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martes, 6 de abril de 2010

Manuel Azaña (Visto por Francisco Gil Craviotto)


Francisco Gil Craviotto *

En mi paseo de hoy me acompaña don Manuel Azaña. Quiero decir un libro de don Manuel Azaña. Azaña es para la derecha española lo que Voltaire es para los curas y frailes: la insoportable bestia negra que odian y en el fondo, muy en el fondo, admiran. Esto último se percibe en la cantidad de veces que, llegado el caso, lo citan y plagian. Cada vez que en un discurso de estos salvapatrias oigo una frase de Azaña, o percibo más o menos disimuladas sus huellas, no puedo evitar una sonrisa. Con cuanto gusto, digo para mí, tu abuelito lo hubiese llevado al paredón o a la cámara de gas de sus amigos los nazis.

Los primeros libros que yo leí de Manuel Azaña los conseguí a través de un librero de viejo, el señor Tarifa, quien un día, después de larga cháchara sobre la guerra de España y los asesinatos fascistas, se atrevió a descubrirme, a la hora del cierre, el templo de sus tesoros. Era un cuartucho insignificante, pero provisto de recia puerta de roble y doble cerradura, sito en el tercer piso de una casa de vecinos de la calle San Juan de los Reyes de Granada. Allí tenía el librero todo cuanto no se atrevía a llevar a su tienda, tesoro al que tan sólo unos pocos privilegiados, de absoluta garantía, podían acceder. Yo era uno de ellos. En aquel cuchitril, tras largo y fructífero regateo, siempre insistiendo en que conmigo no tenía peligro alguno, conseguí hacerme, a un precio relativamente aceptable, con varios libros de Azaña y alguno de nuestro llorado Federico. Antes de salir del cuartucho, el librero me hizo un paquete, tan primorosamente acabado, que cualquiera que se hubiese fijado en mí en la calle, habría pensado que llevaba un pastel o un pan de estraperlo. Después, en casa, antes de abrir la primera página, forré uno a uno todos aquellos libros y luego les fui colocando en portadas y lomos los títulos que me fueron pareciendo más acordes con la triste situación que padecíamos en España. El forro de uno fue dedicado a Pemán y su “Divino impaciente“; el de otro, a Escrivá y Balaguer -todavía en este mundo- y su “Camino“; el de un tercero al padre Venancio Marcos y sus adormecedores sermones. De esta manera, si un día se le ocurría a mi padre o a algún beatón amigo de la familia darse una vuelta por mi cuarto, no habría el menor peligro; incluso quedarían gratamente impresionados. Sería muchos años después cuando, ya en París, un día me decidí a comprar las Obras Completas de Manuel Azaña (editorial Oasis, Méjico) en la desaparecida Librería Española de la rue de la Sena. Vaya para esta librería, que durante medio siglo tan meritoria labor vino desarrollando en pro de la cultura de nuestro país en Francia, todo mi emocionado recuerdo. Esta modesta librería y la editorial Ruedo Ibérico fueron las dos luminarias que, en tierras galas, mantuvieron vivo el fuego sagrado del republicanismo español.

El Manuel Azaña que hoy viene conmigo todavía no había provocado las iras de los gerifaltes de la derecha española. Seguramente, ni se le había pasado por la cabeza que un día él pudiese ser presidente de la República. Mucho menos que pudiese presidir una guerra fratricida. Es un Azaña joven, poco más de treinta años, pues se trata de un libro -quizás sería mejor decir un cuadernillo- que escribió entre 1911 y 1912 cuando, becado por el gobierno de España, permaneció en París un par de años. A mí me ha llamado poderosamente la atención la sencillez y veracidad con que el joven Azaña -32 años- describe los alrededores de París. Valga de ejemplo este fragmento de una carta que dirige a un amigo de Madrid, José María Vicario, y lleva la fecha de 2 de marzo de 1912. Casi un siglo:

La otra semana hice la primera excursión. Nos embarcamos en un vaporcillo y, aguas arriba, fuimos hasta Charenton; allí tomamos tierra y anduvimos a la aventura por un camino desconocido. Seguíamos a lo largo de un canal, prudente y callado como todos los canales. Una barca enorme remolcada por un caballo iba delante de nosotros. El sol pasaba por entre los troncos verdinegros de los árboles. A la derecha corría un río de verdad, sin muelles, ni barcos, ni atracaderos. Los árboles llegaban hasta la orilla; pescadores de caña aguardaban pacientemente su fortuna. Un gran molino dejaba oír el fragor de sus máquinas; más lejos, praderas verdes, casas de campo, humaredas vagas. A nuestra izquierda un monte y entre el monte y el canal una hilera inacabable de casas sombrías medio ocultas por los árboles; este es el gran secreto: nunca sabes en Francia donde se acaba la ciudad y empieza el campo.

Salvo el viaje en el vaporcito -ahora sería en el RER- y la alusión a la barcaza remolcada por un caballo -los famosos chemins d´halage de los ríos y canales de Francia- todo lo demás que le cuenta don Manuel a su amigo podría muy bien corresponder a los alrededores de París del momento actual. Bastaría con que retrocediéramos unos pocos kilómetros más hacia la gran banlieue para que todo fuese exactamente igual que lo refiere Azaña. No ocurre igual con este fragmento de su diario -ya en 1911 empezaba su gusto por los diarios- en el que el futuro presidente de la República nos da cuenta de una visita a Suresnes, ahora convertido en el populoso barrio de La Defense, indiscutible centro comercial y sede de importantes empresas industriales. Merece la pena la cita.

Hemos hecho una excursión a Suresnes. En el vaporcillo por el Sena. El río está espléndido. Más allá de Auteuil, el monte de Meudon al fondo, los bordes frondosos. La luz; el agua azul brillante. Despés el brazo tranquilo del Sena. Las márgenes de Longchamp. En Suresnes hemos seguido por una calle o carretera, dejando la gare a la derecha; remontamos una altura; después a nuestra derecha, rectos hacia la fortaleza del Mont Valerien. Huertecillos a una parte y otra. De pronto, entre una casucha y un cercado de árboles, una vista incomparable de París. A nuestros pies las casitas desperdigadas de Suresnes, los tejados rojos. Un poco de río. La masa profunda de verdor del Bois de Boulogne, que sube en ligero declive. Corónalo el caserío de París, que se extiende cómo una franja blanca, entre la arboleda del bosque y el cielo azul. Líneas suaves, difusas. Unas nubes posadas serenamente. Aparece el Arco de la Estrella, destacándose con una majestad sublime, macizo, solemne, sobre los tejados.

Otra vez el vaporcito. En este siglo XXI el viaje sería en Metro o RER. Rascacielos de más de treinta pisos se alzan ahora en lo que antes era Suresnes. Una ciudad cosmopolita y populosa, con más habitantes que Versalles, que se extiende por Suresnes, Puteaux y Nanterre, ocupa el espacio de los antiguos huertecillos. Sin embargo, el verdor del Bois de Boulogne continúa intacto, así como la panorámica hacia París. Sigue la descripción de Azaña:

A la izquierda, en el fondo, surge la Butte, el fantasma blanco del Sacré-Coeur, sobre la colina oscura. El sol hiere unas veces, otras se oculta. La basílica aparece o desaparece a nuestros ojos, como en una obra de magia. Vemos correr las manchas de sombra, brillar y extinguirse los rayos de sol, según la marcha de las nubes. Todo de ensueño, entre gasas aparece en una calma divina. ¿Es ahí donde millones de gentes se atropellan por las calles?

En aquel entonces París ya era un hervidero de gentes. ¿Qué pensaría si pudiese ver el París actual a la hora punta de la mañana o tarde? ¿Y si nosotros pudiésemos ver el París del siglo XXII o el XXIII? Sólo pensarlo produce vértigo. Quizás lo más sugerente de toda esta página sea la llegada de la noche y el toque lírico con el que Azaña termina su descripción.

Anochecer; oro en el cielo y en el agua. Nubes rosas. Alegría del campo que se comunica; emoción y entusiasmo. ¿Cantar? ¿Llorar? Ser buenos y felices.

¿Se podrá expresar con menos palabras y más emocionado lirismo lo inefable de un atardecer?

* Del libro Orillas del Sena.

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