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miércoles, 2 de mayo de 2012

Clásicos republicanos: «El timo de la memoria», de Vidal-Beneyto


José Vidal-Beneyto*

El País

26/10/1996

Hablo del timo de la memoria democrática. Todo comienza con el decreto de amnesia general que imponen, sin necesidad de promulgarlo, las cúpulas de los partidos políticos al inicio de la transición. Unos, los líderes del PCE, formados en la permanente automanipulación de su historia, esconden sus credenciales antifranquistas, convencidos de que el esplendor de su presente depende de la ocultación de su pasado, cuando sólo las cicatrices de ese pasado de lucha contra el franquismo, pueden fundar el presente de su condición democrática. Otros, los beneficiarios de Suresnes, con la bandera del PSOE en la mano, sitúan ese pasado en una lejanía suficientemente remota y prestigiosa,-Pablo Iglesias y los 100 años de honradez- para que, al mismo tiempo, vele la irrelevancia de su bisoñez y pueda funcionar como garante del consenso heredo-franquista. Los terceros, los aperturistas del Movimiento Nacional, cuando se aprestan a coger el último barco para la democracia piensan, precautoriamente, que lo mejor que pueden hacer es llegar vacíos de equipaje y sepultan en el fondo de sus memorias sus pasados franquistas.

Así, todos a una, los aparatos de los partidos imponen a los españoles un comportamiento colectivo análogo al del síndrome de Korsakov en los individuos. Comportamiento que, por una parte, produce la implosión del contenido de los acontecimientos -las ignominias de la larga noche franquista- e impide su fijación, y por otra, bloquea la rememoración de todo lo acontecido antes de un determinado hecho -las, elecciones de junio del 77 para los franquistas conversos, la victoria electoral del PSOE, en octubre del 82 para los socialistas, de la democracia, etcétera- y les permite volver a nacer políticamente, prístinos e impolutos.

Esa ablación total de la memoria ha hecho posible la autotransformación del franquismo y con ella la legitimación democrática de su élite económica y de su clase política más allá de sus glorias y villanías, de sus logros, su botín y sus desmanes. La eficacia del tratamiento ha sido tal que ha llevado al ministro de Defensa a pedir, con toda seriedad y coherencia, que se aplique otra inmaculada transición a los crímenes y tropelías de nuestra democracia. Ahora bien, no se puede acreditar a los actores y recusar el escenario o desacreditar la obra. Por la brecha que abre la conversión de los franquistas entra el franquismo convertido en predemocracia. Desde luego con unos pequeños ajustes eufemísticos que forman parte, ya para siempre del libro de estilo de nuestros medios de comunicación. A la autocracia franquista se la llamará, en adelante, el régimen anterior, y, a veces, con total impropiedad histórica, el antiguo régimen, que fue un periodo muy otro de nuestra historia. Por la misma razón, nuestros diarios se referirán a la actividad política durante el franquismo de los dignatarios del régimen actual, en términos de su, carrera en el régimen anterior; nuestros periodistas celebrarán el europeísmo de Salvador de Madariaga instituyendo un premio que lleva su nombre y callarán con ocasión de su entrega el papel protagonista que tuvo en el contubernio de Múnich; ni un solo periódico mencionará la ejemplar conducta antifranquista de Buero Vallejo, cuando, últimamente, el mundo español del teatro le rindió, en su 80º aniversario, un bien ganado homenaje; la lucha contra el franquismo de la izquierda española se degradará en el sainete de la peluca de Carrillo -devuélvame la peluca, don Rodolfo, y quédese con todo lo demás-; y así un largo etcétera de eufemismos de ocultación y silenciamiento.

Pero si el régimen anterior fue una predemocracia, los franquistas, perdón, los anterioristas fueron necesariamente unos demócratas predemocráticos, que la historiografía dominante, comienza a entronizar como los auténticos precursores de la democracia. Fueron ellos, nos aseguran sus heraldos atrincherados en la gloriosa transición, quienes lograron la transformación política de la dictadura y no unos españoles residuales, medio ilusos, medio resentidos, que, en el exilio o en el aislamiento interior, ni tenían apenas influencia ni capacidad alguna de acción, como de mostraron los resultados del referéndum para la reforma política. Fueron ellos y sólo ellos quienes trajeron la democracia, pues la transición fue suya y por eso su pasado de franquistas-antecedentes-necesarios-de-la-democracia merece ser democráticamente reivindicado.

Se ha cerrado el círculo. Se ha ocupado el espacio. Del sepultamiento de la memoria hemos pasado a su suplantación. Nosotros no existimos puesto que existieron ellos. No como franquistas sino como predemócratas, como demócratas futuros, que era, nos dicen, el modo más efectivo de ser demócratas entonces. Ese es el timo. No estoy haciendo análisis-ficción, estoy relatando hechos. Sólo un ejemplo. La saga política de Torcuato Fernández-Miranda que, con Lo que el Rey me ha pedido, comienza por el final, es, a este respecto, paradigmática. Hasta en sus vendettas. El próximo volumen nos explicará que cuando Franco, en octubre de 1969, decide resituar en primera línea al Movimiento Nacional, con el fin de crear un contrapeso a los tecnócratas del Opus Dei abrumadoramente mayoritarios en su decimocuarto Gobierno, y ofrece su Secretaría General y un puesto en el Gabinete a Fernández-Miranda, éste lo acepta con el único propósito de hacer del Movimiento Único la catapulta del pluralismo democrático. Como demuestra el lanzamiento de Adolfo Suárez seis años después, en el Gobierno Arias de diciembre de 1975, a la función de ministro secretario general del Movimiento, primero, y a jefe nacional (1976) después, para desde allí, de "la ley a la ley" como gustaba decir el profesor Fernández-Miranda y nos recuerdan sus panegiristas, pasar a presidir el primer Gobierno democrático.

Aún más enjundiosa será la explicación de su impulso democratizador como director general de Enseñanza Media, primero, y Superior, después, en los oscuros años 52 al 59. Pero todo lo andaremos. Y tras don Torcuato vendrán otros y otros egregios colaboradores del dictador. Hasta que un día, que Dios quiera tarde mucho, enterremos a don Manuel Fraga, con los máximos honores de la democracia, en la basílica del Valle de los Caídos entonces ya convertida en Panteón de los grandes demócratas, que para eso la construyeron premonitoriamente los reclusos demócratas primitivos.

Atribuir lo que precede a secuelas de una incurable frustración personal o al síndrome del camisaviejismo es errar el tiro. Al contrario, el razonable grado de satisfacción que, años aparte, me depara la vida, por nada se ve más confortado que por las satisfacciones que producen las incorporaciones a la trinchera democrática de quienes antes se situaban, por sí mismos o su filiación, en la de enfrente. Pues el mayor triunfo de un ideal es que lo abrace quien antes lo combatía.

El intelectual francés Claude Roy había militado en Acción Francesa y había escrito en la prensa antisemita. Cuando en 1941, al entrar en la Resistencia, se lo dijo al gran escritor Aragón, éste le contestó: "Mire usted, lo importante no es de dónde se viene, sino adónde se va y por qué". Ese por qué que tan admirablemente nos contaron Dionisio Ridruejo en Escrito en España y Casi unas Memorias y Pedro Laín en Redoble de conciencia. Ese por qué que nos deben todos los conversos demócratas, fuesen líderes sociales, grandes nombres de la prensa y la cultura o políticos del franquismo, y de modo particular Adolfo Suárez que para eso lo hemos instituido en valedor principal de nuestra concordia democrática. Ese por qué que descalifica las descalificaciones dictadas so pretexto de oportunismo, por los demócratas de toda la vida, más por necedad que por sectarismo. Criticar desde una opción democrática el acercamiento de José María Aznar a Azaña, la visita a Alberti de Esperanza Aguirre o las incursiones en nuestro pasado democrático de Alberto Ruiz-Gallardón y de su equipo, es un puro contrasentido.

Lo deseable es que esa circulación de los nuevos prosélitos por los diversos referentes del pluralismo democrático español se alargue e intensifique y que haga suya la historia de nuestra lucha por las libertades. En la que están, estamos, todos los que estuvimos: los monárquicos de Unión Española, los anarquistas, los republicanos históricos, los liberales conservadores, los comunistas, los demócratas cristianos, los socialdemócratas, los libertarios, los socialistas, los nacionalistas, los cristianos progresistas, los demócratas radicales, los sindicalistas de base, todos.

Y ¿por qué la reivindicación de esa lucha no ha de poder hacerse desde posiciones de centro derecha? ¿Desde qué opción la hizo el general De Gaulle? Ésa es la última reconciliación, la que tenemos aún pendiente. Quienes venían del franquismo legalizaron a los que habían luchado contra él, aceptaron sus principios y valores y juntos formaron la clase política actual. Ahora sin fintas ni timos tienen que asumir su historia. No se trata de nostalgias seniles ni de anacrónicos ajustes de cuentas, sino de fundar definitivamente en ella nuestra identidad democrática. Por eso hay que preservar todo lo que alimente nuestra memoria democrática y estimular a que la hagan posible quienes fueron sus protagonistas. Antes de que desaparezcan. Enric Adroher (Gironella), Antonio Amat, Joaquín Satrústegui, Horacio Fernández Inguanzo, Jesús Prados Arrarte, Félix Carrasquer, Josep Pallach, Cipriano García, Carmelo Cembrero, Juan Antonio Zulueta, Ignacio Gallego, Justo Martínez Amutio, Manuel Ramos Armero, José Prat Pere Ardiaca, Félix Pons y tantos otros que nos han dejado llevándose con ellos la memoria de su lucha. Es imperativo recuperarla y evitar que suceda lo mismo con quienes están, estamos ya en capilla. Hemos de acometer la tarea de acopiar y salvaguardar los materiales existentes y de producir otros nuevos, realizando entrevistas y vídeos, suscitando memorias y textos, promoviendo investigaciones y tesis, multiplicando las lecturas de una historia que no puede ser monopolio de los partidos. Porque disponemos de una versión demócrata-cristiana-ucedista que nos viene de la mano de Javier Tusell; de una versión socialdemócrata que nos ha proporcionado Raymond Carr y Juan Pablo Fusi; de la versión ortodoxa psoeísta que propaga la editorial Sistema y las distintas fundaciones de la misma obediencia; de las sucesivas y no precisamente idénticas versiones de origen comunista. Todas ellas, sin duda alguna, legítimas, pero, por propia opción, parciales y partidarias, formando una constelación abierta y fragmentaria que exige ser colmada e integra da con muchas otras lecturas de esa misma realidad pasada.

Pero ¿cómo movilizar la voluntad de los protagonistas de esa realidad y de los otros historiadores, cómo poner a su disposición los recursos públicos y privados necesarios para llevarla a cabo? La sociedad y el Estado no pueden sustraerse a esa responsabilidad. Porque la memoria de la lucha por la democracia no sólo forma parte del patrimonio individual de las personas, sino que es también un bien común de todos los demócratas y de la comunidad política que tal se declara.

La memoria democrática tiene una constitutiva condición pública que conlleva obligaciones indeclinables, hoy lamentablemente olvidadas. Es, por ejemplo, inadmisible que, en casi veinte años, ningún Gobierno, y sobre todo los del PSOE, a quien tanto se ayudó, haya dado públicamente las gracias a uno solo de los países, organizaciones y personas que sostuvieron durante tanto tiempo el combate por la democracia española. No hay identidad que no esté anclada en un pasado. El deber colectivo de memoria, la obligación pública de constituirla corresponde al derecho individual de reclamarla, a la posibilidad personal de ejercerla. Sin, timos ni trampas. El derecho a. la memoria es uno de nuestros derechos esenciales. Del que no puede privársenos.

http://elpais.com/diario/1996/10/26/opinion/846280807_850215.html

* Pepín Vidal-Beneyto (1927-2010) fue un filósofo, sociólogo y politólogo español, activo conspirador contra el franquismo y fundador de la Junta Democrática. Fue uno de los críticos más impenitentes de la Transición y del régimen monárquico derivado de la misma.

** Fotografía de la toma de posesión del primer Gobierno de la Monarquía juancarlista en la escalinata del palacio de La Zarzuela, realizada a mediados de diciembre de 1975, apenas tres semanas después de la muerte de Franco. Flanqueando al monarca posan Carlos Arias Navarro y Manuel Fraga Iribarne, entonces presidente del Gobierno, y vicepresidente segundo y ministro de la Gobernación, respectivamente. Junto a un sonriente Arias, pone cara de circunstancias el teniente general de Santiago y Díaz de Mendívil, vicepresidente primero para Asuntos de la Defensa. En segunda fila aparecen José Solís Ruiz, ministro de Trabajo, y José María de Areilza, ministro de Asuntos Exteriores. Un escalón más arriba posan distraídos Adolfo Suárez y Rodolfo Martín Villa, titulares a su vez de la Secretaría General del Movimiento, y de Relaciones Sindicales. En lo más alto de la escalera destaca Leopoldo Calvo-Sotelo, a cargo entonces de la cartera de Comercio.

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