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sábado, 23 de marzo de 2013

Unidad popular constituyente: la construcción de un nuevo bloque histórico


Diego González Cadenas*

Rebelión

05/03/2013

Lanzado definitivamente el debate, surgen dudas, muy razonables en su mayoría, sobre la conveniencia de la apertura de un proceso constituyente. Cabe realizar de inicio algunas matizaciones. Por un lado, ya estamos inmersos en un proceso constituyente. La inadecuación existente entre Constitución real y sociedad es sinónimo del tránsito antidemocrático hacia un nuevo régimen político y un ordenamiento constitucional diferente que representa un caso de auténtico fraude constitucional. Por otra parte, fuerzas políticas claramente oportunistas apuestan por llevar a cabo un proceso constituyente sirviéndose de toda la potencia atractiva del concepto pero esquivando su naturaleza radicalmente democrática y planteándolo como una mera contienda electoral en la que desde lo constituido se llevarían a cabo reformas de escasa trascendencia cuando no abiertamente reaccionarias. Esta estrategia comparte con la propuesta de reforma del PSOE el rehúso del ejercicio de la soberanía popular. Son los herederos de los John Adams y los Alexander Hamilton temerosos del “despotismo democrático”.

Frente a los recelos que sensatamente se generan conviene afinar. Cuando algunos nos referimos a la necesidad de apertura de un proceso constituyente entendemos que debe tratarse de un proceso radicalmente democrático: de abajo a arriba, con mecanismos de participación directa a fin de que la asamblea constituyente esté en dialogo permanente con la sociedad, retroalimentándose dialécticamente organizaciones, movimientos sociales y ciudadanos con los constituyentes, dando uso, como en Islandia, de las nuevas tecnologías como vía complementaria de transparencia y participación. O lo que es lo mismo, propiciando la activación del poder constituyente, entendido como medio para la transformación, sujeto de la misma y bandera aglutinadora. Esto es, el poder constituyente es, per se: 1) un poder original, no dependiente de ningún poder anterior; 2) inicial, pues su impulso no depende más que de él mismo; 3) fundador, al suponer una ruptura con el anterior ordenamiento jurídico-político; 4) incondicionado, ilimitado, soberano y en consecuencia prejurídico; 5) únicamente fundamentado en la legitimidad democrática; 6) correlato del derecho de resistencia, una impugnación general al sistema encarnada por las mayorías que se traduce en un proceso de acumulación de fuerzas populares con voluntad de transformación y ruptura.

Hegemonía y poder constituyente

Ahora, se nos podría reprochar no estar haciendo más que un brindis al sol. El sujeto constituyente brilla aparentemente por su ausencia y cualquier planteamiento constituyente dada la actual correlación de fuerzas no supondría, en el mejor de los casos, más que puro gatopardismo y, en el peor, una opción de carácter protofascista. Se repite con razón que una Constitución no es más que el reflejo y cristalización de determinadas relaciones de clase en un momento determinado. De ahí que cualquier opción constituyente que, lejos de acabar en los dos escenarios anteriores, pretenda la ruptura democrática necesita obligatoriamente de un instrumento político hegemónico que aglutine a las mayorías en torno a un proyecto de derribo de l’ancien régime y su sustitución por uno construido colectivamente.

En crisis, más que el ingenio se agudiza el instinto de clase. Disparadas las alarmas, y obviando las múltiples opciones disparatadas de quienes pretenden pescar en río revuelto, empieza a tomar fuerza y vertebrarse la opción de aquellos que comprenden que la única forma de ganar una constituyente implica amplias alianzas sobre un programa de mínimos democrático que, dejados de lado los matices, comparten ampliamente las opciones de izquierda.

Este frente de unidad popular constituyente no es un mero deseo sino una opción real. Tal y como señalan los últimos sondeos de opinión, ante la caída de las dos fuerzas mayoritarias, IU tiene una intención de voto del 15,3% que no debería despreciarse, o, al menos, apreciarse en la misma medida en que se subraya el importante ascenso de UPyD que, a prácticamente dos puntos de diferencia de IU, muchos ven ya como el sustituto natural con más papeletas para ser la próxima pata derecha del régimen.

Resulta obvio, como se ha repetido en múltiples ocasiones, que IU no puede formar una alternativa de ruptura en solitario pero tampoco se puede prescindir de ella. Si bien requeriría de un estudio más detallado, una simple suma nos permite vislumbrar fácilmente un escenario en el que un frente constituyente que agrupe a las diferentes opciones de izquierda se convierta en primera opción. Éste se vería además fortalecido por los votos de múltiples militantes y votantes del PSOE sumamente descontentos con el rumbo de su partido así como por el empuje de las mareas.

Aclaremos que no se trata de una mera ilusión basada en el resultado de una serie de encuestas sino en los resultados de las últimas elecciones catalanas, en las que la suma de votos de CUP, ICV-EUiA y ERC se quedó a poco más de 130.000 votos de CIU. Según los últimos datos disponibles la intención de voto directa de los tres partidos (34,8%) superaría a la de CIU, PSC y PP (27,7%). Es también el caso de Galicia en el que en las últimas elecciones AGE llegó a ser el segundo partido más votado en Coruña y Santiago. Asimismo, según el último sondeo, AGE estaría a punto del sorpasso al PSOE.

Es cierto, no obstante, que la sencillez de las sumas no ha de hacernos olvidar múltiples posibilidades como es la de un gobierno de repliegue a la griega de las opciones en defensa del régimen. Igualmente, otros sondeos, notablemente el último del CIS (a pesar de haberse realizado con anterioridad al último escándalo del PP) animan a moderar el optimismo. En este sentido, no resultaría fuera de lugar la aparición de una fuerza catch-all (“atrapalotodo”) situada en el plano contrario a UPyD y con un discurso que conecte más fácilmente con ciertos sectores que, aún coincidiendo con muchas de las propuestas de la izquierda nunca darían su voto a una opción etiquetada como tal. Los espacios que ocuparía son diferentes a los señalados a la izquierda y bien podría esta fuerza ser el empujón necesario para una eventual victoria del frente constituyente.

¿Por qué un proceso constituyente?

Hay quien podría considerar que aún en el supuesto de que este frente obtuviese una mayoría electoral resultaría más útil cumplir con los preceptos de la actual Constitución que recorrer el siempre espinoso camino de un proceso constituyente. Incluso, desde otras posiciones, se nos podría replicar aduciendo que no planteamos más que una posición reformista que no pretende atacar de raíz las relaciones de producción capitalistas.

Al primer razonamiento, según el cual antes que construir algo nuevo resulta más pragmático asegurarse y servirse, si cabe con algunas modificaciones puntuales, de la actual carta constitucional, cabe oponer, en esencia, tres argumentos. En primer lugar, como ya se ha dicho, estamos inmersos en un proceso constituyente no democrático que desfigura por completo nuestra Constitución. El marco constitucional del 78 está obsoleto. Queda por ver si el proceso constituyente es democrático o si queda en manos de la reacción. Como dice Žižek: "El fascismo reemplaza literalmente a la revolución izquierdista: su ascenso es el fracaso de la izquierda, pero simultáneamente una prueba de que había un potencial revolucionario , una insatisfacción que la izquierda no pudo movilizar". En segundo lugar, se trata de una cuestión de legitimidad democrática: no debe seguir manoseándose la Constitución, en un sentido o en otro, sin la voluntad ciudadana. Por último, son mayoría los españoles que no pudieron votar la Constitución. Como dijese Thomas Paine: “Las circunstancias del mundo están cambiando continuamente, y las opiniones de los hombres también; y como el gobierno es para los vivos y no para los muertos, sólo los vivos tienen derecho sobre él. Aquello que en determinada época puede considerarse acertado y parecer conveniente, puede, en otra, resultar inconveniente y erróneo. En tales casos, ¿quién ha de decidir? ¿los vivos o los muertos?”.

Quienes puedan entender que no se trata más que de una estrategia reformista que evita atacar los cimientos del capital deberían ser conscientes de que, dada la actual correlación de fuerzas, plantear programas maximalistas es sinónimo de inmovilismo. ¿Es necesario recordar la composición de la conjunción republicano-socialista que obtuvo amplia mayoría en las elecciones a cortes constituyentes en 1931? ¿Significa ello que habría de rechazarse la Constitución de la II República al ser reflejo de unas mayorías en las que participaron elementos como el Partido Republicano Radical de Alejandro Lerroux? Sin duda alguna podía haber sido mejor. Como sin ninguna duda la Constitución resultante del frente constituyente que planteamos habrá de ser superada en algún momento. Pero es necesario dar el primer paso que nos permita desanclar y avanzar.

Encauzar el resquebrajamiento del consenso del régimen del 78, la pérdida de la capacidad de control-dirección ideológica de la clase dominante, incapaz de hacer valer sus propios intereses como intereses generales, hacia un proceso constituyente radicalmente democrático en el que se dé una acumulación de fuerzas rupturistas, supone el principio de posibilidad de forja de un nuevo bloque histórico, de deconstrucción-construcción de lo social (deconstrucción en tanto desnaturalización del orden vigente y construcción en tanto planteamiento de alternativas), de creación de una nueva cotidianidad, una nueva hegemonía cultural.

La nueva institucionalidad permitirá el desarrollo de proyectos contrahegemónicos a través de un entrelazamiento entre lo constituyente y lo constituido que, en consonancia con la mejor tradición republicana democrática, cree mecanismos democráticos participativos que supongan una progresiva superación dialéctica de los elementos representativos y de formas de propiedad privada por elementos de democracia directa y formas comunes de propiedad; un entrelazamiento en el que mientras lo constituido se convierte en el elemento garantista que permite la participación activa y el respeto al cumplimiento de los derechos constitucionales, el poder constituyente se erige en su eventual defensor a la par que en elemento dinamizador (antiestático) de lo constituido. Se trata de entender la Constitución en sentido emancipatorio, como una herramienta de permanente democratización de la democracia que conjugue rebelión y Constitución, dándose un replanteamiento constante, una revolución permanente, que permita transitar, con métodos radicalmente democráticos, hacia el horizonte democrático del autogobierno político y económico. Incluso, en el corto plazo, el ejercicio democrático, que ha de resultar siempre incómodo al poder constituido, evita su acomodamiento garantizando que no vuelva a repetirse la traición del PSOE del año 82.

Por último, y parafraseando a Benjamin, el proceso constituyente habrá de ser el freno de emergencia que evite el descarrilamiento al que nos conduce el capitalismo. En las constituciones occidentales actuales los derechos sociales, económicos y culturales, entendidos como “principios rectores de la política social y económica de los poderes públicos”, quedan despojados de mecanismos de protección jurisdiccional con los que sí que cuentan los derechos civiles y políticos. El constitucionalismo social se demuestra (paradójicamente) una herramienta débil en la protección del Estado social cuando las políticas económicas neoliberales se convierten en hegemónicas. En este sentido, el nuevo texto constitucional ha de rehuir del nominalismo en pos del normativismo garantizándose la aplicabilidad directa de todos los derechos con el fin de evitar la omisión en el cumplimiento de los mismos por motivos tradicionalmente alegados como la ausencia de legislación o la incapacidad económica. Asimismo, un diseño constitucional viable pasa necesariamente por el replanteamiento del modelo de crecimiento dada la imposición de los límites medioambientales y por ser alternativa a un modelo de desarrollo sostenido por una estrategia de obtención de recursos imperialista que conduce no sólo al sufrimiento de los pueblos sino a un escenario bélico interimperialista nada deseable en un contexto multipolar.

Como diría Joe Strummer en oposición al pueril No future de los Sex Pistols, The future is unwritten. Y ese es, en última instancia, el sentido del poder constituyente y de la democracia. 


1 comentario:

Anónimo dijo...

Sois una panda de rojos de mierda.