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viernes, 24 de febrero de 2012

La ciudad acolchada


Alejandro V. García

Granada Hoy

El invierno de 1931, pese al frío, fue en España una estación cálida, emocionante. Cinco meses antes se había proclamado la Segunda República y el país vivía lleno de entusiasmo las novedades que prometía el nuevo régimen. En particular, los intelectuales del 27, los creadores republicanos, tomaban las riendas de un tiempo nuevo. De ese invierno es la entrevista que Federico García Lorca concedió al periodista Juan de Alfarache para la revista Miradero (no incluida en las Obras Completas) y cuyo contenido acaba de difundir el Centro de Documentación Teatral. Lorca se disponía a estrenar La zapatera prodigiosa en el Teatro Español de Madrid. Pero no es toda la entrevista ahora recuperada la que impulsa este comentario sino un par de párrafos en los que el poeta más universal de todos los creadores granadinos habla de su tierra. Y habla con la misma mezcla de orgullo, cariño y desdén con que lo hizo en otras ocasiones. Tendrían que pasar aún varios años de desencanto y acoso contra el nuevo régimen para que Lorca revelara dónde se refugiaba la peor burguesía de España. 

Lo que impresiona del contenido de esos sinceros párrafos pronunciados hace la friolera de 81 años es su inmensa y terrible actualidad. Granada, dice Lorca, "es una ciudad acolchada, muerta... Ahora bien: todo carácter del pueblo vierte a raudales simpatía". ¿Y los amigos? "Tengo un grupo de amigos", dice, "sí, es cierto, que toman con el cariño de las cosas propias mis triunfos en escena. Pero Granada, que es una ciudad inteligente, es una ciudad muy fría... Lo que vale allí es el pueblo, son las afueras, el Albaicín, todo lo que hay de secular en la entraña de las gentes del pueblo. Es el pueblo de las calles". Tan fría, añade, que fue la única donde no triunfó Mariana Pineda. Y donde sigue sin triunfar, al menos en el calendario festivo local, agazapada entre santos, ofrendas florales y exhibiciones de poder ultraderechista. 

Granada, después de un breve renacimiento, continúa acolchada, desvanecida y tremendamente provinciana y, lo que es peor, sin esperanza de resurgimiento. Ni siquiera se puede pensar en una renovación natural de la población; el censo sigue perdiendo habitantes y envejeciendo. Y en el plano cultural no pasa un día en que la carcundia no deposite unas motas de caspa, donde los vivos colores de lo que fue una imaginación pujante adquiera ese tono grisáceo no ya del pasado sino del peor pasado imaginable. Basta echar la vista no 81 años sino 30 años atrás para comprobar la dimensión de la catástrofe, la jactancia pueblerina de las instituciones que han convertido las penurias de la crisis en su mejor aliado para enaltecer el inmovilismo y para reunir en torno a sí a una corte medrosa vendida a la falsificación.


* Estampa granadina de ChALLeN12 vista en Flickr.

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