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miércoles, 27 de febrero de 2013

Ruptura democrática o transformismo: el gobierno de la transición


Manuel Monereo*

Cuarto Poder

24/02/2013

Uno de los conceptos más importantes de “la caja de herramientas” analíticas de Antonio Gramsci es el de “transformismo”. Esquematizando mucho, se podría decir que para el dirigente comunista italiano es el dispositivo por medio del cual las clases dominantes, sobre todo en tiempos de crisis política, cooptan a las élites (los intelectuales) de las capas subalternas, ampliando su base social y perpetuando su poder.

Para entender lo que se quiere decir, puede resultar útil poner el ejemplo de la crisis de la I República italiana. Como es sabido, la “tangentópolis” puso de manifiesto que la corrupción se había convertido en sistémica, comprometiendo a una parte sustancial de la clase política y atravesando todas las estructuras del Estado. La investigación de los jueces terminó por dinamitar el sistema de partidos, abriendo una gravísima crisis política y la transición a un nuevo régimen. El resultado de esa operación fue, al final, la llegada al poder de Silvio Berlusconi y la liquidación, nada más y nada menos, de la izquierda política, social y cultural italiana.

Lo sustantivo, las lecciones que se deberían sacar de dicha experiencia (Italia siempre ha sido un laboratorio para la izquierda europea) es que las crisis políticas están ahí y no se pueden eludir y que las clases populares no son los únicas protagonistas del conflicto: los poderes dominantes siempre tienen la capacidad para usar las crisis en su propio beneficio, ampliando su control e influencia sobre la sociedad. El “transformismo” es, a mi juicio, el concepto que expresa mejor la sustancia de esa operación “a la italiana”.

En España vivimos hoy una grave crisis política (una crisis “orgánica “del capitalismo español) que puede culminar en un cambio de régimen, de hecho, a mi juicio, esto ya ha comenzado. Las similitudes con Italia son muchas. El centro, una corrupción sistémica, engarzada a un determinado modelo o patrón de crecimiento y conectada molecularmente con los poderes económicos. Como en el país transalpino, aquí el centro de atención mediático se dirige a los partidos políticos y a las múltiples formas de parasitismo, enriquecimiento personal y comportamiento mafioso ligado al ejercicio de la cosa pública. Los políticos, en masculino, son culpables y punto.

En Italia, y como hoy en España, hay un actor decisivo que desaparece: los poderes económicos. Este es el verdadero problema y el centro de la disputa hegemónica en el país. La cuestión de fondo en una democracia capitalista es complejo: ¿cómo mandan los que no se presentan a las elecciones?, es decir, ¿cómo controlan e influyen en las decisiones de la clase política los que tienen el poder económico?: la corrupción, directa o indirecta, ha sido y es el mejor instrumento, sabiendo, nunca se debe de olvidar, que ellos tienen un poder estructural en nuestras sociedades.

Para decirlo con mayor precisión: el problema, aquí y ahora, es la “captura” del poder político por los grupos de poder económicos, mediáticos y financieros. La creciente homogeneidad, en los hechos y en la teoría, entre el PSOE y PP, la separación cada vez más profunda entre las demandas de las mayorías sociales y las políticas de los gobiernos, la sumisión absoluta ante las decisiones de la troika (auténticos chantajes a las poblaciones) son algunos de los datos más relevantes del control que los poderosos ejercen sobre una clase política cobarde y dependiente que gobierna contra las personas.

Cuando se habla de la derrota de la política nos estamos refiriendo a esto: la soberanía popular tiene cada vez menos poder frente a los grupos económicos y la tupida red de tecnócratas que los representan.

La transición ya ha comenzado y se está haciendo a espaldas de la ciudadanía. Por ahora, la clase política bipartidista mal que bien controla la situación, pero las maniobras son muchas y aparecen por todos lados. Se puede decir que los poderes fácticos empiezan ya a definir opciones posibles, manteniendo la actual situación y apostando por futuros alternativos, inclusive intentando, y algo más, cooptar a dirigentes y cuadros de los movimientos alternativos, dando voz y medios a posiciones aparentemente rupturistas pero que acaban por consolidar un modelo de Estado y unas relaciones de poder funcionales a los grupos económico-financieros dominantes.

Ante una situación así definida caben, al menos, dos opciones: defender lo existente o disputarle la hegemonía a los poderes dominantes. Insisto, la transición ya ha comenzado y lo decisivo es que las clases subalternas, los “comunes y corrientes” participen y le disputen el gobierno de la misma a los poderes fácticos.

Se trata de definir un proyecto de país, de hacer política a lo grande, que organice un nuevo modelo de desarrollo al servicio de las necesidades básicas de las personas, que profundice y amplíe los derechos sociales y sindicales y, lo fundamental, que construya una democracia económica y ecológica. La pieza maestra: el poder de la ciudadanía. Lo que esto significa está claro: proceso constituyente y desarrollo de la soberanía popular para construir una nueva clase dirigente nacional-popular. A esto es lo que llamamos Revolución Democrática.

* Manuel Monereo Pérez es politólogo y miembro de la Comisión Coordinadora Nacional del Frente Cívico "Somos Mayoría".


domingo, 24 de febrero de 2013

Fin de Régimen


Rafael Torres*

OTR Press

19/02/2013

Se intuye el fin del bipartidismo, pero también se intuye el fin del Régimen que el bipartidismo vino a servir. Las restauraciones monárquicas es lo que tienen, que ayunas de verdadera adhesión popular y, en consecuencia, de mayor recorrido democrático, ligan su supervivencia al cambalache político del turnismo. Partido Popular y Partido Socialista Obrero Español, o como quiera llamarse éste si prospera la intención de cambiarle el nombre, ya no representan, salvo para un puñado de incondicionales y paniaguados, ni a la derecha ni a la izquierda, sino solo a ellos mismos, y lo mismo cabría decir de los partidos nacionalistas que han venido actuando de auxiliares y cooperadores necesarios para ese reparto del poder entre los dos grandes gendarmes de la voluntad de la nación.

Sabido es que el origen de la actual Monarquía se sitúa en la noche de Franco, y no, siquiera, en esa cosa irracional de pasarse de padres a hijos el cetro y la corona, la Jefatura del Estado, como si fueran las escrituras de un bien inmueble. Sabido es, también, que la mayoría de los españoles no sancionó la Constitución que la restauraba como requisito colado de matute para el paso de la dictadura a la democracia: ningún español menor de cincuenta y tantos años ha podido hacerlo. Sobre pilares tan débiles, tan circunstanciales, se pretendió edificar un futuro, pero el futuro acabó llegando y ha resultado ser el único posible sobre esos cimientos de arena, el del divorcio casi total entre la población y quienes, desentendiéndose de ella, de su voluntad, de sus necesidades, se han apoderado para su uso y disfrute del Estado, y últimamente, también, de los recursos nacionales, de la caja común y hasta de los ahorros de la gente.

La corrupción, que tiñe de un feo marrón la faz del Estado, desde las alturas de la Casa Real hasta las bajuras de los más remotos chiringuitos del poder, no hace sino anticipar, en todo caso, el fin del Régimen. Para éste viaje a la pobreza, a la acción despiadada del gobierno, al abandono de los débiles, a la exclusión social, a la enésima emigración de los mejores brazos y las mejores cabezas, a la represión, a la cleptocracia, al despotismo y a la mentira como norma política, no se necesitan, ciertamente, sus alforjas.

http://www.europapress.es/opinion/rafaeltorres/rafael-torres-margen-fin-regimen-20130219120039.html

Rafael Torres es periodista y novelista.

viernes, 22 de febrero de 2013

Gatopardismo patrio: cocinando la Transición 2.0


Luis Picazo Casariego*


14/02/2013

“Créeme tío: si queremos que todo quede como está, es preciso que todo cambie”

Con esta conocida frase de la película de Luchino Visconti, El Gatopardo (basada en la novela del mismo nombre de Giuseppe Tomasi di Lampedusa), el amado sobrino del príncipe de Salina, Tancredi Falconeri, justifica su partida para unirse a las tropas revolucionarias de Garibaldi que luchan por la reunificación italiana. De esta frase, que sintetiza el deseo de la decadente aristocracia italiana del XIX por conservar sus valores y privilegios ante la revolución, aparentando adaptarse a los nuevos tiempos, surge el concepto del gatopardismo: la idea de cambiar algo para que nada cambie. Esta práctica, todo un clásico de la política, permite mantener la posición y los privilegios de una clase ante hechos revolucionarios o transformadores. Se trata de realizar cambios que no afecten realmente a la esencia de las cosas, pero que aparenten hacerlo. En definitiva, se trata de un reformismo oportunista y taimado que bajo la apariencia de la concesión, nos da gato por liebre.

Sospecho que en España la oligarquía partitocrática está cocinando una gran operación de gatopardismo que evite su hundimiento y la perpetúe en el poder. Se hizo en el 78, cuando se nos coló este régimen postfranquista por obra y gracia del heredero del caudillo, el rey cojo, y sospecho que corremos el riesgo de que se repita la historia ante la presión creciente e imparable del hartazgo popular. Los indicios están ahí para el que los quiera ver: escándalos de corrupción a diestro y siniestro, que no perdonan institución alguna, desde el Ejecutivo hasta la Monarquía pasando por el Tribunal Supremo y todos los partidos estatales, el prestigio de la Casa Real en caída libre, el embajador del Imperio dando un toque de atención al Gobierno ante tanto despropósito, una propuesta de un gran pacto contra la corrupción hecha por los máximos represantantes de la misma (la desvergüenza y el descaro de esta gentuza no tiene límites), llamamientos a la regeneración democrática desde todos los ámbitos de la sociedad, cuestionamiento de la integridad de los gobernantes españoles en la prensa internacional, peticiones de cambios constitucionales, en especial de la ley electoral (por cierto, pasar a un sistema proporcional de listas abiertas, es decir la posibilidad de refrendar lo ya elegido por otros en pedacitos en vez de en bloque, sería un ejemplo perfecto de gatopardismo, y esta casi seguro que nos la querrán colar), etc. y todo ello sobre una yesca social en la que en cualquier momento puede prender la llama.

Mi madre dice que soy un ingenuo, y seguro que vosotros pensaréis lo mismo, pero sospecho que la abdicación del rey cojo no está lejana, y será la excusa perfecta para esta gran operación de gatopardismo patrio. Así lo creo porque, en primer lugar, este hombre, entre nosotros, tiene muy mala cara, y confío en que la renuncia de su guía espiritual, el papa Benedicto XVI, o la abdicación de su coetánea, la reina Beatriz de Holanda, le ilumine el camino (este es mi lado cándido, lo reconozco). Pero sobre todo, porque cuanto más tarde en producirse un traspaso de la Corona, mayores son las posibilidades de que el pueblo español exija la convocatoria de un referéndum sobre la forma de gobierno del estado, y mayores serán las posibilidades que tiene la Monarquía de perderlo. Por otro lado, llevamos ya un tiempo con tímidos intentos por parte de algunos medios de abrir el debate, siguiendo probablemente las consignas de una oligarquía financiera que observa como la situación se va de las manos de su Golem partitocrático. Si la abdicación se produjese, sería el momento ideal para una operación de gatopardismo donde la casta política, los Tancredi del país, intentasen colarnos con algunas reformas menores de la Constitución una Transición 2.0 a medida de sus intereses.

Por último, tenemos la presión de la posible imposición de un gobierno tecnócrata por parte de la Comunidad Europea, o incluso la posible organización de un gobierno de concentración nacional ante la situación de descomposición socio-económica. Pero antes de llegar a esto, no veo descabellado el golpe de efecto de la abdicación. En todo caso, estoy seguro de que ante su imparable hundimiento, el régimen del 78 intentará cambiar algo… para que nada cambie.


* Luis Picazo Casariego es profesor de español en la escuela de negocios EMLYON (Francia).

** Chiste de Diego Mena.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Sólo una constituyente nos salvará


Alberto Montero Soler*


11/02/2013

¿Puede empeorar aún más la situación económica, social y política en este país? Sí, perfectamente; es más, lo previsible es que siga deteriorándose todo mucho más si no le ponemos remedio cuanto antes.

Si miramos los indicadores económicos las perspectivas son terriblemente desesperanzadoras: el crecimiento económico, fuente de creación de empleo y riqueza, ni está ni se le espera (el PIB cayó el año pasado un 1,4% y las expectativas son de que caiga aún más este año, por mucho que el gobierno diga lo contrario); el desempleo está a punto de superar ya los 6 millones de parados y no es mayor debido al descenso de la población activa provocado tanto por la emigración como por la renuncia de decenas de miles de personas a buscar empleo ante la imposibilidad de encontrarlo; mientras miles de millones de euros siguen llegando a la banca para rescatarla, ésta mantiene cerrado el grifo de la financiación para las familias y las pequeñas y medianas empresas condenándolas a la insolvencia y a la quiebra cuando no pueden hacer frente a sus obligaciones financieras. Así que sí, previsiblemente todo irá a peor porque no hay en el horizonte ningún cambio que permita enderezar el rumbo de una nave que se va a pique sin remedio.

Por otro lado, el reflejo que nos devuelve la realidad económica en términos sociales es el de un sufrimiento social sin parangón en nuestra historia reciente y sólo asimilable a la de otros países de la periferia europea que cometieron la torpeza de insertarse en un marco económico para el que no estaban preparadas y que, en estos momentos, ahoga como la soga del ahorcado. El incremento de la pobreza; los dos millones de familias con todos sus miembros en desempleo; la agresión salvaje contra los derechos sociales; la guadaña de los recortes aplicada contra los más débiles, los más indefensos, los que más necesitarían de un Estado protector y se ven enfrentados a la crueldad de unos gobernantes que están dispuestos a sacrificarlos en aras de una austeridad que cada día exige nuevas víctimas, son algunas de las expresiones de ese sufrimiento social.

Y, finalmente, y cuando más se necesitaría altura de miras, tenemos secuestrada la democracia por una casta política que, ante el derrumbe generalizado, se encuentra atrincherada viendo cómo de debajo de las piedras salen sus miserias y cómo, al negarlas en un ejercicio infantil, insultan la inteligencia de la ciudadanía.

Este país no tiene futuro en manos de esta casta política que ha utilizado el poder para acumularlo y apropiarse, a su través, de gran parte de la riqueza generada entre todos; una casta que difunde una ética de la culpa como si todos tuviéramos el mismo grado de responsabilidad que ellos en el estado actual de la situación económica y social; una casta que ha puesto las instituciones del Estado al servicio de sus intereses y de su supervivencia; una casta que no nos representa porque nadie puede sentirse representado por aquellos a quienes no puede controlar ni exigir responsabilidades directas. Y es que, cuando el sistema no ofrece mecanismos de control democrático y popular del poder político, no basta con cambiar a los representantes, hay que cambiar el sistema en su conjunto.

Frente a este estado de cosas, el marco constitucional de 1978 se ha demostrado incapaz de permitirle ningún tipo de salida verdaderamente democrática a la ciudadanía. Es entonces cuando descubrimos que llevamos décadas viviendo en una ratonera: necesitamos recuperar un poder político que nos ha sido arrebatado, si es que alguna vez fue nuestro, para poder modificar el sistema. O, dicho en términos casi paradójicos, necesitamos una toma democrática del poder para conseguir avanzar hacia una verdadera democracia.

Porque, además, creo honestamente que sin un cambio radical de las reglas de juego, sin superar la Constitución en vigor mediante un proceso constituyente realmente democrático y no controlado desde las actuales instancias del poder político y económico que han pervertido el sentido último de la democracia, la salida de esta crisis resultará imposible.

Debemos resistirnos, por tanto, ante los cantos de sirenas de quienes claman por activar un proceso constituyente desde los partidos políticos institucionales insertos en la lógica del sistema. No puedo ni quiero dudar de la honestidad y la buena voluntad de la mayor parte de sus militantes y de sus dirigentes, sería absurdo hacerlo; pero sí me permito dudar de la lógica partidista que se impone sobre esa buena voluntad buscando la mera supervivencia de las estructuras de poder. Por lo tanto, sólo habrá garantías de que el proceso será realmente democrático si no resulta cooptado por la clase política actualmente en el poder.

Ello nos obliga a exigir que el poder constituyente se active desde un frente constituyente que aglutine a todas aquellas personas que, con independencia de su ideología o su afinidad política, entiendan que la democracia, el verdadero valor superior, nos ha sido hurtada por quienes se dicen nuestros representantes. Sólo desde la unidad de acción ciudadana en la denuncia y expulsión de esta casta política y en la propuesta por un proceso constituyente podrá alumbrarse una verdadera Constitución democrática para este país que permita desterrar para siempre los vicios institucionales y procesales promovidos por la moribunda Constitución de 1978, concebida al calor y bajo el dictado de la larga sombra del régimen franquista.

Esto constituye, por lo tanto, un llamamiento a todas las personas demócratas de este país, animándoles a la unidad de acción porque el tiempo se nos acaba: la velocidad a la que se derrumba el sistema acabará por llevarle a plantear un proceso constituyente gatopardiano, destinado en su apariencia a cambiarlo todo para que, precisamente, todo siga igual. No podemos tolerar que eso ocurra; no podemos permitir que quienes detentan ahora el poder vuelvan a dejarlo todo atado y bien atado. A nosotros, como pueblo, nos corresponde la iniciativa y el derecho a regenerar democráticamente este país. Que no nos roben también eso.


* Alberto Montero Soler es profesor de Economía Aplicada en la Universidad de Málaga y presidente de la Fundación CEPS (Centro de Estudios Políticos y Sociales)

lunes, 18 de febrero de 2013

Estamos ya inmersos en la Segunda Transición


Agustín Baeza Díaz-Moreno*


07/02/2013

Algunos llevamos tiempo proclamando la necesidad de llevar a cabo en España un período constituyente que incluya la reforma en profundidad de la Constitución como única vía para afrontar las cuatro crisis en las que estamos inmersos como país: política, económica, social e institucional. Y lo hacemos convencidos de que numerosos colectivos sociales y ciudadanos abogan por una Segunda Transición, donde la ciudadanía sea protagonista en la construcción de una nueva estructura política, económica y social que sustituya al desgastado y desnortado Régimen que nació en la Transición.

Hemos podido escuchar cómo buena parte del establishment político-económico-social gestado en los albores del Régimen y que controla los resortes del poder ha dedicado todo tipo de improperios a buena parte de estos ciudadanos y colectivos: radicales, antisistema, provocadores, antipatriotas. Algunos han optado por tratarles de manera condescendiente: “no saben lo que hacen”, “no son conscientes del daño que provocan al sistema” o “ya se les pasará el virus de la democracia real cuando maduren”. Los primeros hubieran sido partidarios de aplicarles la vieja ley contra vagos y maleantes. Los segundos se han conformado con que no den mucho la lata, pero tampoco les ha venido mal que alguien meneara las ramas de los árboles para recoger después los frutos pues ellos ya estaban muy institucionalizados para decir y hacer según qué cosas.

Se ha intentado deslegitimar no sólo sus ideas y razones, sino su mera existencia, apelando al viejo mantra de la mayoría silenciosa: gentes de orden y de buena vida que, como buenos ciudadanos, votan cada cuatro años y no se dedican a perturbar el orden social y callejero, ni a incendiar las redes sociales, ni a poner en entredicho el orden natural de las cosas, en un ejercicio cotidiano de despotismo ilustrado maridado con abundante casticismo hispánico que es consecuencia del enorme déficit de calidad democrática de nuestro sistema.

Sin embargo no contaban con el enorme caudal de energía que han demostrado millones de ciudadanos de este país que, lejos de acomplejarse, agachar la cabeza y someterse a los dictados de las clases dirigentes han optado por organizarse en defensa de sus derechos y del bienestar que han ido perdiendo pero, sobre todo, en respuesta al hartazgo y la desafección hacia las élites dirigentes de este país.

Está siendo un proceso silencioso y humilde, pero al mismo tiempo tenaz y enérgico. Forjado en casas particulares, en locales asociativos austeros o en redes sociales que están convergiendo en una gigantesca marea que ya no sólo critica esta u otra Ley y ya no exige sólo un mero cambio de gobierno. Está cansada de cambios cosméticos. Una marea a la que se suman cada día más ciudadanos que reclaman un nuevo régimen político presidido por la transparencia, la participación ciudadana y el buen gobierno en la búsqueda del bien común.

Es verdad que hay todavía bastantes conciudadanos, sobre todo los que están inmersos en las estructuras de poder nacidas en la Transición, que consideran estas ideas meras utopías e infantilismos. Pero hay millones de personas que van a seguir luchando por estas metas que son legítimas y que son superiores ética y cívicamente a los valores sociales predominantes hasta hoy.

Han sido numerosos los protagonistas, muchas veces anónimos, de esta lucha social, pero quiero destacar a Ada Colau quien representando a los más de cien grupos que conforman la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), ha dado una lección de compromiso cívico y ciudadano en la comparecencia ante la Comisión de Economía del Congreso de los Diputados del pasado día 5 de febrero.

Recomiendo vivamente que si el lector todavía no lo ha hecho, vea y escuche su intervención. He asistido a numerosos debates e intervenciones parlamentarias y puedo asegurar que no recuerdo ninguna tan rigurosa, justa, emocionante y apasionada como la de esta ciudadana. Una intervención cargada de razón y que llega al corazón. Demostrando que se puede emocionar y ser riguroso sin caer en el pragmatismo frío y cruel de la toma de decisiones más habitual en los órganos de decisión. Una intervención que ha desnudado al conjunto de las instituciones públicas y sectores económicos que durante años cabalgaron a lomos de la burbuja inmobiliaria.

Ella misma quiso dejar claro que era una mera representante y portavoz de un colectivo de centenares de miles de personas, y por tanto, no estaba en su intención asumir protagonismo alguno. Esta es una de las cosas que más desconciertan al poder establecido: la insistencia de los nuevos movimientos sociales y la nueva sociedad digital en no tener caras visibles, en no personalizar las acciones, en el liderazgo distribuido. Pero su intervención ante los diputados es un símbolo que refleja el abismo existente entre la realidad ciudadana, sepultada y silenciada por la maquinaria de dinero que engrasaba todas las estructuras de poder y la mayoría de representantes e instituciones de los poderes públicos y económicos, insensibles durante muchos años a esa problemática y ahora asustados cuando se dan cuenta del desaguisado que amenaza con devorarles.

Algún día esta intervención será recordada en los libros de Historia porque como dice el título de este artículo ya estamos inmersos en la Segunda Transición. Creo que resulta necesario asumirlo y concienciarse de ello. Y si hubiera que elegir un símbolo o emblema de este proceso, preferiría que fuese la intervención de esta ciudadana, representando a millones de personas estafadas por el modelo económico y social especulativo, injusto y desigual, y no la fotografía de un líder advenedizo en busca del protagonismo y del nuevo poder que se perfila en estos tiempos de tribulaciones que suelen desembocar en soluciones con apariencia milagrosa.

En las últimas semanas se han podido leer numerosos artículos y algunos discursos de próceres de la patria que alcanzaron protagonismo y poltronas gracias a este moribundo Régimen anunciando su enfermedad terminal, comenzando a vislumbrar cómo y quiénes deben abordar la conformación de un nuevo periodo en nuestra Historia. Entre ellos, Esperanza Aguirre, quien ha proclamado hace pocos días que España necesita una regeneración y que cuenten con ella para proceder a dicha tarea, en una demostración más de su desfachatez, cinismo y capacidad para reírse de sus conciudadanos.

En cualquier caso, la Segunda Transición ha comenzado ya. No hay más que ver la toma de posiciones de buena parte del establishment que se ha dado cuenta que lo que iniciaron aquellos “jovencitos perroflautas” del 15-M ha cogido un ritmo endiablado y que, al igual que hicieron sus padres y sus abuelos en los años 70 del siglo pasado, hay que ponerse de nuevo el disfraz. El objetivo es el de siempre: Vestir al santo como sea, pero mantener el poder, que en España siempre lo han ostentado las élites económicas del momento. Unos temen por sus bienes y rentas, otros por sus sillones y también los hay que sollozan por no haber estado a la altura de los valores que decían defender.

España se merece una democracia de mayor calidad. Y la protagonista debe y tiene que ser la nueva ciudadanía. La que ha emergido desde las Ágoras de las redes sociales, la que se ha convocado en las calles y se ha agrupado en asociaciones al margen de sus representantes, la que lleva tiempo tejiendo una sociedad en red inmune a los clásicos resortes de control del poder tradicional, la que ha encontrado en internet y en el mundo digital el empoderamiento que las viejas tecnologías no hacían posible, la que se comunica, organiza y crea capital social, ciudadano y cívico de manera horizontal y distribuida. Una nueva ciudadanía que además da voz a quien no la tiene.

Nos encontramos en un momento trascendental. Si queremos como ciudadanos ser los verdaderos protagonistas de la construcción de un nuevo sistema institucional más justo, más democrático, más libre y más social habrá que estar muy atentos y más movilizados que nunca. En cualquier momento nos pueden dar el cambiazo. La España de la picaresca es una losa que el peso de la Historia tardará todavía alguna generación en quitarnos de nuestras espaldas. Dentro del establishment ha comenzado una partida para ver quiénes se quedan con los restos del viejo cascarón de la nave que ha guiado este país durante 35 años y construir uno nuevo pintado de futuro pero con el viejo armazón que guarda en sus entrañas la brújula que guía al poder. Allí no está el tesoro, todo el mundo sabe que eso se guarda en islas remotas. Pero sin los capitanes adecuados no podrían seguir haciendo sus viajes de ida y vuelta, llevando y trayendo el botín.


Agustín Baeza Díaz-Moreno, economista y consultor freelance, es secretario de Acción Electoral en la agrupación socialista del distrito Centro de Madrid.

** Instantánea de la fotógrafa Betsabe Donoso

miércoles, 13 de febrero de 2013

‘Next level’: revolución


Raúl Sánchez Cedillo*


05/02/2013

Resulta manifiesto que la fase destituyente iniciada el 15M está apurando sus últimos episodios, seguramente los más difíciles e imprevisibles, pero ello no impide que describamos la situación y esbocemos los escenarios decisivos.

Al respecto cabe hacer las siguientes consideraciones:

1. La capacidad de “regeneración” del régimen del ‘78 es prácticamente despreciable. Todas las instituciones constitucionales están presas de la parálisis, la desmoralización, la deslegitimación terminal y el enfrentamiento mutuo.

2. La capacidad de neutralización represiva es la menor desde el comienzo del régimen constitucional. Ya habrá tiempo de gritar al lobo del fascismo y de la reacción –europea–. Cualquier iniciativa en ese sentido es, en este momento, muy improbable, tanto por la fuerza del movimiento como por la descoordinación, la ilegitimidad y la marginalidad de las fuerzas protofascistas y/o golpistas. Otro tanto cabe decir de gobiernos “técnicos” o de “concentración nacional”: no hay ‘Montis’ que puedan aguantar la situación actual ni ‘Berlus­conis’ que sirvan de pretexto. Un gobierno ‘PPSOE’ a la griega, aun con refrendo electoral, es implanteable.

3. De esta suerte, las condiciones de posibilidad para una revolución civil pacífica son las mejores que hemos conocido desde el inicio del periodo constitucional. Por ésta cabe entender una movilización sostenida, con huelgas, ocupaciones, desobediencia civil, que no excluye episodios de violencia y enfrentamiento, pero los mantiene dentro del respeto de la vida y la integridad de las personas. Cualquier abuso de unas fuerzas policiales divididas, y con una cadena de mando completamente deslegitimada, tan sólo precipitará el final del régimen y no servirá, salvo dislate mayor de las fuerzas constituyentes, ni para dividirlas ni para reunificar a las fuerzas contrarias al cambio.

4. Esta revolución democrática se basa en dos pilares: la autonomía y la radicalización democrática de los movimientos de lucha actuales, y la capacidad de ganar unas elecciones constituyentes. Ambos objetivos son inseparables. El principal bloqueo del ciclo de protesta destituyente que se abrió con el 15M ha sido la rigidez –que ha resultado ser rigor mortis– del cuadro de poderes constitucionales.

5. Sin una red dinámica de contrapoderes capaces de definir estratégicamente y condicionar de forma determinante el proceso constituyente sólo podemos esperar un cierre en falso de la situación. O una división y fragmentación del (contra) poder constituyente que, esta vez sí, contribuirá a abrir las puertas a formas de gobierno populistas, autoritarias e inevitable y duramente represivas. En este sentido, tanto las mareas como las PAH no sólo no deben detenerse en su dinámica de reapropiación, autogestión y reinvención de las estructuras de lo público, sino que sin ello cualquier parla­mento cons­tituyente será impotente e inmediatamente corruptible.

6. Tanto a IU como a las izquierdas nacionalistas e independentistas parece tocarles una responsabilidad histórica. De resultas de su marginalidad constitucional, son las mejores preparadas para servir de puente ambivalente entre lo viejo y lo nuevo. Insistimos: a causa de su marginalidad constitucional antes que por su programa o su composición. Están obligadas a organizar sus propias primarias constituyentes –abiertas a todo el mundo– o serán una rémora y un factor de división interna del proceso.

7. En el proceso constituyente que ha de poner fin al Reino de España se está jugando el presente y el futuro inmediato de la democracia y de la paz en Europa –y por ende también de la UE–.

http://www.diagonalperiodico.net/la-plaza/next-level-revolucion.html

* Rául Sánchez Cedillo es activista social y miembro de la Universidad Nómada.

lunes, 11 de febrero de 2013

Democracia


Julio Anguita González


Febrero de 2013

A raíz de los últimos, por ahora, escándalos de corrupción protagonizados por dirigentes políticos, altos cargos institucionales, empresarios y la Casa Real, se han desatado las alarmas en titulares de medios de comunicación y en declaraciones de personalidades de la vida política española. El argumento es reiterativo; se dice que estos hechos “hacen daño a la democracia”. Pareciera como si por un lado existiera una Democracia y por otro determinadas y esporádicas fechorías hechas por personas ajenas al entramado jurídico-institucional. Es decir, se intenta voluntaria o involuntariamente, separar estas prácticas corruptas del entramado económico-político que constituye la columna vertebral del régimen surgido en la Transición. Invito a los lectores y lectoras que en aquellos años eran jóvenes o maduros a que se provean de unos folios, un bolígrafo y la memoria necesaria. Comiencen por los casinos de Cataluña, Prenafeta, los créditos a partidos condonados, Filesa, Malesa, Times Export, fondos reservados, GAL, Javier de la Rosa, Mario Conde, Prado y Colón de Carvajal, Diputación de Castellón, Valencia, ERE´s en Andalucía, Jaume Matas, Presidentes de Comunidad de Navarra, jueces procesados por delitos económicos, empresarios amigos de lo ajeno, banqueros sobres, coimas, comisiones, chanchullos, amiguismo, Naseiro, Gürtel, Bárcenas, etc. etc. etc. Y todo ello de un tirón, sin acudir a archivos o anotaciones; un simple ejercicio de memoria y muy por encima.

Esta relación de escándalos (y los que faltan) ¿son excepciones o constituyen una práctica que define a un sistema político determinado? El entramado económico oligárquico del franquismo se bañó en el Jordán de la Transición y una vez bautizado como demócrata de toda la vida siguió utilizando este inmenso coto de corrupción que hoy constituye la piel de toro. Cuando algunas veces me he referido a la situación política que surge tras la normalización democrática sancionada por la Constitución de 1978 la he calificado de Segunda Restauración borbónica. Ruego a mis lectores que repasen en cualquier texto de Historia de España lo que fue la llamada Restauración con Alfonso XII y Cánovas y se quedarán fríos de espanto ante tanta coincidencia. La oligarquía aguanta décadas y siglos. Lo que cambia es el marketing.

Va siendo hora de que, llamando a las cosas por su nombre, obviemos el sustantivo Democracia para referirnos a lo que está instaurado en España. Tantas cuantas veces, en el pasado más reciente, se han elevado críticas a este estado de cosas, las voces de la sensatez han acudido a la comparación con el régimen franquista para la existencia de partidos políticos, sindicatos y libertades (dentro de un orden). Resulta curioso que esta llamada Democracia busque su legitimidad en la comparación con la Dictadura y no en modelos, prácticas y ejemplos existentes en Europa o en América (toda ella). Es la filosofía del mal menor, común a resignados y a delincuentes de alto copete.

Si la Democracia puede ser definida como un convenio permanente entre seres libres e iguales para seguir permanente conviniendo sobre su contrato social, resulta obvio que las urnas son un componente imprescindible, pero también hay otros componentes imprescindibles; y uno de ellos es que el camino que conduce a las urnas sea, limpio, justo, proporcionado y con el principio de cada mujer, cada hombre un voto en paridad con los otros votos. Democracia es Libertad, pero ese concepto que significa capacidad y posibilidad material y física de ejercer la opción queda relegado a una caricatura cuando las condiciones económicas, sociales o morales de una sociedad la coartan hasta el punto de hacerla una simple caricatura.

Nuestro país, como tantas veces en su historia, se encuentra en una encrucijada de la cual no se podrá salir en positivo si no hay proyecto alternativo respaldado por la mayoría de la población y las organizaciones más ligadas al cambio necesario. El tacticismo, la componenda, el pacto de Estado o el ‘tente mientras cobro’ terminan, siempre, siendo colaboracionistas con el régimen. Para hacer esta afirmación he acudido a la memoria sobre nuestro pasado más inmediato. Y es que la Ruptura Democrática, sea cual fuere el ropaje que en cada momento vista, vuelve a citarnos. La primera vez fue con Fernando VII. La penúltima con Franco.


sábado, 9 de febrero de 2013

La estaca


Pablo Bustinduy*


01/02/2013                                                             

"Cuando la insurrección es general, no necesita apologías"
Boissy d'Anglas 

Todo ha estallado. Ya circulan las listas, los nombres de los corruptos y los corruptores. Ya se puede hasta poner números al entramado subterráneo del PP, hacer un árbol genealógico de cargos, constructoras, medios de comunicación. Se irá un paso más allá para trazar líneas entre los puntos: bucear en las declaraciones de la renta, hacer arqueología de los concursos y concesiones, revisar obras públicas, recitar listas de asesores. Orfebrería del delito. Es un paisaje mareante: la corrupción como sistema y como modo de gobierno, una figura fractal que se retuerce sobre sí misma hasta ocuparlo todo.

Por eso la pregunta que hay que hacerse, lo que deberían plantearse aquellos que no cobran en sobres ni comercian con dinero público, es precisamente esa: ¿es verdad que ha estallado todo? De hecho, ¿ha estallado algo? Y la respuesta es que no, que aquí no ha pasado nada, que aquí las cosas hay que hacerlas pasar. En este país, esperar que los escándalos tengan consecuencias por sí mismos es un ejercicio de ingenuidad. No se trata solo de la impunidad judicial que el régimen utiliza continuamente como escudo (un sistema tan implacable con unos como blandito y servil con los otros). Se trata de algo más sutil y complicado a la vez, que tiene que ver con el significado y los efectos de las palabras, y con el contacto que han perdido con la realidad.

La política española entró hace ya tiempo en una fase de obscenidad: todos sabemos que lo que se nos dice es mentira. La narrativa de la transición está hundida; sus conceptos fundamentales (democracia, representación, consenso...), huecos de contenido, flotan sin rumbo alguno sobre el vacío. Hablan y nos pasa como a los afásicos de la historia de Oliver Sacks, que han perdido el manejo de las palabras pero leen en los gestos, en el tono y la cadencia de la voz, en todos los matices de la expresión. Un día, cuenta Sacks, un grupo de afásicos estaba viendo al presidente Reagan dar un discurso; apenas empezó a hablar rompieron a reír como locos. El histrionismo de Reagan, todo ese esfuerzo por hacer como que decía la verdad, les resultó completamente inverosímil: o ese señor estaba contando un chiste, o estaba directamente mintiendo. Cuando escuchemos en los próximos días otra retahíla de juramentos solemnes y lamentos por el honor mancillado, la escena será parecida. Nietzsche decía que el Estado miente con todos los dientes de la boca: llama a las cosas con un nombre que no es.

El problema, sin embargo, es que todo esto no tiene nada que ver con una cuestión moral. La corrupción no es más que una posdata de la oligarquía que gobierna realmente este país: son las 30 monedas que le cuestan sus testaferros y voceros. Por eso la obscenidad, esta avalancha de podredumbre a plena luz del día, no tiene por qué ser un síntoma de la debilidad del régimen; paradójicamente, puede ser incluso una demostración de su fuerza. En Italia, la Tangentopoli de los 90 acabó produciendo a Berlusconi: el prototipo del héroe obsceno, el caudillo que roba sin disimular y hasta presume de ello, no como esos políticos que nos desfalcan mientras hablan de honradez y dignidad. Naturalizar el escándalo, esgrimir la impunidad como una prueba de poder, puede suponer un blindaje final de la cleptocracia, una sanción de la ley del poderoso que ya no necesita disimular, que solo necesita policía para mantener "su" orden social. Mientras no haya una fuerza contraria en medida de desalojar a la mafia que controla el país, la obscenidad puede incluso ahorrarles el engorro de seguir mintiendo en lugar de llamar a las cosas por su nombre. Una transición a la tiranía.

Por eso hay que repetirlo: aquí no ha pasado nada, todavía. Lo que está ahora mismo en juego no es solo la corrupción de la "clase política" sino todo un modelo de relaciones de poder, el mismo entramado económico y político que ahoga la democracia y hunde el país en la miseria. Hoy en día corrupción y gobierno de la deuda son inseparables, son dos extremos de la misma trama, y solo se acabará con una luchando contra la otra hasta el final. Esa trama está cada vez más desnuda, es cada vez más obscena, pero nada va a suceder por sí solo. Que la estaca esté podrida no significa que no vaya a durar, que no se vaya a hacer más ancha y más grande. La estaca está podrida: hay que rodearla, estirar de cada lado, asegurarse de verla caer. 


* Pablo Bustinduy es profesor de Filosofía en la Universidad de Fairfield (Connecticut, Estados Unidos de América).

** Ilustración de Ramón Rodríguez.

miércoles, 6 de febrero de 2013

UCAR-Granada apuesta por un proceso constituyente que permita articular un nuevo marco de convivencia entre todos los españoles


La asociación republicana exige la dimisión inmediata del Gobierno y la convocatoria urgente de elecciones anticipadas

Grupo de Comunicación de UCAR-Granada

06/02/2013

La asociación cultural Unidad Cívica Andaluza por la República en Granada (UCAR-Granada) celebró el pasado 31 de enero su Asamblea anual en la Facultad de Medicina de la UGR, eligiendo a su nueva Junta Directiva provincial, encabezada por la jurista Laura Rodríguez Mejías (Sevilla, 1973), técnica de Administración General en el Ayuntamiento de la capital. El colectivo republicano aprovechó la ocasión para distinguir al prestigioso oncólogo José Luis García Puche con el nombramiento de presidente de honor, en reconocimiento al trabajo que ha venido desarrollando, a lo largo de los últimos ocho años, en la presidencia ejecutiva de la organización. En la reunión, participó también el máximo responsable regional de UCAR-Andalucía, José María García Labrac.

La asociación republicana se pronunció contra los escándalos de corrupción que asolan a los principales poderes del Estado, reclamando la apertura de un proceso constituyente que pueda desembocar en la proclamación de la Tercera República Española. Los socios de UCAR-Granada manifestaron que, ante la situación de emergencia nacional que vive España, con 6 millones de desempleados, cientos de miles de trabajadores autónomos y pequeños empresarios a punto de echar el cierre a sus negocios y multitud de familias afectadas por el drama de los desahucios, consideran trascendental la necesidad de superar el inoperante régimen monárquico de 1978, a través de la articulación de un nuevo marco de convivencia, de corte republicano, federal, laico y solidario. Los republicanos granadinos declararon, además, que el proyecto estatal que proponen, basado en la democracia radical y participativa, permitiría regenerar la vida política y económica española, resolviendo asimismo las tensiones territoriales mediante la fórmula federal, que tan buenos resultados ha proporcionado en otras partes de Europa y del mundo.

Con motivo del estallido del “caso Bárcenas”, la Asamblea republicana exigió también la dimisión inmediata del Gobierno de España y la convocatoria urgente de elecciones generales anticipadas, expresando su consternación por el insoportable grado de descomposición y podredumbre que han alcanzado las más altas magistraturas de la Segunda Restauración Borbónica.

UCAR-Granada se constituyó en abril de 2005, en el Colegio Mayor "Isabel la Católica" de la ciudad nazarí, desplegando desde entonces una notable actividad divulgativa de la causa republicana, celebrando jornadas y simposios con la participación de personalidades de la talla de Julio Anguita, José Luis Pitarch, Antonio Romero, Juan Carlos Monedero, José Luis Serrano, Emilia Barrio, Jorge Marco, Nicolás López Calera o Roberto Viciano, u organizando homenajes a históricas figuras progresistas como Mariana Pineda, el general Herrera Linares, Fernando de los Ríos, Constantino Ruiz Carnero o los hermanos Quero.

En la actualidad, el colectivo ciudadano cuenta entre sus filas con profesores universitarios y de instituto, médicos, maestros, obreros, autónomos, estudiantes, doctorandos, administrativos, arqueólogos, pintores, músicos o escritores.

La recién renovada Junta Directiva de la asociación presenta la siguiente composición:

Presidente de Honor: José Luis García Puche, director de la Unidad Clínica de Oncología Integral del Hospital Universitario “San Cecilio” y profesor de Radiología y Medicina Física en la UGR.

Presidenta: Laura Rodríguez Mejías, funcionaria de carrera en los Ayuntamientos de Granada y Sevilla.

Vicepresidente: Baltasar Garzón Garzón, maestro de educación primaria e inspector de enseñanza jubilado.

Secretario: Juan Pablo Segovia Gutiérrez, becario predoctoral en el Departamento de Física Aplicada de la UGR.

Portavoz y Responsable de Finanzas: José María García Labrac, asesor laboral de empresas en el sector privado.

Vocales:

- Eva Martínez Leyva, maestra de educación primaria jubilada.

Carmen Menéndez Oubiña, maestra de educación especial.

José Antonio Ruiz López, becario predoctoral en el Departamento de Física Aplicada de la UGR.

Pablo Jones Medina, estudiante de Ingeniería de Caminos, Canales y Puertos en la UGR.

Francisco Maeso Rubio, profesor universitario de Didáctica de la Expresión Plástica jubilado.

lunes, 4 de febrero de 2013

La cara B de la democracia española




31/01/2013

La historia reciente de España, las últimas décadas que convenimos en llamar democracia, no está escrita en letra de molde, ni dorada, ni siquiera en limpio. Al contrario, está escrita en vulgares cuadernos de contabilidad, cuadriculados y rellenados a mano con letra apretada y descuidada, con abreviaturas y tachones.

La historia de la democracia española no la han escrito cronistas ni historiadores, tampoco periodistas ni novelistas, sino meticulosos contables que anotaban entradas y salidas de dinero, se mojaban la yema del dedo para pasar la página y usaban papel calca para quedarse con copia de todo.

Es Bárcenas, pero no solo él. Su cuaderno ya lo conocemos, al menos algunas páginas, pero hay muchos otros libros de contabilidad B guardados en cajones, en archivos, en cajas fuerte. Una legión de tesoreros encorvados sobre sus escritorios, bajo un flexo, anotando nombres de pagadores y cobradores, cantidades, fechas, escribiendo sin saberlo páginas históricas.

Hasta que no conozcamos esos cuadernos, esa contabilidad B, no podremos completar la verdadera historia de España. Solo conocemos la cara A, la que cuenta que hubo una dictadura y luego entre el rey y unos cuantos dirigentes políticos de gran talla nos trajeron la democracia, y después llegaron el desarrollo, la modernización, la marca España, los servicios públicos, el AVE, los grandes eventos, la Unión Europea, la OTAN, los éxitos deportivos y culturales, un rey simpático y deportista, un príncipe enamorado de una plebeya, las empresas conquistando el planeta, edificios emblemáticos, segunda residencia, hoteles con encanto, la banca campeona del mundo y el mejor fútbol de Europa. Hasta que llegó la crisis, como una catástrofe natural, y lo arrasó todo. Fin.

Esa es la cara A. De la otra, de la B, conocemos destellos que escaparon durante estos años: investigaciones judiciales, exclusivas periodísticas y denuncias ciudadanas que alumbraron a ráfagas ese sótano donde los contables escribían la verdadera historia en sus cuadernos. Corrupción, comisiones, sobornos, puertas giratorias, privatizaciones para los amigos, pelotazos obscenos, saqueos de las arcas públicas, contratos amañados, tratos cerrados en un restaurante de lujo, amiguitos del alma, bodas en El Escorial, patrimonios hinchados, maquillajes contables, fundaciones sinónimo de lucro, cajas de ahorro desvalijadas, ingeniería financiera, planes de urbanismo, evasión fiscal, maletines, sobres, cuentas en Suiza, cacerías.

La cara A de la democracia sonó bien durante años, era una canción fácil, pegadiza, todos la tarareamos. De vez en cuando se rayaba, saltaba o sonaba sucia, había escándalos, había robos, había precariedad y desigualdad, pero el disco seguía girando sin distorsionar demasiado, hasta que en los últimos años empezó a atascarse, a ralentizarse, a sonar cada vez más sucio, hasta resultar tan insoportable que nos tapamos los oídos. Así que ahora toca darle la vuelta al disco y oír la otra versión de la historia al completo, la cara B.

Creemos saber mucho, saberlo casi todo, pero en realidad sabemos muy poco. Solo conocemos fragmentos sueltos de esa cara B. Los historiadores del futuro que quieran entender este tiempo, que quieran comprender cómo la joven democracia española se fue a pique en tan poco tiempo, cómo un país próspero se arruinó tan deprisa, no entenderán nada, no podrán escribir esta historia mientras no tengan acceso a los cuadernos de los contables. Los de Bárcenas, los cuadernos del PP, pero también los de otros partidos, y los de las empresas que también tenían su caja B y ponían el dinero de los sobornos, y los de los bancos que perdonaban deudas y a cambio recibían vista gorda, ayudas y algún indulto, y los de los beneficiarios de las privatizaciones, y los de la Casa Real y todas sus ramificaciones, y los de los grandes medios de comunicación que tanto contribuyeron a la ocultación.

No solo los historiadores. Nosotros también, los ciudadanos, si queremos refundar este país arruinado y podrido, si queremos construir algo mejor, algo habitable, necesitamos conocer esa cara B, necesitamos leer todas esas entradas y salidas manuscritas en los cuadernos, identificar todos los nombres, sumar las cantidades sustraídas, leer ese folletín cuyos capítulos están repartidos en cientos de libros contables. Ahí es donde se cuenta cómo hemos llegado hasta aquí, qué nos ha pasado, cómo hemos caído. Quién nos ha malvendido.

Esos son los documentos secretos de la historia de España, pero aquí no hay institución que los vaya a desclasificar pasados unos años. Y mientras no salgan a la luz, no nos enteraremos bien del país en que vivimos.


sábado, 2 de febrero de 2013

Vídeos - "Por un Proceso Constituyente hacia la Tercera República" con Roberto Viciano - Granada, 10 de enero de 2013





* Primera y segunda parte de la grabación de la charla-coloquio impartida en Granada, el pasado 10 de enero de 2013, por el insigne constitucionalista Roberto Viciano, catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad de Valencia y principal consultor de los recientes procesos constituyentes latinoamericanos. El evento, organizado por UCAR-Granada, se desarrolló en la Sala de Conferencias "La Bombonera" del Complejo Administrativo Triunfo.