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martes, 29 de marzo de 2011

En el centenario de Gabriel Celaya


Luis Arias Argüelles-Meres

A orillas del Narcea

19/03/2011

“Una simple ojeada, aun superficial, a sus obras completas basta para comprobar que la poesía de Celaya supera generosamente los límites de lo que fue, de hecho y entre nosotros, la “poesía social”. En tan largo despliegue de poemas, los rasgos románticos, existencialistas, surrealistas y vanguardistas no son menos perceptibles que los social-realistas».
(Ángel González)

Celaya nació el 18 de marzo de 1911 y su fallecimiento tuvo lugar el 18 de abril de 1991. Así pues, en el presente año, se cumple no sólo el centenario de su nacimiento, sino también el 20 aniversario de su muerte. Son pretextos más que sobrados para evocar una trayectoria que, en lo vital y en lo poético, estuvieron marcadas por lo combativo y por el desgarro.

En un mundo como el presente, tiene que resultar inconcebible tener noticia de que, en su momento, un burgués acomodado, ingeniero industrial, director gerente de una gran empresa, abandonase el mundo en el que tan regaladamente estaba instalado, y optase por dedicarse de lleno a la poesía, dejando atrás su vida anterior, incluido su nombre. El ingeniero y dirigente empresarial donostiarra Rafael Múgica se convirtió en el poeta Gabriel Celaya.

A este respecto, Ángel González escribió: «Gabriel Celaya, la nueva personificación del literato, derrocó de un solo golpe de audacia al ingeniero Múgica y al poeta Leceta, suplantó simultáneamente al ciudadano empadronado y al personaje anterior. Gabriel Celaya no va a ser sólo otro escritor, sino otro hombre real avecindado en una ciudad distinta, movido por otro amor, dedicado a otras actividades, sustentando otras ideas y creencias. Los cambios de voz poética son frecuentes, pero es muy raro que repercutan de ese modo en el Registro Civil».

Así pues, en un momento dado de su vida, no se conforma con el desahogo de escribir poesía con el seudónimo de Juan de Leceta, el álter ego oculto de aquel ingeniero vasco que vivía en un ambiente, social y familiar, que lo ahogaba, sino que da un paso más: se convierte en un poeta que no se oculta, cambia de nombre, de profesión, de ciudad y de familia. La poesía en Celaya no sería sólo un instrumento cargado de futuro, como clamaría en su momento, sino también, y sobre todo, una irrenunciable vocación que le llevó a abandonar una vida regalada.

Su compañera Amparo Gastón consignó: «Tenía que acabar con su doble vida de ingeniero y poeta, burgués y revolucionario, hombre acomodado y aventurero, porque esta falsedad estaba destruyendo su interior».

Pero hay otras circunstancias decisivas en su vida. Por ejemplo, en 1928 se aloja en la Residencia de Estudiantes para cursar sus estudios de Ingeniería. A resultas de esa estancia, conocerá, entre otros ilustres conferenciantes y residentes, a Unamuno, a Juan Ramón, a Dalí y a García Lorca. Sus primeras obras poéticas acusan la influencia de las vanguardias.

Y, en la década de los 50, es decir, en pleno apogeo del llamado realismo social, Celaya se incorpora a ese tipo de poesía, con un entusiasmo desbordante, si bien, todo hay que decirlo, siempre estuvo por debajo de Blas de Otero, acaso junto a Gil de Biedma, la cumbre de la poesía española de posguerra.

Cierto es que la adscripción de Celaya a la poesía social resulta tan didáctica como reduccionista. En su obra, al hilo de las palabras de Ángel González reproducidas más arriba, se encuentran las grandes tendencias de la poesía del siglo XX. Distinta cosa es que sus poemas más memorables pertenezcan a la llamada poesía social. ¿Quién no recuerda al Celaya que maldecía la poesía que no tomaba partido hasta mancharse? ¿Quién no recuerda aquello de que la poesía era un arma cargada de futuro?

Poesía combativa y, al mismo tiempo, poesía del desgarro. Desgarro, como hemos visto, en su propia trayectoria vital, desgarro también por la angustia existencial a la que no fue ajeno, desgarro por el dolor de aquel siglo XX en el que le tocó vivir.

Celaya formaría parte también de un ilustre grupo de escritores vascos que, empezando por Unamuno, no sólo no renegaron de España, sino que además la sintieron y amaron hasta en las entrañas, una España, claro está, que nada tenía que ver con la charanga y pandereta, sino con la rabia y la idea.

¿Alguien recuerda que en la primera sesión de investidura de Felipe González en 1982 el diputado de Euskadiko Ezkerra Juan María Bandrés, explicando su voto favorable al líder socialista, citó unos versos de Celaya? Y, a pesar de eso, para mayor vergüenza de muchos, en 1991, la España felipista del enriquecimiento rápido que se encaminaba a los fastos del 92 no se alteró demasiado al saber que uno de sus poetas más combativos y desgarrados se moría casi en la indigencia.

Lo menos que puede hacer la España oficial de 2011 es rendir el respetuoso homenaje que se merece uno de sus poetas más combativos en el año del centenario de su nacimiento.

http://blogs.lne.es/luisarias/2011/03/19/en-el-centenario-de-gabriel-celaya/

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