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lunes, 23 de abril de 2012

¡Juancarlista el último!


Isaac Rosa*

Cuarto Poder

18/04/2012

Pensaba sumarme al deporte nacional de estos días, el linchamiento al Borbón, pero veo que en las casas de apuestas pagan muy poco por criticar al Jefe del Estado, desvelar chismes o pedir su abdicación. Normal, ya que estos días cualquiera se suma a la cacería: los republicanos de toda la vida, que vemos con estupor el desmoronamiento del rey; pero también monárquicos y juancarlistas que tras décadas de lealtad inquebrantable se dedican estos días a difundir, con la boca pequeña o con todas sus letras, todo tipo de manchurrones sobre el hasta ahora inmaculado monarca: infidelidades, aficiones lujosas, amistades peligrosas, negocios dudosos, enfrentamientos familiares… 

Editoriales, columnas, tertulias, viñetas, monólogos cómicos, presentadores televisivos, declaraciones, blogs y tuits compiten estos días por ver quién llega más lejos en desvelar secretos, confirmar rumores, exigir disculpas o pedir directamente la abdicación. Algunos han pasado, sin transición, del peloteo a la mofa, de doblar el espinazo ante el monarca a darle la espalda, de aplaudir a mostrarle el pulgar hacia abajo. 

Que el rey campechano, el campeón de la democracia, el garante de la estabilidad, el padre y abuelo ejemplar, el gran hombre desvelado por sus súbditos y entregado a su país sin descanso, se convierta de la noche a la mañana en un golfo, amigo de lujos, marido infiel, desleal con el país cuando atraviesa sus peores momentos, insensible a la penuria de los ciudadanos, y cada vez más tocado por la corrupción familiar, es un trago difícil para millones de españoles que han vivido durante décadas en la ilusión de una familia real cuya caracterización institucional, política y periodística estaba cortada por el patrón empalagoso de la prensa del corazón.

Pero casi más traumático que descubrir que el emperador estaba desnudo, es comprobar que sus cortesanos habían decidido ir en pelota picada para que él no se sintiera solo en su desnudez. Más que sorprendernos con un rey alejado de la imagen idílica habitual, nos conmociona la manera en que sus cortesanos políticos y mediáticos mantuvieron la boca cerrada o se taparon los ojos durante años, y de paso nos cerraron la boca y nos taparon los ojos a los que sospechábamos la desnudez.  

Ver cómo los mismos que hasta ayer le reían las gracias hoy rivalizan por demostrar que estaban en el secreto, que lo sabían todo -sus novias, sus viajes secretos, sus amistades impresentables, su fachada hipócrita de familia feliz, sus tratos dudosos con negociantes-, y que son más audaces que los demás en desvelarlo y en pedir cuentas al monarca, es un espectáculo que se suma al del Borbón tambaleándose entre reproches, safaris, naufragios familiares y correos electrónicos que le vinculan con la corrupción de su yerno.  

¿Sólo el rey debe pedir disculpas por su comportamiento impresentable? ¿No nos deben alguna disculpa todos esos cortesanos que durante décadas han callado todo eso que ahora resulta que sabían? El debate sobre la posible abdicación real, ¿no debería incluir la abdicación de sus tronos mediáticos y políticos de quienes han colaborado en ese blindaje informativo? Porque es ese blindaje a prueba de todo el que explica comportamientos como los que ahora conocemos, lo mismo el safari millonario que los negocios del yernísimo: lo hicieron porque confiaban en que ese blindaje les protegería. 

¿Tan grande es la decepción de los monárquicos, como para que en estos días se oigan y lean expresiones que no se habían oído en más de tres décadas de democracia? ¿O es que muchos se suben a la ola del descontento, y al grito de “¡juancarlista el último!” abandonan al rey por insalvable y saltan del barco antes de que les arrastre en su deriva? ¿Acaso tienen mala conciencia por haber callado tanto tiempo, y se sienten responsables de haber alimentado una criatura que ahora se les descontrola? 

Que en cinco días salgan a la luz más asuntos turbios del rey que en treinta y seis años de monarquía es la prueba del enorme deterioro de la institución. Pero también da la medida del fracaso de un sistema que estos días, entre elefantes muertos, caderas rotas, prima de riesgo y orgullo empresarial herido, muestra avanzados signos de descomposición.

* Isaac Rosa es escritor y columnista.

http://www.cuartopoder.es/tribuna/juancarlista-el-ultimo/2644

** Fotomontaje paquidérmico-republicano que lleva varios días circulando por Internet.

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