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domingo, 10 de marzo de 2013

La monarquía en crisis


Beñat Zaldua*


0503/2013

Iñaki Urdangarin, elefantes africanos, osos borrachos, amistades «entrañables» y quirófanos han puesto en los últimos tiempos a la monarquía española en tela de juicio, rompiendo con la imagen inmaculada con la que durante años se ha presentado en público a la Casa Real y abriendo el debate, todavía limitado, sobre el futuro del rey y la Corona.

El ‘caso Nóos’ no es el único problema de la monarquía española pero sí, a tenor de su gravedad, el que más debe preocupar a Juan Carlos de Borbón durante su convalecencia, ya que en él se resumen la mayoría de los elementos que cuestionan el papel del rey hoy en día, como si de un compendio de críticas republicanas se tratara.

En primer lugar, la corrupción, que implica ya, siempre presuntamente, a su cuñado, Iñaki Urdangarin, y a pesos pesados de la Casa Real como el secretario personal de las infantas, Carlos García Revenga, y el asesor jurídico del rey y conde de Fontao, José Manuel Romero. La no imputación de la infanta Cristina hace pensar que las imputaciones por malversación, fraude, prevaricación, falsedad y blanqueo de capitales no irán más allá en el ámbito judicial, pero la sombra de la sospecha se extiende al resto de la monarquía, a juzgar por los correos electrónicos entregados por el socio de Urdangarin, Diego Torres, y validados por el juez, en los que se habla del rey como «el jefe».

Pero más allá del papel del monarca en la trama de Nóos, todavía sin aclarar, los citados correos electrónicos y la irrupción de un personaje llamado Corinna sirven para ilustrar el funcionamiento de una monarquía en horas bajas. En algunos de los correos se da cuenta de la oferta laboral que Corinna extiende a Urdangarin por recomendación del rey y en algunas de las recientes entrevistas que ha concedido a medios españoles, la princesa se ha vanagloriado de sus supuestas gestiones de alto nivel a petición del Gobierno español y bajo la protección de la monarquía.

Estos trabajos en el «marco de la política exterior», como los calificó Corinna, conforman otro de los nudos gordianos que acechan a la Corona: el de las gestiones y los negocios de la Casa Real. Con poca información al respecto, se conoce el papel del rey como facilitador de intercambios comerciales de empresas españolas en el exterior, sin que quede del todo claro su papel y las ganancias que de ello obtiene. Recientemente, ‘The New York Times’ se preguntaba sobre la forma poco transparente en la que el monarca ha amasado su fortuna.

Y siguiendo con Corinna, aparece ante el público otra faceta polémica del rey, la de su vida personal. Corinna calificó su relación con Juan Carlos de Borbón como «amistad entrañable», utilizando un eufemismo que corre como la pólvora por redacciones y redes sociales y que se suma a la larga lista de escándalos que, normalmente con poco eco mediático, han salpicado la vida privada del monarca español. Uno de los mayores fue el de la cacería de Botsuana, a la que acudió acompañado precisamente de Corinna, en la que se lesionó y de la que, finalmente, nos queda el ya histórico «lo siento mucho, no volverá a ocurrir». Unas disculpas insuficientes a ojos de los millones de trabajadores precarios o en paro que sufren la crisis; igual que la leve reducción de un 2% del presupuesto de la Casa Real.

Todos estos escándalos, unidos a los constantes pasos del rey por el quirófano, han encendido abiertamente el debate sobre el futuro del monarca y, en un segundo plano mucho más solapado, sobre el futuro de la propia monarquía, una institución estrechamente ligada a la denominada transición, en un momento en el que, precisamente, tambalea todo el sistema construido en aquellas fechas.

Continuidad, abdicación o República

Pese a que los grandes medios y grandes partidos siguen cerrando filas en torno a la figura de Juan Carlos de Borbón, la idea de una abdicación en favor de su hijo Felipe ha ganado fuerza en el debate público. Para los defensores de un sistema republicano, sin embargo, ninguna de las soluciones resulta viable. 

El pasado 29 de enero, tres días antes de cumplir los 75 años, la reina Beatriz de Holanda comunicó, por medio de un comunicado audiovisual, que decidía abdicar y dejar el trono de su país a su hijo Guillermo, de 45 años, ya que, según aseguró, es el «momento de una nueva generación». Dos semanas más tarde, el 11 de febrero, Benedicto XVI renunciaba al Papado de Roma –la primera vez en seis siglos que sucede algo así– alegando «falta de fuerzas» a sus 85 años.

Tribuneros y tertulianos de todo tipo alabaron en el Estado español la loable decisión de quien renuncia a su cargo al considerar que ya no puede ejercerlo. Pero en casa del herrero, cuchara de palo. Los mismos que ensalzaban la decisión de Beatriz y de Ratzinger quisieron descartar rápidamente cualquier paralelismo con el caso de Juan Carlos de Borbón, en un momento en el que los escándalos que rodean a la Casa Real y la debilitada salud del monarca parecían hacer viable una abdicación en favor de Felipe de Borbón.

Uno de los primeros que se lanzó a la piscina fue el primer secretario del PSC, Pere Navarro, que la semana pasada pidió la abdicación. Era la primera vez que alguien, desde alguno de los dos partidos que ha dominado el Estado español en los últimos 35 años, cuestionaba públicamente la figura del rey. Pese a que Navarro no criticó en ningún momento al monarca ni a la institución, las reacciones no tardaron en llegar y algunas de las más beligerantes provinieron de sus socios del otrora republicano PSOE. Entre ellas destaca la de Alfonso Guerra, que declaró: «No me siento representado en nada por Navarro».

Para los defensores de un sistema republicano, sin embargo, la abdicación supone poco más que una estrategia para, en el fondo, salvar y perpetuar a la monarquía. Pero sólo Izquierda Unida o formaciones que no responden a una lógica estatal, como Amaiur y ERC en el Congreso de los diputados, se han cuestionado el fondo de la cuestión: la utilidad de un sistema monárquico en pleno siglo XXI.

A la par, aunque con menos ruido que los idólatras monárquicos, se empiezan a oír voces que apuestan por un sistema republicano, no tanto por una cuestión sentimental, que también, sino por pura práctica y eficiencia, ya que se esfuerzan por demostrar el lastre que supone tener en la jefatura del Estado a un cargo hereditario. Uno de ellos es el economista Vicenç Navarro, que en un artículo escribía que «hay una relación clara entre la enorme crisis económica, financiera y política del país y el dominio del establishment conservador sobre los aparatos del Estado, liderado por el monarca».

¿Y de todo esto que opina la sociedad? Más allá de manifestaciones, siempre se suele decir que, en una democracia, los ciudadanos ejercen su poder votando en las elecciones, sin embargo, la monarquía nunca ha pasado por las urnas. Otro de los instrumentos, más dudoso, para conocer la opinión de la sociedad son las encuestas, pero he aquí la sorpresa: el Centro de Investigaciones Sociológicas no pregunta sobre la imagen que los ciudadanos tienen de la Casa Real desde que, en octubre de 2011, la monarquía suspendió por primera vez en la evaluación de los encuestados.

Cuestión de Estado

El silencio mantenido por los grandes medios de comunicación españoles sobre la monarquía, cuyo blindaje se sella ya en la Constitución, contrasta con la libertad con la que la prensa internacional retrata a la Corona española, especialmente en los últimos meses.

«La persona del rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad». Semejante frase no proviene de ningún articulista del ‘ABC’, diario monárquico por excelencia, sino de la propia Constitución española de 1978, que blinda la figura del rey y eleva la institución de la monarquía a cuestión de Estado.

Testigos de ello son las decenas de personas, periodistas y publicaciones que en los últimos 35 años se han tenido que defender de acusaciones de injurias a la Corona, empezando por el director de ‘Punto y Hora de Euskal Herria’, Xabier Sanchez Erauskin -que en 1983 pasó ocho meses en prisión por un artículo sobre la visita del rey a Gernika en 1981-, y acabando por el coronel Amadeo Martínez Inglés, procesado por otro artículo crítico con la Corona el año pasado. Para la memoria quedan también la condena a un año a Arnaldo Otegi –por la que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos obligó a Madrid a pagar 20.000 euros al dirigente abertzale por haber vulnerado su derecho a la libertad de expresión– y el secuestro de la revista ‘El Jueves’ en 2007, por una portada satírica que ponía en el punto de mira a Felipe de Borbón y Letizia Ortiz.

Cabe pensar que las querellas no han sido más por la autocensura de numerosos medios de comunicación, que durante tres décadas han delegado las investigaciones sobre la monarquía a la versión rosa y edulcorada de la prensa del corazón. Una anécdota revelada recientemente por el director de El Diario.es, Ignacio Escolar, daba cuenta de la presión de la monarquía sobre algunos medios de comunicación. Según Escolar, el presidente ejecutivo de Prisa, Juan Luis Cebrián, habría trasladado el siguiente mensaje al conde de Godó, director de ‘La Vanguardia’: «El rey me pide que te recuerde que eres grande de España».

Pese a su reducido eco mediático, los pocos libros sobre la monarquía española han sido el único medio para salvar el tupido velo corrido por los grandes medios de comunicación. En Euskal Herria cabe destacar el histórico ‘Un rey golpe a golpe, biografía no autorizada de Juan Carlos de Borbón’ publicado por ‘Ardi Beltza’ en el año 2000. Le siguieron ‘Hasta la coronilla, autopsia de los Borbones’, de Iñaki Errazkin, y ‘Una monarquía protegida por la censura’, de Iñaki Anasagasti.

Contraste con la prensa internacional

El silencio generalizado de la prensa española ante los escándalos de la monarquía contrasta, y de qué manera, con la cobertura de la prensa internacional, que no ha dudado en poner en tela de juicio la figura de Juan Carlos de Borbón.

El poderoso ‘The New York Times’ ha sido uno de los más beligerantes con la Corona española en los últimos meses. El 29 de setiembre publicó un duro artículo bajo el título ‘Un rey escarmentado que busca su redención’, en el que cuestionaba la forma en que el monarca ha amasado su destacable fortuna personal. Más recientemente, el 21 de febrero, el mismo diario revelaba las presiones de la Casa Real sobre los medios, que llegó a calificar de «agresivas». También en Estados Unidos, el ‘Washington Post’ calificó el 23 de febrero el escándalo del ‘caso Nóos’ como «uno de los peores» en la historia reciente de la monarquía española y destacó el esfuerzo de Mariano Rajoy por «proteger» a la Corona.

En el Estado francés, ‘Le Monde’ no dudó en mofarse, en octubre del año pasado, de la «congelación» salarial de la Casa Real, en un artículo titulado ‘Viajen como Reyes’ y en el que se criticaba la falta de trasparencia de la monarquía. ‘Libération’ no fue menos y el 24 de febrero de este año aseguró que «la familia real toca fondo».

Tampoco ha encontrado solidaridad la Corona en la prensa de estados monárquicos como Gran Bretaña, donde las críticas a la familia real británica son usuales y donde destacados medios como ‘The Guardian’ o ‘BBC’ han seguido de cerca la presunta vinculación de la Casa Real con los negocios de Iñaki Urdangarin. Pero el contraste entre la prensa española y la internacional no es nueva. Ya en el año 2000, en un artículo en el que no se criticaba precisamente a la monarquía, el periodista John Carlin escribía: «A diferencia de lo ocurre en el Reino Unido, en España existe una conspiración de silencio en la que participan todos los medios de comunicación en torno a la familia real».


http://www.naiz.info/es/actualidad/noticia/20130305/la-corona-cuestion-de-estado

* Beñat Zaldua Ariz es periodista del diario abertzale Gara.

** Viñeta de Mena.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Os voy a fusilar a todos.