que vengo describiendo, de constitución de un bloque político-social con vocación, también electoral, y en el que se integren los partidos de la izquierda real, o el mantenimiento de las opciones partidarias por separado y la proliferación de plataformas electorales auspiciadas desde sectores sociales movilizados. Y aun pudiera darse una tercera opción: la aparición de una candidatura de tintes populistas que desbanque a ambos proyectos.

No es momento de cálculos electorales, de cultivar exiguos jardines. Los partidos de la izquierda son herramientas de transformación, no objetivos en sí mismos, y como tales herramientas deben promover la opción que apunte de mejor manera hacia ese horizonte de transformación que la movilización ciudadana reclama.

Conclusión

Las líneas que anteceden pretenden ser una reflexión sobre algunos problemas que apuntan en la movilización actual. No son, desde luego, todos, pero sí que considero que están presentes, por un lado, los tres primeros, en nuestras prácticas cotidianas y, por otro, el último de ellos, en nuestro inmediato horizonte. Y sin resolver todos y cada uno de ellos, se me antoja tremendamente complicado abordar la tarea que se propone en el artículo: la construcción de un bloque político-social con vocación electoral. Es en lo que están trabajando diferentes colectivos en todo el país. En Aragón, Ateneo camina en esa dirección. Alcanzar ese ambicioso objetivo, impensable hace poco tiempo —como impensable era en Aragón una alianza entre CHA e IU solo unos meses antes de que se produjera—, exige dar respuesta a los problemas planteados. Si queremos desarrollar un proceso convergente desde la unanimidad de los participantes en todos y cada uno de los aspectos del proceso, si no somos conscientes de que no es el momento de los matices de cada postura, si no superamos el antipoliticismo que surca al movimiento, si los partidos políticos, planteada la cuestión, no son capaces de advertir cuál debe ser su nuevo papel en la actual coyuntura, la iniciativa no llegará a buen puerto. Sin duda, se nos plantea una ardua tarea. Por ello, es preciso ser conscientes, desde un primer momento, de los problemas que es preciso superar. Aquí solo se apuntan algunos. Seguros que otros compañeros, otras compañeras, advertirán otros, o enmendarán, total o parcialmente, los que aquí se plantean. En todo caso, estamos ante una discusión necesaria, imprescindible y que, por lo tanto, debe ser lo más franca posible. Lo que aquí se propone a consideración es, entre otras cosas, una invitación al debate.

Notas:

[1] Onfray, M. Contrahistoria de la filosofía (1-6) Anagrama, Barcelona.

[2] Deleuze, G. Diferencia y repetición Júcar, Madrid, 1988, pp. 202-203.

[3] Marx, K. “Tesis sobre Feuerbach” en Muñoz, J. Marx Península, Barcelona, p. 432.

[4] Spinoza, B. Tratado político Alainza, Madrid, 1986, p.104.

http://www.mientrastanto.org/boletin-112/notas/hacia-un-bloque-politico-y-social-algunas-insuficiencias

Juan Manuel Aragüés Estragués es profesor de Filosofía en la Universidad de Zaragoza. Fue secretario general del Partido Comunista de Aragón entre 1993 y 1999. En la actualidad, es responsable de las Mesas de Convergencia de Aragón.

miércoles, 24 de abril de 2013

Tu compromiso sigue vivo en nuestra causa


En memoria de Juan de Dios Santander García, socio fundador de UCAR-Granada

En la IX Cena Republicana Granadina os echamos de menos, a ti y a Mari Pepa. Alguno de los asistentes se interesó por el motivo de vuestra ausencia. No era lógico que no estuvierais con nosotros, como lo habíais estado durante las ocho ediciones anteriores. ¿Dónde estabais esa noche? ¿Qué impidió vuestra presencia? Algo grave, pensaban los compañeros, te tenía que haber ocurrido para no poder celebrar con tu gente el 82 aniversario de la Segunda República. Sólo unos pocos conocíamos tu precario estado de salud y la lucha que mantenías en el Hospital Virgen de las Nieves, para tratar, una vez más, de ganarle la batalla a tu ya derrotado corazón.

El 19 de abril, tan sólo una semana después de la Cena, nos dijiste hasta aquí he resistido y hasta siempre. Pero no creas, querido Juande, que porque te hayas ido de puntillas, en silencio, para que no notemos tu falta, lo has conseguido. Estás muy equivocado. Tu compromiso firme, constante, sin desmayo, con todas las causas nobles, justas, bellas y hermosas, como nuestra lucha por la Tercera República, seguirá vivo en todos los que formamos UCAR-Granada, en la que participaste desde el principio, cuando la fundamos en el Colegio Mayor Isabel la Católica.

Juande, debes saber que nos sentimos orgullos de tu trayectoria personal y política, de tu amistad leal y sincera, de tu generosidad sin límite y de tu contagiosa vitalidad. Que permanecerás siempre en el recuerdo de todos aquellos que tuvimos el placer de conocerte y compartir tantos momentos gozosos a tu lado. Debes saber, en definitiva, que a pesar del dolor que nos produce tu partida, tú sigues con todos nosotros y nosotros contigo, compañero del alma, compañero.

Granada, a 24 de abril de 2013

Junta Directiva de UCAR-Granada

sábado, 13 de abril de 2013

La oportunidad republicana


José María García Labrac*

Ideal

12/04/2013

España se encuentra en situación de emergencia nacional. La recesión económica mundial se ha ensañado especialmente con nuestro país, arrojando al paro a millones de españoles, arruinando miles de pequeños negocios y expulsando a multitud de familias de sus hogares. La crisis ha desencadenado a su vez un terremoto de insospechables consecuencias en las principales instituciones del Estado, dinamitando los consensos de la Transición y llevándose por delante incluso la mismísima Constitución, antaño intocable y sacrosanta, convertida ahora en papel mojado por expreso deseo de la troika.

Vivimos el fin de una época: el ocaso del régimen de 1978. El ciclo histórico del juancarlismo se está agotando, curiosamente, de manera paralela a la decadencia física del propio titular de la Corona. Los dos principales partidos dinásticos se hunden en las encuestas, acosados por la corrupción (Gürtel, Bárcenas, EREs, Campeón), mientras el “affaire Urdangarin” apunta directamente al entorno del monarca, relacionado también con los turbios manejos empresariales de la princesa Corinna zu Sayn-Wittgenstein. 

Aprovechando la coyuntura y actuando al dictado de los mercados, los Gobiernos de Zapatero y Rajoy (con particular contundencia este último), han emprendido una cruzada contra nuestro raquítico Estado de Bienestar, precarizando al máximo las relaciones laborales, recortando la sanidad, la educación y el transporte y favoreciendo la privatización de todos los servicios públicos esenciales. Con el mismo ímpetu y a una velocidad inusitada, acudieron al rescate de los bancos y las cajas de ahorros, abandonando en la estacada, sin embargo, a las víctimas de los desahucios (o de las preferentes). 

La descomposición del régimen ha propiciado también el órdago soberanista de la burguesía catalanista, respaldado por gran parte de la sociedad catalana. La cuestión territorial, sempiterno problema irresuelto de la España moderna, ha vuelto a aparecer en escena, revelando la artificialidad del apaño autonómico.

Del análisis anterior podemos extraer las siguientes conclusiones:

- La oligarquía financiera, a través de sus agentes del PPSOE**, ha puesto en marcha su propio proceso constituyente, con vistas a configurar un nuevo marco institucional, de carácter neoliberal y antikeynesiano. Se pretende imponer una versión extremista del modelo anglosajón, derogando las conquistas sociales del movimiento obrero y jibarizando los mecanismos de participación ciudadana. El objetivo final es la legalización de la dictadura encubierta que nos gobierna.

- Constatado el descrédito de la Monarquía Juancarlista, determinados sectores de la clase dominante, han querido forzar la abdicación del rey, entendiendo que la coronación del príncipe de Asturias podría suponer el punto de partida (y el revulsivo) para una Segunda Transición (hacia la tiranía absoluta de los mercados), asegurando además el futuro de la Casa Real, en peligro desde el incidente de Botsuana. La reciente imputación de la infanta Cristina viene a demostrar la caída en desgracia de la institución, hasta hace poco incuestionable para la opinión pública. 

- Paralelamente, otra facción de la oligarquía, desengañada del bipartidismo actual, está utilizando toda la artillería mediática a su alcance para potenciar a las opciones populistas que podrían servirle de recambio.  

- El nacionalismo conservador catalán ha roto el pacto autonómico, apostando fuerte por un rediseño de las relaciones de Cataluña con el resto de España, aspirando más a emular el ejemplo puertorriqueño que a constituir un estado-nación propio.

- La formidable irrupción en el debate público nacional de la PAH, espoleada por el goteo constante de suicidios, ha abierto una brecha considerable en la hegemonía cultural del bloque dominante (prueba de ello es la furibunda campaña de criminalización que ha originado).

La sombra de Lampedusa ronda las trastiendas del poder. Ha llegado la hora de que nos atrevamos a conjurarla. 

Al rescate de la ciudadanía

Desde la muerte de Franco, la eventualidad de la Tercera República Española nunca había sido tan real. La quiebra de la inmunidad mediática de la Monarquía ha estimulado el republicanismo entre la ciudadanía, hastiada de la podredumbre de la Segunda Restauración Borbónica. 

El movimiento republicano debe de estar a la altura de las circunstancias. Tenemos que pelear por un proceso constituyente radicalmente democrático, emancipado de servidumbres y tutelas, protagonizado únicamente por el pueblo. Un proceso constituyente que desemboque en la constitución de la República del bien común, un régimen de libertad y justicia al servicio de los intereses generales de los españoles. 

Una República que tendrá que ser federal y solidaria, capaz de solventar nuestra centenaria problemática territorial mediante el diálogo y la comprensión. Un proyecto de país soberano que ponga coto a la corrupción y decida serenamente sobre nuestra permanencia en la Unión Europea. Una España donde sólo se desahucie a los Borbones de la Jefatura del Estado.

Ése es nuestro desafío: la articulación de la marea tricolor, una marea de mareas que, transformada en tsunami, desborde las atrofiadas estructuras del Reino de España, provocando la toma del poder por la mayoría. 

* El autor es presidente de Unidad Cívica Andaluza por la República (UCAR-Andalucía), asociación cultural que conmemora estos días en Granada el 82 aniversario de la proclamación de la Segunda República.

** En la edición impresa de Ideal apareció, por error, "PSOE" donde debía aparecer "PPSOE".

martes, 9 de abril de 2013

Semana Republicana - Abril de 2013 - UCAR-Granada


- Jueves 11 de Abril:

Conferencia "El Flamenco en la Segunda República"

Ponente: Juan Pinilla, cantaor y flamencólogo

Lugar: Aula Magna de la Facultad de Medicina (avenida de Madrid, 11)

Hora: 7 de la tarde

- Viernes 12 de Abril:

IX Cena Republicana Granadina

Lugar: Restaurante "Paco Martín" (carrera del Genil, 38-40)

Hora: 9 de la noche

- Domingo 14 de Abril:

Homenaje a la Bandera Tricolor* 

Lugar: Plaza de Mariana Pineda

Hora: 8 de la tarde

* Acto organizado junto con la Plataforma Cívica por la República de Granada y otros colectivos republicanos.

viernes, 5 de abril de 2013

Convocatoria - Conferencia "El Flamenco en la Segunda República" - Próximo Jueves 11 de Abril - Aula Magna de Medicina (Granada)


El jueves de la semana que viene, día 11 de abril, el maestro Juan Pinilla* impartirá la conferencia "El Flamenco en la Segunda República", una interesante disertación sobre el compromiso político y social de los artistas flamencos durante la breve experiencia republicana de los años 30.

El acto, organizado por UCAR-Granada y enmarcado en la conmemoración del 82 aniversario de la fundación de la Segunda República Española, se celebrará a partir de las 7 de la tarde, en el Aula Magna de la Facultad de Medicina de la UGR (avenida de Madrid, 11).

¡¡¡Os esperamos, amigos y compañeros!!!

Salud y Tercera República.

* Juan Pinilla Martín (Huétor Tájar, 1981), cantaor, flamencólogo y republicano convencido, recibió en 2007 la "Lámpara Minera" del Festival Internacional de las Minas de La Unión (Murcia), uno de los galardones más prestigiosos del cante jondo. En 2011 publicó el disco-libro "Las voces que no callaron. Flamenco y revolución" (Atrapasueños), un magnífico experimento creativo mediante el que combinó su destreza para el cante con su saber enciclopédico sobre la historia de la jondura. Desde el año pasado es socio de UCAR-Granada.

** Cartel gentileza del colega Jota Medina.

martes, 2 de abril de 2013

Invitación - IX Cena Republican​a Granadina - Viernes 12/04/2013


Queridos compañeros:

Unidad Cívica Andaluza por la República en Granada (UCAR-Granada) organiza, por noveno año consecutivo, la tradicional Cena Republicana, el mismo acontecimiento que propició nuestra fundación, allá por 2005. 

Como todas las primaveras, os invitamos a que acudáis con vuestros familiares y amigos, a fin de poder pasar una velada agradable entre republicanos. En esta ocasión, la noche estará dedicada al recuerdo de uno de los prohombres republicanos más desconocidos de nuestra historia: el ingeniero Santa Cruz, artífice de la carretera de Sierra Nevada.    

La cita es el próximo viernes 12 de abril de 2013, a las 21 horas, en el Restaurante "Paco Martín" (Carrera del Genil, 38-40, junto a la basílica de la Virgen de las Angustias).

El precio de la Cena será de 25 € por comensal. Existen dos opciones de pago: el ingreso anticipado en la cuenta corriente de UCAR-Granada (0487 3000 74 2000060619, de Caja Granada-BMN) o el abono en mano la misma noche del 12. Podéis realizar vuestras reservas enviando un correo electrónico a ucargranada@gmail.com.

Os esperamos el 12 de abril, para celebrar en buena compañía el 82 aniversario de la proclamación de la Segunda República Española.

Salud y República Federal, Laica y Solidaria.

* Cartel cortesía del maestro Jota Medina.

P.D.: Rogamos a todos aquellos interesados en ingresar el pago de la Cena a través del banco que especifiquen adecuadamente el concepto de la transferencia, sus datos personales y el número de cubiertos a reservar.