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martes, 8 de mayo de 2012

Mosqueo


Benito Rabal


Mayo de 2012

Anda el personal un tanto mosqueado con la figura del rey de copas y monarca de los españoles a cuenta de la famosa cacería de elefantes en Botsuana. Y dan para ello varias razones. Dicen que, con lo que está cayendo, cómo se puede ir a cazar por ahí, tan lejos y a un país de negros, con la cantidad de perdices que tenemos en nuestros bellos campos. Dicen, a continuación, que eso es éticamente incorrecto y debe ser que lo dicen porque creerán que es ético el mantenimiento de la institución monárquica, con todo lo que nos cuesta y supone, eso sí, siempre que no se sepa el despilfarro al que nos tienen acostumbrados sus coronados miembros. Esto es, que se puede y debe mantener a una pandilla de gorrones, pero que no nos restrieguen por la cara su gorronería. 

Dicen también, en defensa de la real matanza de paquidermos, que cada uno tiene derecho a una vida propia, ostente el cargo que ostente. Pero olvidan que la vida propia se la paga cada uno a su libre albedrío y, el sujeto en cuestión, no da un paso sin escolta, secretarios, edecanes y demás lacayos, que pagamos entre todos, al margen de su real – y abultado – salario. Eso, además del avión, coches blindados, escopeta y munición. Y si se lo hubiera pagado de su bolsillo – que no – entonces es que cobra demasiado, con lo que habría que recortarle su estipendio a la altura del salario mínimo interprofesional. ¡Total, para lo que hace!

Sin embargo, lo que más me llama la atención es que lo que ha sulfurado a sus súbditos es que matara elefantes. ¡ Tantos años olvidando que ha matado a personas y ahora resulta que es peor matar elefantes! Porque, digo yo, cuándo estaba a la vera, verita, vera de su Excremencia el sapo Iscariote y ladrón, Generalisiiisiiisiisiimo Franco, ¿qué hacía su heredero, el actual monarca, jugar al parchís? “¡Hombre, no es lo mismo!”, me dicen cuando lo saco a colación en la conversación entre amigos durante el aperitivo. ¡Pues claro que no es lo mismo! El rey estaba allí mientras se firmaban penas de muerte, se disparaba a los manifestantes, se torturaba, se apaleaba y se mataba de hambre a los mismos súbditos y sus descendientes que ahora le pagan sus excesos. El que calla otorga, pero él hacía algo más que callar. Él estaba allí, sentado al lado del Gran Asesino, legitimando sus desmanes bajo la forma de una nueva Restauración monárquica, desgraciadamente tan parecida a la de sus antecesores – Fernando VII o Alfonso XII, por poner ejemplos – que tantas lágrimas nos han traído a los habitantes de éste país. ¡Pues claro que no es lo mismo! Es peor haber sido cómplice del crimen de tantos miles de personas y llevar tantos años callando sobre ello.

Pero dicen que no es momento para plantear la cuestión de la monarquía. Es más, incluso hay quien se enternece con las burdas palabras de disculpa que pronunció el Heredero del Dictador al salir de la clínica – privada por supuesto y pagada, de nuevo, por nosotros – y lo que es peor, hay hasta quién se ríe, como si la cosa se pudiera tomar a broma. 

Es momento, parece ser, de acabar con la educación y la sanidad públicas y universales, de devolver a los inmigrantes su auténtica condición de esclavos, de recordar a los trabajadores y trabajadoras que no tienen más derechos que el de no protestar y callarse si quieren conservar su puesto de trabajo, el que con suerte lo tenga. Es momento de dar carta blanca a las mafias, a la usura, a los traficantes de armas, a los corruptos y a los ladrones.

Pero dicen que no es momento de acabar con la sangría que supone la monarquía, la Iglesia católica – y las demás –, el ejército, la escuela y la sanidad concertadas – subvencionadas con dinero público y sujetas a desgravaciones fiscales - o las cientos de instituciones repetidas y duplicadas en ayuntamientos, ministerios y autonomías.

En fin, que no será su momento, pero sí el nuestro.


* El autor, hijo del mítico actor Paco Rabal, es director y guionista cinematográfico.

* En la imagen, caminan tras el dictador, entre otros, Juan Carlos de Borbón, Torcuato Fernández-Miranda y Luis Carrero Blanco, destacados jerarcas del franquismo.

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